Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo quinto #3
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Capítulo quinto #3

“Aparte de todas estas razones de índole jurídica, el Museo Británico permite a turistas de todo el mundo ver una colección única de obras de arte de todos los tiempos y todas las civilizaciones. Es un museo global. No creo que el museo de Atenas pueda reunir tal cantidad de visitantes al año.”

“Pese a ello, varios museos están procediendo a la restitución de los bronces de Benín a Nigeria.”

“Oh, los bronces de Benín,” espetó con desdén. “Ya ha visto lo que ha pasado, las piezas que han sido restituidas están en manos privadas y el pueblo nigeriano no tiene acceso a ellas.”

Para que nos entendamos, los bronces de Benín son una serie de esculturas en bronce y otros materiales provenientes del palacio real del Reino de Benín, en la actual Nigeria, y consideradas obras maestras del arte africano.

Las esculturas fueron robadas por el ejército británico en 1897 durante una expedición de castigo en la que la capital del reino quedó completamente arrasada, y los bronces de Benín acabaron en el Museo Británico y en otras instituciones culturales en Europa y Estados Unidos.

Y Mr. Huntington-Bell tenía razón, las aproximadamente 150 piezas restituidas por coleccionistas privados y por los gobiernos de Alemania y los Países Bajos acabaron en la colección privada del Oba de Benín, heredero del trono del desaparecido Imperio del mismo nombre, y no en un museo.

“No es el tema que nos ocupa, Sr Schmidt-Toledano, pero usted sabe perfectamente que los bronces de Benín fueron tomados por la fuerza, mientras que los mármoles de Elgin fueron traídos a Inglaterra con el beneplácito del Imperio Otomano y vendidos al Museo Británico por Lord Elgin de manera perfectamente legal. Y seamos serios, Sr Schmidt-Toledano, dudo mucho que los bronces de Benín vayan a ser vistos por mucha gente en Nigeria si el Oba decide exponerlos al público, cosa que está por verse.”

“En ambos casos,” respondí, “los griegos y los nigerianos podrían verlos en sus lugares de origen, en vez de tener que viajar a Londres.”

“Vamos a ver, usted vive en París, ¿no? Pues imagínese el Louvre sin una gran cantidad de sus obras más importantes. Por poner un ejemplo: Las bodas de Caná del Veronés. Una gigantesca maravilla instalada justo enfrente de la Gioconda. Pues bien, usted sabe como yo que el cuadro fue robado por las huestes napoleónicas y traído al Louvre. Y cuando Antonio Canova vino a París para reclamar las obras robadas por Napoleón tras su derrota final, Vivant Denon lo convenció de que el lienzo era demasiado frágil para ser repatriado y allí se quedó, como tantas otras obras.”

“Y para compensar a Italia,” apostillé, “se les dio a cambio un lienzo de Charles Le Brun.”

“Precisamente. Llegaron a un acuerdo. Y eso es exactamente lo que estamos intentando, llegar a un acuerdo con el gobierno griego que nos permita conservar la propiedad de los mármoles de Elgin y poder ceder piezas al gobierno griego para que sean expuestas en el Museo de la Acrópolis por un tiempo determinado.”

“Me da la impresión de que los griegos no están muy por la labor de aceptar que el Museo Británico sea el propietario legal de los mármoles.”

“Es el desacuerdo fundamental que tenemos. Pero no olvide una cosa: este no es uno de sus casos de restitución en el que hay herederos, personas físicas, a los que devolver la obra en cuestión. Es un juego político en el que hay intereses nacionales en juego que van más allá de la simple economía y en el que influyen muchos factores. ¿O acaso cree que es una coincidencia que cuando el primer ministro griego se presentó a su reelección armó un gran alboroto con el tema de los mármoles? Lo hizo porque de cara a sus votantes necesitaba mostrar una posición intransigente al respecto. Y fíjese qué sorpresa, después de ganar las elecciones cambió inmediatamente de tono. Política, amigo mío, nada más y nada menos que política. No se lo tome demasiado en serio.”

“Me consta, Mr. Huntington-Bell,” respondí. “En cualquier caso, este es un tema fascinante pero no es asunto mío, si me permite la expresión. A mí se me ha pedido que colabore en la investigación relativa a la desaparición de la metopa sur XXVII, y por eso estoy aquí.”

“Cualquier contribución es bienvenida, por supuesto. Ahora dígame, ¿en qué puedo ayudarle?”

“Me interesaría saber si ha discutido este tema con sus colegas griegos.”

“Discretamente.”

“Y me imagino que el gobierno griego niega estar implicado en el robo.”

“Lo contrario sería extremadamente grave, ¿no le parece?”

“Claro. ¿Y tampoco tienen ninguna idea de quién puede estar detrás del robo? ¿Algún grupo ultranacionalista griego, por ejemplo?”

“No parece ser el caso. MI5 considera que el grupo que atacó la Gioconda, y el que robó el busto de Nefertiti y la metopa sur XXVII forman parte de la misma organización criminal.”

“Imagino que se trata de algún tipo de grupo internacional con importantes medios financieros y logísticos. Tanto el dron del Louvre como los robos en Berlín y Londres lo demuestran.”

“Sean lo que sean, lo que le puedo garantizar sin ninguna duda, Sr Schmidt-Toledano, es que el Reino Unido ni puede ni va a tolerar ningún tipo de presión de parte de unos vulgares ladrones. Y le aseguro,” añadió siniestramente, “que no vamos a reparar en medios para recuperar la pieza que falta.”