Un ladrón por Navidad Capítulo Trece
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Capítulo Trece

CRYSTAL

Ayer fue maravilloso. Pasamos todo el día caminando por las calles de Nueva York y, aunque la ciudad estaba vacía por las fiestas, eso no me impidió disfrutarla al máximo.

Jack me sorprendió con su paciencia; pasó todo el día tomándome de la mano y enseñándome la ciudad, por muchas ganas que tuviera de volver directamente a nuestra habitación del hotel.

Sonrío al recordar todo lo que hicimos ayer. No sabía que podía abrirme tanto con un hombre al que apenas conozco.

Pero esa es la cuestión: no tengo la sensación de conocer apenas a Jack Harden; es como si nos conociéramos de toda la vida.

Casi había perdido la esperanza de conocer algún día a alguien especial, y no por mi edad. Es porque nunca creí de verdad que mereciera ser feliz.

Esa fue una de las razones por las que cambié el nombre en el archivo cuando envié mi estrategia de marketing a la oficina de Jack. Nunca pensé que tendría tanta suerte como para ganar el concurso con mi nombre real.

Pero ahora me siento afortunada. Muy afortunada.

Y feliz.

Jack me pidió que empezara a desayunar sola mientras él hacía un par de llamadas desde la suite.

Vi que algo le preocupaba. Quizá sea porque acaba de perder a su importante inversionista —en gran parte por mi culpa— y ahora no quiere que oiga sus conversaciones al respecto.

Pero, sea cual sea la razón, estoy segura de que Jack me contará lo ocurrido. Pronto, cuando esté preparado.

Mientras estoy sola, sentada en el restaurante comiendo huevos Benedict, tengo tiempo para estudiar con detalle mi nuevo contrato laboral.

Ya veo que no tiene nada fuera de lo común. Firmé casi el mismo contrato cuando conseguí mi empleo actual hace un año.

Salvo por dos pequeños detalles: mi puesto en la empresa y mi nuevo salario.

Este contrato también garantiza que mi salario aumentará un 15 % cada año hasta alcanzar los doscientos cincuenta mil dólares. Y, según mis cálculos, eso ocurrirá dentro de cuatro años.

Guau. Simplemente, guau. No tengo otras palabras para describir lo que siento.

¿He soñado alguna vez con algo así? Por supuesto que sí. ¿Esperaba que algún día se hiciera realidad? Jamás. Ni siquiera podía imaginar que una chica puertorriqueña que llegó a Vermont a los tres años y dio a luz a los diecisiete pudiera conseguir un trabajo como este.

Pero aquí estoy, la nueva jefa del área de marketing de una de las empresas de belleza más grandes de Estados Unidos.

—Disculpa, eres Crystal, ¿verdad? —dice alguien, y me doy cuenta de que me habla a mí.

Cuando alzo la vista, veo a una mujer que parece unos quince años mayor que yo, con un precioso traje de chaqueta y falda de tweed de Chanel y un peinado al estilo de Jackie O.

—Sí —respondo, sorprendida, y guardo el contrato.

—¿Puedo? —Señala la silla para preguntarme si puede sentarse.

Asiento en silencio, tratando de recordar si he visto antes a esta mujer. Habla con un inconfundible acento francés, y yo nunca he estado en Europa, así que es poco probable que nos hayamos conocido.

Aunque su rostro me resulta familiar.

—Me llamo Virginia Fleurant —dice con una sonrisa después de sentarse—. Soy la fundadora de Jardin de Fleurant. Estoy segura de que te suena.

Fleurant. ¡No puedo creerlo! De ahí la conozco. Es la dueña de una de las marcas de cosméticos más grandes de Europa. Estoy literalmente enamorada de su sérum para las ojeras; es mágico. Solo lo probé una vez porque es bastante caro, pero el efecto fue fenomenal.

Cuando se acercó a mi mesa, pensé que esta mujer tendría unos cincuenta años, pero ahora sé con certeza que ronda los setenta. Es una prueba más de que las cremas de su empresa son mágicas.

—Madame Fleurant, es todo un honor conocerla —digo tras una larga pausa.

Me había limitado a mirarla fijamente hasta que comprendí que tenía que decir algo o, al menos, responderle.

—Virginia, querida. Y gracias. —Sonríe y me tiende la mano.

Mientras se la estrecho, reparo en el enorme anillo de compromiso que lleva en el dedo, cubierto de esmeraldas y diamantes, y en las numerosas pulseras de oro que adornan su muñeca.

Esta mujer tiene un gusto singular, pero inconfundiblemente francés, que me encanta.

Me prometo comprarme algunas joyas cuando mi salario alcance por fin los doscientos cincuenta mil dólares.

—Seré breve porque sé que no estás sola aquí —continúa, inclinándose un poco hacia mí—. Te vi con ese cabrón de Jack Harden el día que se reunió con Masterson.

