Un justo ladrón (Provenance 2) Capítulo primero
3%
Un justo ladrón (Provenance 2)

Un justo ladrón (Provenance 2)

Por W.S. Mahler

© inepub.com

Capítulo primero

EL BIGOTE DE LA MONA LISA

Todo gran museo que se precie tiene lo que yo llamo una Sala de los borregos , es decir, un punto en el que se concentran aquellos turistas que lo visitan nada más que para hacerse un selfi con la obra más famosa de la colección.

Es normal , dirán algunos. Es más, es necesario , dirá el director del museo.

Y tiene su lógica. En puros términos económicos, para un museo es fundamental poseer eso que algunos llaman una obra icónica .

Es la única manera de atraer turistas en masa y, por ende, hacer caja.

Pero por desgracia, esta estrategia de marketing tiene sus desventajas.

No sólo porque un museo atiborrado de gente es un museo intransitable, sino porque la sobreexposición de una obra maestra de esas que hay que haber visto crea en el turista medio una especie de barrera mental ante otras obras del mismo museo: esta es la obra que hay que ver , y el resto no tiene importancia.

Por poner un ejemplo que siempre me ha llamado la atención, la Galería Uffizi de Florencia reúne cada día a multitud de selfistas (que así los llamo yo por no ponerles otro nombre más feo) delante del Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli.

Por supuesto, es prácticamente imposible disfrutar tranquilamente de la obra, lo cual a mí me molesta sólo relativamente porque las rubias de Botticelli me dejan bastante frío, pero tiene gracia que después del obligatorio autorretrato solos, en pareja o en grupo (estos son los peores sin duda alguna), los selfistas continúan su alegre e indolente paseo, pasando por alto que a pocos metros de distancia cuelga una de las obras más fascinantes del museo, el Tríptico Portinari de Hugo van der Goes, a la que rara vez se acercan.

A mí personalmente me parece estupendo, ya que adoro la pintura flamenca y así puedo disfrutar tranquilamente del maravilloso tríptico sin ser molestado por la manada.

Pero es una lástima para los borregos, digo yo.

Hay muchos otros ejemplos similares que he vivido en carne propia.

Por ejemplo, las hordas de turistas chinos que invaden el Hermitage de San Petersburgo no tienen escrúpulos en utilizar codazos y empujones para ponerse delante de alguna de las dos madonnas leonardescas que cobija el museo y obtener la preciada fotografía.

En el Museo de Orsay de París es virtualmente imposible contemplar con calma ninguna de las obras de Van Gogh.

El Prado madrileño tiene un problema similar con Las Meninas de Velázquez, y el Nasjonalmuseet de Oslo lo tiene con El Grito de Munch. Y la lista continúa.

Si hablamos de mi querida París, no hay museo más emblemático en la capital francesa que el Louvre. Y como bien es sabido, el Louvre tiene a la víctima predilecta de todo selfista que se precie.

Estoy hablando, naturalmente, de La Gioconda de Leonardo da Vinci.

La Mona Lisa .

De la misma manera que en la Galería Uffizi uno se puede extasiar sentado delante del Tríptico Portinari sin que nadie le moleste a uno, en el Louvre basta con salir de la Salle des Etats donde se exhibe la Gioconda para, en plena Grande Galerie , encontrarse de frente con otros Leonardos igualmente impresionantes, como La Virgen de las Rocas , La Belle Ferronière , o La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana , sin que gran multitud se acumule alrededor de ellos.

Todo ello para mayor placer de los que vamos al Louvre a apreciar obras de arte y no a presumir en las redes sociales de nuestras últimas vacaciones en París.

Lo que pocos selfistas saben antes de entrar en la particular Sala de los borregos del Louvre es que la Gioconda es un cuadro de reducidas dimensiones (77 cm × 53 cm) y que una barandilla sitúa al visitante, selfista o no, a una distancia de unos cuantos metros de la obra maestra, con lo que al final el preciado selfi muestra mucho de la cara del borrego de turno y bien poco de la belleza leonardesca.

Esto sucede cada día del año sin interrupción, es tan habitual que no sorprende a nadie.

Aquel día, sin embargo, las cámaras de seguridad del museo pudieron registrar un evento único que probablemente el propio Leonardo da Vinci hubiera disfrutado como un chiquillo.

En medio de la noche y saliendo de ninguna parte, un mini-dron se plantó delante de la Mona Lisa y empezó a proyectar un fino chorro de tinta negra sobre el cristal blindado que protege el cuadro.

En un suspiro y antes de que los agentes de seguridad del Louvre pudieran reaccionar, el mini-dron le había pintado un bigote a la Gioconda del que Marcel Duchamp no habría renegado.

Con la misma rapidez, el minúsculo aparato volador no identificado se elevó lejos del alcance de las manos de los agentes de seguridad que intentaban agarrarlo y salió a toda velocidad de la sala para perderse en la inmensidad del museo.

