Un ladrón por Navidad
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Capítulo Uno
CRYSTAL
Me sudan las manos y siento que podría desmayarme en cualquier momento.
¿Por qué estoy haciendo esto? Podría limitarme a hacer mi trabajo, hacerlo bien y quizá algún día me ascenderían sin toda esta farsa.
¿A quién pretendo engañar? Un hombre como Jack Harden jamás me ascendería: seguro de sí mismo, arrogante y asquerosamente rico. Desde que empecé a trabajar en esta empresa, hace alrededor de un año, ha bajado dos veces a la planta baja, donde trabajo, y ni siquiera ha mirado en mi dirección.
No habla con gente como yo; siempre está ocupado. Yo de verdad quería conseguir un ascenso, no engañar a nadie. Incluso pedí una cita a través de su secretario. Me dijo que me llamaría cuando «el señor Harden tuviera un minuto libre».
Un minuto. Ni siquiera media hora. Este hombre no pudo encontrar ni un minuto para reunirse conmigo. Han pasado cinco meses desde entonces y su secretario jamás me ha devuelto la llamada.
Por eso hice trampa. Mentí en un currículum y me hice pasar por alguien que aspiraba a incorporarse a la empresa.
Jack organizó un concurso para que los candidatos presentaran una estrategia de marketing para una nueva línea de cuidado de la piel que su empresa de varios miles de millones de dólares lanzará dentro de un par de meses.
Y lo hice. No solo presenté una nueva estrategia de marketing, sino que también hice recomendaciones sobre cómo podían mejorar la nueva línea.
Sabía que mi currículum era falso y que, aunque Harden se enfadara por mis sugerencias, jamás descubriría quién soy en realidad.
Sabía que mis posibilidades eran prácticamente nulas, así que me limité a enviar mi estrategia y seguí trabajando.
Pero aquí estoy, en el despacho de Jack Harden, en la planta superior del edificio que posee en pleno centro de Los Ángeles.
Me pidió que me reuniera con él. Bueno, no exactamente a mí, sino a la persona por la que me hice pasar.
Y ahora su secretario, Chase, me mira con recelo. Probablemente esperaba ver a un hombre cuando concertó la reunión.
¿O me mira con recelo porque me reconoce? Nos vimos en la fiesta de Navidad del año pasado. Chase seguía a su jefe a todas partes, pero Harden se limitó a dar un discurso y se marchó diez minutos después.
No, es imposible que me haya reconocido. En aquella fiesta había como trescientas personas.
—El señor Harden la espera —dice Chase, y me pongo de pie con cuidado; me tiemblan las piernas al caminar.
Cuando Chase me abre la puerta, inspiro profundamente y entro.
Ya no hay adónde huir.
Jack Harden está escribiendo algo en el teléfono cuando entro.
No sé qué hacer, pero no estoy acostumbrada a sentarme sin permiso, así que me quedo inmóvil, esperando a que repare en mí.
—Señor Aguas, por favor, tome... —Jack Harden se levanta de la silla, guarda el teléfono y me mira.
Deja de hablar cuando se da cuenta de que está hablando con una mujer.
Ay, Dios mío, ¿cómo puede ser tan atractivo? La última vez que lo vi, pasé varios días sin poder dormir de tanto pensar en él. Incluso soñé que me quedaba trabajando hasta tarde, él aparecía en mi oficina y me poseía allí mismo, sobre el escritorio.
Sí, ya sé que pensar así en mi jefe es muy poco profesional, pero ¿qué puedo hacer? Es un hombre alto, fornido y de cabello oscuro, con unos increíbles ojos azul cielo.
Según todas esas listas que publican las revistas, Jack Harden es el soltero del año. Claro que pensaba en él mientras me tocaba. Soy una mujer de treinta y cinco años que lleva casi dos años sin tener sexo.
Cuando alza la vista y me mira con esos ojos de un azul intenso, me quedo paralizada.
