Capítulo noveno #2
“En teoría, absolutamente. En la práctica me temo que va a ser un poco difícil.”
“Vamos a ver, Otto, tú eres un especialista en restitución de obras de arte robadas por los nazis, ¿no es así?”
“Vamos a decir que sí.”
“Y tú sabes mejor que yo que en Alemania la legislación actual determina que los hechos han prescrito, con lo que no hay una base legal para restituir obras de arte robadas a los herederos de judíos que acabaron en los hornos crematorios.”
“Es un poco más complicado que eso, pero sí, tienes razón.”
“Y tú sabes que tu amigo David Cohn se salta las normas cada vez que puede para ayudar a su causa.”
“No me consta que David haga nada ilegal,” le dije, sabiendo que Salvatore no se lo iba a creer.
“Me da a mí que David no te cuenta todo lo que hace.”
“Mejor así,” contesté riendo.
“David tiene razón en lo que hace. Sólo importa la justicia, no las reglas escritas por cuatro politicastros de pacotilla.”
“Entiendo tu punto de vista, pero si llevas a sus últimas consecuencias, esas reglas escritas por cuatro politicastros de pacotilla pueden hacer que acabes con tus huesos en la cárcel.”
“Basta con ser más listo que el sistema, y aceptar las posibles consecuencias, por supuesto.”
“Hablando de reglas,” dije lanzándome al trapo, “en la conferencia de Viena dijiste algo que me intrigó sobremanera. Para ti, el Museo Británico debería devolver los mármoles de Elgin puesto que no hay ninguna prueba material que atestigüe la existencia del firmán.”
“Exacto.”
“Tampoco hay ninguna prueba de que el firmán no existiera en su momento.”
“Otto, venga ya, que eres jurista y hablas latín: Onus probandi incumbit ei qui dicit, non ei qui negat . Es el que afirma la existencia del documento el que tiene que probarla.”
“Sí claro, pero luego está esa que dice semper necessitas probandi incumbit ei qui agit . La carga de la prueba recae siempre en el demandante, y como el Museo Británico lleva teniendo la posesión de los mármoles de Elgin desde hace siglos, incumbe a la parte griega probar que los británicos adquirieron los mármoles de mala fe. Recuerda que el propietario de aquella época, es decir, el imperio otomano, nunca se quejó al respecto.”
“Un argumento muy conveniente para el Museo Británico, aunque poco convincente.”
“Por supuesto,” añadí con malicia, “si se encontrase alguna prueba documental de que hubo trampa, entonces la cosa cambiaría…”
“Lástima que esa prueba no exista…," respondió con algo más que una microexpresión de diversión.
“Sí que es una lástima. Por cierto, tú eres un gran especialista en la obra de Lusieri, ¿no?”
“Algo así… Me parece un pintor bastante mal apreciado.”
“Y creo que has tenido acceso a la documentación de la familia Elgin para tu libro sobre Lusieri.”
“Efectivamente…”
“¿Y no has encontrado nada que pudiera probar que Elgin se llevó los mármoles de manera legal o ilegal?
“No. Si hubiese sido el caso, lo podrías haber leído en mi libro.”
Salvatore esquivaba mis malintencionadas preguntas con habilidad, pero eso hacía que mis pequeñas sospechas se acrecentaran por momentos. Me dije que era bastante posible que mi dulce Carrot Cake tuviera razón después de todo, y me decidí a lanzar un farol.
“Lo cual nos retrotrae a aquella frase de tu discurso de Viena: la Justicia tiene que ayudarse de todo medio a su disposición para saltar los obstáculos que el Derecho pone en su camino. ”
“Me imagino que un eminente jurista como tú debe tener problemas con esa frase,” me respondió riendo.
“La frase me encanta, por supuesto, pero la idea me parece un poco problemática. Déjame que te ponga un ejemplo. Imagina que un grupo de activistas decidieran robar uno de los mármoles de Elgin para chantajear al Museo Británico y al gobierno de Su Majestad. ¿Qué te parecería eso?”
Salvatore me brindó una gran sonrisa cómplice y respondió: “Me parecería estupendo. Se lo tendrían bien merecido questa bbanda ‘e mariuoli .”
“Y si te dijera que esto ha sucedido en realidad, ¿tendrías una idea de quién ha podido realizar el robo?”
Salvatore pasó de la sonrisa irónica a la franca risotada.
“ Caro Otto, no sé a dónde quieres llegar con este interrogatorio tuyo.”
“Me estaba diciendo a mí mismo que con tus contactos, a lo mejor se te ocurría alguien que podría hacer algo así.”
“Si esto sucediera, te diría lo que dijo Maradona en su momento: habrá sido la mano de Dios… ”
3
No sabría explicar con precisión lo que sucedió tras despedirme de Salvatore. He vivido situaciones harto extrañas en mi vida, pero ninguna como la que iba a experimentar aquella noche.
Tal y como me lo había pedido Sarah, puse el localizador GPS en el bolsillo de la chaqueta de Salvatore y dejé que se alejara calle arriba. Al poco vi aparecer el inconfundible pelo rojizo de Sarah entre la multitud de Via Chiaia.
