Capítulo sexto #2
“ Demuéstrelo, de modo que la prueba no tenga ningún resquicio ni lazo en el que pueda colgar la duda ,” añadió Mr. Hound, al que parecían gustarle las citas célebres.
Tengo que admitir que jamás en la vida se me hubiera ocurrido que este tipo tan duro y musculoso pudiera citar a William Shakespeare de memoria.
Antiguo alumno de Oxford o Cambridge, seguro.
“Lo primero que habría que hacer es identificar quiénes son los principales especialistas en Lusieri,” añadí. “Recuerde que era un pintor de cierta reputación y debe de haber en el mundo académico alguien que haya investigado su carrera artística. Vamos a ver.”
Hice una búsqueda en la tableta del Gobierno de Su Majestad y encontré fácilmente una serie de profesores de universidad e investigadores que habían escrito sobre nuestro pintor en cuestión. De entre ellos destacaba uno en particular como el más grande especialista de la vida y obra de Lusieri.
Salvatore Fusco.
No me lo podía creer.
¿El gran Salvatore Fusco?
Mr. Hound intuyó que algo me había llamado la atención.
“¿Ha descubierto algo, Sr Schmidt Toledano?,” inquirió con particular intensidad.
Me hice el tonto como pude.
“No… en realidad, me he dado cuenta de que voy a tener que contactar a una larga lista de personas para ver si alguno puede ayudarme.”
Juraría que no se creyó mi excusa.
“Entonces, póngase manos a la obra inmediatamente,” me espetó. “No sabemos si estos Justos Ladrones van a respetar el plazo que tan graciosamente nos han concedido.”
4
Decía Jonathan Swift en su Arte de la mentira política que la falsedad vuela, y la verdad la sigue cojeando; de modo que cuando los hombres llegan a liberarse del engaño, ya es demasiado tarde, la burla ha terminado y la historia ha surtido efecto.
Aplicando el cuento a nuestra historia, Mr. Hound tenía más razón que un santo: en el momento en el que la supuesta carta de Lusieri y el supuesto firmán se hicieran públicos, el escándalo sería tal que daría igual si se llegara a probar a posteriori que eran falsificaciones.
Había que encontrar una solución lo más rápidamente posible.
En el tren de vuelta a París, me pasé las dos horas de viaje releyendo la carta de Lusieri, intentando buscar algún indicio que probara su autenticidad o su falsedad.
Había un hecho que me intrigaba en particular: la carta había sido escrita unos días antes de la muerte de Lusieri, acaecida el 1 de marzo de 1821.
¿Simple casualidad, o alguien se había ocupado de callar para siempre a Lusieri? Otra coincidencia maloliente.
Bueno, es cierto que la relación de Lord Elgin y Lusieri acabó mal.
Y es cierto que el firmán original se perdió en la niebla de la historia, si es que existió en realidad.
Por ello, los documentos que nos habían enviado los Justos Ladrones, si se confirmaba que eran auténticos (ya que podían perfectamente ser falsificaciones) pondrían al Museo Británico en un auténtico brete.
También es cierto que hay indicios epistolares que permiten pensar que el firmán existió, y que Lord Elgin hizo lo que hizo con la autorización de la Sublime Puerta.
Por ejemplo, la mujer de Lord Elgin escribió una carta a su padre en la que decía lo siguiente:
Me alegra contarte que Pisani ha triunfado a las mil maravillas con su firmán de la Puerta Sublime; Hunt está encantado, porque el firmán es perfecto…
Permite a todos nuestros artistas entrar en la Ciudadela para copiar y modelar todo lo que hay en ella, montar andamios alrededor de los templos, excavar y descubrir todos los cimientos antiguos, y llevarse cualquier mármol que se considere curioso por tener inscripciones, sin que los soldados, etc. , les molesten bajo ningún pretexto.
Otra carta, esta del reverendo Hunt a Lord Elgin, refiere una entrevista con los representantes otomanos en Atenas que acabó de la siguiente manera:
…nos han asegurado una y otra vez que, a partir de ahora, las puertas de la Ciudadela estarán abiertas para todos los ingleses, desde el amanecer hasta el atardecer, y que podrán dibujar o medir cualquiera de los edificios antiguos que deseen, y que los artistas de Su Señoría tienen total libertad para esculpir, excavar o llevarse cualquier cosa que no interfiera con las obras de la fortaleza.
Es decir, si bien es cierto que no hay manera de probar que el firmán haya existido, hay indicios que hacen pensar que las autoridades otomanas autorizaron de manera más o menos explícita las actividades de los empleados de Lord Elgin.
Y luego que cada uno se haga su opinión al respecto si quiere.
Por cierto, hablando de Lady Elgin y para los que crean en el karma y en que los malos al final reciben su merecido castigo y esas tonterías, el pobre de Lord Elgin contrajo una enfermedad que le desfiguró la nariz por completo y que hizo que su joven mujer le rechazara y buscase solaz y consuelo en los brazos de un amante.
El subsiguiente proceso de divorcio fue uno de los escándalos más sonados de la época en Inglaterra.
Pero eso es otra historia.
5
Luego estaba el tema Fusco.
Salvatore Fusco era una auténtica superestrella del arte contemporáneo.
Sus esculturas hiperrealistas y cargadas de crítica social habían conquistado los museos más prestigiosos de ambos lados del Atlántico y las galerías de arte más selectas se las rifaban.
Eso sí, pese a que algunas de sus creaciones habían batido récords en subastas de arte, Salvatore detestaba el marketing y las fiestas de inauguración de sus exposiciones, prefiriendo refugiarse en su atelier secreto de Nápoles o navegar en su velero por la costa amalfitana.
Pese a su fama actual, la vida de Salvatore había sido todo menos fácil: abandonado por su madre en un orfanato, pasó por varias familias de acogida y se crio en las difíciles calles de Nápoles, teniendo contacto directo con la pobreza, la marginación y la violencia, elementos fundamentales de su obra artística.
Fundamentalmente autodidacta, había adquirido una vasta educación gracias al encuentro providencial con un anticuario local que le dio trabajo en su galería y financió sus estudios de historia en la Universidad Federico II de Nápoles.
No se dejaba llevar por modas ni tendencias artísticas, dejando que su propio criterio le marcara el camino.
Aparte de rico y famoso, Salvatore se había ganado una doble reputación, por un lado, de ser un especialista en falsificaciones de obras de arte, y por el otro, de ser un orador erudito, incisivo y provocativo, capaz de hablar a las masas en televisión sobre arte e historia como de discutir con expertos en conferencias especializadas.
Y por ambas razones había sido invitado a formar parte de un panel de expertos en la conferencia internacional sobre la descolonización de los museos de la que hablaba antes, y a la que yo estaba también invitado.
Y es que a veces las coincidencias pueden ser útiles y agradables, y llegar en el momento adecuado.
Pero vayamos por partes.