Capítulo 30
El código llevaba casi cuarenta minutos ejecutándose cuando Em decidió que mirar la barra de progreso no conseguiría acelerar el proceso.
Apartó la silla del escritorio, estiró las piernas debajo de la mesa y volvió la atención hacia el segundo monitor, donde varias imágenes astronómicas ocupaban la pantalla junto con una tabla de datos que todavía debía revisar antes de marcharse.
Afuera, la tarde de Michigan había comenzado a oscurecer detrás de los ventanales del laboratorio, aunque dentro seguían encendidas las lámparas blancas sobre las mesas y el zumbido de los computadores acompañaba a los pocos estudiantes que aún trabajaban allí.
Sobre uno de los monitores, sentado entre una libreta llena de anotaciones y una taza de café vacía, Maligno la observaba con sus ojos verdes bordados y la melena blanca completamente despeinada; Kain había insistido en que se lo llevara, aunque Em se lo había dado a él cuando comenzaron ese intercambio de peluches para molestarse.
Desde el viaje a Louisiana un tanto aplastado entre la ropa de la maleta, todavía conservaba una pequeña deformación en una de las orejas, porque Em nunca había conseguido devolverla del todo a su posición original.
Durante los primeros días pensó en dejarlo en casa, pero terminó llevándolo consigo al campus y, desde entonces, el pequeño zorro había pasado más horas dentro del laboratorio que algunos estudiantes de su curso.
El teléfono vibró junto al teclado. Em continuó revisando una columna de datos hasta que una segunda vibración llegó pocos segundos después y la obligó a mirar la pantalla.
Kain había enviado una fotografía de una superficie cubierta por pequeñas piezas geométricas en tonos verdes, crema y negro, dispuestas sobre una mesa de trabajo; debajo aparecía otro mensaje preguntándole cuál de las dos combinaciones prefería y, casi inmediatamente, una tercera fotografía mostraba una alternativa con un patrón diferente.
Em amplió la primera imagen y después la segunda antes de apoyar el teléfono junto al teclado.
—La de la izquierda —murmuró mientras regresaba a los datos.
El aparato volvió a vibrar.
“Necesito argumentos, doctora Michigan. Estoy trabajando con profesionales, aquí.”
Una sonrisa le apareció mientras escribía sin apartarse demasiado del monitor.
“La de la derecha parece el piso de un casino barato.”
Los tres puntos que indicaban que Kain estaba escribiendo aparecieron casi de inmediato.
“He creado a un monstruo.”
Em dejó escapar una risa por la nariz y volvió a trabajar antes de que aquella conversación terminara consumiendo los últimos minutos que tenía disponibles en el laboratorio.
Durante los meses posteriores a su regreso, se había dado cuenta de que responderle a Kain podía convertirse con demasiada facilidad en veinte mensajes, tres fotografías, algún audio innecesariamente largo y una discusión sobre cualquier asunto que ninguno de los dos recordaría al día siguiente.
Algunas mañanas él escribía cuando ella todavía estaba preparándose para salir; otras veces era Em quien encontraba alguna fotografía, noticia o dato astronómico que consideraba indispensable enviarle mientras en Louisiana apenas comenzaba la jornada de trabajo.
El primer mes había sido peor. Después de acostumbrarse durante casi un año a escuchar sus pasos por la casa, encontrarlo en la cocina, discutir por cualquier tontería o cruzárselo al bajar del ático, regresar a Michigan había dejado huecos absurdos en momentos que antes ni siquiera había considerado importantes.
Nadie golpeaba su puerta para importunarla, nadie aparecía detrás de ella mientras preparaba café y ninguna voz la llamaba Dulce Michigan desde el extremo de una habitación únicamente para conseguir que levantara la cabeza.
Kain tampoco llevaba particularmente bien la distancia, aunque se había negado a reconocerlo durante las primeras semanas.
En lugar de admitir que la echaba de menos, comenzó a enviar fotografías del desayuno, de una obra, de una guitarra apoyada contra la cama o de cualquier diseño que estuviera preparando, acompañadas por comentarios que convertían la conversación en una prolongación de la convivencia que habían dejado atrás.
Em respondió de la misma manera y, sin haberlo acordado, ambos terminaron sabiendo qué estaba haciendo el otro durante buena parte del día.
La videollamada era diferente. Casi todas las noches encontraban algún momento para verse, aunque el horario cambiaba según las clases de Em, el trabajo de Kain o los proyectos que estuviera terminando alguno de los dos.
Algunas llamadas duraban quince minutos y otras continuaban durante más de dos horas porque ninguno encontraba una razón suficiente para colgar.
