Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo décimo
57%

Capítulo décimo

O’ MUNACIELLO

Chiedete ad un vecchio, ad una fanciulla, ad una madre, ad un uomo, ad un bambino se veramente questo munaciello esiste e scorazza per le case, e vi faranno un brutto volto, come lo farebbero a chi offende la fede.

Se volete sentirne delle storie, ne sentirete; se volete averne dei documenti autentici, ne avrete. Di tutto è capace il munaciello...

Me desperté desorientado y con un extraño dolor de cabeza en una habitación de hospital muy elegante. Poco a poco los sucesos de la noche anterior me volvieron a la memoria.

La cena en el Brandi con Salvatore.

La persecución escaleras abajo.

La cabeza en llamas de Sarah.

El monje de ojos alucinados.

La oscuridad total.

2

Mr. Hound apareció por la puerta de la habitación acompañado de unos hombres en uniforme de la policía local.

“¿Cómo te sientes, Otto?," me dijo, “llevas KO un buen rato.”

“¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado?”

“Estamos en una muy exclusiva clínica privada de Nápoles.”

“Pero ¿cómo he acabado aquí?”

“Según me cuenta el jefe de la policía local aquí presente, parece que estabas de juerga con Sarah y os perdisteis por las galerías del Nápoles subterráneo. Os encontró una limpiadora esta mañana.”

“¿Y Sarah?”

“Está en la habitación contigua. No te preocupes, está bien, sólo tiene una buena resaca. ¿Se puede saber qué coño bebisteis?”

“Pero si no habíamos bebido nada…”

Mr. Hound no parecía creerme, y me preguntó con poca convicción: “¿Por qué no me cuentas lo que pasó?”

“No lo tengo muy claro. Sarah insistió en que entráramos en la galería por donde suponíamos que Salvatore Fusco se había metido. Bajamos unas escaleras de piedra hasta que empezamos a sentirnos mal y a tener alucinaciones.”

“Falta de oxígeno, probablemente,” dijo el jefe de policía. “Las galerías subterráneas de Nápoles pueden ser peligrosas si no las conoces bien.”

“Las alucinaciones fueron bastante brutales. Los muros se cerraron sobre mí, vi el pelo de Sarah en llamas, y justo antes de perder el conocimiento me encontré de frente a un monje con ojos alucinados. Era aterrador.”

“ ¡Lei ha visto o’munaciello! ," dijo el jefe de policía, y sus compañeros pusieron cara de susto.

“¿Cómo dice?”

“ O’munaciello quiere decir el monjecito en napolitano. Todo el mundo conoce o’munaciello en Nápoles.”

No salía de mi asombro.

Parvus Monachus.

Monaguillo.

O’Munaciello

“Pero ¿quién es ese munaciello ?”

El tono vocal del jefe de policía se transformó en el de un profesor de universidad hablando desde su palco.

“Hay muchas versiones al respecto,” nos contó, “pero a mí siempre me ha gustado la que cuenta Matilde Serao en sus Leyendas napolitanas . Básicamente, la historia es la siguiente. Durante el reinado de Alfonso de Aragón, una joven llamada Caterina Frezza, hija de un comerciante de paños, se enamoró de un aprendiz, Stefano Mariconda. Por desgracia, la diferencia de clase entre ellos no permitía una relación abierta y excluía toda posibilidad de matrimonio, con lo que Stefano visitaba a su amada Caterina de noche, escalando muros y saltando de terraza en terraza. Por desgracia, una de esas noches alguien traicionó a los amantes, y tiraron a Stefano por la ventana. Tras aquella desgracia, Caterina huyó de casa y se refugió en un monasterio de monjas. Allí dio a luz a un niño prematuro, diminuto, deforme y de ojos tristes. Preocupada por su mala salud, su madre hizo un voto a la Virgen, haciendo que el niño vistiera un hábito blanco y negro de monje. Por ello la gente llamaba al pobre niño o’munaciello, burlándose de su cuerpo deforme y sus ojos asustados.

