Capítulo Dos
JACK
Creo que es un sexista prejuicioso y arrogante...
Intenta parecer segura de sí misma, pero le tiembla el labio inferior mientras habla.
Y yo quiero morderle ese labio, apretarla contra la pared y desnudarla por completo, atormentarla hasta que me suplique que la deje alcanzar el orgasmo y castigarla por hablarme de ese modo.
Nadie me había hablado así. Ningún hombre y, desde luego, ninguna mujer.
Claro que muchos han querido hacerlo. Casi todas las personas que conozco piensan que soy un imbécil. Creen que exijo lo imposible, cuando lo único que les pido es que hagan su trabajo y que lo terminen a tiempo.
Pero nadie se había atrevido nunca a hablarme de ese modo.
Aunque a Crystal le tiemblan un poco los labios carnosos de color rosa, sus enormes ojos marrón oscuro expresan seguridad. Cruza los brazos y respira agitadamente, y ahora necesito toda mi fuerza de voluntad para no mirar la hendidura entre sus pechos, que suben y bajan con cada inspiración.
Está casada, me digo. Acaba de decir que usó el apellido de su familia en un currículum falso.
En cuanto la vi, me puse furioso. No es la primera vez que una mujer intenta engañarme y se presenta en mi despacho con el pretexto de hablar de trabajo cuando, en realidad, lo único que quiere es acercarse a mí por ser quien soy.
Para ellas soy una puta máquina de hacer dinero. Y la culpa la tienen todas esas revistas estúpidas que me ponen en la portada como el soltero más deseado.
Solo concedo entrevistas por el bien de mi empresa. Sé que en la era de internet no se puede ocultar la información y tengo que aprovechar esta oportunidad para aumentar mis ingresos.
Y han aumentado. Desde que heredé la empresa de mi padre, los ingresos se han triplicado.
Pero no solo ha crecido el interés por la empresa, sino también por mi vida privada, y eso no me gusta demasiado.
—Probablemente debería irme —dice en voz más baja y da un paso hacia la puerta.
—Saldrá de mi despacho cuando hayamos terminado —ordeno, y vuelve a quedarse paralizada.
Voy hasta mi escritorio y me siento.
—¿No estoy despedida? —pregunta, todavía casi inmóvil—. ¿O quiere humillarme antes de que me vaya?
Intento no sonreír al oírla. Esta mujer sí que tiene agallas.
—Desde que nos conocimos, es usted quien ha intentado humillarme al llamarme sexista —digo sin dejar de mirarla a los ojos ni un segundo. Me inclino un poco hacia ella—. Tome asiento, señorita Wilson. —Señalo la silla frente a mi escritorio—. ¿O debería llamarla señora Wilson?
Durante un par de segundos parece una cordera atrapada en una jaula con un lobo. Mira la silla y luego la puerta, probablemente pensando en salir corriendo.
Pero entonces da un paso hacia mí y finalmente se sienta.
—Puede llamarme Crystal —dice mientras deja sobre la mesa la carpeta que ha traído.
No ha respondido a mi pregunta. Sabe que tenía trampa. Quiero saber si está casada.
—¿Sabía que el 53 % de la plantilla de mi empresa está formado por mujeres? —empiezo, intentando hablar con más calma esta vez.
—Sí —responde en voz más baja.
—¿Y qué clase de sexista se asegura de que más de la mitad de su plantilla esté formada por mujeres?
Inspira profundamente antes de responder a mi pregunta:
—Todos esos puestos están muy por debajo de los que les da a los hombres. —Se aclara la garganta—. Todas las personas que trabajan directamente con usted son hombres, señor Harden. Hasta su secretario es un hombre.
—Chase superó a otros mil empleados que querían este puesto. Y en mi consejo de administración hay dos mujeres.
—Y ambas tienen más de cincuenta años —afirma de inmediato.
—¿Así que insinúa que no solo soy sexista, sino también edadista?
—No insinúo nada, señor Harden; me limito a los hechos. —Me mira directamente a los ojos e intenta parecer segura, pero su pecho sube y baja tan deprisa como si fuera a sufrir un infarto en cualquier momento.
Y sigue aquí. Por mucho miedo que tenga, no ha huido.
