Un intercambio de locos Capítulo 30 #4
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Capítulo 30 #4

El fin de semana pasó con una rapidez que Em consideró ofensiva.

Kain estuvo con ella, con Laura y con Penny durante buena parte del sábado, recorrió algunos lugares del vecindario, soportó una cantidad excesiva de fotografías y consiguió caerle todavía mejor a su madre.

Penny terminó tratándolo con una confianza que habría parecido imposible apenas dos días antes, y Kain respondía acompañándola del brazo, abriéndole las puertas y escuchando sus historias con una atención que Em sabía que no estaba fingiendo.

El domingo llegó demasiado pronto. Frente al hotel, el equipaje de Kain esperaba junto al automóvil que lo llevaría al aeropuerto.

Em permaneció abrazada a él hasta que el conductor terminó de guardar la maleta; después se besaron antes de separarse y ella se quedó en la acera mientras el vehículo abandonaba la entrada del hotel.

Las semanas volvieron a acomodarse alrededor de las rutinas que ambos conocían bien.

Kain regresó a Louisiana y Em terminó los últimos compromisos referentes a la universidad; entre ambos continuaron los mensajes, las fotografías y las videollamadas que algunas noches se prolongaban mucho más de lo previsto.

Mayo dio paso a junio y después a julio sin que ninguno modificara demasiado aquella costumbre de encontrarse todos los días a través del teléfono y del computador.

* * *

Dos meses después de la graduación, el calor de Louisiana recibió a Em apenas bajó del automóvil frente a Holler Cafeteria.

Llevaba unos jeans amplios, una camiseta marrón sin mangas, el cabello recogido en un moño desordenado y unos lentes de sol que se quitó al cruzar la puerta.

Permaneció allí el tiempo suficiente para saludar a Sebastián, que corrió a abrazarla apenas la vio, y al señor Holler; también pidió el café helado que tantas veces había tomado durante el intercambio y comprobó que el lugar seguía resultándole tan familiar como cuando trabajaba detrás del mostrador.

Desde allí condujo hasta Cypress Bend Road sin necesidad de consultar el teléfono esta vez.

La entrada de grava apareció entre los árboles y, a medida que avanzaba hacia la casona, reconoció el garaje, la fachada y los árboles que rodeaban la propiedad.

Estacionó cerca de la entrada, recogió el bolso del asiento del copiloto y bajó mientras observaba varias cajas apiladas junto a una camioneta.

Tim salió de la casa cargando una de ellas y se quedó inmóvil apenas la vio.

Kimberly apareció detrás con una bolsa grande entre los brazos y tardó unos segundos más en comprender quién acababa de llegar.

La sorpresa dio paso enseguida a los abrazos y a una sucesión de gestos atropellados mientras ambos intentaban explicar al mismo tiempo que estaban trasladando sus cosas porque habían decidido vivir juntos.

Em apenas tuvo oportunidad de procesarlo antes de que Tim volviera a abrazarla y Kimberly le mostrara, entre risas, parte de lo que todavía les faltaba sacar.

Cuando dejaron las cajas junto a la camioneta, Tim la condujo hacia la parte trasera de la casa.

Allí encontró a Piers y Megan junto a la piscina.

Ella tomaba el sol en una de las tumbonas mientras Piers descansaba cerca, y ya no quedaba ningún esfuerzo por fingir que su relación seguía siendo un secreto.

Los dos se incorporaron al verla y, después de la sorpresa inicial, se acercaron para recibirla con la misma familiaridad con que meses atrás la habían despedido.

Más tarde, cuando todos habían asumido que Em estaba otra vez en Louisiana, se reunieron en la sala de estar. Ella dejó el bolso junto al sofá, recorrió con la mirada aquel espacio que seguía reconociendo incluso después de tantos meses y se acomodó el cabello antes de mirar a los demás.

—Y bueno, ¿dónde está ese engreído insoportable?

Piers se limitó a darle una dirección y Em no pidió más explicaciones. La reconoció apenas la vio escrita; había estado allí antes, cuando la casa todavía seguía en proceso de restauración y cuando Kain la llevó ahí para cenar.

Em condujo con una sonrisa que reaparecía cada vez que pensaba en lo poco que faltaba.

A través del espejo retrovisor veía las maletas ocupando buena parte del asiento trasero y, entre ellas, el telescopio otra vez desmontado y embalado con el mismo cuidado con que había viajado con ella a su retorno hacia Michigan.

Esta vez no llevaba equipaje para un intercambio de un año; había empacado pensando en una estadía mucho más larga.

Penny y Laura habían entendido su decisión mejor de lo que Em esperaba.

Hubo preguntas, naturalmente, y también recomendaciones que se extendieron durante varios días mientras cerraba cajas y organizaba el viaje, pero ninguna intentó convencerla de quedarse en Michigan.

Ambas prometieron visitarla en cuanto pudiera instalarse y Laura ya había empezado a hablar de fechas antes incluso de que Em terminara de cargar el automóvil.

Penny, por su parte, se aseguró de que llevara todo lo necesario para el trayecto y revisó dos veces que el telescopio quedara protegido antes de despedirse.

La carretera era nueva para ella, pero después de casi dos días de viaje empezaba a sentirla como el inicio de otra aventura.

Había hecho una parada para dormir y varias para comer, cargar combustible y estirar las piernas, y aun así no llegaba tan cansada como había imaginado al salir de Michigan.

Quizá porque esta vez no viajaba hacia algo desconocido por completo.

Al final del camino la esperaba una vida que había elegido y, dentro de ella, un hombre de cabello casi platino y hermosos ojos verdes con quien estaba dispuesta a descubrir qué venía después.

Em redujo la velocidad cuando reconoció el desvío y, en lugar de continuar hasta la entrada principal, avanzó unos metros más antes de estacionar a un costado del camino, donde los árboles ocultaban parcialmente el automóvil desde la casa.

No quería que el ruido del motor sobre la grava anunciara su llegada antes de tiempo; después de guardar el secreto durante todo el viaje desde Michigan, podía caminar los últimos metros.

A cada paso podía ver un poco más de la casa.

Recordaba aquella construcción cuando Piers todavía trabajaba en ella, con sectores abiertos, madera acumulada y reparaciones pendientes; ahora, incluso desde la distancia, era evidente que había cambiado por completo.

Em disminuyó el paso al llegar al comienzo del camino de grava y se quitó los lentes de sol para observarla mejor.

La casa terminada la obligó a aminorar todavía más el paso.

Desde allí podía apreciar la galería amplia, la madera restaurada, las ventanas abiertas hacia el terreno y el balcón del segundo piso recortándose entre los árboles.

Todo se veía cuidado, luminoso y acogedor, tan diferente de aquella propiedad a medio terminar que Em tuvo que detenerse unos segundos para contemplarla antes de continuar.

Desde el costado de la casa alcanzó a verlo en el porche.

Kain estaba inclinado sobre una mesa, concentrado en uno de sus cuadernos de dibujo, con varias hojas extendidas alrededor y el lápiz moviéndose entre sus dedos mientras corregía una línea.

Em se detuvo antes de que él reparara en su presencia y se permitió observarlo: el cabello claro caía sobre su frente, llevaba una camiseta sencilla que marcaba los brazos y aquella expresión seria que aparecía únicamente cuando estaba completamente metido en un diseño.

Después de tantos meses viéndolo a través de una pantalla, tenerlo allí delante, tan guapo, desprevenido y ajeno todavía a que ella estaba a pocos metros, consiguió que la sonrisa de Em se ensanchara.