Poco a poco, se extendió el rumor de que o’munaciello tenía poderes sobrenaturales, y la gente le rehuía y hacía el signo de la cruz cuando se lo encontraban.

Luego, una noche, o’munaciello desapareció.

Hubo quien dijo que el diablo se lo había llevado por los pelos, pero probablemente fue la familia Frezza la que lo eliminó para limpiar el orgullo familiar.

Y la leyenda dice que ahora vaga como un espíritu vengador, cubierto en su capucha negra y aterrorizando a quienes le atormentaron. ”

“El monje que vi llevaba una capucha roja,” dije casi sin pensar.

“Pues ha tenido suerte entonces,” respondió el jefe de policía.

“Tiene que saber que encontrarse con o’munaciello no es siempre una desgracia.

Como dicen en Nápoles: O’munaciello: a chi arricchisce e a chi appezzentisce .

Si lleva una capucha roja, entonces le traerá suerte.

Pero la regla fundamental es que nunca se debe revelar a nadie que o’munaciello le ha visitado a uno… ”

Claramente, al muy estirado Mr. Hound le estaba irritando la exuberante verborrea mediterránea del jefe de policía.

“ C’mon , eso son cuentos de viejas para asustar a los niños,” dijo.

“ Ma certo ,” contestó el jefe de policía.

“Pero no me diga que no es una buena historia. Lo cierto es que hay otra versión más creíble: dicen que o’munaciello no era más que un pozzaro , es decir, el encargado de mantener los pozos de agua en buen estado de funcionamiento.

Este pozzaro , hombre de minúscula estatura por lo que dicen, se colaba en los edificios gracias a su conocimiento de las canalizaciones de agua para robar y cometer todo tipo de tropelías. ”

“En cualquier caso, esa historia no viene a cuento ahora. Signore , si me permite, me gustaría continuar la conversación con el Sr Schmidt-Toledano a solas.”

“ Se Lei insiste... ”

Los policías salieron de la habitación entre murmullos en napolitano de los que sólo entendí una palabra recurrente en tono misterioso.

O’munaciello, o’munaciello…

3

“Pasemos a cosas serias,” espetó el Sr Hound. “¿De qué habló con Salvatore Fusco en la pizzería?”

“De todo y de nada,” contesté. “Está claro cuáles son sus posiciones políticas con respecto a la descolonización de los museos, pero eso no es delito. Y no me dio ninguna razón para pensar que él esté implicado en los robos.”

Por supuesto, le estaba mintiendo como un bellaco. La impresión que saqué de mi encuentro con Salvatore fue que algo sabía al respecto, y que no le importaba que sospecháramos de él. Pero mis sospechas eran cosa mía, y no me hacía ninguna gracia la manera en que el Sr Hound me estaba interrogando.

“La desaparición del signore Fusco y ese episodio psicodélico en las galerías subterráneas que me ha contado no son cosa anodina, ¿no le parece, Sr Schmidt-Toledano?”

“¿Y qué quiere que le diga? Sólo sé lo que me ocurrió a mí. ¿Qué dice Sarah al respecto?”

“Poco más o menos la misma cosa, aunque sus alucinaciones eran un poco diferentes. Lo que está claro es que vuestro episodio recuerda poderosamente a las visiones fantasmagóricas de los vigilantes del Museo Británico, y no tengo por costumbre creer en coincidencias.”

La verdad es que yo tampoco. Aquello olía mal. Muy mal.

“Visto lo visto,” continuó el Sr Hound, “el gobierno de Su Majestad ha pedido a las autoridades italianas que cursen una orden de busca y captura del signore Fusco. En este mismo momento, la policía italiana está registrando su apartamento de Via Toledo.”

Mierda.

“Bueno, y visto lo visto, ¿puedo irme ya a mi hotel? Detesto los hospitales.”

“Sí claro, en cuanto venga el médico a darle el alta.”

