Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo cuarto
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Capítulo cuarto

EL LLANTO DE LA CARIÁTIDE

París, al día siguiente.

Desde entonces es la residencia oficial del embajador británico en Francia.

El refinado y estirado mayordomo de la Embajada Británica me recibió con ese delicioso sentido de las formas que sólo los británicos de la vieja escuela poseen, llevándome por los elegantes pasillos hasta el Salon rouge , una espectacular sala de espera de cuyos muros tapizados en satín rojo obtiene su nombre, y cuyos muebles estilo Imperio fueron elegidos por Pauline Borghese elle même .

Allí acudió George De Lully, el embajador británico, a recibirme.

La cincuentena pasada hace años, alto y delgado, el embajador De Lully desprendía un aire de distinguida sofisticación.

Con la elegancia propia de su rango, el embajador me proporcionó una pequeña visita por las magníficas estancias hasta que llegamos a una sala de reuniones mucho más modesta pero mejor equipada desde un punto de vista tecnológico.

“Sr. Schmidt-Toledano," comenzó el embajador, “el motivo de mi invitación es explicarle en total confidencialidad un asunto de la máxima importancia para el Reino Unido. Monsieur Duchamp de la Rivière nos tiene al tanto de las discusiones con nuestros colegas alemanes. Y según me dice un amigo común, David Cohn, usted es la persona indicada para ayudarnos en este peliagudo asunto y nos ha garantizado que usted sabe guardar un secreto como nadie.”

David Cohn era un abogado de renombre internacional con una muy merecida reputación de ser un incansable cazador de nazis.

Asimismo, David era el director general de PROVENANCE, una organización sin ánimo de lucro cuya misión era la restitución de obras de arte saqueadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, con quien yo trabajaba habitualmente.

Con David me unía algo mucho más profundo que simples lazos de amistad.

De hecho, la frase usted sabe guardar un secreto como nadie me hizo sonreír por un instante.

“Soy todo oídos," respondí.

“Usted ya es consciente de la gravedad de lo sucedido en el Louvre y en el Neues Museum de Berlín.

“Efectivamente.”

“Pues bien, ahora uno de los mármoles de Elgin ha desaparecido del Museo Británico.”

Lo que nos faltaba, los mármoles de Elgin.

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Por mármoles de Elgin se entiende la colección de estatuas y frisos del Partenón y de otros edificios de la Acrópolis de Atenas obtenidos a principios del siglo XIX por Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin y Embajador británico en el Imperio Otomano, y llevados a Inglaterra, donde hallaron refugio definitivo en el Museo Británico.

Cuando digo obtenidos lo hago a sabiendas de que la legitimidad de su obtención es motivo de una agria disputa jurídica y diplomática entre el Reino Unido, propietario de hecho , y Grecia, supuesta propietaria de derecho .

Hablaré luego de ese tema más en detalle.

Pero disputas greco-británicas aparte, lo que me llamó poderosamente la atención fue el hecho de que la información sobre la desaparición del mármol de Elgin no se hubiese hecho pública.

“No he oído nada de eso en las noticias,” le dije al embajador, un poco sorprendido.

“Porque el gobierno de Su Majestad ha decidido no comunicar nada a la prensa por el momento y no se hará mientras no sea necesario”, me respondió.

“Entendido. ¿Tiene alguna idea de quién ha podido realizar el robo?”

“El gobierno ha recibido una nota de reivindicación de un grupo que se hace llamar Los Justos Ladrones. Creo que usted ya ha oído hablar de ellos, ¿no es verdad?”

“Veo que está usted muy bien informado, Sr. Embajador.”

“Estamos en contacto con las autoridades francesas y alemanas desde que comenzaron estos ataques y nos tomamos muy en serio la amenaza que representa este grupo de lo que sean , sobre todo después de este robo sin precedentes. Como se puede imaginar, las medidas de seguridad del Museo Británico son de primera clase. Todavía no hemos averiguado cómo consiguieron entrar y salir sin ser vistos.”

Medidas draconianas como las del Neues Museum de Berlín, probablemente…

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Mismo método que en Berlín: robo espectacular con nocturnidad y alevosía, chantaje bajo la mesa incluido.

¿Y dice que no tienen ninguna imagen de lo que sucedió en el museo durante el atraco?,” pregunté.

“No, los Justos Ladrones consiguieron desactivar todas las cámaras de seguridad y suplantaron las imágenes en directo con una copia de las del día anterior.”

“Como en Berlín.”

“Efectivamente.” Luego, después de decir esto hizo una pausa, como midiendo el peso de las palabras que iba a pronunciar. “Bueno, hay algo muy extraño en esta historia. Sí que tenemos imágenes de una de las cámaras que cubren la sala de los mármoles de Elgin. Véalo usted mismo.”

El embajador cogió un mando a distancia y encendió una pantalla que se hallaba encastrada en uno de los muros de la sala.

