Un ladrón por Navidad Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

CRYSTAL

Por un momento, todos guardamos silencio. Jack sigue mirando fijamente a Masterson sin siquiera parpadear, y pasa lo que parece una eternidad antes de que Masterson hable.

—Muy bien, que gane el mejor. —Intenta sonreír, pero es evidente que no quiere hacerlo—. Me gusta ver peleas de gallos —añade con sarcasmo.

Ay, no. Eso significa que me toca hablar a mí, porque fui yo quien ideó la estrategia de la que habla Jack.

—La estrategia de marketing fue idea de Crystal desde el principio —dice Jack, mirándome a mí aunque le habla a Tom—. Por eso quiero que sea ella quien nos la presente.

Contengo el aliento: ha llegado la hora. Es mi momento de demostrarles hasta qué punto se equivocan al juzgarme. Soy capaz de luchar y ganar.

Todos se vuelven hacia mí, y el corazón se me detiene.

Miro a Jack y sé que mi rostro refleja terror, pero él asiente levemente, como si me dijera que no me preocupe.

Puedo hacerlo.

Y lo haré.

—La nueva línea incluye cinco productos de cuidado de la piel para mujeres —empiezo, y noto que me tiembla un poco la voz—. Todos están hechos con ingredientes orgánicos y contienen extracto de jojoba, caléndula...

—No quiero oír esto. No soy químico —me interrumpe otra vez Tom Masterson y pone los ojos en blanco mientras mira a Jack, como si ya estuviera aburrido—. Dime cuánto dinero vamos a ganar, Christine, y luego...

—Es Crystal, Tom, y todavía no ha terminado —espeta Jack en voz tan alta que doy un respingo.

Durante un par de segundos se limita a mirar a Masterson con una expresión que nunca le había visto, una capaz de aterrorizar a cualquiera. Como si fuera a golpearlo si no se callara. Veo que apenas logra contenerse para no empezar una pelea con su inversionista.

—Continúa. —Jack vuelve a mirarme sin esperar la respuesta de Tom.

Tom Masterson cambia al instante su expresión de aburrimiento fingido por una de falso interés y vuelve a mirarme en silencio.

Y, por segunda vez esta semana, siento que podría desmayarme en cualquier momento. No es por Masterson, que resulta ser aún más desagradable de lo que imaginaba. Es por Jack, que se comporta como si el puto universo le perteneciera.

—El envase de papel y plástico reciclados nos permite reducir los costos de producción casi un 14 %.

—Respiro hondo para regular la respiración—.

Elegiremos al azar a mujeres comunes en la calle para que prueben el producto y les pediremos que dirijan cada paso del video.

Después subiremos los videos a internet.

Así ahorraremos lo que costaría hacer publicidad con una celebridad y ya tendremos a nuestras primeras clientas, a quienes les gustará el producto y se lo contarán a sus amigas.

Sorprendentemente, Tom Masterson me deja terminar.

Cuando levanto la vista de mis papeles para mirar a Jack, nuestras miradas se encuentran y veo una sonrisa leve, apenas perceptible, en su rostro, como si estuviera orgulloso de mí.

Me siento aliviada. No sé por qué, pero me ha resultado más difícil hablar delante de Jack, que ya conoce la estrategia, que delante de Masterson, aunque sea un imbécil profesional.

Sé que es ridículo, pero me siento orgullosa de mí misma porque Jack está satisfecho con mi presentación. Como si quisiera que se sintiera orgulloso de mí, cosa que no quería. Jack Harden ni siquiera me cae bien; ¿por qué iba a querer que yo le gustara?

Su mirada es tan intensa que se me eriza la piel. Y esta vez no se debe al miedo.

—Nunca había oído una idea tan condenada al fracaso —dice por fin Tom Masterson, interrumpiendo mis pensamientos.

Necesito un par de segundos para darme cuenta de lo que está diciendo.

