Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo tercero
14%

Capítulo tercero

EL CAMPO DE ESTELAS

El funcionamiento de la memoria es una cosa harto curiosa.

A mí me lo explicó un neurólogo al que conocí en una cenita parisina organizada por una de mis ex (ejem, corramos un tupido velo…).

Entre botella y botella de un excelente Margaux, el médico comparó la memoria con un disco duro en el que hay millones de ficheros, cada uno en su carpeta y todos ellos interconectados entre sí.

Luego, para acordarnos de un nombre debemos tener acceso al fichero que contiene el nombre de la cosa (que si me acuerdo bien él llamó información fonológica ) y al fichero que contiene su significado (o información semántica ).

Lo interesante del tema es que ambos ficheros están almacenados en diferentes redes neuronales, y los circuitos neurológicos que los conectan no son dignos de una absoluta confianza.

Si, por la razón que sea, el circuito que gestiona el significado se activa, pero el que se ocupa del nombre no lo hace, entonces uno se queda con esa incómoda sensación de tener la palabra de marras en la punta de la lengua , hasta que por la razón que sea el circuito remolón se despierta y… ¡Eureka!

No sé si estoy haciendo justicia a la explicación de mi amigo neurólogo (nuestro nivel etílico en aquel momento era para perder de un sólo soplo todos los puntos del carné de conducir), pero creo que al menos viene a hacer comprensible mi propio momento eureka en esta ocasión.

En el momento en que mi cerebro conectó la palabra estela con un lugar berlinés en el que yo ya había estado antes, todas las piezas cayeron en su lugar.

Busqué en internet una imagen satélite de Berlín y localicé el lugar en cuestión.

Das Denkmal für die ermordeten Juden Europas.

El Memorial de los Judíos Asesinados de Europa es una plaza cubierta con 2.

711 losas de hormigón (las llamadas “estelas") organizadas en forma de cuadrícula con callejones transversales que permiten a los visitantes deambular entre ellas.

También incluye un centro de información que documenta la persecución y el exterminio de los judíos de Europa.

La plaza tiene la forma de un cuadrilátero imperfecto rodeado por cuatro calles: Behrenstraße, Ebertstraße, Cora-Berliner-Straße y Hannah-Arendt-Straße.

Viendo el nombre de las calles, todas las incógnitas se resolvieron por sí mismas.

Cada calle iba asociada a un número en cifras romanas.

En mi interpretación inicial había confundido la C de 100 con la C de la Cora-Berliner-Straße, y también había confundido la H con dos II porque las letras no estaban muy claras. Este era el resultado final:

Estela 30 del lado de la Behrenstraße y 34 del lado de la Ebertstraße.

Estela 10 del lado de la Cora-Berliner-Straße y 32 del lado de la Hannah-Arendt-Straße.

Ahora sólo faltaba presentarme a mi cita a ciegas con el Monaguillo.

A solas.

2

Olvidando las gélidas temperaturas de la noche berlinesa en pleno febrero, salí a toda prisa del hotel y me dirigí a la Puerta de Brandemburgo, que está convenientemente situada justo al lado.

Desde allí, torcí hacia el sur y llegué en un par de minutos al Memorial de los Judíos Asesinados de Europa, no sin antes encontrarme con las miradas desconfiadas de los policías que vigilan la embajada de los EE.

UU., la cual está justo delante del Memorial.

Y bueno, no me voy a detener a explicar por qué este monumento me parece un auténtico despropósito.

Para el que no lo haya visto en vivo, durante el día es sólo un campo lleno de columnas rectangulares de hormigón donde turistas despistados vagan entre ruidosas charlas y risas, lo cual parece ser que era el propósito del arquitecto, Peter Eisenman, pero que a mí me irrita sobremanera.

De noche está abierto, pero suele estar vacío porque no es un sitio al que a uno le den ganas de pasearse.

De hecho, la luz emitida por unas barras luminosas incrustadas en el suelo es bastante cegadora y contribuye a hacer de aquel lugar un sitio donde puedes tener un encuentro no deseado con algún tipo con malas intenciones.

Encontrar las estelas fue como jugar a Hundir La Flota.

Para la primera estela había que contar 30 estelas del lado de la Behrenstraße y 34 del lado de la Ebertstraße.

Pero lo que el Monaguillo no me había dicho era si había que contar de norte a sur o al revés.

No me quedaba más remedio que probar una opción y después la otra, así que abrí el plano del Memorial en mi smartphone y me puse a contar en la dirección en la que venía con la esperanza de que fuera la correcta, dirigiéndome a la intersección de aquellos dos números.

Al llegar al lugar en cuestión, no había nadie esperándome.

Miré en todas direcciones, pero lo único que vi fue un mar de estelas en la penumbra.

Nadie. ¿El Monaguillo se estaba quedando conmigo?

¿O aquel tipo no había llegado todavía y debía esperarle allí?

Esperar, muy bien, pero ¿por cuánto tiempo?

