Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo séptimo #2
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Capítulo séptimo #2

Salvatore prosiguió su intervención sin inmutarse, convencido de que lo que acababa de decir era cierto. Al final, dejó una frase que me llamó poderosamente la atención: la Justicia tiene que ayudarse de todo medio a su disposición para saltar los obstáculos que el Derecho pone en su camino.

Ahí es nada.

3

Para los que no están habituados al circo de las conferencias profesionales, tengo que explicar un tema: la parte más importante de una conferencia es el networking , no la conferencia en sí.

Esa pausa para el café donde se pueden hacer comentarios irreverentes en privado y responder preguntas embarazosas off the record .

Esa cena donde, después de unas cuantas copas, se sellan alianzas y se crean relaciones personales que suelen dar pingües beneficios.

En lo que a mí me toca, fue en una conferencia donde conocí a David Cohn, sin duda la persona que más impacto ha tenido en mi vida, y fue en esta conferencia en Viena donde conocí a Salvatore Fusco, el tipo que, como explicaré más adelante, me metió en el grandísimo lío que estoy narrando en estas páginas.

Claro está, si la pausa para el café sirve para entablar relaciones provechosas, la otra cara de la moneda es que también te puedes encontrar con gente con la que no tienes ninguna gana de hablar y de la que no hay manera de desembarazarse.

Como, por ejemplo, Samira Hamza.

Samira era una joven historiadora egipcia que se había hecho un hueco en el mundo académico a base de escribir panfletos anticolonialistas-nacionalistas-panarabistas-panafricanistas y no sigo que me da la risa.

El caso es que era una persona inteligente y bien informada, pero a mí es que los fanáticos de cualquier tipo me dan sarna de la que pica.

Me había cruzado con Samira en un par de conferencias y la antipatía entre nosotros era tan cordial como mutua.

Al fin y al cabo, mi reputación era la de ser amigo de los judíos , algo que no casaba bien con sus tendencias políticas.

“Hola, Samira. ¿Qué me dices de la conferencia de Salvatore Fusco?”

“Bah, pese a su supuesto interés por la descolonización de los museos europeos, Fusco no es nada más que otro producto de la mentalidad eurocéntrica. Puro paternalismo.”

“Es difícil contentarte…”

“Y lo que ha dicho del busto de Nefertiti es una falsedad que sólo tiene como única finalidad el que el busto se quede en Berlín.”

“¿De verdad? Cuenta, cuenta.”

“Vamos a ver, si Borchardt puso tanto empeño para engañar a Lefebvre para llevarse el busto, ¿por qué habría lo hecho si sabía que el busto era falso?”

Buena pregunta, tengo que reconocerlo, a la que se podría rebatir que Borchardt no sabía que el busto era falso.

Pero bueno, lo que yo sí sabía a ciencia cierta era que contradecir a Samira no tenía ningún sentido, ya que como a todo buen fanático, le encantaba escuchar en el vacío el resonante sonido de su indignada voz.

“Ya sé que a ti te cae bien Fusco, y lo comprendo,” continuó Samira con su monólogo. “Al final, los europeos sois todos iguales. Pensáis que, sin vuestra intervención, Tutankamón seguiría enterrado en el Valle de los Reyes…”

“No, que va. Algún tombarolo, muy egipcio él, habría acabado por encontrar la entrada de la tumba para desvalijarla por completo, y luego algún turista americano habría comprado la momia de King Tut por un par de geneh en un bazar del Cairo para llevársela a su rancho en Kansas.”

“Muy gracioso.”

“No es una broma. Sabes perfectamente que el robo de tumbas y la venta de momias era algo habitual en Egipto hasta que llegaron los malos malísimos arqueólogos colonialistas europeos con su manía de estudiarlo todo y poner lo encontrado en un museo a la vista del gran público. Y por cierto Samira, ¿me puedes recordar en qué universidad europea estudiaste? ¿No sería en Berlín por un casual?”

Samira ignoró por completo mi pulla.

“En cualquier caso,” continuó, “esta conferencia es un poco inútil. Si hubiera un mínimo de voluntad de devolvernos nuestro patrimonio se podría hacer en un abrir y cerrar de ojos.”

“Eso es un poco simplista, ¿no te parece?”

“Vamos a ver, Otto, tú eres un especialista de la restitución de obras de arte expoliadas por los nazis, ¿no es así?”

“Algo así.”

“¿Y cuál es la diferencia entre devolver un cuadro a los herederos de un yahud muerto en Auschwitz y devolver el busto de Nefertiti o la piedra de Rosetta a Egipto?”

“Te lo explicaría si tuviera un poco más de tiempo, pero la conferencia va a comenzar de nuevo en un instante.”

“¿No tienes tiempo o no tienes argumentos?”

“Provocarme no te va a llevar a ninguna parte.”

“Cobarde…”, me dijo riéndose mientras caminábamos hacia la sala de conferencias.