—Ya hablamos de la publicidad —continúa, y se vuelve hacia Nicolas—. Diles, alfeñique.

—La mujer del anuncio camina por la calle mirando los escaparates, codiciando esta crema —explica Nicolas a toda prisa, probablemente esperando que Tom lo interrumpa—.

Tiene mal aspecto y va desaliñada, y cuando recibe la crema como regalo de su amiga rica, el rostro empieza a iluminarse y por fin conoce al hombre de sus sueños.

—¿Ahora lo entiendes? —Masterson vuelve a hablar mientras mira a Jack y golpea a su asistente en el hombro, como para agradecerle el buen trabajo, aunque parece más una bofetada de verdad—.

La idea de que algo sea inalcanzable siempre atrae a la gente.

¿Y qué es lo que más ansían las mujeres? ¡Hombres!

No he oído una propuesta de campaña publicitaria tan ridícula desde la era de las supermodelos de los noventa. Se enorgullecían de ser diosas inalcanzables que dominaban el mundo.

Por suerte, esa era ya es historia. Tenemos una nueva generación de mujeres que se quieren por quienes son, no por su aspecto.

—Con el debido respeto, señor Masterson —digo antes siquiera de que Jack pueda hablar—, las mujeres no ansían a los hombres; ansían independencia.

El corazón intenta salírseme del pecho.

Nunca he estado tan nerviosa. Ni siquiera cuando di a luz a mi hija a los diecisiete años.

—No necesitan volverse perfectas —continúo antes de que pueda interrumpirme—. Lo único que necesitan es quererse tal como son, con un poco de ayuda de una crema natural que de verdad cuide su piel y que usarán porque les gusta, no porque convierta a Cenicienta en una princesa.

Durante un par de segundos, todos me miran como si por arte de magia me hubiera brotado un cuerno en medio de la frente y me hubiera transformado en un unicornio.

Hasta Jack se sorprende de que no solo haya interrumpido a Masterson, sino que además haya criticado su idea y defendido mi postura.

—¿Y quién lo dice? —espeta Masterson con irritación—. ¿Tú? ¿Este tipo? —Vuelve a golpear a Nicolas—. Él fue a Wharton y se graduó con honores. ¿Y tú dónde estudiaste? Apuesto a que en alguna universidad pública gratuita, financiada por contribuyentes como yo para recién llegados como tú, que...

—¡Basta! —ruge Jack y golpea la mesa con el puño tan fuerte que doy un respingo y todos los comensales del restaurante se vuelven a mirarnos.

Al principio, Masterson se queda paralizado de miedo, pero luego recupera la compostura y sonríe con suficiencia.

—¿No eres demasiado joven para hacerme callar? —Cada palabra que pronuncia Tom Masterson rebosa miedo, aunque intenta aparentar tranquilidad.

—Se acabó, Masterson —dice Jack, levantándose de la silla—. Hemos terminado, y no solo con este proyecto. No volveremos a trabajar contigo.

Nicolas parece pegado a la silla, temeroso de que, si se mueve, vuelvan a golpearlo y esta vez con más fuerza.

Jack me tiende una mano y entiendo que quiere que me levante.

—¿No crees que estás yendo demasiado lejos? —dice Masterson entre dientes.

Jack se inclina de pronto sobre la mesa, y Masterson se echa hacia atrás, asustado.

—No te preocupes, Tom. No voy a golpearte —dice Jack con voz gélida, más bajo que antes—.

A pesar de todas las veces que quise pegarte cuando era más joven al ver cómo tratabas a mi madre y a todas tus esposas, no lo haré.

Eres demasiado viejo; no sería justo. Mi padre tenía demasiado miedo de perderte como inversionista y por eso te aguantaba.

Pero yo no soy él. Y no dejaré que le hagas daño a mi mujer.

Antes de que alcance a procesar lo que acaba de decir, Jack me toma de la mano y literalmente me arrastra tras él.