Capítulo Cuatro
JACK
Su risa dorada se extiende por la cabina y por fin puedo verla sonreír. Debo admitir que nunca he visto nada más hermoso.
Ayer, después de que se marchara, me pregunté qué aspecto tendría si yo la hiciera sonreír. Bueno, también me pregunté qué aspecto tendría si la hiciera llegar al orgasmo, pero esa es otra historia.
No mezclo el trabajo con el placer, pero aquí estoy, hechizado por la risa de esta mujer. Podría escucharla eternamente. Es como el champán: se bebe con facilidad, pero tarda mucho en irse de la cabeza.
—No sé por qué dije eso —dice por fin, encogiéndose de hombros y todavía riéndose un poco—. Quise decir que no quiero morir; no importa dónde.
—¿Sabe que sentarse en un avión es más seguro que caminar por la calle? —pregunto, intentando parecer severo, pero con esta mujer es difícil no sonreír.
Mira mis labios. Probablemente le sorprende que sepa sonreír. Hasta ahora, de mí solo ha oído acusaciones y reproches.
—Sí. —Traga saliva y su mirada vuelve lentamente a la mía.
—¿Qué quiere beber? —Pulso el botón para llamar a la auxiliar de vuelo.
—Ah, no, gracias, yo... no debería —murmura mientras niega con la cabeza—. Es un viaje de negocios y vamos a reunirnos con inversionistas.
—Inversionista —la corrijo—. Solo uno. Y la reunión será mañana. Hasta entonces quiero que se relaje un poco. No quiero que le dé un infarto antes de que su estrategia de marketing pase a ser mía. En el vuelo de regreso no tiene que beber si no quiere.
Hablo en serio y ella abre los ojos de par en par, sorprendida. No logra entender si soy sincero o estoy bromeando.
Es tan adorable. Se cree cada una de mis palabras.
No aguanto más y empiezo a reírme.
—No tiene gracia —dice entre risas mientras niega con la cabeza, aunque su amplia sonrisa indica lo contrario.
—Sí la tiene —coincido, incapaz de dejar de sonreír.
Cuando vuelvo a mirarla, veo que esta vez le brillan los ojos.
Pensé que era sexy cuando discutía conmigo, pero lo es todavía más cuando parece feliz.
¿Estamos... coqueteando?
Pero yo nunca coqueteo. ¿Cómo demonios voy a saber coquetear?
—¿Qué le gustaría beber, señor? —pregunta Emily, la auxiliar de vuelo, y solo eso consigue que aparte la vista de los enormes ojos marrones de Crystal.
—Whisky escocés con hielo, dos dedos —le digo.
—¿Y usted, señorita? —le pregunta Emily a Crystal, así que vuelvo a mirarla.
Vacila, respira agitadamente y se muerde el labio. Su mirada va de Emily a mí y de mí a ella.
—Tienen de todo, incluidos el sake japonés y el vodka ruso —digo para animarla a no cohibirse.
Quiero verla todavía más relajada. Hablar con ella resulta tan fácil, tan natural, como si nos conociéramos de toda la vida.
—Ron oscuro, sin hielo, dos dedos también —pide por fin Crystal, y Emily se marcha.
—Ron, ¿eh? —Me río entre dientes—. Debo admitir que me sorprende. Creí que elegiría vino.
—Ni hablar. —Niega con la cabeza—. Llevo el ron en la sangre.
Después se hace un largo silencio y nos limitamos a mirarnos sin decir una palabra.
La atracción entre nosotros es tan intensa que podría cortarse con un cuchillo. Y estoy seguro de que ella también la siente.
—Aguas... ¿es mexicano? —Rompo el silencio para preguntarle por su apellido.
—Puertorriqueño —aclara mientras se recuesta en la silla—. Y, desde que tenía tres años, mi padre me daba una cucharadita de ron cada vez que tenía gripe.
Vuelve a sonreír y habla de su familia con mucho cariño. Estoy seguro de que sigue muy unida a ellos.
