Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo decimocuarto #2
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Capítulo decimocuarto #2

“Pues no tengo ni idea. Lo que está claro es que el autor de mi chivatazo ha hecho bien en traernos aquí, así que habrá que seguir haciéndole caso. Ahora sólo nos queda por averiguar dónde está el nido de Heru .”

“¿Y qué es el nido de Heru ? ¿Y cómo el obelisco nos va a indicar su situación?”

“Pues habría sido más fácil si las nubes no fueran tan jodidamente opacas hoy.”

“¿Qué quieres decir?”

“El obelisco es un gnomon, es decir, la aguja de un reloj de sol, con lo que en un día soleado podríamos ver la sombra del obelisco indicándonos la dirección del nido de Heru.”

“Pues no parece que el día tenga visos de abrirse pronto. Y además no son las doce en punto…”

“No te preocupes. El suelo de la plaza sirve de cuadrante, con lo que tiene una serie de marcas que permiten leer la hora solar. Ahora sólo hace falta encontrar la marca de la hora duodécima.”

“Que debe estar cerca de las estatuas de Brest y de Ruan, ¿no?”

“Efectivamente.”

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Para los que no la conozcan, la Plaza de la Concordia ocupa una explanada rectangular con el obelisco en el centro, dos espectaculares fuentes a su lado y cuatro pares de estatuas en las esquinas, las cuales representan las principales ciudades francesas vistas desde París: Lyon, Marsella, Burdeos y Nantes en el sur de la plaza, con Lille, Estrasburgo, Brest y Ruan en el norte.

Cada estatua tiene forma de mujer sentada sobre una garita.

Nos dirigimos corriendo a la esquina de la plaza donde se encontraban las estatuas de Brest y Ruan.

“Ve a mirar la de Brest que yo me ocupo de la de Ruan,” me dijo Sarah. Y al poco tiempo me gritó entusiasmada: “Otto, ven, la he encontrado.”

Efectivamente, a pocos metros al sur de la estatua de Ruan y junto a una farola, Sarah había encontrado la cifra romana XII enmarcada en un cuadro sobre las baldosas de la acera.

“¿Y ahora qué hacemos?," me preguntó.

“Ni idea. Vamos a echar un vistazo a la garita de la estatua”.

Algo que no me esperaba, la puerta de la garita estaba abierta, aunque aquello no tenía nada de sorprendente en realidad: bajo la plaza hay un parking subterráneo, y la garita de la estatua de Ruan es la entrada de peatones.

Siempre llevando la iniciativa, Sarah se lanzó a toda prisa escaleras abajo en dirección al parking.

Por desgracia, las escaleras eran terriblemente similares a las que tomamos en nuestro terrorífico descenso por los túneles de la Nápoles subterránea.

El recuerdo de la fantasmagórica aparición del munaciello hizo que me frenara de golpe, presa de un miedo completamente irracional.

Respiré hondo para calmarme y, no sé bien cómo, de repente tuve una iluminación.

“Sarah, para un momento,” grité.

“Venga, no hay tiempo que perder, han podido poner una bomba en el parking…”

“No puede ser. Para un momento que te lo explico.”

Sarah no parecía muy convencida, pero se detuvo un instante.

“Mira lo que dice el acertijo: un rayo de sol pétreo te indicará el nido de Heru .”

“Sí, y el obelisco indica esta dirección. Hemos encontrado el número doce justo al lado.”

“Sí, pero se supone que el obelisco indica el nido de Heru . Y Heru es uno de los nombres del dios egipcio Horus, el cual viene representado habitualmente en la forma de un halcón. Un parking podrá servir de madriguera para las ratas, pero no de nido de un ave de presa. No, tenemos que buscar una torre o como mínimo el techo de un edificio.”

De mala gana, Sarah me siguió escaleras arriba.

Cuando salimos al exterior, el sol había encontrado un hueco entre las densas nubes parisinas y la sombra del obelisco apuntaba amenazante hacia nosotros, indicando la hora duodécima.

Fue darme la vuelta y entender inmediatamente de qué hablaba el Monaguillo.

El Hotel de Crillon.

“¿Un hotel?," exclamó Sarah.

“Claro que sí, es lógico: ¿qué edificio podría representar un nido mejor que un hotel? Y no estoy hablando de cualquier hotel, no. Ante nosotros tenemos uno de los más emblemáticos albergues de todo París, donde se alojan los ricos y famosos.”

“Ok, pero me parece que tu chivato se está quedando con nosotros,” dijo Sarah. “No va a haber manera de que nos dejen subir al techo del hotel, así como así.”

“Sí, hay una manera," respondí, sabiendo que no me quedaba otra opción. Había que llamar a Jean-Yves y contarle la situación, para que él hablase con el departamento de seguridad del hotel y nos dejasen pasar con urgencia.

Aunque no me hiciera puñetera gracia la idea.

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“Jean-Yves, tenemos una urgencia," le dije sin dejarle abrir boca.

“¿Qué pasa?”

“Tenemos muy buenas razones para pensar que se prepara un atentado inminente contra el Obelisco de Luxor.”

“¿Cómo de inminente?”

“Podría ocurrir en cualquier momento.”

