Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo decimotercero #2
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Capítulo decimotercero #2

“Un detalle importante,” dije. “El círculo de personas con conocimiento de esta operación tiene que ser lo más reducido posible. Según parece, los Justos Ladrones están extremadamente bien conectados con miembros al más alto nivel del gobierno de Su Majestad. No podemos fiarnos de nadie.”

“Tú te estás fiando de nosotros,” dijo Sarah.

“Supongo que no me queda más remedio.”

“Muchas gracias por la confianza,” respondió James en un tono lacónico. “¿Eso es todo?”

“Sólo una cosa más: no tengo ninguna manera de contactar con mi informante, es una relación unidireccional en la que él decide cuándo y cómo ponerse en contacto conmigo. Me dará más instrucciones cuando haya comprobado el robo del diamante.”

“¿Y cómo lo comprobará?”

“No tengo ni idea.”

James se tomó un momento para digerir toda aquella información y luego dijo: “Ok, Otto, espero que merezca la pena. Ahora necesito hacer un par de llamadas. Sarah te mostrará tus aposentos.”

“Bueno, había pensado ir a un hotel…”

“Es mejor tenerte cerca y bien vigilado, al menos hasta que terminemos la operación. Por tu propia seguridad, sobre todo.”

“Venga,” me dijo Sarah, “sitio no falta en esta casa.”

En la casa no faltaba sitio, efectivamente. Y a Sarah parecía excitarle la idea de colarse en mi habitación en plena noche para jugar al escondite bajo las sábanas de mi cama.

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A la mañana siguiente, me levanté desperezándome con la misma cara de satisfacción que inmortalizó Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó , aunque tengo que decir que había una pequeña diferencia entre la señorita Escarlata y un servidor: el post-it de Sarah diciéndome que se había ido a la oficina y que la cocina estaba a mi disposición para el desayuno.

Pues eso, después de una buena ducha y de cocinarme un full English breakfast me dediqué a merodear por aquel palacete.

La biblioteca llena de viejos tomos forrados en cuero y los retratos de época victoriana me confirmaron aquello que dijo Sarah del dinero viejo de su familia. Not bad at all.

Durante aquel paseíto me percaté de que toda la casa estaba llena de pequeñas cámaras de seguridad que me miraban con ojos de decirme ni se te ocurra tocar las tazas de porcelana china de la abuela Hound , con lo que volví a mi dormitorio donde Sarah, previsora como nadie, me había dejado un ordenador portátil con otro post-it que decía por si te aburres , e incluía la contraseña para la cuenta de invitados.

Visto que tenía tiempo que perder, aproveché para investigar sobre la infausta historia del Koh-i-Noor.

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Adamanta, rarum opum gaudium , escribió hace unos dos mil años Plinio el Viejo en su Historia Natural .

Los diamantes, raro placer de los ricos , tienen una historia singular.

Hasta el descubrimiento de las minas de Brasil al inicio del siglo XVIII y, sobre todo, el de las de Sudáfrica en 1896, todos los diamantes venían de la India.

De hecho, el uso de diamantes en India como elemento decorativo se remonta al segundo milenio antes de Cristo.

Pero no se obtenían cavando minas, no, sino que eran recogidos en los lechos de los ríos.

En general, el valor de los diamantes dependía de sus orígenes, reales o ficticios, especialmente si procedían de una colección real o si provenían de robos más o menos espectaculares.

Y de todos los diamantes, el Koh-i-Noor es el que tiene el dudoso honor de ser el más famoso, pero no necesariamente por las mejores razones.

Montaña de Luz.

Esa sería la traducción de la palabra Koh-i-Noor.

Admirado durante siglos en su tierra de origen, fue propiedad de emperadores mogoles, shas de Irán, emires de Afganistán y maharajás sij antes de pasar a ser propiedad (o pasar a estar en la posesión) de la Corona Británica en 1849, siendo actualmente pieza principal de la corona de la Reina Madre.

Considerado por muchos el producto de un robo realizado por una potencia colonial europea, es reclamado por cinco países asiáticos, India, Pakistán, Bangladesh, Afganistán e Irán (y además los talibanes también lo pretenden), lo que dice mucho de su valor e importancia.

Wufa Begum, reina afgana del siglo XVIII, lo describió de la manera siguiente: Si un hombre fuerte lanzara cuatro piedras, una al norte, otra al sur, otra al este y otra al oeste, y una quinta al aire, y si el espacio entre ellas se llenara de oro, su valor no igualaría el del Koh-i-Noor .

