Capítulo Once
CRYSTAL
Es enorme. Descomunal. El pene más grande que he visto en mi vida.
¿Cómo demonios va a caber dentro de mí?
Me quedo mirándolo unos instantes, incapaz de apartar la vista, y después alzo los ojos hasta encontrar los de Jack.
Sonríe con picardía; está claro que disfruta de mi asombro ante su magnífico cuerpo.
No se suponía que este hombre fuera tan guapo. No se suponía que fuera tan atractivo. Es un diablo que quería que yo fracasara. Es un ladrón que robó la Navidad.
Y es el único al que me muero por sentir dentro de mí.
Jack se desliza sobre la cama despacio, con cuidado, como un león que observa a su presa.
Él está completamente desnudo y yo, totalmente vestida. Entonces, ¿por qué me siento tan cohibida, como si fuera al revés?
—No deberías haber venido a mi oficina. —Su voz es baja y ronca mientras me separa las piernas y coloca una pierna entre mis muslos, presionando la rodilla contra mi sexo.
Me arrancó la ropa interior y ahora estamos piel con piel. Siento que le empapo la pierna con mi humedad. Sigo mojada por el orgasmo que me dio antes y excitada por todo lo demás que aún puede darme.
—Deberías haberte alejado de mí —continúa, inclinándose hacia mí y posando una mano en mi cuello.
—Eres un monstruo —susurro, apoyando la palma en su pecho desnudo, incapaz de romper este hechizo.
—Lo soy —me responde en un susurro mientras me roza el labio inferior con el pulgar y se acerca aún más.
Cuando nuestros labios vuelven a encontrarse, no tiene prisa. Me besa despacio, con ternura: primero me acaricia un labio y luego el otro, los succiona ligeramente, vuelve a rozarlos apenas, presiona con más fuerza y se retira mientras me frota el mentón con el pulgar.
—Tengo que huir —digo, devolviéndole el beso en lugar de salir corriendo.
—Tuviste tu oportunidad, Crystal. —Esta vez me succiona los labios con más fuerza, sujetándome por la nuca y pegando mi rostro al suyo.
Su lengua entra en mi boca y me devora por completo, como si me dijera que no va a dejarme ir.
Mis caderas empiezan a moverse sin que pueda evitarlo, intentando aumentar la fricción entre mi sexo y su rodilla.
Cuando me muerde el labio inferior, gimo y le clavo las uñas en el pecho.
—Eres el diablo —susurro, recorriendo con los dedos sus abdominales duros como una roca.
Sonríe de medio lado y me mira a los ojos con intensidad mientras sus dedos me acarician la mejilla.
—¿No te has enterado? —susurra contra mi boca con una sonrisa ladina—. Hasta el diablo necesita un ángel para hacer el amor.
Y entonces nuestros labios vuelven a encontrarse y yo gimo.
No hay adónde huir, no hay dónde esconderme, porque, aunque me esconda de él, no podré huir de mis sentimientos.
Aparta la rodilla de mi sexo y vuelvo a gemir, esta vez en señal de protesta.
Jack empieza a bajarme la cremallera del vestido sin interrumpir el beso y yo lo ayudo, incorporándome un poco para que pueda sacármelo por la cabeza.
Porque no veo la hora de sentir su piel contra la mía por todo el cuerpo.
—Dios mío —exhala cuando ve la ropa interior que llevo.
Bueno, no exactamente, porque, después de que él me arrancara la ropa interior en el pasillo, solo me queda puesto el sostén.
Mi lencería es de encaje rojo rubí con un ribete dorado. Es transparente en los lugares adecuados y deja al descubierto mis pezones duros, pero aun así deja algo a la imaginación.
Compré esta costosa lencería especialmente para este vestido rojo, porque me siento mucho más segura cuando sé que llevo algo precioso debajo de la ropa de trabajo.
—Eres como un sueño hecho realidad, Crystal —dice con voz grave, acariciándome la clavícula y bajándome los tirantes del sostén—. Un sueño que ni siquiera sabía que necesitaba.
Esa mirada, esas palabras... dos segundos más y ni siquiera tendrá que penetrarme, porque voy a explotar de todas formas.
Cuando ya no llevo el sostén, Jack se inclina, se desliza sobre mí y roza mi cuerpo con el suyo.
Siento la punta de su pene tocar mi sexo y el calor empieza a envolverme el cuerpo.
Mis piernas intentan cerrarse por reflejo, pero su cuerpo me lo impide.
—No me escondas este coño precioso, Crystal —susurra mientras me besa el cuello y sigue bajando a besos hasta mi pecho—. Sé que ya no quieres huir, ¿verdad?
Se detiene un segundo, pero solo para mirarme.
—Sí quiero huir —miento, mirándolo directamente a los ojos; las mejillas me arden de vergüenza.
