Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo séptimo
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Capítulo séptimo

LOS AGENTES DE LA DEVASTACIÓN

Creo haber hablado en otra ocasión de las capitales de antiguos imperios.

Otrora lugares de inmenso poder y riqueza, estas grandes urbes cayeron en decadencia y fueron condenadas a una dulce irrelevancia.

Antaño abiertas, cosmopolitas y multiétnicas, ahora son provincianas y ensimismadas.

Orgullosas de su pasado pero atrapadas en él.

Los turistas visitan estas ciudades como un museo al aire libre o un parque de atracciones, disfrutando de la hermosa pátina milenaria sin llegar a ver más allá de la superficie.

Para mí, Viena es sobre todo una acumulación de museos extraordinarios.

Es además la ciudad de la música, hogar de probablemente la mejor orquesta sinfónica del mundo, la Filarmónica de Viena.

Escuchar un concierto en la sala dorada de la Musikverein, la misma donde se dan los famosos conciertos de Año Nuevo, retrotrae al melómano a un tiempo pasado donde los grandes compositores se paseaban por sus salas.

Y hablando de tiempos pasados, en las estrechas calles del centro histórico y en las amplias avenidas de la Ringstraße , reverberan ecos de aquello que Stefan Zweig llamó Die Welt von Gestern. El mundo de ayer.

Más allá de todas estas maravillas, Viena tiene un lugar especial en mi corazón ya que tuvo una influencia capital en mi interés por la restitución de obras de arte.

Muy en concreto, el culpable de ello fue el pequeño retrato de una pelirroja.

Pero de eso hablaré más tarde. Pasemos a hablar de la conferencia de Viena, que de eso va este capítulo.

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Si hablamos de conferencias, lo primero que hay que decir al respecto es que hablar en público es todo un arte.

Si bien hay una pequeña minoría de privilegiados que nacen con ese talento, hacer un buen discurso o una buena presentación es algo que se puede (y se debe) aprender.

No basta con ser un experto en una materia.

La atención del público es como una liebre en campo abierto: hay que agarrarla por el pescuezo para que no se escape.

Figurativamente hablando, por supuesto. Muchas palabras y poco contenido, tono de voz anodino, andarse por las ramas: todas estas son maneras de perder la atención de la audiencia.

Y una vez perdida, no se recupera. La liebre sale pitando.

Otro problema recurrente en conferencias de este tipo es que la mayoría de los oradores vienen a hablar de lo que les interesa en vez de lo que interesa a la audiencia. Y la liebre sale zumbando.

Además, para mantener la atención del público, cada conferencia necesita un agitador, un provocador que anime la discusión.

Si un buen moderador puede realizar ese papel, muy a menudo esta figura se ve limitada por cuestiones de diplomacia: a ningún participante le hace gracia que un moderador le haga preguntas incómodas.

Quien mejor puede desempeñar ese papel es uno de los oradores, el cual tiene la libertad de decir lo que quiera y molestar a quien le dé la gana.

Y nadie mejor que Salvatore Fusco para llevar a cabo esta función.

Conociéndolo, los organizadores habían dado muy a regañadientes carta blanca a Salvatore para que hablara de lo que le apeteciese.

Y vaya si lo hizo. Desde el momento en el que abrió la boca, Salvatore despertó a la adormecida audiencia (un servidor incluido) con su manera de hablar directa, sin circunvoluciones ni palabras vacías.

Salvatore nos dio una lección magistral sobre la creación de los principales museos del mundo occidental, y sobre cómo sus colecciones estaban en muy buena medida basadas en el expolio puro y simple.

Según él, muchas de las principales obras de arte que podíamos ver en los museos más importantes del mundo eran, literalmente, trofeos de guerra.

El Zodiaco de Dendera del Louvre. La piedra Rosetta del Museo Británico.

Los caballos de bronce de la Basílica de San Marco en Venecia.

Los Bronces de Benín. Y tantos otros, su número sería incalculable.

Y, según él, el momento había llegado para hacer algo al respecto.

Para dar más énfasis a su punto de vista, Salvatore tomó una serie de ejemplos que, por supuesto, eran muy pertinentes, pero que escuchándolos desde mi perspectiva despertaron en mí ciertas sospechas.

Salvatore empezó explicando cómo el busto de Nefertiti acabó en Berlín gracias a un subterfugio llevado a cabo por Hermann Borchardt:

En el Egipto de principios del siglo pasado, la regla era que todo lo que se encontrase en las excavaciones llevadas a cabo por arqueólogos extranjeros se repartiera ‘à moitié exacte’, es decir, 50 por ciento para los descubridores y 50 por ciento para las autoridades egipcias, que como ustedes saben estaban ‘protegidas’ por el Imperio Británico.

Para complicar las cosas, este reparto era supervisado por el Servicio de Antigüedades de Egipto para garantizar que las mejores piezas no salieran del país, y este servicio estaba controlado por los franceses.