La realidad es que hay muy poca información fiable sobre los orígenes del diamante y la historia del Koh-i-Noor tiene una buena parte de mito.

Cuando el diamante pasó de las manos del Marajá Duleep Singh a las del Gobernador general de la India, Lord Dalhousie, éste pidió a un funcionario de la Compañía Británica de las Indias Orientales, un tal Theo Metcalfe, que redactara la historia del Koh-i-noor.

Este hizo un trabajo bastante chapucero, parece ser, basándose más en patrañas que en fuentes fiables.

De hecho, él mismo lamentaba que el resultado fuera tan escaso e imperfecto , con lo que las múltiples historias con las que se le relacionan no son más que mitos inverificables.

Y hablando de mitos, a la Montaña de Luz se le adscriben todo tipo de maldiciones que recaerían sobre sus propietarios varones, ya que supuestamente “sólo Dios o una mujer puede llevarlo con impunidad.” De hecho, desde el reinado de la reina Victoria, el diamante Koh-i-noor siempre ha pertenecido a la esposa del heredero varón al trono británico. Por si acaso, digo yo.

También hay quien dice, y eso me hace mucha gracia, que la maldición del Koh-i-noor fue la causante del Brexit…

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Pues bien, como decía antes, X Singh era el interesado en obtener el Koh-i-noor, y al contrario que sus muy nacionalistas amigos, tenía razones muy personales para ello.

La vida privada de X estaba envuelta en un misterio que él adoraba alimentar.

Según repetía a todo el que quisiera escucharle, su abuela le contó en su lecho de muerte que ella era la hija ilegítima de Duleep Singh, último maharajá del Imperio sij.

La historia de Duleep Singh es tristemente banal y recuerda un poco a la de otros últimos emperadores, como el chino Pu Yi (inmortalizado por Bernardo Bertolucci en un magnífico film), o como el romano Rómulo Augústulo, todos ellos víctimas de las circunstancias, ascendiendo al trono demasiado jóvenes para ser algo más que títeres en las manos de terceras personas.

Duleep fue proclamado Maharajá o gran rey del Reino sij a la tierna edad de cinco años, con su madre Jind Kaur actuando como regente, y depuesto a los diez años de edad después de la segunda guerra anglo-sij.

Separado de su madre, encarcelada y exiliada, el pobre Duleep fue enviado a Inglaterra bajo el cuidado de un tal Dr. John Spencer Login.

Allí se ganó la amistad de la reina Victoria y vivió un dulce y melancólico exilio hasta su muerte a los cincuenta y cinco años de edad.

Pues bien, a causa de este supuesto parentesco con el último emperador sij, X sufría de delirios de grandeza, sintiéndose legítimo heredero de un imperio desaparecido en la niebla de la historia y guardando un profundo resentimiento por lo que el Imperio Británico había hecho a su supuesta familia.

A la muerte de su padre, X se convirtió al sijismo y cambió su verdadero nombre, Chandrajit Malik, por el de X Singh.

Y lógicamente, siendo el legítimo heredero del último emperador sij, X consideraba que el Koh-i-noor le pertenecía por derecho propio.

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La mañana pasó rápidamente, inmerso como estaba en mis pesquisas sobre el diamante. Sobre las doce del mediodía, un mensaje de Sarah apareció en la pantalla del ordenador:

Está hecho. Comienza la partida.

Visto que no tenía nada más que hacer en Londres, envié un mensaje a Sarah con un espero que nos veamos muy pronto lleno de intenciones diversas, y volví a París directo a la oficina, donde me había dejado un montón de trabajo atrasado.

Aunque, siendo sincero, no me hubiera importado quedarme un par de días más y disfrutar a fondo de la hospitalidad tan genuinamente british de la familia Hound.

Y poder jugar un poco más al escondite entre las sábanas con Sarah, por supuesto.

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El par de días que Salvatore me había pedido para darme noticias de su parte se convirtieron en una semana primero, y en dos después, y el organizador del falso robo, mi nuevo amigo Mr. Hound, me hizo saber que cada vez era más difícil para él explicar al Palacio de Buckingham que el diamante tenía que seguir escondido hasta nueva orden .

Mi problema es que no tenía manera de contactar con Salvatore. Pensé en acercarme a Capri a ver si me recogían sus amigos, pero concluí que podrían seguirme los secuaces de X Singh y acabaríamos por tener un problema mayor.

No me quedaba otra que esperar.

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