En persona son todavía más penetrantes que en las fotos que he visto en las revistas.
Incluso más profundos. Tal vez sea por su camisa azul claro, que los realza, o quizá por esas pestañas oscuras e increíblemente largas.
¿Para qué necesitan los hombres unas pestañas así? Es completamente injusto.
Me repito que unos ojos como esos ya me conquistaron una vez. Apenas había cumplido los diecisiete cuando un hombre idéntico a Jack Harden me dejó embarazada: era guapo, tenía unos ojos azules enormes y provenía de una familia adinerada. Era mi novio de la escuela.
No voy a permitirme cometer el mismo error otra vez.
—Esperaba a Crys Aguas —dice con voz severa y acerada, y todas mis fantasías se evaporan en un segundo.
—Soy yo —digo tan bajo que apenas me oigo.
—¿Usted es Crys Aguas? —pregunta para asegurarse, sin apartar la mirada ni un segundo, sin siquiera parpadear, y me flaquean las rodillas.
Sé que probablemente esperaba ver a Christian o a Christopher, pero aquí estoy yo.
—Soy Crystal, pero puede llamarme Crys —digo, esta vez en voz más alta, intentando quedarme quieta y sostenerle la mirada, pese a sentirme tan incómoda que tengo que contenerme para no salir corriendo.
—¿Cómo se enteró del concurso de mi empresa? ¿Alguien filtró información interna? —Su voz se vuelve todavía más áspera; es evidente que le disgusta que esté aquí.
—Trabajo aquí. —La voz me tiembla por mucho que intente disimularlo.
—No me mienta, señorita Aguas —me corta y da un paso hacia mí—. Lo he comprobado: aquí no trabaja nadie con ese nombre.
—Trabajo aquí como Crystal Wilson; es el apellido de mi marido —confieso por fin y cruzo los brazos, intentando demostrarle que no le tengo miedo—. En el currículum usé el apellido de mi familia: Aguas.
—¿Por qué me mintió? —ruge mientras da otro paso, y ahora está a unos sesenta centímetros de mí.
El corazón empieza a latirme más deprisa.
No me había dado cuenta de lo alto que era hasta que se acercó. Jack Harden me saca una cabeza aunque llevo tacones altos.
—Porque pensé que usted sería... —empiezo en voz baja, pero me detengo.
Bajo la mirada hacia el suelo.
¿Cómo voy a decirle a mi jefe que creo que tiene prejuicios contra las mujeres?
—No masculle, señorita Wilson. ¿Sabe cuánto cuesta un minuto de mi tiempo? —gruñe, y doy un respingo del susto.
¡Qué idiota! He venido a pedirle un ascenso, pero ¡ya no quiero trabajar con un cabrón arrogante como él!
—Usted no les da una oportunidad a las mujeres, señor Harden —digo, mirándolo de nuevo—. Si no hubiera mentido, jamás me habría concedido una reunión.
En un segundo, su expresión pasa del enojo a una ligera sorpresa.
Da otro paso y nuestros cuerpos casi se rozan.
Por suerte, mantengo los brazos cruzados sobre el pecho a modo de barrera.
—¿Está insinuando que soy sexista, señorita Wilson? —Su voz es de acero, pero ya no parece furioso, sino más bien preocupado.
Inclina la cabeza y su rostro queda a pocos centímetros del mío.
Después de esto no me dará el puesto. Seguramente me despedirán antes de que termine el día.
No tengo nada que perder. Por eso digo:
—Sí, señor Harden, creo que es un sexista. —Suelto el aire y esta vez hablo en voz más alta—. Creo que es un sexista prejuicioso y arrogante que, por culpa de eso, pierde un millón de oportunidades de trabajar con mujeres inteligentes.
Y ya está. Lo he dicho. Sé que acabo de perder mi empleo, así que ya no tengo nada que perder, y por eso al fin recupero la confianza.
Solo espero que el personal de seguridad no me eche antes de que pueda recoger todas mis cosas.