Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo octavo
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Capítulo octavo

EL HECHIZO DE PARTÉNOPE

Neapel ist ein Paradies;

jedermann lebt in einer Art von

trunkner Selbstvergessenheit.

Johann Wolfgang Goethe, Italienische Reise

Cualquiera que conozca Nápoles estará de acuerdo con Goethe.

La ciudad partenopea es un paraíso, una urbe incomparable por su historia y cultura, auténtico melting pot mediterráneo por donde pasaron griegos, romanos, bizantinos, musulmanes, normandos, austríacos y españoles, dejando cada uno de ellos un poso cultural del que los napolitanos habían sabido sacar provecho a su muy particular manera.

Cuna de la ópera bufa y de la canción napolitana, domicilio de grandes pintores como Caravaggio o José de Ribera (más conocido como Lo Spagnoletto ), centro intelectual de la Ilustración, posee una bellísima lengua propia con numerosas influencias españolas, sin olvidar una incomparable tradición belenística (basta pasearse por Via San Gregorio Armeno, una larga calle del centro dedicada exclusivamente a la venta de figuras para belenes, para cerciorarse de ello).

De la cocina napolitana poco hay que decir que no se sepa ya: la pizza, producto local par excellence , sabe mejor en Nápoles que en ningún otro sitio, y la deliciosa repostería es un perfecto ejemplo que muestra cómo, cual Rey Midas, el pueblo napolitano mejora todo lo que sus invasores les trajeron de fuera.

Solo hay que pensar en el famoso Babà napoletano : supuestamente inventado en Nancy (Francia) por el rey polaco y duque de Lorena Stanisław Leszczyński al pedir que añadieran licor al típico Kougelhopf alsaciano porque le resultaba demasiado seco para su desdentado paladar, fue llevado a la corte del muy francés rey de Nápoles, Joachim Napoléon I, donde los napolitanos lo hicieron suyo, mejorándolo de tal manera que ningún partenopeo que se precie pedirá un babà fuera de su ciudad de origen.

¿Y qué decir de su geografía? Resguardada en su espectacular golfo, Nápoles vive bajo la imponente presencia del Vesubio, símbolo de la ciudad y amenaza permanente para sus habitantes (su última erupción tuvo lugar en medio de la Segunda Guerra Mundial y destruyó dos pueblos adyacentes), mientras que delante suya, el horizonte infinito del Mediterráneo se ve interrumpido por las idílicas islas de Prócida, Isquia y Capri.

Al sur del volcán durmiente se encuentran las ruinas de Pompeya y, pasando Sorrento, se llega a la costa Amalfitana, con sus pintorescos pueblecitos enclavados en medio de la agreste naturaleza meridional.

Resumiendo, es difícil quitarle la razón al inmortal poeta alemán: Nápoles es un paraíso.

Ahora bien, pese a todas sus bondades, Nápoles no es una ciudad fácil de conocer ni de amar.

Rara vez produce en el visitante primerizo un flechazo similar al que puede experimentar en Roma o Venecia.

Parténope es una amante caprichosa y misteriosa que requiere tiempo e interés.

No esconde la pobreza de sus barrios marginados como otras grandes urbes, sino que la exhibe a corazón abierto sin ningún pudor.

Tiene además un lado canalla que puede echar para atrás al turista incauto.

La concurrida Via Toledo o la Plaza del Plebiscito están a un paso de las inquietantes callejuelas de los Quartieri Spagnoli , donde es mejor andarse con ojo si uno viene de fuera.

Ahora bien, el visitante asiduo se dará cuenta que el hechizo de Parténope crece tras cada nuevo encuentro amoroso.

2

El centro histórico de Nápoles es, según la definición de una amiga mía napolitana, un mischio de nobiltà e popolino , una mezcla de nobles y plebeyos.

Paseando por sus calles uno puede encontrar espléndidos palacios señoriales cubiertos por la pátina más sucia que uno pueda imaginar.

Y teniendo en cuenta el caótico tráfico, la mejor manera de circular por sus muy transitadas calles es en moto.

Para esta ocasión me había alquilado una Vespa y tengo que reconocer que me lo pasé en grande.

Como he comentado en otra ocasión, me encanta conducir en el sur de Italia.

Es uno de los pocos sitios en Europa donde uno se siente auténticamente libre al volante.

Eso sí, hay que estar muy al loro si no quieres tener un accidente, y el estado del pavimento tampoco admite distracciones.

3

Cuando llegué a la sede de la Fondazione Banco di Napoli , Salvatore me estaba esperando delante de la antigua puerta principal de hierro, la cual, como el resto del imponente palacio, había conocido días mejores.

“ Ciao Otto, veo que ya te comportas como nu napuletano verace . Muy chula, tu Vespa.”

“Donde fueres, haz lo que vieres,” le contesté.

Salvatore me había organizado una visita personal al Archivo Histórico del Banco di Napoli.

El archivo contiene una impresionante documentación bancaria repartida en unas 330 salas, más o menos unos 80 kilómetros de estanterías lineales.