Tardó un buen rato en llegar el puñetero, y lo hizo sólo para decirme con un poquito de cachondeo que, fuera lo que fuera que nos hubiéramos fumado mi amiguita inglesa y yo, no aparecía en los análisis de sangre.

4

Lo primero que hice al salir de la clínica fue llamar a Salvatore. No para advertirle, no, sino sobre todo para entender qué estaba pasando, pero tras unas cuantas llamadas perdidas lo dejé por imposible. De hecho, al poco tiempo recibí un mensaje de Sarah:

Es inútil llamar al Sr Fusco, no responde.

¿Nos podemos ver?

¿Qué le iba a responder?

Of course…

Quedamos en el mismo café del día anterior, aunque parecía que hubiese pasado una eternidad entre aquel Earl Grey con momento íntimo en el piso franco de Sarah y el caffé doppio que tanta falta me hacía en aquel momento.

Sarah no tenía mejor pinta que yo, tengo que decirlo. De hecho, parecía un tanto asustada.

“Otto, me alegro tanto de verte, me temía que algo te hubiera pasado en aquel pasadizo oscuro.”

“Estoy bien, gracias. Mr. Hound me dijo que tuviste una experiencia similar a la mía.”

“Joder, fue flipante. En comparación, todas las drogas que me metí en mi juventud no me hicieron ni la mitad de efecto.”

“¿Qué piensas que ocurrió?”

“Ahora mismo no sé qué decirte, pero estoy más acojonada de lo que nunca he estado en mi vida.”

“Los médicos piensan que fue el resultado de alguna droga experimental que nos metimos, pero nosotros sabemos que eso no es cierto. Y los policías parecían un poco asustados cuando mencioné al monje que me encontré. O’munaciello lo llamaban.”

“Los napolitanos son muy supersticiosos, y están acostumbrados a ver deambular fantasmas medievales por las oscuras callejuelas de los Quatieri Spagnoli .”

“¿No me digas que te crees esa historia?”

“Soy escocesa, ¿te acuerdas de las brujas de Macbeth? Pues eso.”

“Como dicen en Galicia, No creo en las meigas, pero haberlas, haylas. Parece que los celtas sois todos iguales," dije riendo, intentando que Sarah se relajara un poco, aunque parecía misión imposible. Luego, seguimos charlando hasta que recibí un mensaje urgente de Jean-Yves.

Necesito hablar contigo de inmediato.

“Me temo que te tengo que dejar,” dije a Sarah con muy pocas ganas, “tengo una llamada que no puede esperar.”

“No te preocupes, yo también me tengo que ir, que James me necesita y está que trina.”

“Por cierto, lo que pasó en tu piso…”

“...fue divertido pero estrictamente profesional. Espero que no te decepcione demasiado.”

“Para nada, mejor así.”

“ Attaboy ,” contestó, y se despidió con un largo beso en los labios y una sonrisa.

Attagirl…

5

Jean-Yves tenía voz de cabreo monumental.

“¿Qué pasa, Jean-Yves? ¿A qué viene tanta prisa? Estaba en buena compañía.”

“Tu amiga del MI-6, ya lo sé.”

“¿Y cómo coño sabes eso?”

“No tiene ninguna importancia. Mientras tú te diviertes en Nápoles con tu amiguita seguimos sin saber quiénes son estos Justos Ladrones.”

“He estado siguiendo una pista…”

“Salvatore Fusco, lo sé. He hablado con los amigos británicos. ¿Algo que rascar?”

“Nada por el momento.”

“Pues espabila, porque necesito algo concreto que ofrecer a mis jefes, que están que trinan. ¿No tienes ningún hueso que pueda echarles?”

“Nada concreto todavía, pero no te preocupes que estoy en ello.”

“¿Estás en ello o en ella, Otto? Que te conozco y sé cómo se te va la olla cuando andas olisqueando el trasero de alguna chavala.”

“Nada, exageraciones tuyas. En cuanto sepa algo te lo digo.”

