Capítulo undécimo
LAS ENTRAÑAS DE CAPRI
Si España tiene a Juan de la Cierva y su autogiro, auténtico precursor del helicóptero, Italia bien puede presumir de Enrico Forlanini y su hidroala.
Con la diferencia, eso sí, de que mientras que los helicópteros de hoy en día no funcionan con el principio de hélice pasiva ideado por el inventor murciano, los aliscafos (que así llaman en Italia a estos barcos dotados de alas sumergidas que les permiten planear sobre un mar en calma) siguen surcando las aguas del Golfo de Nápoles a gran velocidad, transportando a hordas de turistas desde el continente a las maravillosas islas que se vislumbran en el horizonte: Isquia, Prócida, y sobre todo la más célebre de todas.
Capri.
En una de aquellas embarcaciones tomé asiento en dirección a la beata isla.
El viaje en sí es muy agradable si uno se queda fuera en cubierta e ignora al resto de los viajeros, ya que saliendo del puerto de Nápoles se puede admirar cómo la ciudad partenopea se aleja para dar paso a la imponente figura del Vesubio, la costa sorrentina y finalmente, la femenina silueta de Capri, con el puerto de Marina Grande al frente.
Nada más desembarcar, me quité de en medio como pude a la marabunta de turistas que salían del aliscafo y me dirigí rápidamente al funicular que salva los 142 metros de desnivel entre el puerto y el centro urbano de Capri.
No me entretuve en la famosa piazzetta ni en las concurridas calles que en su conjunto forman el outlet más exclusivo del mundo, donde se mezclan el mal gusto de los ricos (algunos viejos, la mayoría nuevos) y la envidia de los plebeyos.
No.
Mi meta se hallaba a unos centenares de metros del centro del pueblo.
Los Jardines de Augusto.
2
Pese a su nombre, y a lo que el Monaguillo sobreentendía en su mensaje, los Jardines de Augusto no son de época romana, sino que fueron ideados y financiados por un riquísimo industrial alemán, Friedrich Alfred Krupp, al inicio del siglo XX.
Si en principio debían haber sido parte de una villa privada, al final pasaron a propiedad pública tras la primera guerra mundial y recibieron su nombre actual en honor al emperador romano.
Justo al lado, Krupp hizo construir un camino en serpentina bautizado con su apellido que, según las malas lenguas, le permitía ir desde el famoso Hotel Quisisana , donde se alojaba habitualmente, hasta la Grotta di Fra Felice , una gruta excavada en el siglo XVII que había restaurado para, según las mismas malas lenguas, sus orgías homosexuales.
Algo normal en una isla paradisíaca como Capri, los Jardines de Augusto tienen unas vistas absolutamente espectaculares mire uno donde mire, pero especialmente en dirección a los Faraglioni , tres enormes islotes que emergen como sirenas al lado de la costa caprese.
Y de los tres peñascos, el más alejado de la costa, llamado Faraglione di Fuori , es conocido entre biólogos y amantes de la naturaleza como el único hábitat de un animalito que responde por el nombre latino de Podarcis siculus coeruleus , aunque sea más conocido por su nombre vulgar.
Lagartija azul .
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Allí estaba yo, delante de aquel espectáculo natural sin parangón, esperando que apareciera el Monaguillo por alguna parte.
Pero nada de nada. Lo único que salía de lo común eran aquellos dos tipos con aire de venir de la India o Pakistán u otro sitio similar, y que no me habían quitado un ojo de encima desde que me subí al aliscafo en Nápoles.
Al principio no les di mayor importancia porque Italia tiene una importante población de inmigrantes de Sri Lanka, pero cuando me percaté de que me estaban siguiendo por las angostas calles de Capri me dije que había gato encerrado.
Más aún me lo dije cuando uno de ellos me echó la mano encima. Estaba claro que aquellos indios no me deseaban nada bueno. Pegué un empujón al tipo y salí pitando en dirección a la Via Krupp como si me fuera la vida en ello.
4
Para el que no conozca Capri, bajar por la Via Krupp es una experiencia espectacular si se realiza dando un paseo tranquilo y sin prisas.
Si te persiguen dos indios malencarados y con peores intenciones, el espectáculo se convierte en una auténtica pesadilla.
El desnivel es de 100 metros con una pendiente media de 7,5% y curvas de herradura, con lo que una mala caída puede tener como lieto fine los peñascos y el mar.
Y si tus amigos indios corren más que tú, pues qué más se puede decir.
Tardaron poco en acorralarme los muy desgraciados en una de las curvas, y después de tirarme al suelo y pegarme una patada en el estómago, me levantaron sin miramientos y empezaron a preguntarme que qué hacía en Capri, amenazándome con dejarme caer por el precipicio si no respondía.
Estaba considerando seriamente si debía contarles todo cuando apareció un grupo de jóvenes del lugar.
Como si aquello fuera un espectáculo de feria, se plantaron delante nuestra, riéndose y comentando la escena.
Uno de los matones indios se dio la vuelta un poco sorprendido y dijo en un inglés con olor a curry algo así como fuck off, boys .