—Si quieres huir... —Vuelve a inclinarse y traza un pequeño círculo alrededor de mi pezón—. ¿Por qué estás tan mojada?
En cuanto las últimas palabras salen de su boca, introduce de golpe un dedo dentro de mí y me chupa el pezón.
—¡Jack! —grito, arqueando la espalda, incapaz de creer cuánto placer me provoca.
—Sí, ángel, grita mi nombre —ordena, haciendo círculos alrededor de mi pezón con la lengua—. Es el único nombre que necesitas recordar de ahora en adelante.
Y entonces introduce otro dedo, los curva dentro de mí y pierdo la cabeza.
—Jack, por favor... —suplico, tomando una bocanada de aire.
—¿Por favor qué? —Me da un ligero mordisco en el pezón mientras mueve dos dedos dentro de mí y me acaricia el clítoris con el pulgar.
Me arqueo todavía más y le clavo las uñas en la espalda.
—Por favor, penétrame. —No puedo creer las palabras que me salen de la boca.
Tengo que huir; tengo que odiarlo.
Entonces, ¿por qué lo deseo tanto?
El placer que sentí cuando Jack Harden me llenó con sus dedos no se compara con lo que siento cuando su pene se desliza dentro de mí y me llena por completo.
Por un segundo, me parece que no podré moverme con él dentro de mí; es como si ni siquiera pudiera respirar.
Harden le queda perfecto como apellido: suena a hard, «duro» en inglés, y el pene de este hombre es grande, duro y poderoso.
—Mierda, estás tan estrecha que es como si estuviera haciendo mía a una virgen —gime y empieza a moverse despacio.
No quiero decirle que llevo más de dos años sin tener sexo, así que quizá esa sea la razón.
Al principio, sus embestidas son lentas y cuidadosas; me da tiempo a acostumbrarme a su tamaño y se lo agradezco. Cada vez que sale y vuelve a hundirse en mí, alcanza mi punto secreto y mis paredes internas se cierran todavía más alrededor de su pene.
Y entonces, cuando siente que muevo las caderas y le clavo las uñas en la espalda, sus movimientos se vuelven más rápidos y fuertes, y empezamos a movernos al unísono, encontrando nuestro propio ritmo.
No tardo en llegar al orgasmo. Mi cuerpo se tensa debajo de él y todo mi cuerpo clama por este placer.
—¡Jack! —vuelvo a gritar su nombre mientras mis muros se derrumban y yo me rompo en miles de pedacitos.
Los fuegos artificiales de mi clímax se extienden por todo mi cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la coronilla, llenándome de un placer más intenso que cualquier otro que haya sentido antes.
Empiezo a temblar y Jack se deja caer sobre los codos, hundiendo el rostro en mi cuello cuando alcanza su propio orgasmo; siento su semen caliente dispararse dentro de mí.
—Crystal... —susurra mi nombre como un depredador que atrae a su presa, convulsionándose de placer, y cada una de sus embestidas prolonga mi propio placer.
Se me aflojan las piernas y caen a ambos lados de él; mis manos también, ya incapaces de seguir clavándole las uñas en la espalda.
Probablemente le dejé arañazos. Quizá incluso moretones. No pude controlarme mientras él estaba dentro de mí. Era como si estuviera embrujada.
El diablo me había poseído, pero, en lugar de huir, me sometí a él.
Sale de mí despacio y rueda a un lado, intentando recuperarse.
Durante un par de minutos nos quedamos tendidos, inmóviles, incapaces de movernos o hablar.
Y entonces me doy cuenta de que soy yo quien debería salir de la habitación.
Es su dormitorio; el mío está al otro lado de la suite del ático.
¿Debería decir algo antes de irme?
Me incorporo sobre los codos, obligándome a mirarlo.
—Eso fue... —me interrumpo.
¿Qué puedo decir? ¿Increíble? ¿Maravilloso?
Pero esas palabras no bastan para lo que acaba de pasar.
Acabo de tener el mejor orgasmo de mi vida, pero ¿de verdad debería decírselo? ¿Al hombre que odio y con quien ya no quiero trabajar?
Pero la cuestión es que... creo que ya no lo odio.
Fue tan tierno, tan sincero. Incluso se disculpó conmigo. Sé con certeza que Jack Harden nunca hace eso.
—Probablemente debería irme —digo al fin y me vuelvo para levantarme, pero una mano grande y fuerte me rodea por detrás y me hace caer de nuevo sobre la cama.
—Te quedas —ordena y se acerca hasta pegar su cuerpo al mío y abrazarme por detrás.
Te quedas...
Así de simple. No es una pregunta ni una propuesta.
Una orden que debo obedecer.
Ha vuelto el Jack Harden de antes: exigente, estricto, intransigente.
¿Cómo puede este hombre darme órdenes mientras hunde con suavidad la nariz en mi cuello?
Es una pregunta para la que no tengo respuesta.