Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo sexto
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Capítulo sexto

LA CARTA Y EL DECRETO

Preparado para volver a casa.

Mientras esperaba mi tren de vuelta a París en tal imponente escenario, me senté a tomar un té en la brasserie y me entretuve revisando el vídeo del Museo Británico una y otra vez.

Más allá de lo fascinante que era ver a unos ladrones de museos en plena actividad, una serie de preguntas me atosigaba.

¿Quiénes eran esos Justos Ladrones? ¿Cuál era el verdadero objetivo final del Consejo de Agravios?

¿Y quién era ese ladrón que cojeaba? Etcétera etc etc.

Poco me duró el pasatiempo. Al mismo tiempo que el megáfono anunciaba la llegada del Eurostar de París, recibí una llamada de Mr. Hound.

“Sr Schmidt Toledano, espero que esté todavía en Londres," me dijo con un tono apresurado.

“Estoy a punto de coger el Eurostar. ¿Pasa algo?”

“Me temo que va a tener que cancelar su viaje de vuelta a casa. Ha sucedido algo importante. Le agradecería que viniera de nuevo al museo lo más rápido posible,” dijo.

“Ahora mismo voy para allá.”

2

Cuando llegué al museo me encontré con las mismas personas que me habían recibido el día anterior, pero con una cara de mayor preocupación, y estaba claro que Mr. Hound no tenía ninguna gana de perder el tiempo con naderías.

“Sr Schmidt Toledano, acabamos de recibir un nuevo mensaje de los Justos Ladrones. Mire el correo que acabo de enviarle.”

Cogí la tableta y abrí la aplicación de mensajería del Gobierno de Su Majestad. Efectivamente, había un mensaje de Mr. Hound titulado “ESTRICTAMENTE CONFIDENCIAL”. No había ningún texto, pero sí un fichero vídeo.

“Abra el fichero, por favor,” me pidió Mr. Hound.

El vídeo en cuestión tenía la misma introducción que los anteriores, aunque inmediatamente la imagen se oscureció, mostrando lo que parecían imágenes tomadas por una cámara deportiva montada en un casco.

Se podía ver cómo dos manos enguantadas abrían la puerta de una caja fuerte y sustraían un pequeño maletín.

Luego, se veía cómo el ladrón corría silenciosamente por un largo pasillo y acababa por salir, en plena noche de luna llena, al jardín de una gran mansión de estilo neoclásico.

“La mansión que usted ve en las imágenes es Broomhall House, la residencia de los condes de Elgin en las afueras de Edimburgo.”

Es decir, la mansión familiar del mismo conde de Elgin que trajo los mármoles del Partenón a Inglaterra.

“¿Y sabemos qué contenía ese maletín?,” pregunté.

“Supuestamente una serie de documentos pertenecientes al conde de Elgin. Los Justos Ladrones nos han enviado un fichero con las fotografías de dos de ellos y, si estos son auténticos como parece, tenemos un problema,” dijo Mr. Hound.

“Un grave problema,” añadió nerviosamente la conservadora del museo.

“¿De qué documentos se trata?” pregunté.

“El primero es una carta de Giovanni Battista Lusieri al conde de Elgin. En cuanto a su contenido, mejor que lo lea usted mismo.”

Mi curiosidad subió a niveles de récord olímpico.

Lusieri (1755-1821) era un pintor italiano que pasó a la posteridad menos por su innegable talento de paisajista que por haber sido agente del conde de Elgin en Atenas, y por haberse encargado personalmente de elegir, desmontar y retirar los mármoles del Partenón.

Sin ir más lejos, Lord Byron describió a Lusieri como un pintor italiano de primer orden que se había convertido en el agente de la devastación y en hábil instrumento del saqueo para beneficio personal del conde de Elgin.

“Eso sí,” añadió Mr. Hound, “la naturaleza de este documento es de tal importancia que no puedo enviárselo por correo electrónico. Tendrá usted que conformarse con leer esta copia impresa. Puede usted tomar nota de cuanto quiera, pero no le puedo dejar que se la lleve ni que la fotografíe.”

Aquel documento tan confidencial contenía el facsímil de una carta manuscrita en un francés un tanto aproximativo, fechada el 28 de febrero de 1821.

En la carta, Lusieri hacía referencia a otra fechada el 19 del mismo mes y año en la que reclamaba su sueldo al conde de Elgin.

Visto que no había recibido respuesta a ninguna de sus cartas precedentes, Lusieri se veía obligado a recordarle que sabía cómo se habían extraído los mármoles del Partenón a base de pagar prebendas a funcionarios de cuarta categoría, y que el conde nunca había recibido una autorización expresa de llevarse los mármoles.

“Entiendo su preocupación,” dije al terminar de leer la carta.

“Y eso no es lo peor,” respondió. “Los Justos Ladrones también nos han enviado esto.”

El manuscrito que Mr. Hound puso enfrente de mí estaba escrito en una bellísima caligrafía otomana. Bellísima pero ininteligible para mí.

“¿Y esto es…?”