“El localizador funciona,” me dijo al llegar a mi altura, “buen trabajo.”
“¿Y ahora qué hacemos?”
“Lo seguimos discretamente.”
Tomamos camino arriba la Salita S. Anna di Palazzo, una calle estrecha llena de pequeños restaurantes y tiendas de todo tipo.
El móvil de Sarah indicaba que Salvatore había llegado hasta la Piazzetta S.
Anna di Palazzo y había girado a la izquierda, tomando el Vico del mismo nombre.
Luego, al llegar a la mitad de la calle, la señal desapareció abruptamente.
“Pero que c…," espetó Sarah, “hemos perdido la señal.”
“¿Habrá encontrado el localizador?”
“No creo, lo habría tirado y seguiría funcionando. Y no creo que lo haya inutilizado, esos artilugios son casi indestructibles.”
Nos acercamos corriendo al lugar donde había desaparecido la señal, más o menos en la mitad de la calle. Imposible de saber por dónde había desaparecido Salvatore. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.
Luego miré hacia arriba y comprendí lo que estaba pasando.
Efectivamente, a Salvatore se lo había tragado la tierra.
4
“Sarah, mira hacia arriba.”
Un cartel colgaba de lado a lado con el siguiente texto en letras azul claro:
NAPOLI
SOTTERRANEA
Bajo el texto, una flecha roja indicaba la entrada, una doble puerta metálica que, dada lo tarde que era, debería haber estado cerrada, pero, para mi sorpresa, estaba entreabierta. Era como si Salvatore estuviese invitándonos a seguirlo.
“Esto no me gusta ni un pelo,” dije a Sarah. “Dudo que Salvatore haya dejado esa puerta abierta por descuido.”
“Sea como sea, tenemos que seguirlo.”
Nos colamos por la puerta sin llamar la atención y sin encender ninguna luz, ayudándonos con las linternas de nuestros móviles.
Entramos en una habitación que parecía servir de recepción para visitantes, con fotos en las paredes y sillas de plástico adosadas al muro.
Continuamos por un estrecho pasillo hasta que llegamos al inicio de una escalera que parecía excavada en la piedra volcánica del subsuelo napolitano, la cual parecía un remolino cuadrado.
Miramos hacia abajo por el hueco de la escalera, pero no logramos ver nada. Aquello parecía un pozo sin fondo.
Un lugar perfecto para mi proverbial claustrofobia.
“¿Tienes miedo a la oscuridad?," me preguntó Sarah con un tono burlón.
“De la oscuridad no, pero de una escalera que no lleva a ninguna parte…”
“Venga, no me seas tan cagón.”
Empezamos a bajar por la escalinata con mucha precaución, con la única ayuda de las linternas de nuestros móviles.
Sarah iba por delante mía, dándome instrucciones de cuándo avanzar y cuándo frenar.
Cuando llegamos a uno de los rellanos, Sarah me hizo señal de parar.
Había una entrada con una pequeña verja.
“A lo mejor se ha metido por aquí,” dijo Sarah.
Abrimos con cuidado la verja y entramos en lo que parecía una capilla.
Había un pequeño altar con un crucifijo y dos velas consumidas, y una gran cruz colgaba en la pared posterior, pero nada más, por allí no se iba a ninguna parte.
Continuamos bajando hasta el fin de la escalera, donde encontramos un espacio más amplio que parecía no tener salida.
“¿Por dónde ha podido meterse Salvatore?," me pregunté en voz alta.
“Quizás por aquí,” dijo Sarah, indicando un pequeño pasadizo con la linterna de su móvil. No medía más de un metro de ancho y había que agachar la cabeza para pasar por él. Por un momento me acordé de mi aventura en el búnker del Monte Soratte y un escalofrío me corrió por toda la espina dorsal.
“Yo no me meto en ese agujero negro ni empujado,” le dije.
“Vamos, cagón,” me respondió mientras se metía dentro.
Seguí a Sarah por aquel angosto pasadizo durante interminables minutos.
La atmósfera era cada vez más densa y en el aire flotaba un olor indistinto a cerrado y a algo más que no podía identificar.
Empecé a sentir dificultades para respirar y así se lo hice saber a Sarah, pero ella insistió en que siguiéramos avanzando.
A los pocos pasos tuve la impresión de que los muros se cerraban sobre mí.
Llamé a Sarah para que se detuviera, y al darse la vuelta vi un espectáculo horripilante.
El pelo rojizo de Sarah se había convertido en una llamarada humeante.
Sus ojos verdes parecían esmeraldas talladas, y sus labios una acogedora vulva.
Oí un grito desesperado, y Sarah desapareció de golpe.
Luego, en la oscuridad de aquel pasadizo angosto escuché una débil voz que me llamaba con tono estridente.
Tuve que reunir todo el coraje posible para avanzar hacia la voz entre los muros que parecían cerrarse sobre mí.
Di un par de pasos más y me encontré de frente a un monje de ojos alucinados.
Levantó sus brazos como si quisiera agredirme…
Y perdí el sentido.