No sé qué decir. Me imagino que lo oyó todo; estoy segura de que el restaurante entero también. Pero sigo sin tener idea de por qué está hablando conmigo.

—Como mujer, sé lo difícil que puede ser sobrevivir en este mundo de los negocios, donde mandan hombres como Harden y Masterson. —Virginia abre el bolso, saca una tarjeta de presentación y me la ofrece por encima de la mesa.

Tomo la tarjeta, en la que aparecen su nombre y su número de teléfono.

¿Quiere proponer algún tipo de colaboración con nuestra empresa? Sería estupendo.

—Sé que te ha ofrecido un trabajo —continúa, porque yo no digo nada y me limito a mirar la tarjeta—. Oí tu conversación con ellos y creo que mereces algo mejor.

Bien, ya lo entiendo. No habrá ninguna colaboración.

Esta mujer es maravillosa, una auténtica leyenda en la industria de la belleza. Sky no me creerá cuando le cuente a quién conocí en este viaje.

Pero ¿por qué me dice esto? ¿Para apoyarme? ¿Para decirme que valgo más que esto?

Pero no me conoce ni sabe por todo lo que he pasado para llegar hasta donde estoy ahora.

—Muchísimas gracias, Virginia —digo tras una larga pausa—. No sabe cuánto me alegra poder hablar con usted en persona.

Sonrío con torpeza, deslizando nerviosamente los dedos por la mesa mientras reúno valor para preguntarle por qué está aquí.

—¿Por qué me cuenta esto? —pregunto al fin en voz tan baja como si temiera que la pregunta pudiera ofenderla de algún modo.

Al principio, Virginia se limita a mirarme, sorprendida, pero entonces se echa a reír.

—Ay, cariño, ¡te estoy ofreciendo un trabajo! —exclama en voz alta y hace una seña al camarero para pedirle un vaso de agua.

No asimilo sus palabras de inmediato y tengo que repetírmelas mentalmente un par de veces antes de comprender que todo esto está ocurriendo de verdad.

Virginia Fleurant me está ofreciendo un trabajo. Personalmente.

¿Tiene una oficina en Nueva York o la oferta es para trabajar en Francia? ¿Y qué puesto ocuparía en la empresa?

Hace una semana habría matado por una oportunidad así. Habría aceptado el trabajo sin siquiera leer el contrato, pero ahora...

Las circunstancias han cambiado, y yo también.

Antes de que tenga ocasión de decirle que no me interesa, Virginia vuelve a hablar.

—He oído tu estrategia de marketing y me parece brillante. Llevo mucho tiempo buscando a alguien como tú: alguien joven y audaz, con una visión nueva.

Da un par de sorbos de su vaso de agua y me doy cuenta de que yo también tengo la garganta seca. También necesito agua. O quizá aire fresco.

—Un salario inicial de doscientos cincuenta mil dólares y quinientos por romper el contrato con Harden y firmar conmigo —afirma antes de que pueda formular una respuesta.

La mandíbula se me cae al suelo.

No necesito agua ni aire; necesito una botella de ron.

—Quinientos... —empiezo, pero la voz se me apaga. Es imposible que me ofrezca tanto dinero.

—¡Quinientos mil dólares, por supuesto! —exclama con una sonrisa, como si no estuviera ofreciendo gran cosa, como si fuera una cena gratis o algo por el estilo—. Bueno, técnicamente euros, ya que vivirás en Francia.

La miro con la boca abierta; la cierro y vuelvo a abrirla, incapaz de decir una palabra.

Medio millón de euros solo por firmar un contrato con ella, y después doscientos cincuenta mil al año desde el principio.

Y viviré en Francia, en el país más romántico del mundo, trabajando con personas como Virginia.

No tengo palabras.

—¿Es esto... una especie de broma? —pregunto con voz temblorosa tras una larga pausa.

Sé que es casi imposible que una mujer como Virginia Fleurant bromee sobre algo así, pero aun así.

—Querida, yo nunca... —Vacila un segundo—. ¿Cómo se dice esto en inglés...? Menaces en l'air, que significa... mmm... No lanzo palabras al aire; eso es lo que mi padre me enseñó de pequeña.

Virginia toma su bolso y se levanta de la silla, haciendo una seña al camarero para que retire su vaso de agua vacío.

—Avísame de tu decisión antes de que termine el mes —añade con despreocupación—. Puedes enviarme un mensaje con tu decisión o llamarme si tienes alguna pregunta. À plus!

Y entonces sale del restaurante sin más, como si no fuera gran cosa.

Bueno, quizá para ella no sea nada especial, pero para mí...

Ahora está en juego toda mi vida.

¿Y qué debería hacer? ¿Debería quedarme en la empresa de Harden solo porque me he enamorado de él?

Espera un momento. No estoy enamorada de él, ¿verdad? Es imposible; es demasiado pronto.

Entonces, ¿qué otra cosa me impide aceptar la oferta?