Em podía terminar leyendo artículos mientras Kain dibujaba al otro lado de la pantalla, y había noches en que apenas conversaban; cada uno trabajaba en lo suyo, levantaban la vista de vez en cuando y comprobaban que el otro seguía allí.
Cuando guardó los últimos archivos, la mayoría de los puestos cercanos ya estaban vacíos.
Cerró las ventanas del programa, respaldó el trabajo en la carpeta correspondiente y metió la libreta dentro de la mochila antes de alcanzar a Maligno sobre el monitor.
Lo sostuvo por la melena durante unos segundos y terminó acomodándolo bajo un brazo mientras apagaba la pantalla.
El teléfono mostraba otros cuatro mensajes.
El primero era una fotografía de Kain frente a un espejo, cubierto de polvo desde el pecho hasta las botas y con una expresión de evidente cansancio.
En la segunda imagen aparecía Piers detrás de él, señalando alguna parte de una pared recién instalada mientras Tim permanecía subido sobre una escalera con una herramienta en la mano.
El tercer mensaje decía simplemente que Piers estaba convirtiéndose en un dictador y el cuarto anunciaba que posiblemente moriría antes de terminar aquella obra.
Em escribió mientras avanzaba hacia la salida del laboratorio.
“Te ves perfectamente vivo.”
La respuesta llegó cuando ya había cruzado el corredor.
“Porque todavía no has visto mi alma.”
“Nunca estuve segura de que tuvieras una.”
Kain tardó unos segundos.
“Ahí está mi chica”.
Cuando llegó a casa, Penny estaba en la cocina preparando la cena y Laura había dejado un mensaje avisando que pasaría al día siguiente.
Em comió con su abuela, escuchó una extensa explicación sobre una vecina que había vuelto a estacionar frente a una entrada ajena y subió después a su habitación con el computador, varias lecturas pendientes y Maligno al medio de su cama.
Su dormitorio conservaba buena parte de lo que había dejado antes del intercambio, aunque durante los meses posteriores a su regreso habían aparecido nuevas fotografías sobre el escritorio, un par de recuerdos de Louisiana y unas postales que Tim le había enviado desde un puerto donde estaba trabajando en la reparación de una embarcación.
Cerca de las once, terminó de leer el último artículo y cerró el computador.
El teléfono llevaba varios minutos apoyado boca abajo sobre la cama porque sabía que, si empezaba a responder mensajes antes de acabar, terminaría retrasándose todavía más.
Apenas lo tomó, encontró una videollamada perdida de Kain y otra notificación enviada cinco minutos después.
“Estoy empezando a pensar que tienes otro hombre”.
Em se acomodó contra el respaldo de la cama y pulsó el icono de llamada.
Kain respondió antes del segundo tono.
La imagen apareció moviéndose durante unos segundos antes de estabilizarse.
Estaba acostado sobre la cama de su habitación en Cypress Bend Road, con una camiseta oscura y el cabello claro todavía húmedo después de la ducha.
La guitarra descansaba contra una pared detrás de él y, sobre la mesa que Em conocía demasiado bien, había varios cuadernos abiertos junto con muestras de materiales que empezaban a ocupar un espacio mucho mayor que cuando ella vivía allí.
—Cuarenta y siete segundos —dijo Kain después de mirar alguna parte de la pantalla—. Me hiciste esperar cuarenta y siete segundos.
Em dejó el teléfono apoyado contra una almohada.
—Estaba estudiando.
—Excusas.
—También podría haber estado con ese otro hombre.
Kain entrecerró los ojos.
—Espero que al menos sea feo.
Em sonrió mientras recogía las piernas sobre la cama.
—Es muchísimo más amable que tú.
—Entonces no tienes ninguna posibilidad de enamorarte.
Em levantó una mano hacia la pantalla casi por reflejo y la dejó después sobre la rodilla al recordar la distancia que seguía existiendo entre ambos.
—Te extraño —dijo.
Kain dejó de sonreír durante unos segundos. Después acercó el teléfono y apoyó la cabeza contra la almohada mientras la observaba desde la pantalla.
—Yo también te extraño, Dulce Michigan.
Durante aquellos meses, Sr. Maligno tampoco había desaparecido.
El blog conservaba a sus lectoras y seguía en aumento en cuanto a seguidores, aunque la fuente principal de material había adquirido una participación bastante más activa desde que descubrió que él era el protagonista.
Kain parecía haberse tomado aquella revelación como un desafío personal y enviaba fotografías con el sombrero de cowboy, otras con las orejas de zorro que todavía conservaba de Halloween y demasiadas imágenes desde las obras, cargando materiales, cortando madera o cubierto de polvo con la camiseta pegada al cuerpo después de horas bajo el calor de Louisiana; hasta poses con la famosa guitarra.