Capítulo 30 #5
Kain había comprado la casa a Piers meses atrás y, una vez terminada la restauración principal, empezó a modificarla según sus gustos.
Sin darse cuenta, Em terminó apareciendo en muchas de aquellas decisiones: dejó espacio suficiente en el balcón para montar un telescopio, eligió una estantería mucho mayor de la que necesitaba y acondicionó una de las habitaciones con buena luz porque podía imaginarla allí, rodeada de libros y trabajando frente al computador.
Nunca se lo había contado y probablemente habría negado que estaba preparando parte de la casa pensando en ella, aunque cada cambio hacía más fácil imaginarla recorriendo aquellas habitaciones.
Habían hablado de que viajara a Louisiana para Acción de Gracias, pero todavía faltaban varios meses y Kain ya encontraba demasiado larga la espera.
La visita a Michigan durante la graduación había empeorado cuánto la extrañaba; conocer a Laura y a Penny, entrar en la casa donde Em había crecido y verla desenvolverse entre ambas le permitió entender cuánto significaba para ella aquella vida.
No podía pedirle que abandonara a su familia y todo lo que había construido allí únicamente porque él quisiera tenerla cerca, ni pretendía obligarla a escoger entre Michigan y Louisiana.
Aun así, la posibilidad regresaba cada vez que pensaba en ella dentro de aquella casa.
Si algún día Em decidía volver, quizá no tendría que buscar dónde vivir; podían compartirla, despertar juntos y dejar de reducir su relación a vuelos, fotografías y una pantalla.
Kain volvió la atención al cuaderno, corrigió una de las líneas del diseño y siguió dibujando mientras pensaba que ya encontraría la manera de hablarlo cuando llegara Acción de Gracias, completamente ajeno a que Em acababa de detenerse a pocos metros del porche.
—¿Sabes que los Pilares de la Creación están dentro de la Nebulosa del Águila?
—comenzó Em mientras avanzaba hacia el porche—.
Son enormes columnas de gas y polvo, y dentro de algunas regiones ese material termina concentrándose hasta formar nuevas estrellas.
Siempre me ha gustado pensar en eso; en medio de todo ese polvo, antes de que pueda verse nada con claridad, ya está comenzando algo.
El lápiz dejó de moverse sobre el papel. Kain permaneció inclinado sobre el cuaderno unos segundos, mientras Em seguía acercándose con una sonrisa que no conseguía disimular.
—Supongo que por eso me gustan tanto —continuó—. Porque parecen el origen de muchas cosas. Lugares donde todavía no sabes exactamente qué va a nacer, pero ya sabes que algo está empezando.
Kain cerró el cuaderno y se puso de pie despacio, sin apartar los ojos de ella. Em continuó avanzando mientras él abandonaba la mesa y empezaba a caminar en su dirección, con aquella sonrisa que conocía demasiado bien.
—Y si recuerdo correctamente una de tus interminables clases de astronomía, esos colores cuentan qué está ocurriendo ahí dentro —dijo Kain mientras acortaba la distancia—.
El hidrógeno emite sobre todo en rojo, el oxígeno ionizado cerca del verde azulado y el azufre también en la zona roja; después ustedes separan esas emisiones y les asignan colores distintos para poder reconocer mejor cada elemento en las imágenes.
—Te amo, Kain.
Em apenas alcanzó a sonreír antes de llegar hasta él.
Kain la rodeó por la cintura y ella enlazó los brazos alrededor de su cuello, buscándolo con la misma urgencia con que lo había extrañado durante los meses separados.
El beso llegó cargado de todo lo que las llamadas, las fotografías y las visitas breves no habían conseguido reemplazar; Em hundió una mano en su cabello mientras él la estrechaba contra el cuerpo y, cuando finalmente se separaron, ambos seguían sonriendo demasiado cerca el uno del otro.
—Te amo, Em.
Kain tomó su mano y la condujo al interior de la casa.
Recorrieron las habitaciones mientras Em le contaba que el automóvil estaba lleno de cajas, ropa, libros y todo lo que había decidido traer desde Michigan, incluida buena parte de su vida académica.
La conversación avanzó deprisa entre preguntas, explicaciones y planes que ella había guardado hasta entonces: había decidido instalarse en Louisiana y empezar allí la siguiente etapa.
—Aquí hay espacio de sobra, Em —dijo Kain cuando ella mencionó que todavía tendría que ordenar sus cosas y decidir dónde instalarse.
La respuesta la hizo mirarlo y él apenas necesitó añadir nada más.
Salieron otra vez al porche de la mano y terminaron sentados juntos en una de las sillas mecedoras, Em acomodada contra su costado mientras Kain mantenía una mano entrelazada con la suya.
Frente a ellos, el terreno se extendía hasta los árboles y el cielo comenzaba a cambiar con la tarde, mientras hablaban del telescopio en el balcón, de sus horarios, del trabajo de ambos y de todo lo que tendrían que organizar durante las semanas siguientes.
Por primera vez, aquellos planes podían hacerse mirando el mismo lugar en vez de una pantalla. Kain movió lentamente la mecedora con el pie mientras Em apoyaba la cabeza sobre su hombro y seguían conversando, besándose, agregando ideas y calculando juntos qué podían hacer primero.