Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo primero #2
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Capítulo primero #2

Llovía sobre mojado, efectivamente. Unos meses antes, el 19 de octubre de 2025, unos ladrones se habían hecho pasar por obreros de la construcción y habían utilizado una plataforma elevadora para subir desde la calle a la terraza de la Galería de Apolo, donde estaba expuesta parte de la colección de joyas de la corona de Francia.

En tan solo siete minutos, tres tipos encapuchados, tras llegar en scooter, subieron con la plataforma elevadora, rompieron las ventanas, entraron en la sala Apolo y se llevaron nueve piezas de la colección.

Y se fueron de la misma manera que llegaron, bajando con la plataforma elevadora y huyendo en scooter, no sin antes dejar caer la corona de diamantes y esmeraldas de la emperatriz Eugenia.

Por supuesto, el escándalo fue monumental.

Los trabajadores del museo abuchearon a la presidenta del Louvre por no haber tomado las medidas necesarias para proteger el museo, algo que, según ellos, debería haberse hecho hace muchos años.

También hubo una reunión en la cumbre con los ministros del ramo, Cultura e Interior, para poder entender lo que había sucedido.

Mucho humo y poca acción decisiva, como suele ser habitual.

Y el resto de las fuerzas políticas hicieron sangre del robo, algo también muy habitual.

Eso sí, se movilizaron inmediatamente unos sesenta investigadores de la brigada de represión del bandolerismo de la policía judicial parisina y de la Oficina Central de Lucha contra el Tráfico de Bienes Culturales. Ahí es nada.

“Pero esto no ha tenido nada de que ver con un robo,” le dije. “Tiene más pinta de una acción de activistas ecologistas, ¿no te parece?”

Esa era la conclusión lógica, o eso me parecía a mí al menos.

En los últimos meses, diferentes museos en Europa y EE.

UU. habían sido atacados por activistas que pretendían llamar la atención sobre la falta de acción a todos los niveles contra la catástrofe climática que sucederá si no hacemos nada al respecto.

Su modus operandi era manchar pinturas famosas con salsa de tomate y pegarse las manos con pegamento a los muros de los museos.

“Por desgracia, no es el caso," respondió Jean-Yves.

“¿Como que por desgracia ?”

“Hemos recibido una inquietante nota de reivindicación de un grupo que se hace llamar The Fair Thieves .”

“ Los Justos Ladrones. Me imagino que tienen su sede social en el bosque de Sherwood, ¿no?”

“Muy gracioso. El caso es que dicen ser un grupo de libertadores de obras de arte. Pretenden crear conciencia social sobre la ilicitud de buena parte del contenido de los grandes museos europeos y americanos. Según ellos, hay que descolonizarlos .”

“Pues no dejan de tener un poco de razón," le dije.

“Ya sabía yo que me ibas a soltar algo así. Pero tú sabes mejor que yo que la descolonización de los grandes museos del mundo no es un tema que se resuelve así como así, y mucho menos bajo presión de una banda de aprendices de ladrones de museos.”

“¿Y cómo se las apañó esa banda de aprendices de ladrones de museos ," le pregunté con un poco de sorna, “para colaros un dron con nocturnidad y alevosía en plena Salle des Etats ?”

“No sabemos todavía si algún turista lo introdujo el día anterior, escondiéndolo en los servicios, o si entró por una ventana pilotado desde el exterior. Según los expertos que hemos consultado, el artilugio era sorprendentemente pequeño, ligero y ágil. Nuestras primeras sospechas apuntan a algún país extranjero con alta capacidad tecnológica y muy malas intenciones.”

“Deja que adivine: Corea del Norte, China, Rusia, Irán…”

“Algo así.”

“Así que pensáis que la reivindicación es una cortina de humo.”

“La verdad es que no sabemos qué pensar. Por eso te estoy llamando.”

“¿Es decir…?”

“Tú conoces perfectamente el tema de la descolonización de los museos. Si no recuerdo mal, vas a ser uno de los oradores principales en la conferencia internacional de Viena dentro de unos meses, ¿no es así?”

