Capítulo 30 #2
Em había cometido el error de decirle que algunas servían para el blog.
Desde entonces, él acompañaba buena parte de las fotografías con audios que empezaban hablando de construcción y terminaban desviándose hacia lo mucho que la echaba de menos, cuánto deseaba tenerla delante y todas las dificultades que encontraba para comportarse decentemente después de tantos meses separados.
El muy engreído sabía perfectamente el efecto que producía.
Había fotos que Em abría en medio del campus y cerraba de inmediato al sentir que las mejillas empezaban a calentársele, aunque después regresara a ellas cuando estaba sola.
—¿Acaso quieres matarme de un infarto? —le preguntó una noche después de recibir una fotografía de Kain con jeans de trabajo, botas, el sombrero de cowboy y nada más que una chaqueta abierta sobre el torso.
La risa de él llegó por el audio antes de la respuesta.
—De deseo, Em. De deseo. Además, considéralo material educativo para tu blog.
—No pienso publicar eso.
—Perfecto, entonces guárdalo para uso personal.
Con el tiempo, Em también había aprendido a jugar desde la distancia.
Se compró varios conjuntos de encaje, todos en distintas tonalidades de burdeos, y de vez en cuando le enviaba alguna fotografía sabiendo perfectamente lo que aquel color provocaba en Kain.
Él ni siquiera necesitaba responder con uno de sus audios provocadores; a veces bastaba un mensaje que aparecía pocos segundos después en la pantalla: “Orión está a punto de disparar esa flecha”.
La primera vez Em se había atorado de la risa y la vergüenza, porque entendió de inmediato a qué se refería y no había ninguna interpretación astronómica capaz de salvarla de aquella imagen.
Después empezó a provocarlo a propósito, esperando con satisfacción esas respuestas absurdas que confirmaban que, incluso a cientos de kilómetros, todavía podía conseguir que el señor Maligno perdiera parte de su arrogancia.
Ferman Contracting también había cambiado durante aquel año.
Em empezó a notarlo en las videollamadas con Kain, cuando detrás de él aparecieron rostros que no conocía, nuevas camionetas estacionadas junto a las obras y trabajadores que esperaban instrucciones de Piers antes de repartir materiales.
Los tres hermanos ya no salían juntos de Cypress Bend Road cada mañana como cuando ella vivía allí.
Piers continuaba al frente de la empresa, visitaba clientes, revisaba presupuestos y coordinaba los proyectos, pero había tenido que contratar más personal cuando Kain comenzó a dividir sus semanas entre las obras y los encargos que llegaban a través de su página.
Kain seguía siendo socio y ninguno de los dos había planteado que dejara de serlo.
Participaba especialmente cuando una remodelación requería elegir terminaciones, combinar materiales o preparar un diseño que pudiera distinguir el trabajo de la empresa; después regresaba a sus propios pedidos y dejaba la ejecución diaria en manos de Piers y los nuevos trabajadores.
En algunas videollamadas Em alcanzaba a verlos inclinados sobre el mismo plano, discutiendo medidas como siempre, aunque ahora Kain podía marcharse antes porque tenía muestras que preparar o un cliente esperando una propuesta.
Una tarde la llamó desde una cocina todavía en obra. Detrás de él había tres hombres instalando muebles y Piers revisaba unas medidas junto a la pared, con un lápiz sujeto detrás de una oreja.
—¿Quiénes son todos esos? —preguntó Em al reconocer apenas a uno de los trabajadores.
Kain giró la cámara hacia el interior.
—Las nuevas víctimas de Piers.
Desde el fondo, su hermano levantó la cabeza.
—Dile a Em que gracias a tus delirios empresariales tuve que contratar gente que realmente aparezca todos los días.
—¿Ves cómo me extraña? Nadie puede reemplazar esto —agregó Kain con arrogancia, señalándose de arriba abajo—. Una personalidad como la mía no se encuentra dos veces.
Piers levantó el dedo medio sin abandonar la cinta de medir y regresó al trabajo, lo que hizo reír a Em desde Michigan.
La ausencia más evidente era la de Tim. Al principio continuó apareciendo algunos días en las obras, especialmente cuando Piers necesitaba terminar un trabajo grande o faltaba una persona, pero su rutina se había desplazado cada vez más hacia el puerto.
Los encargos relacionados con embarcaciones comenzaron entre conocidos, después llegaron recomendaciones y, cuando ya tenía más reparaciones de las que podía realizar utilizando únicamente el espacio disponible junto al muelle, arrendó un pequeño taller a pocos minutos del agua.
Em conoció el lugar por videollamada antes de verlo siquiera terminado. Tim caminó con el teléfono por el interior mostrando paredes sin pintar, estanterías antiguas y herramientas distribuidas sobre una mesa que parecía haber soportado varias décadas de reparaciones.
