Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo duodécimo
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Capítulo duodécimo

EL CONSEJO DE AGRAVIOS

El whisky tiene su cohorte de fanáticos con una serie de reglas inamovibles: nada de agua, nada de hielo, vaso de cristal…

y no se te ocurra contradecirles. Salvatore me sirvió un buen trago sin preguntarme cómo lo quería, y antes de que pudiera siquiera abrir la boca, me soltó una frase de La fanciulla del West: Alla "Polka" si beve l'whisky schietto .

Y a ver quién se ponía a contradecir a Puccini…

“Lo primero que necesitas saber,” me dijo Salvatore casi susurrando, “es que detrás de los Justos Ladrones hay un grupo de multimillonarios de diversos países que han unido sus fuerzas para provocar la descolonización de los museos occidentales. Este grupo de ultrarricos se hace llamar El Consejo de Agravios.”

“Los firmantes de aquella resolución que me dejaste en Berlín.”

“Exacto. Este grupo está compuesto por tres tipos con muchos medios y muy pocos escrúpulos. Como tú ya sabes, su plan es realizar una serie de robos de gran impacto mediático para crear polémica y forzar a las antiguas potencias coloniales a devolver los tesoros que robaron en su momento. Los Justos Ladrones son lo que ellos llaman su grupo de intervención .”

“Eso explica los sofisticados medios empleados en los robos. Pero, si tú no eres el jefe de la banda, ¿qué tienes que ver con todo esto?”

“Bueno, yo soy el que ha organizado los robos.”

“Y me lo dices así, sin más.”

“Bueno, ¿qué quieres que te diga? Es un hecho. Pero también es un hecho que me he visto forzado a hacerlo.”

“¿Forzado?”

“Ya te he dicho que las cosas son más complicadas de lo que parecen. Los muy hijos de puta tenían información privilegiada sobre mi pasado y el de la gente que ves ahí abajo trabajando, y como dice Vito Corleone en El Padrino , me hicieron una oferta que no pude rechazar.”

“Y de qué manera habían obtenido esa información privilegiada sobre ti?”

“No tengo ni idea, pero ya te digo Otto, son gente con muchos medios y muy pocos escrúpulos.”

“Ya veo. Pero ¿no me has dicho antes que tú no tenías ni el busto de Nefertiti ni el mármol del Partenón?”

“No los tengo, no… pero sé dónde están.”

“O sea, que puedes devolverlos.”

“En su momento, cuando consigamos hacer caer al Consejo de Agravios.”

“¿Consigamos? no lo entiendo. ¿Pretendes que te ayude?”

“¿Y por qué te crees que estás aquí? Nunca antes había invitado a alguien a visitar mi atelier, te lo garantizo.”

“¿Y qué quieres que haga?”

“Otto, necesito que seas mi contacto con el mundo exterior.”

“¿Y eso?”

“Tienes que saber dos cosas. Lo primero es que necesito que los miembros del Consejo de Agravios crean que estoy de su lado, al menos por ahora. Lo segundo es que me tienen vigilado electrónicamente las 24h del día. Sólo aquí, bajo tierra, me puedo esconder sin que me vean, porque no hay manera de penetrar la roca que protege mi atelier.”

“Pero ¿cómo es posible que te tengan tan controlado?”

“¿Conoces a X Singh?”

“¿El genio maléfico de la televisión?," respondí con sorna. “Claro, ¿quién no lo conoce?”

“Pues es el que creó el Consejo de Agravios y quien lo preside.”

Mierda. Eso lo explicaba todo.

2

El hecho de que X Singh pudiera estar envuelto en esta historia no auguraba nada bueno.

X era un multimillonario británico de origen indio, heredero de una fortuna familiar basada en negocios inmobiliarios, la cual había multiplicado gracias a sus inversiones en un conglomerado de empresas de alta tecnología que incluía cadenas de televisión, periódicos, redes sociales, servicios de vídeo bajo demanda, infraestructura de distribución de internet y (algo menos publicitado) tecnología militar de ultimísima generación.

Su mala reputación la debía a la forma en que sus empresas recopilaban los datos personales de sus millones de usuarios y a cómo usaban los algoritmos de sus redes sociales para manipular elecciones y distribuir desinformación por todo el globo.

“¿Y de qué conoces a X Singh?," pregunté.

“Conocí a X en el Pink Ball del Museo Británico.”

“¿El Pink Ball ?

“Un baile benéfico para recaudar fondos para el museo, algo parecido a la Gala del Met de Nueva York.”

“No te veo en un baile benéfico.”

“Había recibido una invitación a través de mi agente británico, y el tipo insistió tanto en que fuera que al final le hice caso y fui. No te puedes imaginar aquello: un desfile de celebridades de una vulgaridad inenarrable, pavoneándose y haciéndose selfis delante de obras de arte milenarias.”

Efectivamente, el Museo Británico había conseguido atraer todo tipo de famosos y famosillos, previo pago de 2000 libras por cabeza, al susodicho Pink Ball que, en palabras del propio museo, iba a celebrar el estatus de Londres como una de las principales capitales culturales del mundo y convertirse en una nueva cita destacada en el calendario social internacional.

Su objetivo era benéfico: recaudar fondos para apoyar las asociaciones internacionales del museo y cumplir su ambición de convertir su colección en la más accesible y compartida del mundo.