Geopolítica imperialista en acción. Y es que hay que ver esta situación desde la perspectiva de la competición entre potencias coloniales europeas en la que los intereses de Egipto eran completamente secundarios.

Pues bien, en el caso de las excavaciones de la misión alemana en Amarna, el encargado de supervisar ese reparto fue el egiptólogo francés Gustave Lefebvre, inspector de antigüedades de Egipto Medio.

Para engañar a Lefebvre, Hermann Borchardt hizo dos listas de hallazgos de supuesto igual valor, pero disimuló el busto de Nefertiti, presentándolo de manera muy desfavorable, con lo que el iluso Lefebvre dejó que los alemanes se llevaran la bella Nefertiti a Berlín.

Y allí se quedó, por supuesto, incluso después de que primero los franceses y luego los egipcios se dieran cuenta de la superchería germánica y reclamaran su devolución.

Y curiosamente cuando los alemanes se decidieron a devolver el busto en los años treinta, un tipo con un bigotillo ridículo se enamoró de la bella Nefertiti y bloqueó la devolución.

Sí, señores del Neues Museum, si Nefertiti sigue en Berlín deben agradecérselo a nadie más y a nadie menos que a su querido canciller Adolf Hitler. Pero eso ya lo saben ustedes, oder?

Un silencio incómodo se extendió por la sala de conferencias. La reductio ad Hitlerum funciona siempre , debió pensar Salvatore. Momento perfecto para lanzar la bomba final.

Lo bueno es que los señores del Neues Museum tienen una última carta que jugar. ¡Meine Damen und Herren, reconozcan de una vez por todas lo que todos sabemos, es decir, que el busto de Nefertiti es una falsificación! Puede que así los egipcios les permitan que se queden con su querida Nefertiti.

Claramente, Salvatore había tocado un nervio.

En la sala se levantó un rumor nutrido de todo tipo de improperios, la mayor parte de ellos en alemán, por supuesto.

Lügner! Es ist eine Schande! y otras lindezas que en la lengua de Goethe suenan con particular ímpetu.

A su lado, la cara de mi pobre amigo Herr Wachter era todo un poema.

Pero ahí no se iba a acabar la historia.

Sin inmutarse, nuestro conferenciante había dejado el ejemplo más famoso y jurídicamente más complejo, los mármoles de Elgin y el enigma del supuesto firmán, para su gran final:

La supuesta traducción italiana del firmán indica en dos ocasiones que se debe permitir a los trabajadores del conde de Elgin llevarse “qualche pezzi di pietra con vechie inscrizioni, e figure”.

Difícilmente se puede decir que Luisieri y sus compinches se llevaron sólo “algunos trozos de piedra con inscripciones antiguas, y figuras”.

Aquello fue un auténtico expolio sin límites.

Señoras y señores, limpiemos de palabras vanas el discurso y vayamos a los hechos.

El Museo Británico no puede probar que el tal firmán haya nunca existido, y la supuesta traducción es sólo eso, supuesta.

De hecho, permítanme que lo diga sin tapujos.

Mientras los amigos del Museo Británico no nos traigan el firmán original mi convicción íntima es inamovible: la traducción italiana del reverendo Philip Hunt es una burda mentira.

Es más, no sólo es una mentira, sino que en Londres lo saben perfectamente.

Las palabras de Salvatore fueron recibidas por un murmullo indeterminado, roto sólo por una voz con acento londinense que, con tono claramente ofendido, espetó: ¡pruébelo! Salvatore, disfrutando de aquella airada reacción, continuó:

En cualquier caso, ante la ausencia de tal prueba, el Museo Británico no tiene ninguna razón válida, ni jurídica ni moral, para retener los mármoles de Elgin.

Y la excusa tan manida de que Grecia no tenía un lugar donde exponer correctamente las esculturas ha perdido validez, si es que alguna vez la tuvo, desde la apertura del magnífico Museo de la Acrópolis.

Lo que hizo el conde de Elgin a través de su amigo Lusieri, ¡y por favor, no olvidemos al sinvergüenza de Lusieri, que fue tan culpable o más que el propio conde de Elgin!

, pues bien, lo que hicieron ambos fue un auténtico expolio.

Lo cual tiene como sola e ineludible consecuencia que lo que lleva haciendo el Museo Británico desde hace dos siglos es un delito de receptación puro y duro.

Al terminar la frase, Salvatore hizo una pausa retórica para inmediatamente añadir en napolitano: Dicimmo ca songo 'na banda 'e fetiente . Ante las caras de incomprensión de los participantes, Salvatore lo tradujo sin tapujos: Digamos que son una panda de criminales. Unos ladrones sin escrúpulos.

Tras esas últimas palabras, el barullo que se montó fue digno de verse y oírse, entre gritos de desaprobación y aplausos entusiastas.