Capítulo duodécimo #3
Hasta ahora, la historia que Salvatore me estaba contando tenía un toque a lo Robin Hood.
Los Justos Ladrones, o el Consejo de Agravios o como se quisieran llamar, tenían razón: cientos de obras detenidas por los museos occidentales eran el resultado del expolio realizado por las potencias coloniales durante siglos, y todas aquellas obras deberían ser restituidas a sus países de origen.
Pero claro, una serie de atentados terroristas era harina de otro costal.
“Después del robo del mármol de Elgin,” continuó Salvatore, “el Consejo de Agravios me convocó a una reunión urgente. Los tres amigos me felicitaron por aquellas dos operaciones exitosas, pero me explicaron que la reacción de los países colonialistas era demasiado tímida y que además sospechaban que yo estaba detrás de los robos. Es por lo que, según X, había que pasar al estadio superior. Además, estaban muy decepcionados porque yo les había explicado que algunos de sus objetivos más preciados, como por ejemplo el Zodiaco de Dendera, no podían ser robados de manera sutil, entre otras razones por sus importantes dimensiones.”
“Ahí fue cuando decidí que tenía que encontrar una manera de entrar en contacto con las autoridades respectivas de manera anónima y sin que se enteraran los tres amigos. Y entonces apareciste tú en escena.”
“Y me enviaste aquella invitación marmórea en Berlín.”
“Exacto. Yo puedo estar de acuerdo con la descolonización de los museos, pero no con ataques terroristas. Por ahí no paso.”
“Lo entiendo," respondí. “Pero ¿de qué atentados estás hablando?”
“Tienes que entender un par de cosas. La primera es que el que mueve el cotarro es X Singh. La segunda es que X tiene dos obsesiones: una, es hacer todo el daño posible al Reino Unido. Pura venganza. Por ello está ayudando a los griegos con los mármoles del Partenón y a los egipcios con la piedra de Rosetta.”
“A Nefertiti la tenían los alemanes…”
“Sí, pero es que Bashir Sayed es un negociador muy duro e insistió en que el busto de Nefertiti entrase en el lote para aceptar su participación.”
“¿Y la segunda razón?”
“La segunda, y probablemente la más importante para él, sería recuperar el Koh-i-noor.”
“¿El diamante?”
“Efectivamente. X me ha dado un ultimátum: o encuentro una manera de robar el Koh-i-noor de manera no violenta, o se ocupará él mismo con métodos, digamos, más expeditivos. Y teniendo en cuenta lo que mis amigos acaban de hacer a los dos esbirros que envió para ocuparse de ti, es muy posible que no se fíe mucho de mí en estos instantes, algo que no me puedo permitir.”
“Entonces, ¿vas a robar el diamante?”
“¿Con tus amigos del Mi-6 detrás mía? Lo veo complicado. Y como ya te he explicado, no puedo fiarme de ninguno de los gobiernos envueltos en el asunto. Por eso precisamente te necesito.”
“¿Y cómo puedo ayudarte exactamente?”
“Muy simple, vas a robar el Koh-i-noor para mí.”
“Claro, ningún problema," dije riendo.
“No es broma, Otto. Necesito que el Consejo de Agravios se quede convencido de que he robado el diamante.”
“En el muy hipotético caso de que quisiera robar el diamante, ¿cómo pretendes que lo haga?”
“ Come facemmo col Conte Palmieri… ," respondió Salvatore, parafraseando la Tosca de Puccini. “Un robo…”
“Simulado.”
“¿Te gustó la versión de la Ópera de Viena?”
“Mucho.”
“Yo prefiero a Verdi,” contestó cambiando de tema. “Falstaff, en particular.”
“Gran ópera. Pero volviendo al tema que nos ocupa, ¿cómo pretendes que simule el robo?”
“Tengo entendido que te entiendes bien con tu amiguita del MI-6, ¿no es cierto?”
No puede uno echar una cana al aire sin que se entere todo el mundo, parece ser…
“¿Qué tiene que ver Sarah con todo esto?”
“Vamos a tener que fiarnos de ella, y sobre todo de su papá.”
“¿Su padre?”
“Mr. Hound. Sarah no te lo había dicho, ¿verdad que no?”
“Pues no.”
“Las mujeres no son de fiar, amigo mío,” dijo riéndose, “pero no nos queda más remedio que hacerlo en este caso. Necesito que les convenzas de que organicen un robo fingido del diamante. Eso hará que mis amigos del Consejo de Agravios se vuelvan a fiar de mí y esto nos haga ganar tiempo.”
“Y suponiendo que consiga convencer a los amigos británicos de que te hagan caso, ¿qué pasará después?”
“Te lo diré a su debido tiempo.”
“No estoy seguro de que les vaya a gustar tu propuesta.”
“Ellos sabrán, es la única manera de que recuperen el mármol de Elgin y de que los alemanes recuperen el busto de Nefertiti.”
“¿Es decir?”
“No compliques las cosas más de lo necesario, Otto, mi propuesta es muy simple: ayúdame a hacer caer al Consejo de Agravios y te diré dónde están las obras robadas.”
“Bueno, para que acepte tu propuesta me vas a tener que dar más detalles, y, sobre todo, voy a necesitar otro trago.”
“ Certamente! Anche ddoie o tre s’abbisogna! ”
4
El traguito que me ofreció Salvatore debía ir bien cargado de miel loca, porque fue probarlo y empezar a ver cómo sus ojos cambiaban de color y la habitación se llenaba de una luz sobrenatural. Todo empezó a dar vueltas a mi alrededor.
Luego, oí una voz de ultratumba que me dijo: no te preocupes, te vas a despertar en un lugar muy especial.
Qué cabrón , pensé en pleno delirio psicodélico.
Y perdí el sentido.