“Por cierto, que sepas que por aquí se piensan que los rusos están detrás de los robos.”

“¿Los rusos? No lo veo muy lógico.”

“Pues no debería sorprenderte tanto. Como bien sabes, Rusia lleva realizando acciones de desestabilización de la Unión Europea desde hace años. Y lo de los Justos Ladrones podría ser simplemente una acción más.”

“No lo veo, la verdad.”

“Pues deberías tenerlo en consideración. ¿Tienes alguna pista en ese sentido?”

“He hablado con un contacto mío y no me parece que vayan por ahí los tiros.”

“¿Alguno de tus antiguos colegas de la UNESCO?”

“No exactamente, pero me fío de ella.”

“Tú y tus mujeres…”

“Venga, hablamos.”

6

Debo decir que me sentía un poco culpable al mantener secreto el contacto que tenía con el Monaguillo, pero me temía que éste podría cortar la comunicación conmigo si le decía algo a Jean-Yves o a los representantes del Reino Unido o de Alemania.

Porque en realidad, las únicas pistas que tenía hasta ahora me las había conseguido él con aquella resolución del Consejo de Agravios.

Mientras tanto, pese a mis sospechas crecientes sobre el papel de Salvatore Fusco en esta historia, seguía un poco preocupado por si le hubieran detenido. Probé a llamarlo de nuevo, pero seguía sin responder. Hasta le dejé varios mensajes de texto.

Nada.

Cansado de esperar, pagué la cuenta y salí del local para dirigirme de vuelta a mi hotel.

Bajé por la Via Port’Alba, uno de tantos símbolos de la antigua dominación española (recibe su nombre de Don Antonio Álvarez de Toledo, duque de Alba) y ocupado habitualmente por un famoso mercado literario.

La calle, estrecha y concurrida, es un punto ideal tanto para comprar libros como para perder la cartera si no tienes cuidado con alguno de los borseggiatori que pululan por el centro de Nápoles.

Como el que no me había quitado el ojo desde que salí de la cafetería.

Según James Blando, en estos casos, lo mejor es mostrar al carterista de turno que te has dado cuenta de sus planes y que no tiene nada que hacer. El tipo, muy joven, parecía bastante inexperto y se puso nervioso en el momento en el que le miré a los ojos. Luego oí una voz a mis espaldas.

“ Statevene accuerte cu sti mariuoli! ”

Me di la vuelta y me encontré con un señor de una cierta edad, el cual me pareció en un principio uno de esos amantes de la lectura que van de librería en librería buscando algún incunable o primera edición.

“¿Perdón?,” le respondí confuso.

“ Ah, forestiero… Le decía que hay que tener mucho cuidado con los ladronzuelos de estas calles,” me respondió, poniéndome una mano en el hombro.

La familiaridad de trato no me sorprendió al principio, tratándose de un hombre del sur, pero nada más irse me dio por pensar que el tipo aquel a lo mejor estaba conchabado con el carterista y me había metido mano sin que me diera cuenta.

Me registré los bolsillos, pero no me faltaba nada.

Cartera, móvil, pasaporte, todo estaba allí.

Bueno, no sólo no me faltaba nada, sino que encontré algo que no me pertenecía, una hoja de papel doblada en cuatro en la que encontré el siguiente mensaje:

Si quieres conocerme,

ven a descubrir el lugar

desde donde el divino Augusto

contemplaba los misteriosos lagartos azules.

P.S. Léeme y destrúyeme.

¿Qué coño estaba pasando?

Miré a mi alrededor para ver si encontraba a aquel tipo o al joven carterista, pero se los habían llevado los diablos.

Una vez más, el Monaguillo se estaba quedando conmigo como parecía ser habitual en él.

Un auténtico cachondo mental. Pero bueno, al menos el acertijo que me había propuesto era bastante fácil de adivinar con una simple búsqueda cruzada en internet, cortesía del tipo de la recepción de mi hotel.

Ahora sólo faltaba dirigirme al puerto.