Capítulo Seis
JACK
No debería haber sido tan franco con ella ayer.
Eso no formaba parte de mi plan en absoluto.
Pensaba pasarme todo el vuelo trabajando, como hago siempre.
Debería haberla ignorado, como hago con los demás empleados, y haber intercambiado con ella apenas un par de palabras sobre trabajo durante el vuelo, si acaso.
No mezclo el trabajo con el placer. Ningún empleado puede hacerse amigo mío porque no es apropiado. Nadie necesita saber nada de mi vida personal. Lo privado debe seguir siendo privado.
Pero entonces la vi temblar de miedo, aferrada a los reposabrazos y rezando. Algo dentro de mí se quebró y me obligó a acercarme, a empezar a hablarle para tranquilizarla, aunque mi mente no dejaba de decirme que era una mala idea.
Y me abrí con ella. Mucho. Tal vez para una persona normal eso habría sonado como una conversación corriente, pero no para mí. Yo no soy tan franco.
Y la deseo. Mierda, la deseo tanto que anoche no pude dormir sabiendo que estaba a apenas seis metros de mí, en la misma suite del hotel.
Tan cerca y tan inalcanzable al mismo tiempo. ¿Es eso lo que me excita? ¿Que una mujer hermosa e inteligente esté en mi suite del hotel y yo no pueda acostarme con ella?
No, hay algo más. Algo poco habitual para mí.
Como ya he dicho, no mezclo el trabajo con el placer.
Al menos, nunca me había pasado antes. Y, pase lo que pase, siempre antepongo el dinero a mis relaciones personales.
Me alegra que ella lo sepa. Sabe que soy absolutamente incapaz de mantener una relación seria.
Es una mujer inteligente y sin duda merece algo mejor de lo que yo puedo ofrecerle.
Cuando salgo de mi dormitorio a las siete y media de la mañana, veo que Crystal ya está totalmente vestida, maquillada y con un peinado nuevo. Lleva su abundante cabello oscuro recogido en un moño pulcro, supongo que para parecer más profesional.
—Buenos días —digo con seriedad al entrar en la sala de estar, donde está sentada en un sofá, estudiando los papeles que ha preparado para la reunión de hoy.
—Feliz Nochebuena —dice con una sonrisa al verme y se levanta del sofá.
Lleva un vestido rojo oscuro ceñido que le cubre los pechos y le llega hasta las rodillas, pero juro que nunca he visto a una mujer más atractiva que la que está de pie frente a mí. Me obligo a dejar de mirar su cuerpo y la miro a los ojos.
Por suerte, no ha notado mi reacción mientras guarda en el bolso los papeles que tenía en las manos. Cuando vuelve a mirarme, me doy cuenta de que lleva lentes.
Me sonríe, ignorando por completo mi tono severo, y mi decisión de mantener las distancias con ella parece evaporarse poco a poco.
—No sabía que usaras lentes —digo, incapaz de apartar la mirada de sus enormes ojos marrones, que se ven aún más sensuales detrás de ellas.
—Ah, no son lentes exactamente, solo tienen filtro de luz azul. —Sonríe aún más, mostrando sus hermosos dientes blancos, que contrastan tanto con su piel bronceada por el sol—. Las uso cuando trabajo con computadoras, pero hoy pensé que me harían parecer más profesional.
Mala decisión. Puede que esas lentes le den más confianza, pero desde luego a mí me distraen aún más.
No puedo evitar imaginarla arrodillándose delante de mí, bajándome despacio la cremallera del pantalón y llevándose mi pene a la boca mientras alza la vista hacia mí con esos enormes ojos marrones detrás de las lentes.
Mi pene se sacude dentro del pantalón.
—Vamos. Tom Masterson odia que la gente llegue tarde —espeto. El movimiento de mi pene me hace dar un respingo. Espero que ella no haya notado nada.
La amplia sonrisa de Crystal desaparece de inmediato; agarra el bolso y me sigue.
No llegaremos tarde. Hemos quedado con Masterson para desayunar en el restaurante del hotel, y él suele llegar quince minutos antes. Eso significa que todavía nos queda media hora entera.
Mientras entramos en el ascensor, procuro no mirarla en absoluto. Sabía que contratarla era una mala idea. Necesitaba a alguien mayor, con más experiencia y, por supuesto, menos atractivo.
Que no se me malinterprete, salgo con mujeres todo el tiempo.
Bueno, no es que salga con ellas exactamente.
Una agencia proporciona modelos para que acompañen a hombres como yo a eventos y fiestas.
Por cierto, no les pago por tener sexo. Siempre acceden a acostarse conmigo porque también quieren hacerlo.
A veces veo a la misma mujer un par de veces; por eso las revistas empiezan a llamarla mi novia, una publicidad excelente para modelos como ellas. Todos ganamos.
Pero nunca he sentido lo que siento cuando estoy cerca de Crystal. Algo salvaje, primitivo, despierta dentro de mí cuando estoy con ella. Me convierto en un cavernícola que quiere agarrarla y quedársela en su guarida para siempre.
La primera vez que discutió conmigo, quise separarle las piernas y castigarla. Tendría que haberle dicho entonces que no era adecuada para este puesto. No necesitaba contratarla.
Pero lo hice de todos modos. Porque me había prometido que elegiría a la persona cuya idea fuera la mejor.
No podía rechazarla solo porque es atractiva.
No soy ese tipo de hombre, o al menos eso creía.
Durante toda mi vida me he considerado un hombre capaz de contener mis emociones y controlarme.
