Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo undécimo #2
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Capítulo undécimo #2

“Para mí la obra sin duda alguna, aunque no sé lo que diría un crítico de arte.”

“Esto que estás viendo," continuó, “no se lo enseñaría a ningún crítico, claro está.”

“Ni a ningún cliente, me imagino," respondí.

“A esos menos que a nadie, hay que mantener el misterio de la creación artística, que es por lo que pagan, al fin y al cabo. Pero que quede claro, todos los retoques finales los doy yo mismo, que por cierto no es ni más ni menos que lo que hacía cualquier artista del Renacimiento. Como sabes, la mayor parte del trabajo lo hacían los ayudantes de la bottega , y el maestro daba los últimos toques y ponía la firma, que es lo que daba valor al producto.”

“Pero en el Renacimiento no tenían ni escáneres ni impresoras 3D.”

“No, pero tenían una serie de técnicas y trucos de las que poco se habla en los libros de historia o en los museos y exposiciones. ¿Conoces a David Hockney?”

“Sí, Salvatore, yo también he leído su libro.”

David Hockney era un pintor británico que a mí nunca me dijo gran cosa pero que hizo fama con un tipo de pintura pop art que se vende muy bien en ciertos círculos.

El libro del que Salvatore hablaba se llama Secret Knowledge: Rediscovering the Lost Techniques of the Old Masters , y en él, Hockney describe cómo los pintores del Renacimiento desarrollaron una serie de artilugios ópticos para poder reproducir sus modelos de manera realista.

Lo mismo que hoy se hace con proyectores, pero con medios más rudimentarios.

“De lo que estoy particularmente orgulloso," continuó Salvatore, “es de mis avances en la producción de pátina. ¿Recuerdas la placa de mármol que recibiste en Berlín? Reconocerás que, si no fuera por el texto, te habrías creído que era un auténtico grabado de época romana.”

“Efectivamente. Y veo que no tienes ningún reparo en reconocer que fuiste tú el que me lo envió.”

“Claro, ¿por qué crees que estás aquí? Ya te he dicho que tenemos mucho de qué hablar.”

8

Salvatore me condujo a un piso superior donde se hallaba su oficina, la cual permitía una vista privilegiada sobre todo el atelier y desde donde el gran artista regentaba aquel negocio tan underground (en todos los sentidos del término).

“¿Y ésto?” dije mientras subíamos las escaleras, señalando una pieza rectangular de mármol.

“Algo en lo que estoy trabajando…” contestó sin más.

Pues yo hubiera jurado que tenía las dimensiones exactas de la Metopa del Partenón.

“Me imagino que te que fías de tus colaboradores,” le dije, mientras miraba cómo trabajaban en silencio.

“Completamente, son mi familia.”

“¿Todos ellos?”

“La familia va más allá de los lazos biológicos, Otto. Todos ellos son gente que, como yo, se han criado en las calles más duras de Nápoles, y a los que he dado cobijo. Esta gente tiene un gran sentido de la lealtad, harían cualquier cosa por mí.”

“¿Como darle una paliza a un par de matones con acento indio?”

“Por ejemplo.”

“Tengo entendido que tu infancia fue muy dura.”

“Como te puedes imaginar, la posguerra en Nápoles fue muy dura para mucha gente, y especialmente para aquellos, como yo, que por circunstancias de la vida acabaron siendo huérfanos de padre y madre. Llámalo fortuna o desgracia, a mí me adoptó una banda de ladrones de poca monta que se dedicaba a robar lo que podían. Puesto que yo era un niño todavía, me adiestraron para robar casas entrando por todo tipo de cavidades estrechas por donde ningún adulto hubiera podido pasar. Un día entré en la casa del propietario de una tienda de antigüedades. Mientras buscaba algo que poder llevarme me encontré de frente a una estatua de Vincenzo Gemito, el famoso artista napolitano. Aquel encuentro fue como una revelación. Tan absorto me quedé que no me di cuenta de que el propietario, Gennaro Merolla, me estaba observando escopeta en mano. Pero en vez de denunciarme a la policía, Gennaro me acogió en su casa y me enseñó todo lo que sé del mercado del arte.”

“Tanto el lado legal como el ilegal, me imagino.”

“Sobre todo el ilegal,” respondió riendo.

Mi cara de incredulidad hizo soltar una carcajada a Salvatore.

“Otto, no te tengo que explicar cómo funciona este mundillo, ¿verdad?”

“No, no necesariamente,” contesté, “pero me decías que teníamos mucho de lo que hablar, ¿no? Pues hablemos.”

“Directo al grano, veo. Muy bien, hablemos.” La expresión facial de Salvatore cambió de manera abrupta.

“Otto, lo que tengo que decirte ahora es algo muy serio que casi nadie conoce y que debe seguir así. De hecho, hablar de ello con otras personas podría poner en peligro tu vida. Necesito que esto te quede muy claro.”

La seriedad con la que Salvatore pronunció aquellas palabras me dejó un poco descolocado, pero pese a ello, mi curiosidad pudo más que el miedo.

“Dispara.”

Y haciendo una pausa dramática, añadió.

“Como ya has podido comprender, yo soy o’Munaciello .”

Sorpresa, sorpresa.

Bueno, en verdad no tanta.

“Veo que no estás muy sorprendido, Otto," dijo. “Bueno, reconocerás que te lo he puesto fácil.”

“Sí, de hecho, eso es lo único que me sorprende, que me lo hayas puesto tan fácil. ¿Y por qué me lo estás diciendo?”

“Porque necesito que me eches una mano.”

“¿Que te eche una mano? ¿A robar otros museos?”

“No, para eso no te necesito," respondió riendo. “El entuerto en el que estoy metido es más serio de lo que puedas imaginarte, y sólo tú puedes ayudarme a desenredarlo sin que nadie salga perjudicado.”

“¿Qué tal si empiezas por devolver el busto de Nefertiti y el mármol del Partenón?”

“Me temo que la cosa no es tan simple. Lo primero, no los tengo en mi poder, y lo segundo, si lo hiciera mi vida y la de mis colaboradores correría peligro. Y a partir de ahora, la tuya también, no lo olvides.”

No, no se me iba a olvidar, eso seguro.

“¿Y cómo esperas que pueda ayudarte?”

“Necesito que me ayudes a hacer caer a los Justos Ladrones.”

“Pero…”

“...tú creías que yo era el jefe de la banda, ¿no es así? Caro Otto, como iba diciendo, las cosas son más complicadas de lo que parecen.”

“Me temo que no te entiendo.”

“Déjame que te lo explique," y sacando una botella de cristal tallado y dos vasos, añadió: “¿Un trago?”

Pues sí, me iba a hacer falta.