Capítulo cuarto #2
“No me sorprende en absoluto'', dijo con una sonrisa.
“David Cohn ya me había avisado al respecto. Pero de lo que se trata aquí no es de saber si los mármoles pertenecen a Grecia o al Reino Unido. Estamos hablando de un acto criminal perpetrado por un grupo cuya intención abiertamente declarada es atacar a todos los grandes museos del mundo para que devuelvan objetos supuestamente robados hace siglos. Y el principal problema es que no sabemos nada en absoluto de este grupo. Detrás de estos Justos Ladrones podría esconderse una potencia extranjera o un grupo terrorista. De hecho, no es anodino el hecho de que este robo se haya producido cuando el mundo se encuentra sumido en una crisis sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Y por supuesto, no necesito que le explique las circunstancias tan particulares que atraviesa el Reino Unido en estos momentos.”
No le faltaba razón al Embajador británico.
En aquellos tiempos el orden jurídico y político internacional parecía haberse ido al garete, empezando por las guerras en Ucrania y Gaza, pasando por las intervenciones de Estados Unidos en Irán y Venezuela, sin olvidar el jueguecito de Trump con Groenlandia, mientras que la Unión Europea demostraba una vez más que el soft power no bastaba para lidiar con brutos sin escrúpulos.
Por otro lado, las circunstancias tan particulares que atravesaba la pérfida Albión incluían el caos creado por el Brexit, la reciente muerte de la Reina Isabel II, las muy mediatizadas declaraciones de Harry y Meghan, las enfermedades del Rey Carlos y de la princesa Kate, y cereza sobre el pastel, la sórdida historia del ex-príncipe Andrés y su amigo Jeffrey Epstein.
Efectivamente, lo último que necesitaba 10 Downing Street era el robo de uno de los mármoles de Elgin.
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Salí del Hôtel de Charost bastante confundido.
Resumiendo: aquellos Justos Ladrones, supuestos liberadores de obras de arte, no sólo le habían pintado un bigote a la Mona Lisa, sino que habían birlado el busto de Nefertiti y uno de los mármoles de Elgin delante de las narices de los agentes de seguridad de dos de los museos más importantes del mundo.
Para más inri, un tal Monaguillo, poseedor de un peculiar sentido del humor, me había dejado un intrigante documento que hablaba de un supuesto Consejo de Agravios con siniestras intenciones.
Y yo me pregunto…
¿Por qué acabo siempre metiéndome en estos líos?
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Como se podrá leer en estas páginas, mi vida profesional está llena de los pájaros más exóticos.
O dicho de una manera más prosaica, mi trabajo me permite entablar relaciones con gente muy peculiar que resulta ser muy útil para resolver asuntos varios.
En el caso que nos ocupa, la primera incógnita que quería resolver era si detrás de los Justos Ladrones se escondía, como había sugerido el Embajador británico, una potencia extranjera o un grupo terrorista.
Y el sospechoso número uno en aquel momento era Rusia.
Afortunadamente yo tenía un contacto ruso con nombre y apellidos: Irina Feodorovna Tretiakova, empleada de la embajada rusa con la que había tenido un contacto muy personal en su momento.
Ah, Irina…
No se me va a olvidar nunca cómo y cuándo la conocí.
Estaba en el Café de la Paix, justo enfrente del Palais Garnier, tomando un whisky y leyendo el periódico en el móvil, haciendo tiempo mientras esperaba a Zoé, mi novia de aquella época, la cual tenía entradas para no sé qué ópera contemporánea que no quería perderse por nada del mundo.
Temiendo que me iba a aburrir sobremanera, estaba por pedirme un segundo whisky cuando recibí un mensaje de Zoé, diciéndome que tenía muchísimo trabajo y que no iba a poder ir a la ópera al final.
Estupendo , me dije aliviado. Entonces la vi en una mesa cercana a la mía.
Irina, una preciosidad eslava de veintipocos añitos recién llegada a París y sin hablar prácticamente nada de francés.
Estaba intentando explicar en inglés a un camarero cómo quería su té.
Lo que la pobre no sabía es que aquello de que el cliente siempre tiene la razón es un mito sin aplicación alguna en Francia, sobre todo si el camarero es parisino.
Lo que no es para nada un mito es que los eslavos tienen una manera de hablar muy directa que puede parecer maleducada para un europeo del oeste.
Esa asertividad puede hacer que, por ejemplo, a un camarero francés se le bloquee el cerebro y le dé un ataque de sindicalitis .
Yo veía a Irina intentando explicar por enésima vez lo que quería y como al camarero se le torcía el gesto mientras en su fuero interno gritaba va te faire foutre, conasse !
El choque de trenes era inevitable, así que cogí mi manto, mi espada y mi caballo blanco y fui a rescatar a la damisela en apuros de las garras del dragón gabacho.