Pero cuando estoy cerca de esta mujer, ya no estoy tan seguro.
Le preparé tantas pruebas, todas pensadas para que fracasara y poder decirle que no estaba preparada para el puesto.
Le pedí que hiciera horas extra durante las fiestas, pero aceptó sin dudar.
Le dije que cambiara los gráficos de la estrategia y solo le di un día para hacerlo, pero lo hizo y hasta los entregó antes del plazo.
Supongo que pasó la noche en vela antes del vuelo.
Y la última prueba que he preparado es Tom Masterson, el inversionista con quien mi padre trabajó más tiempo y un verdadero dolor de cabeza.
Mi madre odia a Masterson, no solo porque siempre intentaba manosearla cuando mi padre estaba distraído, sino también porque considera a las mujeres simples objetos sexuales y nunca presta atención a sus opiniones.
Pero mi padre siempre pasaba por alto lo imbécil que era Masterson porque este le daba dinero.
Masterson, a diferencia de mi padre, había heredado una fortuna y no tenía ni idea de qué hacer con ella.
Por eso necesitaba a alguien como mi padre.
Necesitaba su inteligencia para saber cómo utilizar ese dinero.
No he hablado con Tom Masterson desde hace muchos años. Cuando murió mi padre, dejé de pedirle que invirtiera. En primer lugar, ya no necesito dinero. Tengo de sobra. Y, en segundo lugar, ahora hay muchos otros inversionistas que quieren trabajar conmigo, así que de verdad no necesito a Masterson.
Pero lo llamé de todos modos. Sabía que no rechazaría mi oferta.
Nunca dice no si puede ganar un par de millones de dólares más.
Además, hace poco compró una de las mayores cadenas de tiendas de cosméticos de Estados Unidos, y la distribución a través de esas tiendas es justo lo que mis nuevos productos necesitan ahora mismo.
También es el único hombre al que conozco que aceptaría reunirse conmigo en Nochebuena.
—Necesitas saber algo —le digo a Crystal, aunque sé que voy a arrepentirme—. Sobre Masterson.
—Lo necesitamos, lo entiendo —dice de inmediato, volviéndose hacia mí—. Si nos permite usar sus tiendas para la distribución, eso podría reportarnos otros doscientos o trescientos millones de dólares.
—Sí, tienes razón, pero no me refiero a eso. —Miro sus enormes ojos marrones y al instante me siento como una mierda.
No debería haberle tendido una trampa así. Podría haber quedado con Masterson a solas, sin traerla. De verdad no necesito que la nueva asistente de marketing me acompañe. No tiene sentido.
Excepto por una cosa: quería ponerla a prueba. Quería que viera lo duro que es este mundo y que se lo pensara dos veces antes de aceptar el puesto.
—Tom Masterson es la personificación de todo lo repugnante que hay en el mundo de los negocios —digo al fin mientras caminamos por el pasillo hacia el restaurante.
Camina más despacio y me mira sorprendida.
—Es un auténtico sexista, Crystal —le digo. Los dos dejamos de caminar y nos miramos—. Trata a las mujeres como si fueran sus juguetes y también es...
Me detengo porque no puedo creer que vaya a decirle esto.
—¿Qué? ¿Edadista? —pregunta, abriendo aún más sus enormes e ingenuos ojos.
Confía en mí. Y yo no hago más que intentar que se rinda.
—Racista —digo al fin, y su expresión pasa del miedo al terror.
—Ya veo... —murmura tras una pausa—. Puede que no le guste que sea puertorriqueña, ¿verdad?
—Desde luego que no le gustará, y hará chistes obscenos y vulgares al respecto. —Siento que la sangre me corre por las venas mientras lo digo.
Tom Masterson se ha burlado de mi madre toda la vida solo porque sus padres emigraron de Serbia a Estados Unidos antes incluso de que ella naciera. Es un auténtico pedazo de mierda, y cuanto más lo pienso, menos apropiada me parece la idea de que desayunemos juntos.
No puedo creer que esté acompañando a esta cordera para que un lobo la despedace.
—Lo hiciste a propósito, ¿verdad? —pregunta, y sus grandes ojos ya no están asustados; están furiosos—. Querías que renunciara desde el primer minuto en que me viste.
—En el futuro tendrás que lidiar con gente como Masterson —replico para defenderme, aunque en realidad soy un pedazo de mierda, así que no hay defensa posible—. Este mundo está lleno de ellos.
Y es verdad: si esta mujer quiere tener éxito, primero tiene que saber sobrevivir.
—No puedo creerlo —susurra, mirándome, y veo la decepción en sus ojos. Como si hubiera confiado en mí y yo la hubiera traicionado.
—Cancelaré la reunión —respondo mientras saco el teléfono para marcar el número de Tom.
—No voy a rendirme, señor Harden —sisea Crystal. Da un paso hacia mí y aparta mi teléfono con la mano—. No hasta que me muera.
Sin esperar mi respuesta, Crystal se da la vuelta y vuelve a caminar hacia el restaurante.
Durante un par de segundos, no me muevo y observo su espalda.
Y, por primera vez en toda mi vida, siento algo que jamás había sentido: arrepentimiento.
Lamento haberle tendido esa trampa. Me duele el pecho como nunca antes.
¿Qué me pasa? Nunca me arrepiento de lo que hago.
No debería haber confiado en mí. Soy un lobo, como Masterson, y quizá incluso peor. Lo único que me importa es el dinero, no las personas. Una mujer como Crystal necesita a alguien mejor en quien confiar.