Capítulo decimocuarto
EL VÍNCULO ETERNO
Reunión de crisis en un lugar muy confidencial de París.
Participantes: los burócratas habituales, más Herr Wachter y mi amiga Sarah.
Resultado de la reunión: poca cosa, como es habitual en estos casos, y más teniendo en cuenta la falta de información que teníamos sobre el objetivo de los Justos Ladrones. La única decisión fue elevar el nivel de seguridad por atentados terroristas y verlas venir.
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“Sarah, me sorprende verte aquí," le dije acercándome a ella al terminar la reunión. “Veo que no puedes vivir sin mí.”
“Recuerda que soy una espía al servicio de Su Majestad. Te tengo geolocalizado y controlado en todo momento,” me contestó con ese acento escocés suyo sin echarse p’atrás ni un milímetro.
Tengo que decir que Sarah no parecía demasiado descontenta de volver a verme, así que me dejé de tonterías y entré al trapo.
“Bueno, ya que estás aquí, me preguntaba si estarías interesada en una cena de trabajo…”
“En una cena, sí. En el trabajo, menos.”
Más claro, agua.
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Nadie se sorprenderá a estas horas si digo que llevé a Sarah a un restaurante francés très romantique (sus palabras, no las mías…) que estaba convenientemente situado a dos manzanas de mi apartamento.
Ella no se sorprendió en absoluto, al menos.
4
A la mañana siguiente, dejé durmiendo plácidamente a Sarah y fui a la cocina a prepararme un café sin hacer ruido para no despertar a la bella durmiente.
Al pasar delante de la puerta de entrada, me encontré un sobre en el suelo.
Ya ni me sorprendió el tema, Salvatore de nuevo con sus acertijos.
El sobre contenía una hoja de papel con dos acertijos del Monaguillo, uno en cada cara. El primer acertijo decía lo siguiente:
A la hora duodécima, un rayo de sol pétreo
te indicará el nido de Heru
más allá del lugar donde la viuda
tuvo su encuentro supremo con el ciudadano Capet.
La hora duodécima coincidía más o menos con el ultimátum de los Justos Ladrones, pero el resto se parecía a una de esas cuartetas de Nostradamus que son tan vagas que se pueden interpretar como a uno le dé la gana.
El segundo acertijo era todavía menos claro.
El arcángel del odio
se esconde
en la suite de Lenny
No me lo ponía fácil el cachondo.
Por un momento pensé en coger mi móvil para hacer una búsqueda en Google, pero me acordé de lo que me había escrito el Monaguillo en Berlín: tu smartphone de última generación está completamente intervenido.
Podía pedírselo a Sarah, pero nada me garantizaba que el suyo no estuviera también intervenido y además habría tenido que darle una serie de explicaciones para las que no tenía ni tiempo ni ganas.
Dicho de otra manera, iba a tener que averiguar el acertijo a la antigua, tirando de memoria y biblioteca.
Y rapidito, que si el ultimátum iba en serio me quedaban unas pocas horas para hacer algo al respecto.
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Leyendo el texto de nuevo, la opción lógica era empezar por la palabra más inusual, aquella que requeriría descartar menos opciones.
Y esa palabra era sin duda Capet . Palabra que, teniendo en cuenta que nos hallábamos en París, tenía que referirse sin duda a la Dinastía de los Capetos, es decir a la casa real de Francia.
De algo me tenía que haber servido estudiar historia en la Sorbona, digo yo.
Pues bien, esta dinastía capétienne gobernó el destino de la Grande Nation directamente desde la elección de su fundador, Hugo Capeto, coronado el 3 de julio de 987, hasta la muerte de Carlos IV de Francia y I de Navarra, decimoquinto rey de la dinastía, el 1 de febrero de 1328.
Más tarde, ramas cadetes de la dinastía tomaron la corona, primero la casa de Valois y luego la de Borbón.
En total, la dinastía de los Capetos dio 37 reyes a Francia, y una lista interminable a otros países europeos, incluyendo al actual rey de España (sí señor, Felipe VI es un Capeto).
Pero ¿a cuál de todos esos Capetos se refería el Monaguillo?
La clave se hallaba en la palabra adyacente: ciudadano .
Pura intuición, esa palabra llena de perfume revolucionario me hizo decantarme por Luis XVI, último rey de Francia, destronado por la Revolución francesa y, según me enteré al rebuscar en su biografía, rebautizado como el ciudadano Luis Capeto .
Y lógicamente, ese encuentro supremo tenía que referirse obligatoriamente a su ejecución en la guillotina, llamada La viuda por el populacho.
¿Y dónde tuvo lugar esa ejecución? Por supuesto, en la Plaza de la Revolución, antes llamada Plaza Luis XV y brevemente Plaza Luis XVI durante la Restauración, aunque desde 1830 todo el mundo la conoce bajo su nombre actual.
La Plaza de la Concordia.
Cogí todas las guías que tenía de París y las tiré sobre la mesa, buscando información sobre la famosa plaza.
Y viendo una foto de su elemento más prominente, otra parte del acertijo resultó curiosamente simple de adivinar.
Sólo hacía falta estar allí antes de la hora duodécima, algo para lo que no quedaba demasiado tiempo.
6
Absorto como estaba en mi investigación no me di cuenta de que Sarah estaba detrás mía, despeinada y medio dormida, mirando con estupefacción aquel maremágnum bibliográfico que yacía desperdigado por la habitación.
