Capítulo Tres
CRYSTAL
Odio los aviones. Los odio, literalmente. Jamás aceptaría volar de Los Ángeles a Nueva York si pudiera elegir, aunque siempre he querido conocer la Gran Manzana.
Y menos aún habría aceptado ir de haber sabido que viajaríamos en un avión privado.
Es bastante grande, pero aun así es más pequeño que uno comercial.
¿Acaso los aviones pequeños no son más peligrosos que los grandes?
Entonces, ¿por qué demonios los cabrones ricos como Jack Harden siempre viajan en aviones privados?
El conductor que envió Harden me recogió y me llevó directamente hasta la pista. Una auxiliar de vuelo me recibió y me acompañó a bordo, ayudándome con el equipaje.
Jack Harden ya estaba aquí. Cuando lo saludé, se limitó a asentir y siguió hablando por teléfono y escribiendo algo en la computadora portátil al mismo tiempo.
Este hombre siempre está ocupado. No he dormido bien porque me encargó una tarea que normalmente me llevaría una semana o más terminar, pero me pidió que la completara antes de nuestro viaje.
Sé que me está poniendo a prueba, intentando demostrar que tenía razón y que no soy una buena candidata para este puesto.
Pues se equivoca, está muy equivocado. Puede que no sea la más inteligente, pero sin duda soy la más testaruda. No he comido, no he dormido, pero sí he terminado la tarea a tiempo.
Este avión es enorme, sin duda más grande de lo que imaginaba.
Harden tiene un auténtico despacho en el avión.
En vez de un dormitorio o una sala de cine —sí, esta mañana me dediqué a ver en YouTube videos de los aviones privados más lujosos—, Jack Harden tiene un escritorio con una silla de oficina, un sofá y una mesa de comedor con varias sillas cómodas.
La auxiliar de vuelo me ofreció sentarme en el sofá, pero me negué y elegí un asiento normal junto a la ventana. De todos modos, no podré relajarme, no solo porque odio volar, sino porque mi jefe está aquí trabajando. ¿Cómo voy a relajarme cuando mi jefe trabaja a tres metros de mí?
Quería sentarme de espaldas a Harden para que no viera mi expresión aterrada durante el vuelo, aunque haré todo lo posible por ocultarla. Pero eso habría significado darle la espalda a la entrada, así que elegí otro asiento.
También traje mis documentos para fingir que estoy trabajando, pero lo cierto es que voy a pasarme todo el vuelo rezando.
Cuando el avión finalmente despega, me aferro por instinto a los reposabrazos del asiento y clavo los dedos en ellos. Hoy hace muy buen tiempo, pero el despegue es turbulento debido a las nubes.
Cierro los ojos y respiro hondo. Por suerte, Harden sigue muy ocupado con su trabajo, así que me ignora.
Me acuerdo de que se me olvidó decirle a mi hija que ya estoy en el avión. Siempre le dejo un mensaje para decirle que la quiero antes de ir a algún sitio.
Nunca me he separado de ella durante más de un día, así que aceptar este viaje de trabajo supuso un verdadero reto para mí.
Pero sabía por qué Harden me lo había ofrecido.
Yo fui quien le dijo que la familia no es un impedimento para las mujeres.
Y por eso acepté, aunque casi me eché a llorar al pensar en dejar a mi hija durante tres o cuatro días.
Mi hija, Sky, ya tiene diecisiete años, y se rio cuando le dije que me preocupaba dejarla sola durante tanto tiempo.
Sé que estará bien; a su edad es mucho más madura de lo que yo era. Me quedé embarazada a los diecisiete años tras un encuentro de una noche con un tipo al que ni siquiera conocía. Nueve meses después di a luz a Sky, la niña más hermosa del mundo.
Por suerte, el padre de Sky resultó ser un gran hombre. Se casó conmigo y me ayudó económicamente. Pero no era un hombre demasiado fiel. Mientras yo me quedaba en casa con nuestra hija, él pasaba las noches en clubes de striptease y bares, acostándose con otras mujeres.
Nos divorciamos tres años después. No fue una ruptura dolorosa. Yo no lo amaba de verdad; solo me casé con él porque me quedé embarazada, y él solo se casó conmigo porque se sentía obligado.
Por desgracia, murió hace casi seis años. Sky se lo tomó muy mal y yo estaba preocupada por ella. Pero, con el tiempo, aceptó la pérdida y siguió adelante.
A Sky le entusiasmó mudarse de un pueblo pequeño de Vermont a una gran ciudad como Los Ángeles. Sueña con convertirse en escritora, y Hollywood es justo lo que siempre ha querido.
Se parece muchísimo a mí. Yo siempre quise vivir en una ciudad como Nueva York, sobre todo cuando era más joven. Me imaginaba como una mujer de muchísimo éxito que vivía junto a Central Park y trabajaba en One World Trade Center para una empresa como Condé Nast.
Pero entonces me quedé embarazada. Antes siquiera de entrar en la universidad. Y mi vida dio un vuelco.
Nunca me arrepentí. Ni siquiera cuando fue muy difícil criar sola a mi hija a los veinte años, ni cuando intentaba conservar un empleo mientras estudiaba.
No conseguí el trabajo con el que soñaba.
Nadie quería contratar a una mujer que se había graduado en una universidad pública y tenía una niña pequeña en casa.
Necesitaba un horario concreto; a veces necesitaba trabajar desde casa.
Ahora suena de lo más normal, pero cuando tenía veinte años, trabajar desde casa era como trabajar desde otro planeta: inalcanzable e imposible.
El avión se sacude con brusquedad y vuelvo a clavar los dedos en los reposabrazos.
Ay, Dios mío, no quiero morir en el cielo...
—¿Qué diferencia hay? —Oigo una voz conocida.
Me quedo paralizada antes de abrir los ojos y me doy cuenta de que Jack Harden está sentado en el asiento justo al lado del mío.
Al lado del mío. No se ha sentado frente a mí, aunque aquí no hay nadie más que nosotros.
¿Y cómo demonios no me di cuenta de que se estaba sentando?
—¿Perdón? —pregunto, aunque lo he oído perfectamente. Es solo que no entiendo de qué habla.
—Todos vamos a morir algún día —explica—. Usted dijo que no quiere morir en el cielo. Por eso le pregunto: ¿qué diferencia hay?
¿He dicho eso en voz alta?
¿Qué me pasa?
¿Qué más habré murmurado o incluso gritado sin darme cuenta de que estaba hablando en voz alta?
Me doy cuenta de que llevo alrededor de un minuto mirando a mi jefe con la boca abierta y que no he dicho ni una palabra desde que hizo la pregunta.
Y en ese momento empiezo a reírme.