Capítulo segundo
LA BELLA DESAPARECIDA
O Mensch,
bewein dein
Sünde groß!
Escrito en tinta rojo sangre sobre la vitrina y aún fresco, este misterioso texto fue la sobrecogedora sorpresa con la que los trabajadores del Neues Museum se toparon aquella mañana. Las gotas carmesíes que resbalaban sobre el vidrio parecían el resultado de un macabro acto de terror.
Pero lo más horripilante no fue aquel grafitti, no.
Mucho peor fue lo que sucedió a continuación.
Justo en el momento en que los principales responsables del museo llegaron a la sala para examinar la vitrina, el ojo de la magnífica estatua que estaba expuesta en su interior comenzó a emitir una luz roja intermitente.
Los responsables del museo se miraron los unos a los otros sin saber qué hacer, atónitos ante aquella fantasmagórica luz.
Luego, la intermitencia se hizo cada vez más rápida, como anunciando una cuenta atrás.
Y al final de la cuenta atrás, la estatua voló en pedazos, llenando la vitrina de un polvo blanco.
Tras el estruendo, silencio sepulcral.
Los asistentes a aquel suceso no podían decir palabra ni moverse, tal había sido la explosiva sorpresa.
Tuvieron que esperar a que la polvareda se asentara para comprobar los daños causados: ante todos ellos yacían los restos despedazados de la Mona Lisa de la antigüedad.
¿Cómo era posible?
Estaba protegida por un cristal blindado.
Nadie había podido entrar en contacto con ella.
Y aun así, había que rendirse a la evidencia.
La maravillosa belleza de Atón.
La Gran Esposa Real.
Señora de Egipto.
La bella Nefertiti yacía hecha añicos.
2
Estaba preparándome unas tapitas en mi apartamento parisino cuando recibí un mensaje de Jean-Yves.
“ Salut Otto, ¿tienes un momento para una pequeña videoconferencia?”
“Me pillas cenando.”
“Es muy urgente.”
“Ok, dame un segundo.”
Hice clic en el enlace que Jean Yves me había enviado e inmediatamente apareció en la pantalla de mi ordenador mi franchute amigo en compañía de un tipo, un tal Herr Wachter, al que presentó como un representante del Neues Museum de Berlín.
“Perdona las prisas, Otto, pero necesitamos ponerte al corriente de un asunto confidencial.”
“Dispara, soy todo oídos.”
“¿Recuerdas la historia de la Mona Lisa?”
“¿Cómo la voy a olvidar?” dije con un punto de cachondeo. “¿Tienes noticias al respecto?”
“Si, y no son buenas.” La cara de Jean-Yves me indicó dónde me podía meter mis bromitas. “Ayer por la noche, el busto de Nefertiti desapareció sin dejar rastro.”
“Anda ya, te estás quedando conmigo.”
“Para nada.”
Jean-Yves me dio una versión pormenorizada de lo que había sucedido.
El día antes de aquella tragedia, los Justos Ladrones habían enviado uno de sus teatrales vídeos a los responsables del Neues Museum de Berlín, depositario del busto de Nefertiti, afirmando que el pueblo egipcio era el propietario legítimo del busto y que, si Alemania no se comprometía a devolverlo haciendo una declaración oficial al respecto, ellos se ocuparían del tema y, según sus propias palabras, lo harían de manera expeditiva.
El museo, temiéndose un bulo, decidió no hacer mayor caso a aquella amenaza.
Mala suerte: al día siguiente se encontraron la vitrina de la bella Nefertiti cubierta de un graffiti y pudieron presenciar en directo como el busto les saltaba en las narices.
Bueno, no el busto , sino una copia del busto en escayola.
“No lo entiendo,” dije un poco confundido. “Si lo que explotó en la vitrina era una copia de escayola, ¿qué ha pasado con el original?”
“Espera, espera, que la cosa es mucho más complicada de lo que te imaginas,” respondió Jean-Yves.
“¿En serio?”
“Efectivamente, lo que explotó en la vitrina era una copia de escayola, pero lo peor de todo es que esa copia de escayola no la había puesto ahí el museo.”
“¿Estás de coña…?”, respondí.
“ Nein, es ist überhaupt kein Witz, Herr Schmidt-Toledano ," intervino Herr Wachter en su lengua materna, visiblemente irritado. “Es todo salvo una broma.”
3
Hay que reconocerlo, los Justos Ladrones tenían un macabro sentido del humor.
El representante del Neues Museum nos explicó en detalle lo que muy poquita gente sabía.
El busto de Nefertiti conocido de todos, realizado por el escultor egipcio Tutmosis en su taller de Amarna hace más de tres mil años y descubierto por el arqueólogo alemán Ludwig Borchardt el 6 de diciembre de 1912, habría sido robado por los Justos Ladrones sin que se supiera en qué fecha exacta habían realizado el robo.
Al mismo tiempo, habían reemplazado el original por una copia de escayola policromada sin que el museo se percatase del cambiazo.