A través de documentos relativos a transacciones comerciales o contratos de todo tipo, el archivo relata a su manera la historia de Nápoles desde mediados del siglo XV hasta nuestros días.

Mientras nuestro guía nos explicaba la historia del archivo, mis ojos vagabundeaban por aquellas estanterías llenas de historia.

Algunos de los volúmenes eran tan pesados que descansaban sobre la tapa y estaban marcados con cifras y letras en el pie.

Me llamaron la atención las pilas de documentos crediticios que colgaban del techo, ensartados en brochetas de hierro como si de la carne de un Döner kebab se tratase.

El guía nos explicó que los documentos de pago de algunos de los monumentos más famosos de Nápoles se encontraban en aquel archivo, como los relativos a la construcción del Teatro San Carlo, ópera de capital importancia para el arte lírico italiano, o los relacionados con el incomparable Cristo Velado, estatua en la que Giuseppe Sanmartino como mínimo igualó (si no superó) las mejores obras de Miguel Ángel o del mismo Bernini, y que se puede admirar en la Capilla Sansevero que se halla a pocas manzanas del archivo.

También nos relató detalles relativos a la compraventa y la liberación de esclavos en la Nápoles del siglo XVII como si de cualquier otra operación financiera se tratase.

Tras la visita por alguna de las salas del archivo, el guía nos condujo hasta una mesa en la que estaba depositado uno de los libros de contabilidad a los que me refería antes.

Portaba la marca B.1606. El guía lo abrió y nos mostró el documento que nos interesaba, una nota de pago que describía una transacción entre Niccolò Radolovich (sic!) y Caravaggio.

Fechada el 6 de octubre de 1606, describía en ornamentadas letras cursivas el contrato entre comitente y pintor con el anticipo de doscientos ducados para la realización del cuadro.

Ver delante mía un documento original que hacía referencia al contrato de una obra desaparecida de Caravaggio era algo sin duda excitante, pero no había nada en ese documento que no supiera ya.

Sin más indicios, la conclusión lógica era que Caravaggio no pintó la obra y se quedó con el anticipo.

O la pintó y se la vendió a otra persona.

Y, en cualquier caso, no tenía nada con lo que trabajar, y así se lo transmití a Salvatore.

“Mira, voy a estar muy ocupado el resto del día,” contestó Salvatore, “pero si te apetece podemos quedar a cenar esta noche y discutimos el tema con más calma. No te preocupes, si lo que te interesa es la pizza te voy a llevar al sitio indicado.”

Más que nunca, me daba la impresión de que había gato encerrado. Salvatore quería algo de mí, y no tenía pinta de tener nada que ver con la Pala Radulovich.

Y esa cojera suya me daba muy mala espina.

4

Blando.

James Blando.

James jodidamente Blando.

Eso es lo que soy. O al menos así me llamó mi padre cuando, a los cinco años, le anuncié (de forma bastante pomposa) que quería ser espía.

Y debo decir que, en más de un sentido, supongo que mi padre tenía razón.

No tengo pasta de espía. Sobre todo, porque soy un cobarde.

Sí, un cobarde. Y sin valor, no se va a ninguna parte, ¿verdad?

Misión: ¿Infiltrado? Ni de coña. ¿Arriesgar mi vida para robar secretos de estado de una nación enemiga?

Para nada. Así que, como blando sucedáneo de un emocionante puesto de trabajo en la CIA o en el MI6, me convertí en un ávido lector de libros de espías y un experto en películas del género.

Y una de las cosas que aprendí, como ya he explicado en otra ocasión, es saber cuándo alguien te está siguiendo.

5

Ah, Sarah…

Me había percatado de su presencia mientras conducía mi Vespa de alquiler por las transcurridas calles del centro de Nápoles.

La muchacha intentaba pasar desapercibida, pero su piel de porcelana, sus pecas y su pelo color zanahoria resaltaban demasiado entre la muy mediterránea fauna partenopea.

Al principio simplemente me llamó la atención su aspecto tan nórdico, pensando que era una de tantas turistas americanas que se ven por estos lares.

Mientras volvía al hotel, me sorprendió un poco más verla por el retrovisor conduciendo una moto de poderosa cilindrada.

Y claro, cuando horas más tarde la cacé en los alrededores de Piazza Bellini haciéndose la despistada, me dije que tenía que entrar al trapo.

Sarah estaba apoyada en una de las barandillas que delimitan las ruinas griegas de la plaza, leyendo una guía turística sin quitarme ojo.

Debía tener unos veinticinco años, no más, delgada, ojos verdes y labios finos, y con ese típico trasero plano de las mujeres celtas.

Vestía un pantalón vaquero y una camiseta vieja y mal puesta, y llevaba una mochila destartalada como tantas otras turistas.

Nada del otro jueves, dirán ustedes. Pero bastó que la mirara con un poco de intensidad para que se pusiera nerviosa, sobre todo cuando me acerqué a ella con una sonrisa.