Ojalá pudiera decir lo mismo de la mía, pero en realidad no los conozco. Siempre estaban en algún lugar lejano mientras a mí me criaban las niñeras.
—Me alegra que usara su nombre real en ese currículum falso —confieso.
Abre mucho los ojos, sorprendida, y arquea una ceja como si me pidiera una explicación.
—Eso significa que no cree que sea racista —continúo—. Quiero decir, teniendo en cuenta que soy sexista y edadista.
—Lo siento. —Niega con la cabeza, avergonzada, y baja los ojos—. No debería haber dicho eso.
Pero me alegra que lo hiciera.
No lo digo en voz alta porque sé que no debería. Trabajamos juntos y eso es todo. Y, si ella no hubiera mentido en su currículum, nunca nos habríamos conocido.
—Su idea era realmente buena. ¿Sabe por qué la elegí entre todas las demás? —Cambio de tema para que se relaje un poco.
Vuelve a alzar la vista hacia mí y niega con la cabeza.
—Elegí para este puesto a cincuenta candidatos cuyas ideas parecían las más rentables —continúo—, y después seleccioné cincuenta de nuestras tiendas y probé una idea en cada una.
—¿En serio? —exclama feliz, abriendo mucho los ojos—. ¿Eso significa que ganó mi idea?
—Así es. —Asiento con una sonrisa—. Su idea de reunir nuestros veinticinco mejores productos en una gran caja navideña para crear un calendario navideño fue la más rentable.
—No puedo creerlo. —Los ojos de Crystal brillan mientras habla. Parece una niña en una tienda de dulces—. ¿Y qué tal resultó?
Antes habíamos hecho calendarios navideños para mujeres y pequeños paquetes de regalo para hombres y niños. Pero nunca lo habíamos reunido todo. Para ser sincero, pensé que sería un fracaso, pero lo probé.
En vez de usar una caja para cada producto, hicimos un solo paquete grande, lo que nos permitió ahorrar un 3 % adicional.
También elegimos los tamaños más pequeños de los productos, que son los que peor se venden, pero, por lo visto, la gente pasa por alto el tamaño cuando el descuento total supera el 25 %.
—Su oferta navideña incrementó las ventas de esa tienda casi un 16 %, Crystal —le digo con orgullo—. El año que viene estará disponible en todas las tiendas que tenemos en el mundo. Por eso vamos a usar su estrategia de marketing para el lanzamiento de nuestra nueva línea de cuidado de la piel.
La conmoción que se refleja en su rostro durante los siguientes instantes es indescriptible y se mezcla con tanta alegría que casi grita al hablar:
—¡Muchísimas gracias, Jack! No lo decepcionaré, se lo prometo.
Crystal posa la palma sobre mi muñeca mientras lo dice, y una leve corriente eléctrica pasa entre nosotros. Baja la mirada hacia nuestras palmas y, cuando comprende lo que ha hecho, aparta la suya de golpe, como si estuviera en llamas.
—Quiero decir... señor Harden —dice atropelladamente, corrigiéndose nerviosa y mirándome con algo parecido al terror—. Lo siento muchísimo, yo...
Se detiene. No sabe por qué disculparse. Porque no hay nada que decir. No ha hecho nada malo; solo me ha tocado la mano. Me ha llamado por mi nombre, lo cual tampoco es un delito.
Pero lo que ambos sentimos cuando nuestras manos se rozaron no fue solo un contacto.
Fue como echar gasolina sobre el fuego.
Nuestras miradas se encuentran y sus labios se entreabren.
Siento que el corazón me late más deprisa y sé por qué. La miro como un león mira a su presa antes de atacar. Y, al igual que él, también quiero comérmela. Comérmela entera.
Y lo quiero ahora.
Ella también puede sentirlo, y por eso contiene la respiración.
—Sus bebidas, señor —dice Emily, la auxiliar de vuelo, y deja dos vasos sobre la mesa.
Por primera vez en mi vida, me enfada que alguien me haya traído mi whisky favorito.