Pues eso, allí me quedé, plantado como una novia ante el altar y mirando alrededor como un pasmarote durante un buen rato hasta que me percaté de que había un pequeño post-it pegado a la estela en cuestión con el siguiente texto:

Hola, soy el Monaguillo.

Si quieres recuperar intacta a la bella

no digas a nadie que me has encontrado.

Y olvídate de tu smartphone de última generación,

está completamente intervenido.

Me incorporé de golpe sin poder dar crédito a mis ojos.

El mensaje se refería al busto de la bella Nefertiti, no cabía duda.

Eché un vistazo a mi alrededor para cerciorarme de que nadie estuviera observando lo que estaba haciendo.

Nadie.

El Memorial se encontraba desierto en aquel momento.

Luego le di la vuelta al post-it y encontré otro mensaje.

Ve a la segunda estela.

P.S. Léeme y destrúyeme.

Encontrar la segunda estela fue un poco más difícil ya que no era fácil orientarse en aquel laberinto y no estaba seguro de estar contando bien las estelas. Cuando llegué al lugar indicado, justo enfrente de la embajada americana, me encontré otro post-it:

XXII

ad

meridiem .

El tal Monaguillo se estaba divirtiendo conmigo. Ahora me pedía que contara 22 estelas en dirección hacia el sur. En latín. A regañadientes, obedecí. No me hacía gracia ser manejado como una marioneta, pero no me quedaba más remedio.

Conté 22 estelas mientras miraba a derecha e izquierda por si algún elemento indeseable me salía al paso, pero al llegar a la estela correspondiente no vi absolutamente nada.

Miré en el suelo por si el Monaguillo había dejado algún objeto, otra nota, lo que fuera, pero nada de nada.

Luego miré para arriba y me di cuenta de que un objeto sobresalía por encima de la estela.

No me lo ponía fácil el colega. Con cierta dificultad, me subí a la estela y encontré un sobre marrón sin ningún signo distintivo.

Tras bajarme de la estela, iba a abrir el sobre cuando oí un zumbido por encima de mi cabeza.

Alarmado, miré hacia arriba, encontrándome de frente a un mini-dron idéntico al que había pintado el bigote de la Mona Lisa.

Por un momento flotó enfrente mía como diciendo mírame, aquí estoy, acércate .

El sonido agudo de las hélices reverberaba entre las estelas.

Me acerqué con precaución, no sabiendo muy bien qué esperar de aquella aparición fantasmal.

Cuando estaba casi a su altura, el mini-dron se dirigió a una de las estelas adyacentes y, al igual que en el Louvre, empezó a hacer un dibujo con un chorrito de tinta.

Eso sí, no pintó un bigote sino una gran esvástica nazi.

Mierda, ¿qué coño estaba pasando?

De manera instintiva me lancé tras el dron, pero este desapareció por encima de las estelas con un agudo zumbido. Y en vez del artilugio volante, me encontré de sopetón con un vigilante y su linterna.

“ Halt! ," me gritó.

De manera igualmente instintiva metí el sobre en el bolsillo de mi abrigo y salí por patas para que no me pillara, pero otro vigilante apareció por detrás y me enganchó del brazo, tirándome al suelo. Sin duda se habían pensado que era yo el que había pintado la esvástica.

Inmediatamente, los vigilantes llamaron a la policía y me llevaron a comisaría con muy poquitos miramientos.

3

Pese a acabar entre rejas, mis aventuras entre las estelas del Memorial de los Judíos Asesinados de Europa fueron ricas en enseñanzas.

La primera, un personaje que se hacía llamar Monaguillo quería estar en contacto conmigo y sólo conmigo, y supuestamente sabía algo sobre el paradero del busto de Nefertiti.

La segunda, el tal Monaguillo era un cachondo mental y le gustaban las bromitas.

La tercera estaba escondida en el sobre que estaba metido en el bolsillo de mi abrigo.

Y la cuarta era que aquel mini-dron parecía el mismo que pintó un mostacho a la Mona Lisa.

Como iba diciendo, aquel Monaguillo era un cachondo mental de primera categoría.

4

Al llegar a la comisaría, intenté explicar a los polizontes que yo no había pintado aquella esvástica, pero estos me ignoraron como si fuera un vulgar borracho.

Sólo me hicieron un poco de caso cuando les dije que estaba en Berlín trabajando para el gobierno alemán en misión oficial, y les di la tarjeta de Herr Wachter.

Tras un incómodo rato en una celda sin ventanas, se abrió la puerta y apareció el jefe de la comisaría acompañado de Herr Wachter en persona y de otro tipo muy estirado y elegante.

“Herr Schmidt-Toledano, ¿se puede saber qué estaba haciendo usted en el Memorial a esas horas?" me preguntó Herr Wachter.

“Todo esto no es más que un malentendido,” le respondí. “No podía dormir y me decidí a dar una vuelta por los alrededores. Paseando por el monumento me di cuenta de que había una esvástica pintada en una estela, y de repente dos guardias de seguridad se me echaron encima.”

“Me dicen que usted intentó salir corriendo…”