Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo decimotercero
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Capítulo decimotercero

LA MONTAÑA DE LUZ

Una vez más, me desperté desorientado y con un extraño dolor de cabeza, pero esta vez me hallaba en una magnífica suite de hotel llena de luz mediterránea.

Cuando mis ojos se acostumbraron a tal fulgor me levanté con paso indeciso y me dirigí a la estupenda terraza con vistas al mar.

Me encontré de frente a los Faraglioni , enmarcados entre la exuberante vegetación de Capri.

Bueno, al menos esta vez sabía dónde me encontraba.

Y tenía razón Salvatore, me había despertado en un lugar muy especial.

Un simple vistazo al libreto del hotel me indicó el nombre de mis lujosas habitaciones: nada más y nada menos que el Hotel Quisisana , sin duda el más famoso de la isla.

Y afortunadamente, todo a gastos pagados, a juzgar por la nota que mis secuestradores me habían dejado en la mesilla de noche.

Una nota que incluía instrucciones precisas para el robo del Koh-i-noor, y que tuve que quemar después de memorizarla.

Como en las películas de espías, vamos. A mí me daba que Salvatore se estaba quedando conmigo, pero lo hice por si acaso.

Ya que mi cabeza no estaba muy clara todavía (había estado KO toda la noche), decidí quedarme un rato a disfrutar del amanecer y de la suave brisa marina antes de volver a Nápoles, y ¿por qué no? darme un baño en la piscina después de un buen desayuno.

Tenía mucho que pensar.

2

El viaje de vuelta a casa fue particularmente extraño e incómodo.

Menos mal que el hotel me organizó el traslado a tierra firme en un estupendo Riva Aquarama y un coche privado del puerto de Nápoles hasta el aeropuerto de Capodichino.

Luego, me pasé la espera hasta el embarque mirando a derecha y a izquierda, temiéndome encontrarme en cualquier instante a los malhechores que me habían perseguido por la Via Krupp.

Y por supuesto, mi smartphone estaba apagado para que los esbirros de X no pudieran seguir mi rastro digital.

De vuelta en París, lo primero que tenía que hacer era conseguir verme con Sarah sin despertar demasiadas sospechas en caso de que alguien estuviera escuchando al otro lado de la línea, así que no me quedaba otra que jugar la carta romántica con mi céltica Dulcinea.

“No esperaba que me fueras a llamar tan pronto, Otto,” dijo al descolgar el teléfono, sin siquiera saludarme.

“Ni yo tampoco,” contesté. “El hecho es que tengo que ir a Londres por motivos de trabajo y me hubiera gustado verte.”

“¿No te parece que vas un poco rápido?,” dijo con una sonrisa en la voz.

“Mira, yo tengo que ir a Londres, en cualquier caso. Si no te apetece verme lo entenderé…”

“No es que no me apetezca…”

“¿Entonces…?”

“Estoy un poco liada con el trabajo.”

“Pero tendrás que cenar en algún momento, o desayunar…”

“Supongo que podría encontrar un momento.”

“Estupendo. Tú piénsate cuándo te viene bien y me das un toque.”

“Pero ¿cuándo llegas?”

“Jane Bond, ¿no me tenías geolocalizado y controlado en todo momento?”

“Por un momento lo había olvidado.”

“Llegaré en el tren de la tarde.”

“Nos vemos.”

3

Londres de nuevo.

La estación de London St. Pancras International y sus ladrillos rojos de nuevo.

Anocheciendo.

Nada más salir al exterior, un pedazo de moto negra se detuvo delante mía. A los mandos, mi amiga Sarah embutida en una chupa de cuero igualmente negra. Si lo que pretendía era mostrar su lado más sexy, lo había conseguido.

“No está mal la bestia… Triumph Bonneville, si no me equivoco.”

“Veo que conoces el tema.”

“Cuando vengas a París te enseño la mía.”

“Que seguro que es más grande,” contestó riendo. “Anda, sube.”

“Menos mal que he traído una mochila y no una maleta pesada.”

“Recuerda que te tengo geolocalizado y tengo acceso a las cámaras de seguridad de la Gare du Nord. Sé hasta de qué color es tu ropa interior.”

“¿En serio?”

“Ves demasiadas películas, Otto. Bueno, ¿me vas a contar la verdadera razón por la que vienes a Londres?”

No había manera de engañar a Jane Bond.

“Muy simple. Necesito hablar con tu padre de la manera más confidencial posible.”

“Mi padre, hmmm…”

“Sarah, dime una cosa: ¿pensabas decírmelo algún día?”

“Sí, delante del altar," respondió riendo. “Ah, ¿ahora vas a pedirle mi mano en matrimonio? ¡Qué ilusión!”

“Muy graciosa,” contesté. “No, le voy a pedir algo que le va a costar mucho más concederme.”

4

No sé si el entrenamiento que reciben los espías del MI-6 incluye conducción deportiva, pero en los siguientes minutos Sarah me iba a demostrar sus habilidades motociclísticas.

Salimos de la estación sin prisas, conduciendo su pedazo de moto a la velocidad reglamentaria, pero fue llegar a un semáforo en rojo, subirse la visera del casco y decirme que un coche nos estaba siguiendo y que me agarrara fuerte.

Y aceleró a tope.

Efectivamente, eché un vistazo con el rabillo del ojo mientras seguía como podía el balanceo frenético de la moto y vi un Audi negro que nos seguía a una cierta distancia.