Los chavales se miraron entre ellos, partidos de la risa, y uno soltó un comentario muy racista que sólo un auténtico napolitano habría entendido ( guagliò, avite ntiso ch’a ritto stu nir’e mmerda...
? ) antes de meterle por sorpresa un puñetazo en plena nariz, mientras que sus amigos se ocupaban de cantarle las cuarenta al otro.
Tras dejarlos completamente noqueados en el suelo, me cogieron del brazo y me llevaron corriendo cuesta arriba hasta una pequeña camioneta eléctrica donde me metieron a empujones, no sin antes meter mi smartphone en una bolsa Faraday y ponerme un capuchón bien opaco en la cabeza.
5
El viaje en la tripa de aquel vehículo fue bien movidito, y aunque no podía ver nada, las curvas que dimos y las cuestas arriba y abajo me dieron la impresión de que nos dirigíamos hacia el interior de la isla.
Poco antes de que la furgoneta se parase, los últimos cientos de metros fueron en bajada total, y cuando me sacaron al aire libre, una suave brisa marina me hizo comprender que la costa no estaba lejos.
Mis salvadores-raptores me ayudaron a bajar unas escaleras, tras lo que nos metimos en una especie de montacargas que nos transportó al interior más profundo de la montaña.
Luego anduvimos por un pasillo tan estrecho que podía sentir los muros rozando mis codos.
Finalmente, abrieron una puerta, me quitaron el capuchón y allí me dejaron, cerrando tras de sí con llave.
Mi prisión era una habitación de muros de roca natural sin ventana alguna, con una cama como único mueble. Después de esperar lo que me pareció una eternidad que no hizo nada por calmar mi proverbial claustrofobia, la puerta se abrió y una figura familiar apareció.
Salvatore Fusco.
“¿Cómo te sientes, Otto?," me dijo, “espero que aquellos impresentables no te hayan hecho demasiado daño.”
“¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado? ¿Estos chavales son amigos tuyos?”
“Estamos en mi atelier, y estás entre amigos, no te preocupes.”
“Pero ¿quiénes eran esos dos tipos? ¿Y cómo sabían tus amigos que me estaban persiguiendo?”
“Anda, ven conmigo, que tenemos mucho de qué hablar.”
6
Seguí a Salvatore a través de un largo pasillo perfectamente iluminado, aunque no sabría decir de dónde venía aquella luz tan mediterránea, tan natural. Habríamos caminado un centenar de metros cuando nos encontramos con un muro.
“Espera un segundo," me dijo.
Salvatore metió la mano en un agujero y dijo Apriti sesamo con una sonrisa. De repente se oyó un crujido. Como por arte de magia, el muro que nos obstruía el camino se apartó, dejando entrever un espacio abierto lleno de luz.
“Adelante,” me invitó con un obsequioso ademán de la mano.
7
Nos encontramos de repente en la sala principal del atelier de Salvatore: un espacio único de techos altísimos iluminado por luz natural que provenía de unos enormes ventanales situados en el techo.
Los muros tallados en la roca me indicaban que estábamos en algún lugar bajo tierra.
En total contraposición, el mobiliario era completamente hi-tech, con ordenadores de última generación y robots de impresión 3D con los que, como Salvatore iba a explicarme en un instante, producía sus fabulosas estatuas de mármol de Carrara.
El procedimiento era digno de verlo. Un brazo robótico armado de un cincel rodeado de cuatro chorros de agua iba modelando la fría piedra, siguiendo las instrucciones de un ordenador sobre la base de un modelo escaneado en tres dimensiones.
El resultado era sobrecogedor de perfección.
“Me pasé muchos años aprendiendo a esculpir el mármol,” me explicó Salvatore, “copiando a grandes genios como Canova, Bernini o mi adorado Vincenzo Gemito. Pasaba las horas muertas en la Cappella Sansevero estudiando el Cristo Velato de Giuseppe Sanmartino, intentando comprender de qué manera el escultor había creado aquella magnífica ilusión, aquel velo marmóreo cuasi transparente. Y cuando llegué a un nivel técnico similar a aquellos grandes artistas, decidí empezar a ser yo mismo y a no preocuparme más de la técnica. Ya sabes lo que decía Picasso, que aprendió a pintar como Rafael en cuatro años, pero le llevó toda una vida aprender a pintar como un niño. Por supuesto, es una grandísima tontería porque Picasso nunca llegó a pintar tan bien como el divino Rafael, pero hay un resquicio de verdad en esa frase. Está la técnica y luego viene el arte. Más tarde descubrí la impresión 3D y decidí utilizarla para quitarme de encima todo el ingrato trabajo de darle forma al mármol. Como decía Michelangelo: tu vedi un blocco, pensa all’immagine: l’immagine è dentro basta soltanto spogliarla. ”
“ La imagen está dentro del bloque de mármol, sólo hay que desnudarla. Pero ¿no es un poco hacer trampa desnudar la imagen con una máquina?”
“Dime Otto, qué importa más: ¿la obra o la forma de hacerla?”