Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo quinto
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Capítulo quinto

LA PIEZA QUE FALTA

Siguiente destino, Londres.

Pese a las circunstancias tan particulares que atravesaba el Reino Unido en esos momentos (siguiendo la muy diplomática fórmula utilizada por el Embajador británico en París), Londres seguía mostrando su espléndida fachada como si el Imperio Británico existiese todavía.

Y sin duda el símbolo más absoluto de ese glorioso pasado es el Museo Británico, recopilatorio de todas las tropelías que los súbditos de Su Majestad han cometido a lo largo y ancho de su difunto imperio.

El British , como lo suelo llamar, es una auténtica cueva de Alí Babá, pero su tesoro más preciado no está hecho de oro sino de mármol.

Todo hay que decirlo, el tema ha sido muy controvertido desde que los mármoles de Elgin llegaron a puerto británico, y no faltaron voces para acusar a Lord Elgin de expolio. Sin duda, la queja más famosa es la de Lord Byron en su poema Las peregrinaciones de Childe Harold :

Dull is the eye that will not weep to see

Thy walls defaced, thy mouldering shrines removed

By British hands, which it had best behoved

To guard those relics ne'er to be restored

En los últimos años habían aparecido en la prensa internacional una serie de artículos en los que se revelaban supuestos contactos a alto nivel entre representantes de los gobiernos británico y griego.

Se hablaba de un principio de acuerdo sobre un préstamo de los mármoles a Grecia, aunque el gobierno heleno siempre rechazó en público cualquier tipo de solución que no pasase por el reconocimiento de Grecia como la propietaria legal de los mismos.

Luego, en enero de 2022, la ministra de Cultura británica zanjó una vez más la discusión, aclarando que los mármoles pertenecían legalmente al Reino Unido.

La ministra añadió que restituir los mármoles a Grecia establecería un peligroso precedente para otros objetos y para otros museos.

No le faltaba razón a la ministra, no. Devolver los mármoles de Elgin a Grecia supondría un precedente fatal para muchos museos occidentales, no sólo por el volumen de obras que deberían ser devueltas a sus propietarios legítimos, sino por la irreparable pérdida de obras icónicas para los museos en cuestión.

Ejemplos no faltan. Sin salir del Museo Británico, la piedra de Rosetta es reclamada por el gobierno egipcio con el apoyo de una petición firmada por más de dos mil quinientos arqueólogos de todo el mundo.

En Berlín la situación es similar con el busto de Nefertiti, y de París mejor no hablar, que el Louvre está lleno de obras expoliadas por el mayor ladrón de obras de arte de todos los tiempos, un tal Napoleón Bonaparte.

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El motivo de mi visita londinense era una reunión con representantes del Museo Británico. Y el lugar donde me habían citado no era un sitio cualquiera: era la Galería Duveen del museo, es decir, la sala donde se exponen los mármoles de Elgin.

El lugar del crimen.

Una de las curiosidades del edificio del Museo Británico es que fue construido precisamente como un homenaje a la arquitectura clásica griega.

Sin duda, recuerda poderosamente a un templo griego, con 43 columnas jónicas y un frontón decorado con estatuas que representan el «Progreso de la civilización».

Viéndolas, bien podría decir uno que encontraron inspiración en los mármoles de Elgin.

Un empleado del museo me recibió en la entrada principal de Great Russell Street y me condujo a la magnífica plaza cubierta por una enorme mampara de vidrio que llaman Great Court, y luego a través de las salas del Antiguo Egipto y Asiria hasta llegar a las salas de escultura griega y romana.

Al fondo de ellas, tronaba una puerta doble de cristal sobre la que se podía leer el siguiente título en letras estilizadas:

The Parthenon Galleries

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La galería Duveen tiene su pequeña pero interesante historia.

Se llama así por la persona que llevó a cabo su construcción, Lord Duveen of Millibank, un negociante de arte judío que se enriqueció vendiendo a millonarios americanos obras de arte de las colecciones de aristócratas europeos sin un penique.

Según dicen, su lema era Europa tiene mucho arte y Estados Unidos mucho dinero , y tanto dinero ganó con estas transacciones transatlánticas que se permitió dar una parte a obras benéficas, en concreto a museos y galerías, incluyendo la construcción de una nueva galería en el Museo Británico para albergar los mármoles del Partenón.

Lord Duveen, como toda persona exitosa que se precie, no se libró de ciertas controversias, como el juicio que le metieron por haber dicho que una copia de la Belle Ferronnière de Leonardo da Vinci era eso, una simple copia.

Menos razón tenía, por desgracia, cuando hizo que limpiaran la pátina de las estatuas del Partenón sin pedir permiso a nadie y con procedimientos agresivos que dañaron las esculturas de manera irreparable.

Desde un punto de vista arquitectónico, la galería Duveen es un largo recinto de inspiración grecorromana, y la mampara de vidrio del techo da una agradable luz al gran espacio.