Las imágenes mostraban cómo un grupo de personas cubiertas con túnicas negras y máscaras de teatro griego desmontaba la metopa, la depositaban en un palet de madera, y se la llevaban con la ayuda de una transpaleta manual, mientras que en su lugar ponían una copia.

Era imposible identificar a los ladrones, por supuesto, pero un pequeño detalle me intrigó.

“Señor embajador, ¿sería posible ver el final del video a cámara lenta, por favor?”

Mientras los ladrones enmascarados se llevaban el palet, uno de ellos, portador de una máscara de gesto burlón, miró por un ínfimo instante a la cámara como si supiera que no había sido desactivada.

“¿Lo ha visto, Sr. Embajador? Ese ladrón estaba mirando directamente a la cámara, cómo si supiera que estaba grabando.”

“Efectivamente, tiene usted razón. ¿Pero por qué el ladrón haría eso?”

“No tengo ni idea, es muy extraño.”

Efectivamente, aquello era muy raro. Podía ser que los ladrones hubieran cometido un error y no hubieran desconectado esa cámara, pero me parecía harto extraño que en un robo llevado a cabo de manera tan profesional alguien hubiera cometido un error tan obvio.

Y aquella mirada directa a la cámara tenía un aire de desafío, como diciendo sé que me estáis viendo y me da igual.

O más bien me estáis viendo porque quiero que me veáis .

“¿No tienen ninguna pista al respecto?," pregunté intrigado. “¿Y no hay guardias cuando el museo está cerrado?”

“Por supuesto, y eso es precisamente lo más desconcertante. Al día siguiente del robo, los guardias del turno de noche fueron encontrados tirados en el suelo, inconscientes. Cuando despertaron, decían haber visto los fantasmas del Partenón recorriendo las galerías. De hecho, uno de ellos fue encontrado abrazado a la cariátide del Erecteion.”

“La verdad es que no es difícil ver fantasmas de noche en un museo como éste.”

“Hay muchas historias de eventos paranormales en el museo,” dijo el embajador, “pero no nos las tomamos en serio, y tanto los limpiadores como los guardias de seguridad del Museo Británico no se asustan por cualquier cosa.”

Puertas que se bloquean sin razón alguna o que se abren solas, guardias empujados por energías invisibles, momias que se mueven, bajadas repentinas de temperatura, olores pestilentes, alarmas que se encienden sin motivo…

Hay cientos de historias paranormales de los que los trabajadores del turno de noche llevan quejándose desde el mismo momento que el museo abrió sus puertas en 1759, pero ninguna de ellas les había hecho pasar un mal trago de tales características hasta entonces.

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El embajador me enseñó el vídeo del interrogatorio que habían realizado al guardia de seguridad que se había despertado abrazado a la cariátide. El pobre diablo parecía completamente fuera de sí, como si estuviera en pleno ataque de pánico.

Estaba realizando mi ronda por el sector de Grecia y Roma cuando me pareció ver una sombra que parecía dirigirse a la sala 19.

Salí corriendo hasta llegar a la entrada de la sala, pero no vi a nadie.

“Imaginaciones mías," pensé. Luego, al girarme me encontré de frente a la cariátide de la Acrópolis. De repente, sus ojos vacíos se llenaron de lágrimas y su boca de mármol empezó a emitir un sollozo incontrolable. La cariátide llamaba a sus hermanas desconsoladamente… yo sólo quería calmarla, pero ella no paraba de llorar y gritar… sus gritos me perforaban los tímpanos…”

“Hemos hablado con todos y cada uno de los guardias de seguridad que trabajaban esa noche en el museo,” continuó el embajador, “y todos confirman haber presenciado fenómenos extraños. Uno de ellos presenció una procesión de fantasmas con túnicas negras entrando en la sala Duveen.”

“Total, que de alguna manera los ladrones se las apañaron para poner fuera de juego a los vigilantes.”

“Lo que no sabemos todavía es cómo lo consiguieron. Como puede ver, Sr Schmidt-Toledano, estamos literalmente a oscuras.”

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El embajador me proporcionó una tableta con toda la información sobre el atraco. Luego puso un documento y una pluma encima de la mesa.

“Me temo que, pese a toda la confianza que tiene David Cohn en usted, necesito que me firme este pequeño contrato requiriendo sus servicios para investigar el robo de la escultura y obrar en pos de su restitución al museo con total discreción.”

“Soy abogado de profesión, me parece algo completamente natural.”

Menos natural me pareció la cláusula de confidencialidad del contrato. Decir que era leonina sería un eufemismo.

“Una última cosa, Señor Embajador,” le dije mientras firmaba, “estoy seguro de que no le sorprenderá si le digo que tengo mis reservas en cuanto a la legalidad del status quo actual de los mármoles de Elgin.”