Luego, enviaron el primer mensaje de chantaje que he mencionado antes, y después de la explosión de la bella Nefertiti, el museo recibió un segundo vídeo de reivindicación de los ladrones similar al que recibió el Louvre tras la bromita de la Mona Lisa, en el que insistían en la descolonización de los museos occidentales y amenazaban con hacer público el robo del busto.
Este segundo mensaje se lo tomaron un poco más en serio, lógicamente.
Tras aquel inusitado evento, el Neues Museum publicó a toda prisa un comunicado de prensa para explicar que se habían visto obligados a cerrar durante dos días el museo debido a un problema técnico sin dar más detalles.
“¿Piensan entonces que es la misma banda que le pintó el mostacho a la Mona Lisa?” pregunté.
“Los Justos Ladrones. Si, así se presentan en el vídeo.”
“¿Puedo verlo, por favor?”
“Por supuesto,” contestó Herr Wachter.
El vídeo contenía la misma introducción melodramática que el del bigote de la Mona Lisa.
Luego aparecía el busto de Nefertiti sobre un fondo negro, y una voz metálica explicaba que si el gobierno alemán no accedía a la restitución del busto de Nefertiti al pueblo egipcio, se haría público el robo de la estatua y ésta sería devuelta a sus legítimos propietarios.
Y, sobre todo, continuarían los robos en museos alemanes.
“Todo esto es muy raro, sin duda alguna,” les dije. “Y bien, ¿en qué puedo ser de ayuda?”
“Tras activar el protocolo de urgencia para estos casos y hablar discretamente con nuestros socios europeos, Monsieur Duchamp de la Rivière se puso en contacto con nosotros para darnos más detalles de lo que había sucedido en el Louvre. También nos habló de usted, Herr Schmidt-Toledano, y de su gran reputación como buscador de obras de arte perdidas. Por ello, nos gustaría contratar sus servicios como consultor en la materia.”
“La propuesta me interesa sin duda, pero no estoy seguro de saber en qué puedo ayudar,” respondí.
“Nos consta que usted conoce en detalle tanto el mercado negro del arte como las redes de influencia anticolonialistas, y eso puede ser de gran ayuda en este caso.”
“Eso espero, al menos. En cualquier caso, para poder ser de ayuda voy a necesitar toda la información de que dispongan.”
“Le acabo de enviar un fichero con todo lo que tenemos, y nos gustaría invitarle a una reunión en Berlín lo antes posible.”
¿Qué tal mañana mismo?”
4
Berlín de nuevo.
Esta ciudad siempre tendrá un lugar especial en mi corazoncito.
No sólo porque soy alemán por parte de padre, sino también porque, gracias al talento de David Cohn y al músculo de sus chicos, encontramos en esta ciudad una parte de la biblioteca perdida de la Comunidad Hebraica de Roma, y ese momento quedará para siempre grabado en mi memoria.
Todo hay que decirlo, la capital de la República Federal de Alemania no es la ciudad más bella de Europa.
Demasiado edificio construido después de la guerra, demasiada funcionalidad sin alma.
Por supuesto, conserva ciertos retazos de lo que fue otrora, y tiene una vida cultural que no tiene nada que envidiar a ninguna metrópoli internacional.
Si hablamos de museos, la lista es larga y variada.
En particular, la famosa Museumsinsel contiene en un pedazo de terreno abrazado por el río Spree una concentración de instituciones culturales sin parangón alguno: El Museo de Pérgamo, el Museo Bode, la Antigua Galería Nacional, el Museo Antiguo y, para lo que nos interesa, el Museo Nuevo.
Das Neue Museum.
La morada de Nefertiti.
5
El Neues Museum de Berlín fue construido entre 1843 y 1855 según los diseños de Friedrich August Stüler y, tras los graves daños sufridos durante la Segunda Guerra Mundial, fue en gran parte reconstruido a principios del siglo XXI por el arquitecto británico David Chipperfield, el cual conservó el aspecto exterior del museo, con su fachada neoclásica y su magnífica columnata dórica.
El museo, reabierto desde 2009, expone al público arte egipcio, objetos prehistóricos y antigüedades clásicas.
Desde la reapertura, el busto de Nefertiti ocupa un lugar de excepción: la Nordkuppelsaal o Sala de la Cúpula Norte, un amplio espacio dedicado únicamente a la bella reina de Egipto, punto culminante y destino final para los visitantes de la colección egipcia.
Rodeada de muros policromados y sobre los restos de los mosaicos que cubrían el suelo original, Nefertiti contemplaba impávida a los numerosos visitantes que se agolpaban para admirarla, enjaulada en una vitrina a prueba de balas.
Y para gran decepción de los selfistas, estaba prohibido fotografiar a la bella.
Habiéndola visto así, costaba creer que unos ladrones hubieran podido entrar en el museo a escondidas, abrir aquella impenetrable jaula de cristal, apoderarse del busto y reemplazarlo por una copia de escayola con dispositivo explosivo incluido.
Y sin embargo, era cierto.
6
Herr Wachter me había dado cita precisamente en el lugar del crimen.
Convenientemente cerrada al público desde aquel inusitado suceso, la sala aparecía desnuda y falta de propósito.
En la huérfana vitrina todavía se podían observar trazas de la escayola esparcida por la explosión de la impostora estatua.