—Es pequeño —advirtió él al abrir una puerta lateral que daba hacia el muelle—, pero puedo trabajar aquí y guardar los materiales sin tener a Piers preguntando por qué dejé medio barco en su garaje.
—¿Llegaste a dejar medio barco en el garaje?
Tim sonrió.
—Depende de cómo definas medio.
También seguía escribiéndose con los Multiorgásmicos.
Steve, Dean, Sam, Luise y Gina estaban entrando en la recta final de sus propias carreras y el grupo continuaba activo, aunque ahora las conversaciones se repartían entre entregas, solicitudes de trabajo, planes de posgrado y las mismas estupideces que habían conseguido mantenerlos unidos durante el intercambio.
Algunas semanas podían pasar varios días sin que nadie escribiera; después bastaba que uno enviara una fotografía o una queja sobre algún profesor para que aparecieran cincuenta mensajes en menos de una hora.
La página de Ferman Surface Studio, que Kain había empezado a montar con ayuda de Em, necesitaba cada vez más cambios a medida que aumentaban los encargos, y ambos terminaron trabajando juntos con bastante regularidad.
Steve actualizaba fotografías, organizaba nuevas secciones, corregía detalles cuando Kain decidía añadir servicios y lo ayudaba cada vez que alguna idea suya excedía por completo sus conocimientos de diseño web.
Para sorpresa de los dos, aquella colaboración había terminado convirtiéndose en una gran amistad.
Steve podía aparecer en Cypress Bend Road para trabajar un par de horas y quedarse después tomando cerveza con Kain, o acompañarlo a fotografiar un proyecto terminado porque, según él, dejar al señor Maligno encargado de las imágenes era una amenaza para cualquier estrategia digital.
Piers también había terminado regresando con Megan, aunque ambos parecían convencidos de que estaban llevando el asunto con una discreción impecable.
Em se enteró bastante antes de que alguno decidiera admitirlo.
Al principio fueron detalles pequeños: Megan aparecía detrás de Piers durante alguna videollamada y desaparecía del encuadre con rapidez o se escuchaba su voz desde otra habitación mientras él aseguraba que estaba solo en casa.
Después comenzaron las coincidencias más difíciles de sostener, como las noches en que Piers decía que saldría a cenar por trabajo y Kain enviaba una fotografía donde el automóvil de Megan estaba estacionado varias calles más allá de Cypress Bend Road.
La estrategia de ambos consistía, al parecer, en no llegar juntos a ningún lugar, evitar muestras de afecto frente a conocidos y utilizar excusas que empeoraban cuanto más intentaban explicarlas.
Megan dejaba el automóvil lejos de la casona cuando se quedaba a dormir, Piers aparecía en sitios donde ella también estaba porque supuestamente “tenía que pasar por ahí” y, cuando alguien preguntaba demasiado, los dos se mostraban tan indiferentes que conseguían exactamente el efecto contrario.
Kain y Tim habían optado por observar el fenómeno sin decir nada.
De vez en cuando Em recibía fotografías que parecían tomadas con intención documental: la cartera de Megan sobre una silla de la cocina, unos zapatos femeninos junto a la escalera o Piers entrando por la puerta trasera a una hora en que supuestamente llevaba bastante rato durmiendo.
Kain acompañaba esas pruebas con comentarios sobre el nuevo misterio local, mientras Tim sostenía que el antiguo mito urbano sobre la ruptura de Piers y Megan estaba siendo reemplazado por otro mucho más interesante.
* * *
La ceremonia había terminado hacía poco y el campus seguía lleno de familias que se detenían frente a los edificios para tomar fotografías, graduados cargando flores y grupos que intentaban avanzar hacia los estacionamientos sin separarse entre la multitud.
Em caminaba entre Penny y Laura con la toga abierta sobre el vestido y el birrete sostenido bajo un brazo, todavía cansada por las horas de discursos, fotografías y felicitaciones.
En el cuello llevaba el regalo que Kain le había enviado aquella mañana: una cadena fina de plata con tres pequeñas piedras alineadas que representaban el Cinturón de Orión, acompañada por una pulsera idéntica que se deslizaba ligeramente sobre su muñeca cada vez que movía la mano.
Había abierto la caja antes de salir de casa y pasado varios minutos observando las piezas mientras intentaba decidir si quería golpearlo o besarlo por haber escogido precisamente Orión.
Kain sabía perfectamente lo que aquella constelación había terminado significando entre ellos después de tantos mensajes que ya nada tenían de astronómicos.
Em le había enviado una fotografía llevando el collar antes de ponerse la toga y él respondió únicamente con un corazón y la promesa de llamarla más tarde.