2

Si el lienzo de la Mona Lisa tuviera vida propia, podría contarnos un sinfín de aventuras sufridas desde que Leonardo transformara una simple tabla de álamo en la pintura más famosa de todos los tiempos.

Podría sacarnos de dudas en cuanto a la auténtica identidad de la mujer retratada en su superficie, es decir, si era Lisa del Giocondo, Isabel de Aragón, Constanza d’Avalos o si era en realidad un hombre travestido, Gian Giacomo Caprotti da Oreno, llamado Salai, discípulo y supuesto amante de Leonardo.

Nos podría explicar cómo el cuadro acabó en manos del Rey Francisco I de Francia, acabando así con toda especulación sobre si debería ser restituida a Italia.

Incluso le podría haber echado la bronca al carpintero italiano Vincenzo Peruggia cuando robó el cuadro para, según dijo, devolvérselo a su patria.

Si el lienzo de la Mona Lisa tuviera vida propia, imagino que le hubiera parecido graciosa la ocurrencia de Marcel Duchamp de pintarle un bigote a una tarjeta postal con su efigie y de dar a esta obra el sugerente título de L.H.O.O.Q.

, que leído en francés (/ɛl aʃ o o ky/) suena como la frase elle a chaud au cul , que en román paladín resulta La Gioconda está cachonda.

Y hablando de sentido del humor, si el lienzo de la Mona Lisa tuviera vida propia, nos podría explicar, de una puñetera vez por todas, a cuento de qué sonríe.

3

Me acabo de dar cuenta de que no me he presentado.

Para los que no conocen mis aventuras pretéritas, me llamo Otto Schmidt-Toledano y dirijo desde mi oficina en París un pequeño bufete de abogados especializado en Derecho del Arte.

Nuestros clientes son principalmente galerías, casas de subastas y coleccionistas adinerados, y nos ocupamos de complejos asuntos jurídicos en materia de propiedad intelectual y fiscalidad internacional.

Los pingües beneficios que obtenemos me permiten financiar ciertos placeres personales.

Y si hay algo que disfruto particularmente son los casos de restitución de arte, de los cuales me ocupo personalmente y en muchas ocasiones pro-bono .

En este tema concreto, llevo unos cuantos años trabajando para PROVENANCE, una organización sin ánimo de lucro cuya misión es la restitución de obras de arte robadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

4

Volviendo al bigote de la Mona Lisa, no hay que olvidar que esto de las bromitas más o menos pesadas lo llevan sufriendo los museos desde tiempos inmemoriales.

A mí la que más gracia me hace es la de Banksy en el Museo Británico.

En 2005, el más famoso de los artistas anónimos instaló una pintura rupestre en una de las galerías del museo sin que nadie se diera cuenta, poniéndole un número de identificación y una etiqueta falsos.

En la etiqueta se explicaba que aquella pintura rupestre era un ejemplo de arte primitivo muy bien conservado de la era postcatatónica , el cual representaba al hombre primitivo aventurándose en los terrenos de caza fuera de la ciudad (atención, ¡empujando un carrito de la compra!).

El pintor de aquel prehistórico fresco habría creado una importante obra en el sureste de Inglaterra bajo el seudónimo de Banksymus Maximus, aunque la mayor parte del arte de este tipo habría sido destruida por fervientes funcionarios municipales incapaces de reconocer el mérito artístico y el valor histórico que tiene el hacer garabatos en las paredes.

Lo mejor de todo es que nadie se apercibió de la pintura postcatatónica pese a haber estado tres días a la vista de todos los visitantes del museo, con lo que el propio Banksy tuvo que llamar la atención de los responsables del museo a través de su página web para que se dieran cuenta de la bromita .

Pero volvamos al Louvre.

5

Un par de días después de la bromita del siglo , como la dieron por llamar los propios trabajadores del museo, mi amigo Jean-Yves Duchamp de la Rivière, alto funcionario del Ministerio de la Cultura francés y con el que había tenido trato profesional en anteriores ocasiones, me llamó para contarme de manera confidencial aquella curiosa historia.

“Hola Otto, Jean-Yves al aparato.”

“Jean-Yves, ¿qué tal estás?”

“Más jodido que nunca…”

“¿Todavía sigues cabreado por el robo de las joyas?”

“No, ha pasado algo bastante peor.”

El pobre Jean-Yves me relató con todo tipo de detalles el affaire del bigote de la Mona Lisa.

“Qué pasada, tío," le respondí riendo.

“Déjate de bromas, que el tema es más serio de lo que parece. El presidente de la República está cabreadísimo y al jefe de seguridad del Louvre se le ha caído el pelo. Ya se está hablando de despedirlo, y se va a hacer una auditoría de todos los sistemas de seguridad del museo. Era lo último que nos faltaba.”