“Ironía suprema,” continuó Salvatore, “el tema del baile era el color rosa, supuestamente inspirado en los colores y la luz de la India, presentado en conjunción con una exposición del Museo Británico sobre la India antigua.”

“Y fue el tema el que atrajo a X Singh al evento.”

“Sin duda, aunque no vino de buen grado, según me dijo él mismo. Había invitado a un par de amigos suyos para que observaran de cerca como el museo insultaba una vez más los pueblos colonizados por el Imperio Británico y convencerlos de que se unieran a un proyecto personal suyo: el Consejo de Agravios.”

“¿Y quiénes eran esos amigos suyos?”

“Seguro que te suenan sus nombres: Constantinos Drakos y Bashir Sayed.”

Por supuesto que me sonaban los nombres de aquellos dos super ricachones.

Constantinos Drakos y Bashir Sayed eran las dos fortunas más grandes de sus respectivos países, Grecia y Egipto.

Los negocios de Constantinos Drakos estaban basados en su enorme flota naviera, como es el caso de casi todas las grandes fortunas griegas, y sus dotes sociales y su atractivo personal le habían hecho ganarse el mote de Onassis del siglo XXI .

Bashir Sayed, por su parte, era llamado El Faraón por los monumentales proyectos arquitectónicos que sus empresas habían construido a través del mundo árabe.

Y tengo que decir que había una cierta lógica en que estos dos oligarcas estuvieran interesados en ser miembros del Consejo de Agravios.

Sus países de origen habían sido conquistados por el Imperio Otomano y más tarde fueron saqueados por las grandes potencias europeas.

Tanto el busto de Nefertiti como el mármol de Elgin eran reclamados por sus países de origen, con lo que Bashir Sayed y Constantinos Drakos tenían un interés, digamos, legítimo en recuperar aquellas piezas del patrimonio nacional.

“Ya veo,” contesté. “¿Y cómo te implicaron en esta historia?”

“Te cuento. Allí estaba yo, en medio de toda aquella gente tan satisfecha de haberse conocido a sí mismos, ignorándolos soberanamente mientras contemplaba una de las metopas del Partenón, cuando una voz susurró a mi lado: Esta pieza está fuera de lugar, ¿no le parece? Sin inmutarme, respondí: Por supuesto. Ni esta ni ninguna de esta sala están donde deberían estar. Luego, miré al importuno que me había despertado de mi pequeño idilio con la obra del inmortal Fidias y me encontré de frente a X Singh. Archifamoso como es, ni se molestó en presentarse. Signore Fusco, encantado de conocerle, soy un gran admirador de su obra y tralalá y tralalá. Luego, X se empeñó en invitarme a su mesa para presentarme a unos amigos suyos.”

“Drakos y Sayed, por supuesto.”

“Con sus respectivas legítimas. Vaya panda.”

Salvatore contaba su historia como si le doliera aquello. Era la primera vez que le veía estresado por algo.

“Aquella noche, X me invitó a seguir la fiesta en su mansión en Chelsea con sus amigos. Necesitaba, según él, discutir de un tema entre personas con ideas afines. Le dije que sí más que nada para salir de aquella feria de las vanidades. Y, además, al fin y al cabo, X es un personaje interesante, aunque no necesariamente por buenas razones. Viendo su mansión sabes todo lo que necesitas saber sobre aquel tipo: pura vulgaridad y ostentación. Una vez allí, X no perdió tiempo en presumir de su palacio y fue directo al grano. Sentados alrededor de una mesa redonda con sus amigos Drakos y Sayed, X nos explicó sin tapujos cuáles eran sus planes: pretendía chantajear a los gobiernos de Francia, Alemania y el Reino Unido con robos y ataques cibernéticos hasta que dieran su brazo a torcer y descolonizaran sus museos. Drakos y Sayed escucharon aquel despropósito con gran interés y ofrecieron inmediatamente su apoyo.”

“¿Y tú?”

“Yo me di cuenta inmediatamente de que me había metido en un gran lío del que iba a ser muy difícil salir.”

“Pero ¿por qué te estaban contando todo eso a ti?”

“X Singh, como te puedes imaginar, se bastaba él sólo para los ataques cibernéticos, pero para el resto de sus planes necesitaban un especialista en robos de museos sobre el terreno, y ellos sabían que yo era la persona indicada.”

“¿Ladrón de museos? Yo creía que…”

“Otto, algún día te contaré la historia de mi vida, pero no viene al caso ahora. El hecho es que X tenía la suficiente información comprometedora sobre mí para forzarme la mano.”

“Y lo hizo.”

“Vaya si lo hizo. Pero tengo que decir que no acepté su oferta sin más. Les puse una condición: yo era el que iba a decidir cómo y cuándo realizar los robos. Además, las piezas sustraídas quedarían en mi posesión hasta que las obras se pudieran restituir a su país de origen de manera legal, porque en ningún caso quería que acabasen siendo trofeos de guerra de ninguno de ellos. Y dejarían sus fantasías terroristas de lado.”

“Bueno, entiendo que te forzaran la mano, pero ¿por qué no hablas con el gobierno británico? Después de todo, X Singh es ciudadano británico.”