Los muros de color gris beige en piedra calcárea de Pouillenay albergan los frisos del Partenón, mientras que al fondo de la sala unas columnas dóricas enmarcan las piezas más prestigiosas de la colección: las metopas y las estatuas de los frontones.

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La escultura robada por los Justos Ladrones era la metopa sur XXVII representando un lapita de brazos extendidos en lucha con un centauro. Aunque le faltan las cabezas y dos piernas, el conjunto es digno del talento del gran Fidias.

Lo que me sorprendió más fue que la copia que los ladrones habían instalado en su lugar era igualmente digna del escultor griego. Original y copia eran como dos gotas de agua.

Mi cita era precisamente en el lugar que la metopa ocupaba antes del robo.

Allí me esperaba la conservadora del museo, una mujer larguirucha que escondía sus arrugados ojos tras unas espesas gafas de pasta negra.

A su lado estaba el jefe de seguridad del museo.

Rubiete, de talla menuda y cara sonrosada, uno se lo podría imaginar en un bar de Ibiza bebiendo cerveza tras cerveza, aunque en ese preciso momento su cara mostraba una mezcla de cabreo y vergüenza por el robo.

Por último, un inescrutable representante del gobierno de su Majestad, Mr. James Hound, un tipo alto y fornido que no daba la impresión de pasarse los días en una oficina de Whitehall, me miraba como diciendo qué hace este tío aquí .

“Creo que el embajador De Lully le ha puesto al corriente de lo sucedido,” me dijo la conservadora con toda naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo.

“Efectivamente, el embajador me proporcionó una tableta con toda la información sobre el atraco de la que disponía en aquel momento, aunque espero que ustedes puedan explicar ciertos detalles. Hasta ahora tengo poco a lo que hincarle el diente.”

“Hemos vuelto a interrogar a los guardias de seguridad que se hallaban esa noche en el museo, y estamos empezando a comprender cómo los ladrones consiguieron realizar el robo,” contestó el jefe de seguridad.

Mr. Hound frunció el ceño.

“Al principio sospechamos que los guardias estaban mintiendo, pero eran demasiadas personas con los mismos síntomas y relatando la misma historia. La otra opción era que hubiesen recibido un potente agente alucinógeno por vía aérea que les habría provocado esas visiones fantasmagóricas, pero los análisis de sangre a los que les sometimos han dado negativo.”

“¿Entonces no tienen ninguna explicación al respecto?”

“Ninguna que no tenga carácter sobrenatural, no.”

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Volvimos a visionar el vídeo que el embajador me había mostrado en París. Las mismas imágenes de tipos enmascarados desmontando uno de los mármoles, llevándoselo con una transpaleta manual.

“Aquí está el detalle que me intriga,” les dije. “¿Ven cómo ese ladrón mira a la cámara que estaba grabando las imágenes? Parece como si supiera que no había sido desactivada.”

“Está claro que los ladrones querían que viéramos lo que estaban haciendo,” dijo Mr. Hound.

Tiene buen ojo el tipo este , me dije.

Continuamos viendo la grabación, tratando de encontrar algún tipo de pista que nos pudiera ayudar a averiguar quién se escondía tras esas máscaras, pero sin éxito.

Un único detalle me llamó la atención: el ladrón con la máscara burlona cojeaba ligeramente de la pierna derecha.

Pero en total, poca chicha a la que meterle mano.

No había ninguna pista útil con la que trabajar.

“Hay otra cosa que tiene que ver, Sr Schmidt-Toledano,” añadió Mr. Hound. “Hemos recibido un vídeo de reivindicación de los ladrones que nos recuerda poderosamente a los vídeos que los gobiernos francés y alemán recibieron de los Justos Ladrones.”

“Total, que en todos estos casos es la misma banda.”

“Los Justos Ladrones, efectivamente.”

El vídeo contenía la misma introducción melodramática que en los casos anteriores.

Luego aparecía la estatua robada con la Acrópolis al fondo, y una voz metálica explicaba de igual manera que, si el gobierno británico no accedía a la restitución de los mármoles de Elgin al pueblo griego, se haría público el robo de la estatua y se devolvería a sus legítimos propietarios.

Y, sobre todo, continuarían los robos en museos del Reino Unido.

“Aparte del vídeo de reivindicación,” dijo el jefe de seguridad, “los ladrones dejaron una nota en el lugar donde se encontraba la pieza robada.”

El jefe de seguridad me enseñó una hoja de papel en el que estaba impresa la siguiente frase:

OUTIS HA ROBADO ESTA ESTATUA

“ Outis. ¿Le dice algo ese nombre?”

Me reí para mis adentros.

“Me dice que el abajo firmante tiene tanto sentido del humor como cultura. En griego clásico, outis quiere decir nadie .”

“¿Así que podemos deducir que el autor de la carta es de origen griego?”

“No necesariamente. Al firmar como Outis , el autor está haciendo sin duda una clara referencia a la Odisea de Homero.”

“¿Es decir?”