Capítulo segundo #2
Con su inevitable deutsche Pünktlichkeit , Herr Wachter me estaba esperando a la hora indicada junto al director de seguridad del museo, un tipo con pinta de garrulo de la Stasi.
Viendo la cara de cabreo que llevaba encima, me daba miedo pensar lo que hubiera hecho ese energúmeno si hubiera pillado a los ladrones con las manos en la masa.
“Como ya sabe usted, Herr Schmidt-Toledano, hace dos semanas," explicó Herr Wachter, “recibimos un mensaje de los Justos Ladrones en el que reclamaban la devolución del busto a Egipto. Por supuesto, lo primero que pensamos fue que aquello no tenía ningún sentido, pero por supuesto, la amenaza fue tomada con la seriedad correspondiente por las autoridades competentes. Al final, se decidió que no había nada que hacer al respecto, pensando que aquello no era más que una operación de marketing. Y además ya saben, el gobierno alemán no negocia con terroristas .”
“Y por supuesto, a nadie se le ocurrió echar un vistazo al busto para comprobar que todo iba bien," añadí.
“No, a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido que el busto no era el original," respondió el energúmeno con un marcado acento berlinés. “Ni se nos pasó por la cabeza que alguien nos hubiera podido dar el cambiazo. Recuerde que las medidas de seguridad del museo son draconianas.”
“Si usted lo dice…”
“En cualquier caso,” continuó Herr Wachter, “al término del ultimátum, estos autodenominados Justos Ladrones procedieron a la explosión del busto por control remoto mediante una mínima cantidad de explosivo plástico C4 escondido en su interior.”
Un golpe de efecto maestro, sin duda.
“¿Y cómo lograron detonarlo?”
“Gracias a un mini receptor situado en el ojo bueno de la bella, activado a distancia por un teléfono móvil.”
“¿Y cómo es posible, teniendo en cuenta las draconianas medidas de seguridad del museo, que unos ladrones realizaran esta operación sin dejar rastro? Como he podido observar durante un paseo por el museo, hay cámaras de seguridad por todos lados.”
“Me temo que estos Justos Ladrones,” saltó a la carga el energúmeno, “ son más listos de lo que usted piensa, Herr Schmidt-Toledano.”
“¿Es decir?”
“El sistema de videovigilancia del museo había sido hackeado sin que nos diéramos cuenta y las imágenes disponibles son una copia de las del día anterior.”
Medidas de seguridad draconianas, por supuesto…
7
Tras despedirnos del responsable de la seguridad, Herr Wachter me invitó a dar una vuelta por la colección egipcia del museo, que no en vano es una de las más importantes del mundo, y nada más entrar en la sala adyacente nos encontramos de frente al busto del faraón Akenatón.
Pese a que este busto fue descubierto por Ludwig Borchardt a pocos metros del de Nefertiti, no es tan conocido como el de la bella reina egipcia por una simple razón: fue encontrado en un estado completamente diferente, roto en varios pedazos, con la cara desfigurada y con restos de pintura difícilmente visibles.
“Herr Wachter,” le pregunté haciéndome el iluso, “¿no le parece curioso que el busto de Akenatón tenga un aspecto tan diferente del de Nefertiti?”
“Bueno así es como lo encontró Borchardt,” me respondió, un tanto incómodo por la pregunta.
“Me reconocerá al menos que es harto extraño encontrar en el mismo estrato de una excavación arqueológica dos artefactos con una gran diferencia en su estado de conservación.”
“¿Qué quiere que le diga? Imagino que por pura fortuna el busto de Nefertiti no sufrió las inclemencias del tiempo de la misma manera que el de Akenatón. Y recuerde que el faraón hereje fue sometido a una especie de damnatio memoriae , con lo que la mayor parte de sus representaciones artísticas fueron demacradas por los fanáticos de la religión oficial…”
“...dejando a Nefertiti impoluta. Mucha suerte, sin duda.”
“En efecto,” respondió, claramente irritado por mi insistencia.
No sé si lo he comentado antes, pero yo nunca me creo ese tipo de golpes de suerte.