Jean-Yves tenía razón. Gracias al trabajo que realizo desde hace años para PROVENANCE me he ganado una reputación de experto en temas de restitución de obras de arte.

Aunque mi foco de atención principal ha sido el robo masivo cometido por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, recientemente he intervenido en discretas negociaciones entre antiguas potencias coloniales y sus ex-colonias.

Tema fascinante y complejo en el que normalmente no suelen intervenir drones ni grupos de ladrones enmascarados.

“¿Y qué esperas de mí?," le pregunté.

“Necesitaría que echaras un vistazo a la posibilidad de que ese grupo de Justos Ladrones sean algo más que una tapadera.”

“¿Y qué piensan tus amigos de la DSGE y de la DSGI al respecto?”

“Tú no te preocupes por eso, el primer ministro en persona te va a otorgar plenos poderes para que puedas investigar el tema. Si decides aceptar el encargo, por supuesto.”

“¿Tú qué crees?” le respondí, riéndome.

Para que nos entendamos, la Direction générale de la Sécurité extérieure (DGSE) es el servicio de inteligencia exterior francés, mientras que la Direction générale de la Sécurité intérieure (DGSI) se ocupa de asuntos en territorio francés.

Hermanos gemelos, un poco como la CIA y el FBI americanos o el MI-6 y el MI-5 británicos.

Yo no estaba muy seguro de que ninguno de los dos cuerpos iba a estar muy contento de saber que alguien ajeno a sus servicios (y para más inri, extranjero) iba a entrometerse en un asunto en el que el honor nacional francés estaba en juego.

Pero claro, no iba a decir que no a un asunto tan excitante.

“Así me gusta,” continuó Jean-Yves, “pero te voy a dar un consejo: con este tema, bromas las mínimas, que ya sabes lo susceptibles que son los enarcas franceses.”

Más palabrotas francesas, lo siento. En teoría, un enarca es simplemente un antiguo alumno de la École nationale d’administration (ENA) , una especie de universidad de alto nivel que se ocupa de formar a los futuros altos funcionarios de la Grande Nation .

Sin embargo, el término ha tomado un cariz peyorativo, sirviendo para identificar a una élite endogámica de burócratas que llevan las riendas del poder en Francia sin tener mucho contacto con la realidad del francés de a pie.

Como mi amigo Jean-Yves, por cierto, y así se lo dije con mucha coña.

“Por eso te lo digo,” me respondió Jean-Yves sin inmutarse. “Los conozco muy bien. Y no está el horno para bollos ahora mismo.”

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En cuanto mi amigo Jean-Yves me proporcionó toda la información de la que disponía sobre el suceso del Louvre me puse manos a la obra.

Por desgracia, no había mucho a lo que hincarle el diente.

La nota de reivindicación no era más que un montaje con imágenes del dron sobrevolando el museo sin que nadie se apercibiese de ello y una voz en off electrónica amenazando a los museos más famosos del mundo con represalias si no iniciaban un proceso de descolonización inmediato y devolvían las obras robadas a sus legítimos dueños.

Según me explicó Jean-Yves, la DGSI había analizado el vídeo y no había conseguido identificar su fuente.

Por mi lado, investigué todo lo que pude, pero el resultado final de mis pesquisas fue completamente infructuoso, y así se lo hice saber a Jean-Yves.

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Pasaron los meses, y puesto que no hubo más bromitas , en París todo el mundo pasó rápidamente a otra cosa.

La investigación oficial, realizada con gran secretismo, no llegó a ninguna conclusión, pero por si acaso el gobierno reforzó discretamente la seguridad en los museos públicos.

El honor de Francia quedó maltrecho, pero a salvo.

Mientras tanto, los auténticos ecologistas radicales continuaron con su campaña en otros países y otros museos, para gran alegría de periódicos y programas de televisión, pero sin ningún impacto real sobre la conciencia colectiva.

Resumiendo, todo siguió como antes.

Asunto zanjado.

O eso creía yo al menos.