“Pero…”

“Déjame hablar que no hay tiempo que perder. Necesitamos tener acceso al tejado del Hotel de Crillon lo más rápido posible. Es ahí desde donde van a hacer el ataque, probablemente con una bazuca o un lanzamisiles.”

“Un lanzamisiles en el tejado del Hotel de Crillon, ¿estás loco? Déjame al menos que llame a los de antiterrorismo.”

“Llámalos si quieres, pero nosotros tenemos que ir inmediatamente al tejado. ¿O prefieres esperar a que te salte el Obelisco en las narices?”

“Ok, ok, ahora mismo llamo al hotel.”

“Date prisa, nosotros estamos delante de la entrada.”

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Delante de la magnífica reja en negro y oro de la entrada del hotel, los pocos minutos que tardó el jefe de seguridad en salir a recibirnos me parecieron una eternidad. Fuera lo que fuera que hubieran preparado los Justos Ladrones, podía ocurrir en cualquier momento.

“Síganme, por favor," nos pidió el pulcrísimo jefe de seguridad. “Estoy a su entera disposición, díganme qué necesitan.”

“Necesitamos que inspeccionen sin demora todas las habitaciones con vistas a la Plaza de la Concordia," le dije mientras nos apresurábamos por los elegantes pasillos del hotel, “y tiene que darnos acceso al tejado.”

“Por supuesto, pero ¿qué estamos buscando?”

“Probablemente algún tipo de lanzamisiles portátil," dijo Sarah como quién habla de la lista de la compra. “Sospechamos que alguien quiere lanzar un proyectil al Obelisco de Luxor.”

“¿Quieren destruir el Obelisco desde nuestro hotel? Mon Dieu… ”

Cogimos el ascensor para subir a la última planta.

En otro momento hubiera escrutado cada detalle de la lujosa reja que enmarcaba la puerta del ascensor, pero no había tiempo para eso.

En mi fuero interno temía que íbamos a llegar demasiado tarde y al salir a la terraza del hotel íbamos a ver el obelisco derrumbarse ante nuestros ojos.

“Síganme, por favor," nos dijo el jefe de seguridad, abriendo una puerta con un cartel que decía Sólo para personal del hotel .

La habitación en la que entramos tenía una pequeña ventana que daba al techo.

“Esta es la vía más rápida para acceder al tejado," continuó, “pero no es muy seguro salir ahí fuera sin cuerdas de seguridad. Deberían esperar a que vengan los tipos de la brigada antiterrorista.”

“No hay tiempo para eso," dijo Sarah sin inmutarse, e inmediatamente abrió la ventana, se alzó con agilidad felina y desapareció de golpe.

El jefe de seguridad se fue a coordinar la inspección de las habitaciones con vistas a la plaza, mientras que yo me arrimé a la ventana con la firme intención de seguir a Sarah, pero la vista hacia abajo despertó mi inevitable acrofobia.

Un terrible miedo a las alturas, para ser claro.

Por un momento me quedé bloqueado, incapaz de moverme, hasta que la cabeza de Sarah apareció por la ventana.

“Puedo ver a un tipo en la parte que da a la plaza, está sacando un artilugio de una maleta. ¡Vamos, date prisa!”

En un esfuerzo supremo, salí sin mirar hacia abajo, agarrándome donde pude hasta ponerme en equilibrio.

El tradicional techo de zinc parisino, muy resbaladizo, no hacía las cosas más fáciles.

Por un momento me sentí como Harrison Ford en Frenético .

Mientras tanto, Sarah hacía de Jane Bond, acercándose hacia el misterioso tipo de negro que se afanaba agazapado delante de una maleta igualmente negra.

Para mi sorpresa, Sarah sacó una pequeña pistola de su chaqueta de cuero y, como en las películas, gritó: “deja lo que estás haciendo y pon las manos arriba que las pueda ver.”

El tipo dejó lo que estaba haciendo y obedeció lentamente, dándose el tiempo de pensar su siguiente paso.

Con un marcado acento indio, el tipo contestó: “el dron está cargado de explosivos," y dándose la vuelta añadió: “dígame dónde prefiere que lo haga explotar, Ms Hound, ¿aquí mismo o en lo alto del obelisco?”

“¿Qué tal si te reviento los sesos de un tiro y se acaba el problema?”

“Está un poco lejos para acertar con un calibre tan pequeño.”

“Probemos," contestó Sarah, y sin más le pegó un certero tiro en el muslo izquierdo.

La herida debió ser sólo superficial, porque el tipo se tiró enseguida hacia la maleta para hacer saltar el artilugio en pedazos. Pero Sarah no le dejó terminar su trabajo con un segundo tiro que lo frenó de golpe.

Viendo que el tipo no se movía, Sarah se acercó con cautela, y tras tomarle el pulso para cerciorarse de que ya no suponía ningún peligro, pasó a examinar el artilugio.

“El dron no tiene ningún signo distintivo," dijo Sarah, “pero por la pinta que tiene podría llevar una carga explosiva que hubiera reventado el obelisco o una buena parte de esta planta del hotel.”

“Buen trabajo, Jane Bond,” le dije.

“Déjate de coñas y llama a tu amigo Jean-Yves. Necesitamos urgentemente un equipo de artificieros para desactivar lo que lleve el dron en sus entrañas.”

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