Y eso lo respeto.
—Trabaja con mujeres que ya están casadas —continúa—, cuyos hijos ya son mayores o que no tienen hijos.
Es conveniente; muchas empresas funcionan así: no tiene que ocuparse de los problemas que surgen cuando el hijo de una empleada cae enfermo y ella necesita una semana libre, ni tiene que concederles días libres para casarse.
Esta mujer está jugando con fuego y lo sabe.
Y aun así sigue haciéndolo.
Nadie me dice nunca lo que piensa de verdad. Todos me dicen lo que quiero oír. La mayoría de las personas con las que trabajo dirían que lo negro es blanco si yo se lo pidiera.
Pero es evidente que Crystal Wilson es de otra clase.
De una clase muy atractiva, con ese cabello largo y oscuro, la piel bronceada, la nariz pequeña y los labios carnosos de color rosa.
Mierda, hasta sus mejillas redondeadas son tan adorables que quiero tocarlas.
Y no sé qué tiene su forma de hablar, pero podría escucharla eternamente.
—Así que pensó que lo único que le quedaba por hacer para conseguir este puesto era crear un currículum falso, ¿verdad? —Me acerco un poco más.
—Sí —dice en un hilo de voz—. Y lo siento, es solo que...
—Está contratada —la interrumpo mientras extiendo la mano y tomo los documentos que ha traído.
Abro la primera página y ya veo los gráficos que le pediré que prepare después de nuestra conversación.
Pero veo que ya los ha hecho por adelantado.
Durante un par de segundos permanece inmóvil, salvo por la boca, que se abre y vuelve a cerrarse.
—¿Habla en serio? —pregunta tras una larga pausa.
—Contrato a las personas por su capacidad, señorita Wilson, y nada más. —Vuelvo a mirarla—. Me gusta su idea para aumentar nuestros ingresos. Por eso quiero trabajar con usted.
—Gracias... supongo —murmura, mordiéndose el labio.
Esta mujer es calma y fuegos artificiales a la vez.
—Ahora puede irse. —Vuelvo a centrarme en los documentos para no quedarme mirando sus labios, porque cuanto más se los muerde, más quiero mordérselos yo.
Se levanta y camina hacia la puerta, y no puedo evitar mirarle el cuerpo. Lleva una falda lápiz ceñida que no hace más que realzar su cintura estrecha y su figura de reloj de arena.
—Y, señorita Wilson —digo antes de que se marche. Se vuelve para mirarme de nuevo—. Dentro de dos días nos vamos a Nueva York para reunirnos con uno de nuestros nuevos inversionistas, así que esté preparada.
—¿El día antes de Nochebuena? ¿Durante cuánto tiempo? —pregunta sorprendida, con los ojos muy abiertos.
Me lo acabo de inventar. De verdad voy a Nueva York, pero en realidad no necesito que ella esté allí.
Solo quería ver hasta qué punto está dispuesta a sacrificar su vida personal por este puesto.
Hace un minuto ella misma me decía que las mujeres pueden trabajar con el mismo empeño que los hombres, y ahora quiero comprobar si es cierto.
Y también necesitaba encontrar una razón para llevármela a Nueva York.
—Tres días, quizá cuatro —digo con naturalidad, intentando hacerle entender que para mí no tiene importancia trabajar durante la Navidad.
Y es verdad. No me gustan las fiestas, por eso nunca me doy cuenta de cuándo llegan.
No se marcha todavía, así que pregunto:
—¿Hay algún problema, señorita Wilson? ¿Necesita quedarse por su familia? Porque hace cinco minutos me dijo que la familia no es un obstáculo para cumplir con sus obligaciones.
Sé que la estoy provocando con esta pregunta. Y sé de antemano que superará la prueba. Pero aun así quiero saberlo: ¿hay algún hombre que le importe tanto como para rechazar mi oferta por él?
—No, claro que no, señor Harden. —Suelta el aire, un poco decepcionada pese a intentar ocultarlo—. Estaré preparada.
Y entonces se marcha, dejándome con la certeza de que no podré concentrarme durante el resto del día.
Porque todos mis pensamientos se concentran en una sola pregunta: ¿quién demonios es esta mujer?