“Pero ¿qué c… estás haciendo?”
“He recibido un chivatazo.”
“¿De nuevo?”
“Sí, y es muy posible que los Justos Ladrones ejecuten su amenaza hoy mismo, tal y como lo prometieron. No es un farol.”
“Pero ¿qué te ha dicho tu informante exactamente?”
“No estoy seguro del todo…”
“Otto, no estás siendo muy claro. ¿Sabes algo o no?”
“Es complicado, y no tengo tiempo de explicártelo. Vístete, que tenemos que salir pitando.”
“Pero…”
“Tú vístete.”
“Dime al menos a dónde vamos.”
“A la Plaza de la Concordia. ¡Date prisa!”
7
Bajamos corriendo al garaje a coger mi moto, y Sarah no pudo evitar un comentario despectivo.
“Otto, eres terriblemente burgués y previsible, no sólo te has buscado una japonesa, sino que es un scooter. Te hubiera creído más aventurero.”
“Un scooter con 750 cc que tira que te cagas y es además terriblemente cómoda para la ciudad. Anda, sube.”
Salimos a toda velocidad por las callejuelas del Marais , intentando evitar el tráfico parisino y cogiendo un par de calles en contramano.
No es el momento de preocuparse por una multa , me dije.
Pero por desgracia, nos cruzamos con un coche de policía justo cuando nos estábamos saltando un semáforo.
Nos dieron el alto, pero me hice el guiri y les lancé un sorry muy sentido mientras aceleraba.
Por suerte, no hay manera de perseguir a una moto en París con un coche de policía, con lo que nos dejaron ir después de anotar la matrícula de la moto.
Nota mental: pedir a Jean-Yves que me quiten la multa .
En total, tardamos un tiempo récord de diez minutos en llegar a la Plaza de la Concordia. Aparqué la moto más mal que bien, dejándola apoyada contra la barrera de unas obras al inicio de los Campos Elíseos, y nos dirigimos corriendo a la plaza.
O más en concreto, al Obelisco.
8
Comprensiblemente, Sarah estaba un poco confundida.
“¿Me quieres explicar qué estamos haciendo?," me preguntó mientras cruzábamos la calle a toda prisa.
“He recibido un chivatazo de mi informante, y sospecho que tiene que ver con las amenazas que han proferido hacia Francia.” No me quedaba más remedio que confiar en ella, pero no le iba a mostrar todas mis cartas todavía, con lo que sólo le enseñé las notas sobre el acertijo del Monaguillo que había realizado aprisa en una hoja de papel, pero sin decirle cómo había recibido el mensaje.
A la hora duodécima, un rayo de sol pétreo
te indicará el nido de Heru
más allá del lugar donde la viuda
tuvo su encuentro supremo con el ciudadano Capet.
“No te sorprendas si no entiendes nada," añadí, “ya os dije que este tipo utiliza acertijos para que no lo descubran.”
“¿Y tú entiendes qué quiere decir este galimatías?”
“Una parte, al menos. El ciudadano Capet es el rey Luís XVI, La viuda es como llamaba el pueblo a la guillotina. Y según mis pesquisas, Luís XVI fue decapitado en esta plaza, y más concretamente al norte de la plaza, más o menos entre las estatuas de Brest y de Ruan. En cuanto al rayo de sol pétreo , ese es el nombre que los antiguos egipcios daban a los obeliscos, y ahí tienes uno delante de ti,” dije, señalando al Obelisco de Luxor.
“¿Un obelisco egipcio en pleno centro de París?”
“Efectivamente, un obelisco del siglo XIII a. C. procedente del templo de Amón en Luxor, para ser exactos. El virrey de Egipto se lo regaló a Francia en 1830 y lo instalaron aquí en 1836.”
“Pues venga, vamos a echarle un vistazo.”
9
Vista desde lo alto, la Plaza de la Concordia aparece como uno de los puntos neurálgicos de París, y el Obelisco de Luxor está en el centro de la plaza.
Sus cuatro lados llenos de jeroglíficos contemplan al sur la Asamblea Nacional, al este los Campos Elíseos y el Arco de Triunfo, al oeste el Museo del Louvre, y al norte la iglesia de la Madeleine. Como quien no quiere la cosa.
Precisamente en el lado norte del obelisco encontramos una placa dorada de forma piramidal en el que se podía leer el siguiente texto en francés:
CET
OBÉLISQUE
OFFERT PAR
L’EGYPTE À LA
FRANCE EN 1830
POUR SERVIR
ÉTERNELLEMENT DE
LIEN ENTRE LES DEUX
PAYS À ÉTÉ REVÊTU DE
SON PYRAMIDON
D’ORIGINE LE
14 MAI 1998
Mi sorpresa fue mayúscula. Literalmente aquel texto señalaba al obelisco como un regalo ofrecido por Egipto a Francia para servir eternamente de vínculo entre ambos países .
Exactamente lo que amenazaban los Justos Ladrones con destruir.
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“Sarah, me temo que sé cuál es el objetivo de los Justos Ladrones . Quieren destruir el obelisco.”
“¿En serio?”
“¿Recuerdas que los Justos Ladrones amenazaron a Francia con la destrucción del vínculo eterno entre los dos países ? Pues según el texto de esta placa, el obelisco sirve eternamente de vínculo entre Egipto y Francia.”
“¡Joder, tienes razón! Pero no veo cómo van a destruir un obelisco en plena Plaza de la Concordia.”