“Si decidimos creer a los Justos Ladrones, este documento contiene la autorización original otorgada al conde de Elgin por las autoridades otomanas para llevarse las estatuas del Partenón.”

“Lo que en principio debería ser una buena noticia para el Museo Británico, ¿no?”

“Me temo que no lo es en absoluto. El texto de este documento no se corresponde con la traducción italiana en posesión del Museo.”

3

Mis amigos británicos tenían razón, el problema era muy serio.

Toda la argumentación británica sobre la posesión de los mármoles de Elgin se basaba en un único documento: el famoso firmán, es decir, el decreto oficial de las autoridades otomanas que, según el conde de Elgin, le fue otorgado en 1801 para que se llevase algunos trozos de piedra con inscripciones antiguas y figuras de las ruinas de la Acrópolis de Atenas.

Para que nos entendamos, el susodicho firmán era una carta del gran visir en funciones y, por lo tanto, del funcionario de más alto rango en Constantinopla, sólo responsable ante el sultán.

La carta estaba dirigida al presidente del tribunal supremo y al gobernador civil de Atenas.

Cuando digo según el conde de Elgin lo hago sabiendo que sólo consta la existencia de una traducción italiana de ese firmán, y a pesar de las diversas búsquedas realizadas en los archivos de Estambul, aún no se ha encontrado el texto original ni ninguna inscripción en un registro otomano.

La traducción italiana de este supuesto firmán fue supuestamente realizada por el reverendo Philip Hunt, capellán de Lord Elgin, durante su visita a Atenas en 1801.

Este documento fue adquirido por el Museo Británico en 2006.

Lógicamente, si era verídico el manuscrito otomano que los Justos Ladrones decían poseer, eso desmontaría la posición británica sobre la adquisición legal de los mármoles del Partenón por el conde de Elgin.

“Como se puede imaginar,” me dijo la conservadora del museo, “si esta carta y este firmán son auténticos, algo que está por ver, las consecuencias pueden ser dramáticas.”

“Supongo que han cotejado la caligrafía de esta carta con la de algún manuscrito de Lusieri,” pregunté.

“Por supuesto,” contestó la conservadora del museo con frialdad. “Hay una correspondencia total entre ambas.”

“¿Y por qué han enviado los Justos Ladrones estos documentos de manera confidencial?,” pregunté con falsa ingenuidad. “Los podrían haber publicado en Internet y eso habría tenido un gran impacto público.”

“Están chantajeando al Gobierno de Su Majestad para que reconozca que los mármoles del Partenón fueron robados y deben ser devueltos a su legítimo propietario, el pueblo griego,” respondió la conservadora.

“En un acto de supuesta buena fe,” continuó Mr. Hound con una pizca de ironía, “los Justos Ladrones han concedido graciosamente tres meses de plazo para que se encuentre una solución diplomática y se evite un escándalo internacional. Dicen que no tienen ninguna animosidad contra el pueblo británico o sus actuales gobernantes.”

“Por supuesto… ¿Y cuál es el plan ahora?”

“Por ahora, necesitamos aclarar ciertos interrogantes. El primero es que la familia Elgin niega haber sufrido ningún tipo de robo en su propiedad o tener conocimiento alguno de estos documentos.”

“Bueno, si hubieran tenido constancia de ellos y lo hubieran mantenido en secreto durante siglos no iban a reconocer ahora que los tenían y que sabían lo que Lusieri explica en la carta, ¿no le parece?”

A Mr. Hound no le hizo gracia mi respuesta, pero no pudo rebatir mi lógica.

“El segundo interrogante es la autenticidad de los documentos. ¿Quién nos asegura que no se trata de una excelente falsificación?”

“Es posible, no cabe duda.”

No dije nada a mis amigos británicos, pero había una cosa que saltaba a la vista: los Justos Ladrones poseían documentos extraordinariamente incriminatorios en dos casos tan diferentes como el de los mármoles de Elgin y el del busto de Nefertiti.

El tipo de coincidencia que siempre me huele mal en estos casos.

“Yo no me creo nada de esa banda de criminales, es desinformación pura y dura,” añadió Mr. Hound, “al más puro estilo de ciertos países enemigos de Occidente. Desafortunadamente, no podemos permitirnos que esos documentos, auténticos o no, aparezcan en la prensa o en las redes sociales. El escándalo sería tal que, incluso si pudiéramos probar a posteriori que el documento fuera una falsificación, el daño ya estaría hecho.”

La verdad es que eso no era mi problema. De hecho, una parte de mí hubiera preferido que la carta fuera auténtica y esto obligase al Reino Unido a devolver los mármoles, pero mi cerebro de historiador y mi conciencia profesional pusieron inmediatamente freno a mis preferencias personales.

“Me parece difícil determinar la autenticidad de la carta sin examinar el original, ¿no le parece?” contesté. “Y yo no soy la persona adecuada para hacerlo.”

“Sea como sea, Mr. Schmidt Toledano, necesitamos saber con certeza si la carta es auténtica,” dijo la conservadora del museo.