“Sabes perfectamente que el busto de Nefertiti, los mármoles de Elgin o la piedra de Rosetta son todos piezas de un dominó. Si una de las piezas del dominó cae, el resto caerá por su propio peso, y los museos occidentales se quedarán medio vacíos de contenido y de visitantes. Por eso nadie se atreve a dar el primer paso.”

Por desgracia, en eso tampoco le podía quitar la razón.

4

Tras acabar la conferencia, estaba recogiendo mi abrigo en el guardarropa cuando alguien apareció por detrás, poniéndome la mano en el hombro.

“ Caro signor Schmidt-Toledano, tenía ganas de conocerle.”

Al darme la vuelta me encontré de sopetón con Salvatore Fusco.

Por haberlo visto de cerca en televisión, ya conocía su característica barba larga y desgreñada, así como sus intensos ojos verdes, pero era más pequeño de lo que me había imaginado, aunque corpulento y fibroso.

Su franco apretón de manos delataba un hombre de una energía excepcional.

“El placer es mío, signor Fusco. Congratulazioni , excelente intervención.”

“ Grazie , ha sido entretenido,” contestó con una sonrisa. “Dígame, ¿está usted muy ocupado en este momento?”

“Pues no más de lo habitual.”

“Es decir, mucho, me imagino.”

“Algo así," contesté riendo. Salvatore tenía esa típica habilidad meridional de crear un ambiente caluroso y distendido.

“El caso es que tengo un pequeño proyecto personal para el que por desgracia no tengo el tiempo necesario, y quizás usted podría echarme una mano.”

“Soy todo oídos.”

“Pero si no le importa, preferiría no discutir este tema en medio de toda esta gente. ¿Tiene una hora libre?”

“Sí, claro. ¿A dónde le apetecería ir?”

“Conozco el sitio perfecto, y además está a dos pasos de aquí.”

5

Efectivamente, el sitio al que Salvatore me quería llevar estaba al lado del Hofburg, solo había que cruzar la Ringstraße, la elegante avenida que circunscribe el centro de Viena, para entrar en la Maria-Theresien-Platz.

Allí se hallan dos museos gemelos, el de Historia Natural y el de Historia del Arte. Hacia este último nos dirigimos.

El Kunsthistorisches Museum , que así se llama en alemán, contiene una de las colecciones de arte más importantes del mundo.

Particularmente conocidas son las salas dedicadas a la pintura, las cuales incluyen obras de Rubens, Rafael, Durero, Velázquez, Tiziano, Arcimboldo, Brueghel el Viejo, Vermeer, y Caravaggio.

El monumental palacio que alberga esta estupenda colección, testimonio de la opulencia y sofisticación de la monarquía de los Habsburgo, es un impresionante ejemplo de arquitectura neorrenacentista, caracterizada por su armoniosa mezcla de elementos clásicos.

La entrada principal está marcada por una gran escalinata con amplios peldaños que conducen a una majestuosa puerta arqueada.

Sobre la entrada, una hilera de estatuas de famosos artistas y pensadores de la antigüedad rinden homenaje al mundo del arte y el conocimiento.

El museo tiene entre sus particularidades arquitectónicas una espectacular sala, la Kuppelhalle , la cual debe su nombre a su cúpula central, y que alberga uno de los café-restaurantes más espectaculares que se puedan encontrar en un museo, ornado de mármoles preciosos y estatuas neoclásicas.

Allí me había dado cita Salvatore, y me lo encontré bebiendo un café y degustando uno de los deliciosos postres locales.

“El Apfelstrudel no está mal, pero el café, ya sabes…” me dijo nada más verme. Como todo italiano, Salvatore no podía soportar el brebaje a base de cafeína que sirven al norte de los Alpes en guisa de café.

“Lo sé. En París no es mucho mejor, por desgracia.”

“¿Pido algo para ti?”

“No, gracias, estoy bien. Lo que me gustaría es saber qué es ese proyecto personal tan secreto para el que requiere mi ayuda.”

“Directo al grano, así me gusta. Déjame que pague y hablamos mientras damos un paseo por las salas del museo. Y tutéame, hombre.”

Saliendo de la Kuppelhalle cruzamos la sala VII sin detenernos a disfrutar de los maravillosos paisajes de Bernardo Bellotto para llegar a nuestro destino.

Gemäldegalerie SAAL VI

La sala de los Caravaggios.

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La Sala VI de la galería de pinturas del museo contiene una serie de cuadros barrocos de pintores italianos, incluyendo obras de Mattia Preti, Guido Reni, Giovanni Battista Caracciolo, y Luca Giordano, pero es sobre todo conocida por exponer en sus muros color azul cielo tres obras de Caravaggio: La coronación de espinas , David con la cabeza de Goliat , y el más monumental de todos, la Madonna del Rosario . Hacia este último me atrajo Salvatore.

El imponente lienzo de 364,5 × 249,5 cm presenta una escena en la que la Virgen pide a Santo Domingo que distribuya rosarios a la gente, mientras que San Pedro Mártir señala el origen de todas las gracias, el Niño Jesús.