Afortunadamente mi padre había estado destinado en Moscú cuando era pequeño y el poco ruso que aprendí allí no se me había olvidado todavía. Me presenté de improvisto y deshice el entuerto lo mejor que pude. Tan encantada se quedó de mi caballeresca intervención que se dejó invitar a cenar.
Y el resto es historia, como se suele decir.
Pues bueno, mi historia con Irina duró, como cantaba Joaquín Sabina, menos que dos peces de hielo en un whisky on the rocks, y tardé pocas noches en olvidarla.
Afortunadamente no hubo mala sangre y quedamos como buenos amigos (sí, es posible entre un hombre y una mujer).
Incluso tuvo el detalle de echarme una mano en un asunto profesional que tenía un componente ruso.
Además, estaba siempre muy bien informada de lo que se cocía en Moscú, con lo que era siempre interesante tomarse un café con ella de vez en cuando.
Y esta era ciertamente una de esas ocasiones, con lo que le pedí que nos viéramos lo más rápido posible.
No sé si por rememorar tiempos antiguos o por simple afición al jugueteo sentimental, Irina me dio cita en el mismo Café de la Paix en el que nos conocimos.
Habían pasado unos cuantos años desde nuestro breve interludio amoroso, y no puedo decir que mi amiga había mejorado como el vino.
Al contrario, había desarrollado una cierta dureza en su expresión facial, como si los años de la guerra de Ucrania hubieran hecho mella en su espíritu.
De hecho, desde el inicio me impuso una condición absoluta para mantener el contacto: no hablar de la operación especial , como ella la tenía que llamar por obligación profesional.
Condición que, no me quedaba más remedio, respeté exquisitamente.
“Ok Otto, ¿cuál es ese asunto tan importante?”
“Como siempre directa al grano.”
“Siempre. Dispara.”
“Si te menciono el Louvre, ¿qué te viene a la cabeza?”
“El bigote de la Mona Lisa, claro.”
Eso no me lo esperaba.
“Y también sabemos lo de los robos del busto de Nefertiti y del mármol de Elgin.”
Eso me lo esperaba menos todavía.
“Y ahora me vas a preguntar si estamos detrás de todo eso, ¿verdad?”
“Para qué te voy a engañar, se me ha pasado por la cabeza…”
“Pues la respuesta es muy simple. Niet .”
“Muy segura te veo.”
“Ya lo hemos discutido con tus amigos franceses y británicos.”
“¿Y crees que os van a creer?”
“La desconfianza es natural y mutua en el momento actual. Pero esto te lo estoy diciendo yo a ti, de amiga a amigo, y de manera totalmente inoficial. La respuesta es niet .”
“Y supongo que debo fiarme de ti.”
“Haz lo que quieras, es problema tuyo. Pero dime, ¿te he mentido alguna vez?”
“No, que yo sepa. ¿Y no tendréis por un casual una idea de quién puede estar detrás de esta historia? ¿Algún amigo chino, norcoreano, iraní…?”
“No nos consta. Pero vamos a ver, Otto, mira quiénes son las víctimas y lo que reclaman los ladrones. Son vuestras antiguas colonias reclamándoos que les devolváis su patrimonio cultural. Y tú sabes mejor que nadie que los museos en Europa están llenos de obras robadas a otros países. Putain , sólo tienes que ir al Louvre para darte cuenta.”
Irina tenía razón, por supuesto. El Louvre, como el Museo Británico, y tantos otros por toda Europa, son repositorios del salvaje expolio (y uso la palabra salvaje de manera muy consciente) que imperios como el británico, el francés, el español y otras potencias europeas realizaron en sus colonias.
Eso sí, no iba a dejar ese comentario ahí sin poner todos los puntos sobre todas las íes.
“Sin duda tienes razón, pero, entre nosotros, reconoce que tu país no está libre de pecado en el tema que estamos tratando.”
“ Touchée ,” respondió sin inmutarse.
Efectivamente, Rusia no quería hablar del tema de la restitución de obras de arte sobre todo por el tema de Ucrania, donde el expolio ha sido y sigue siendo consecuente, pero no era la única razón.
La Unión Soviética robó a mansalva durante la Segunda Guerra Mundial, supuestamente para resarcirse del saqueo previo realizado por las tropas nazis.
Por dar un ejemplo particularmente notable, el Tesoro de Príamo, descubierto por Heinrich Schliemann durante las excavaciones de la antigua Troya, y donado a Alemania por el arqueólogo alemán en 1879, fue llevado a Moscú en 1945 por las tropas soviéticas como botín de guerra, donde puede admirarse actualmente. Y eso es sólo un pequeño ejemplo.
“Bueno, Otto, espero haber respondido a tus preguntas. Ahora tengo asuntos más importantes que atender.”
“Por supuesto.”
“ Do svidaniya , Otto," dijo Irina mientras me daba un beso de despedida, “disfruta con tus Justos Ladrones.”