Por experiencia propia sé que un coche no tiene nada que hacer contra un motorista experimentado en plena ciudad, pero aquellos tipos sabían lo que se hacían.

Aun así, Sarah aprovechó el siguiente semáforo en rojo para saltárselo de una manera que como mínimo calificaría de imprudente (por no decir suicida ) y dejar a nuestros perseguidores tirados mientras les enseñaba el dedo medio.

Fue llegar a casa de su padre y bajarse de la moto sin mayores comentarios.

“¿Por qué nos estaban persiguiendo esos tipos?”, pregunté un poco trastornado por aquella aventura.

“No nos estaban persiguiendo, me estaban siguiendo a mí por otra historia, no tienes que preocuparte, está todo bajo control.”

Otro día en la oficina para ella , me dije.

5

Mr. Hound vivía en una de esas casas victorianas del barrio de Knightsbridge que son inasequibles para el común de los mortales.

Dinero viejo , me explicó Sarah cuando le hice un comentario al respecto.

Al abrir la puerta, Sarah gritó Papá, ya estoy en casa como si de una adolescente se tratara y no de una colega de 007 que acababa de despistar a dos sicarios en una persecución en moto.

Por su parte, Mr. James Hound estaba preparando la cena como cualquier hijo de vecino.

“Bienvenido a mi humilde morada, Otto.”

“Humilde, lo que es humilde…," le respondí, echando un vistazo al mobiliario.

Mr. Hound, o James como se empeñó en que lo llamara, nos había preparado una cenita de rechupete con Grand cru incluido, y la conversación fue cordial e interesante, pero al pasar al tradicional Porto postprandial mi anfitrión dejó caer la máscara y me mostró una caja de Faraday, invitándome a que depositara mi móvil dentro. Luego entró directo al trapo.

“Ok, Otto,” dijo, “ahora puedes contarnos qué te trae aquí.”

“Lo primero, necesito que esta conversación quede estrictamente entre nosotros.”

“Entendido.”

“OK. La cuestión es la siguiente: tengo un contacto en el grupo de los Justos Ladrones. Completamente anónimo y con un sentido del humor un tanto retorcido.”

“¿Y eso?”

“Comunica conmigo a través de acertijos.”

“¿Alguna razón para ello?”

“Es una manera de evitar que alguien pueda darse cuenta de que está en contacto conmigo. Según él, mi smartphone está completamente intervenido.”

“No me sorprende. Ahora dime, ¿por qué nos estás contando esto.”

“Mi contacto está dispuesto a echarnos una mano para que podamos atrapar a los Justos Ladrones, pero requiere total anonimidad.”

“OK. ¿Y de qué manera pretende ayudar?”

“Dice poder devolver el mármol de Elgin y el busto de Nefertiti. Pero para hacerlo necesita algo de vuestra parte.”

“No podía ser de otra manera. ¿Qué quiere a cambio?”

“Le hace falta que suplantéis el Koh-i-noor por una copia.”

Sarah realizó un leve gesto de sorpresa, pero su padre ni se inmutó.

“¿Y de qué sirve que pongamos una copia?,” preguntó James, visiblemente interesado.

“Mi contacto necesita hacer creer a sus jefes que ha robado el diamante. Si le ayudamos, él nos ayudará a recuperar las obras robadas y a capturar a los Justos Ladrones. Si no lo hacemos, él dejará de contactarme y sus jefes intentarán obtener el diamante de manera, digamos, más brutal.”

“Y no sabes quiénes son esos jefes, ¿verdad?”

“No tengo ni idea,” respondí mintiendo como un auténtico bellaco.

“¿Y no se te ocurre que alguna nación enemiga de Europa pueda estar detrás de ellos?”

“Pues es un poco difícil de decir. Los objetos robados provienen de Grecia y Egipto, pero la verdad, no veo a ninguno de los gobiernos de esos dos países poniéndose de acuerdo para realizar los robos. En cuanto al Koh-i-Noor, hay varios países que reclaman su propiedad, si no me equivoco.”

“¿Y no podría ser algún país tercero con intención de desestabilizarnos, como Rusia o China, por ejemplo?”

“Todo es posible, pero los rusos son los primeros que no están interesados en abrir la lata de gusanos de la restitución de obras de arte, no sólo por el tema de Ucrania, donde el expolio está siendo una auténtica vergüenza, sino también porque la Unión Soviética robó a mansalva durante la Segunda Guerra Mundial, supuestamente para resarcirse del saqueo previo realizado por las tropas nazis.”

“¿Y China?”

“China es otra historia, sin duda, aunque su principal conflicto en este ámbito es con Japón. China afirma que durante la Segunda Guerra Mundial los japoneses les robaron más de tres millones de obras y manuscritos, y que diez mil de las obras del Museo Nacional de Tokio se presentan indebidamente como tesoros nacionales japoneses.” Y tras una pequeña pausa diplomática, añadí: “También es verdad que los británicos robaron lo suyo a los chinos, pero eso ya lo sabéis, ¿no?”

“Claro,” contestó Mr. Hound con flema británica.

“Aun así, si los chinos estuvieran detrás de los robos habrían reclamado alguna pieza suya, digo yo. Por ahora no lo han hecho.”

“Por ahora,” respondió Mr. Hound.

Estábamos llegando a la parte crítica de la operación, la que iba a requerir poner a Sarah y a su padre en una situación un tanto peliaguda.