8
De vuelta al estupendo Hotel Adlon, escenario de aventuras pretéritas y pequeño lujo que me permití en este viaje, lo único que me apetecía era darme una buena ducha, comer algo y meterme en la cama.
Estaba quitándome la ropa cuando alguien sonó a la puerta.
Al abrir me encontré con un botones vestido con el característico traje azul claro y gorra con visera a juego del hotel.
En un inglés con cerrado acento alemán me informó de que un mensajero había dejado en la recepción el paquete que tenía en sus manos.
Ni remitente ni etiqueta de identificación. No era un pedido de Amazon, eso seguro.
Al abrirlo encontré una pequeña pieza de mármol cubierta de una pátina oscura y grasienta que cubría lo que, al tacto, parecía un texto cincelado que no había manera de leer.
Llevé aquel inusitado objeto al cuarto de baño y le di un buen lavado de jabón con una toalla de mano.
Tras mucho frotar, poco a poco fue saliendo la inscripción siguiente:
¿Qué demonios era aquello?
A primera vista, aquella placa de mármol parecía de época romana: la caligrafía era similar a otras piezas del siglo primero o segundo después de Cristo y la pátina daba a entender que era una pieza muy antigua.
El texto, sin embargo, era categóricamente moderno: las últimas dos líneas HAC NOCTE VENI SOLUS MONACHUS PARVUS FECIT eran fáciles de traducir:
Esta noche, ven solo. Firmado: el Pequeño Monje
Sin duda, alguien me estaba enviando de manera harto original un mensaje para que nos viéramos esa misma noche a solas, y ese alguien se hacía llamar pequeño monje. O dicho en castellano viejo, monaguillo.
Ok, cita a ciegas, pero ¿dónde?
El resto del texto STELAE XXXBSTXXXIVEST XCBSTXXXIIHAST era menos obvio: Lo primero que pensé es que la primera palabra STELAE se refería al plural de la palabra estrella , y que el Monaguillo había cometido un error de ortografía, olvidando una L, pero aquello no tenía pinta de haber sido hecho de manera tan chapucera.
Una opción más lógica era que, siendo STELA la acepción latina para pilar o columna , y viendo que las otras dos líneas parecían contener números romanos, era posible concluir que el Monaguillo me estaba dando cita en un lugar con columnas numeradas.
Esa conclusión presentaba una serie de incógnitas. Introduciendo espacios en aquella retahíla de letras se podía obtener lo siguiente:
XXX BST XXXIV EST
XC BST XXXIIII AST
XXX es treinta en latín, XXXIV es treinta y cuatro , eso está claro.
Luego XC es noventa pero XXXIIII no es un número correcto en latín, demasiadas íes juntas.
¿De nuevo un posible error de ortografía?
No me parecía posible, visto el esmero con el que el Monaguillo había creado una pieza falsa de época romana. Había algo que no estaba claro ahí.
Además, quedaban esos otros grupos de letras a los que nos encontraba sentido.
BST, EST, BST de nuevo y AST. Bueno, puesto que estaban junto a los números, eso podría decir que eran una especie de localizadores de las columnas.
Es decir, columna 30 BST y 30 EST, y columna 90 BST y columna 34 AST (si aceptábamos el error de ortografía).
Por desgracia, todo ello no era de gran ayuda. Después de tanta disquisición latina, seguía sin tener ni idea de dónde me había dado cita el Monaguillo. ¿Dónde estaban esas jodidas columnas?
Por un momento pensé en la columnata neoclásica del Neues Museum, pero no veía cómo dar sentido a aquellos numerales romanos, y me parecía raro que el Monaguillo me hubiese dado cita delante del museo en el que se perpetró el robo del busto de Nefertiti.
Me encontraba en un callejón sin salida. Mi sitio favorito, sin duda.
De repente, sin saber cómo, me acordé dónde había visto la palabra “estela”.
Precisamente en Berlín.
A dos pasos de mi hotel.
En una plaza llena de losas de hormigón.
Dos mil setecientas once losas de hormigón, para ser exactos.