Un intercambio de locos Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

El automóvil se detuvo cerca del porche. Megan apagó el motor, se quitó los lentes oscuros y bajó con una bolsa apoyada contra el costado. Llevaba el cabello suelto y avanzó con esa seguridad tan propia de ella.

Kain la observó acercarse mientras apoyaba una mano sobre la camioneta.

—Tan oportuna como siempre, Megan.

Megan soltó una carcajada y siguió avanzando hacia él.

—Tengo una prescripción muy buena para ti, recomendada por mi psiquiatra para los que están hasta los cojones de enamorados.

Kain alcanzó a abrir la boca, pero Megan ya había desviado la mirada hacia la entrada de la casa.

—¡Em! —la llamó, levantando una mano—. Ven acá para darte un abrazo.

Em salió al porche con una sonrisa y Megan dejó la bolsa a un lado antes de abrir los brazos.

Ella bajó los escalones y se acercó sin dudarlo, recibiendo un abrazo apretado que duró bastante más de lo que cualquiera de las dos habría imaginado meses atrás, cuando su primer encuentro había terminado con Megan acusando a los Ferman de traer mujeres de otros estados.

Kain permaneció junto a la camioneta, observándolas en silencio.

—La muy maldita puede que tenga razón —murmuró para sí—. Voy a necesitar toda la ayuda que pueda.

Terminó de acomodar el equipaje y cerró la compuerta con algo más de fuerza de la necesaria.

* * *

Para cuando llegaron al aeropuerto, Piers llevaba varios minutos revisando la hora con una frecuencia que empezaba a delatarle los nervios.

La despedida en la casona se había alargado bastante más de lo previsto entre abrazos, regalos de último momento y personas que insistían en acompañar a Em hasta la camioneta para volver a despedirse allí.

Él había intentado apurarlos sin demasiado éxito y ahora conducía con la atención fija en los accesos, calculando mentalmente cuánto tiempo les quedaba antes de que Em tuviera que pasar por seguridad.

Tim iba en el asiento trasero junto a parte del equipaje y Kain permanecía al lado de Em, mucho más callado de lo habitual.

Las dos maletas viajaban atrás junto con el telescopio nuevo, embalado con suficiente cuidado para que ninguno quisiera arriesgarse a dejarlo bajo otras cajas o bolsas durante el trayecto.

Piers encontró finalmente un espacio frente a la zona de salidas y estacionó. Apenas apagó el motor, Tim abrió la puerta y bajó antes que los demás. Miró alrededor hasta localizar una fila de carros para equipaje y caminó hacia ellos mientras Piers abría la parte trasera de la camioneta.

Kain descendió por el otro lado y se quedó junto a Em mientras ella ajustaba la mochila sobre el hombro. A pocos metros, Tim regresaba empujando uno de los carros, preparado para cargar las maletas y el telescopio embalado.

Em miró a Tim regresar con el carro y después a Piers abriendo la parte trasera de la camioneta.

—Estoy totalmente impactada por este grado de eficiencia. Cuando llegué desde Michigan estaba perdida, arrastrando una maleta y muerta de sed.

Se rió mientras Kain levantaba una de las maletas y la acomodaba sobre el carro.

—Ahora tengo un comité de logística —agregó Em.

En la zona previa al control de seguridad, Kain y Em avanzaban de la mano mientras Piers y Tim se ocupaban del carro con las maletas y el telescopio embalado.

Ninguno de los dos hablaba demasiado. De vez en cuando se miraban, casi por reflejo, y cada vez que sus ojos se encontraban Em tenía que tragar antes de que el nudo en la garganta terminara por cerrarle la voz.

Kain apretaba los dedos alrededor de los de ella con una firmeza que no tenía nada que ver con cómo se sentía por dentro.

Llevaba toda la mañana buscando entereza donde podía, aferrándose a tareas concretas, al equipaje, a las horas, a cualquier cosa que le permitiera no pensar todavía en el momento exacto en que tendría que soltarle la mano.

Em, por su parte, intentaba concentrarse en el movimiento del aeropuerto, en las pantallas, en la gente que pasaba con sus propios viajes y despedidas. Nada funcionaba demasiado. Cada pocos pasos terminaba mirando otra vez a Kain y encontrándolo ya observándola.

Él no decía nada. Solo volvía a apretarle la mano.

—Em —dijo Piers.

Ella apenas alcanzó a volverse cuando él se acercó y la rodeó con ambos brazos.

—Permiso, hermano.

Antes de que Kain pudiera responder, Piers la levantó del suelo y Em soltó una risa sorprendida mientras se aferraba a sus hombros. Él la sostuvo unos segundos en el aire, apretándola con fuerza contra su pecho.

—Ni una francesa, ni una rusa, ni una ucraniana podría haber sido mejor que tú —dijo antes de bajarla con cuidado—. Buena suerte, chica del intercambio.

Em sonrió con los ojos ya húmedos.

—Gracias, Piers.

—No estoy tan seguro —intervino Kain, intentando aligerar el ambiente.

Em y Tim reaccionaron casi al mismo tiempo. Los dos le dieron un golpe en el abdomen.

Kain se dobló apenas, sorprendido.

—¡Joder! ¿Qué les pasa?

Tim soltó una carcajada mientras Em también reía, todavía limpiándose discretamente bajo un ojo.

—Te lo merecías —dijo Tim.

Kain se enderezó y los miró a ambos con abierta indignación, aunque la sonrisa terminó apareciendo de todas maneras.

Tim la abrazó después, esta vez sin ninguna broma preparada. La estrechó contra él con ambos brazos y Em apoyó la mejilla sobre su hombro.

—Qué gran amiga has sido, Em. Te quiero. No dejes de enviarnos mensajes. Kim también te quiere; los dos te queremos.

Em cerró los ojos y lo abrazó con más fuerza.

Durante unos segundos permanecieron así, hasta que ella se inclinó apenas hacia su oído y le dijo algo demasiado bajo para que los demás alcanzaran a escucharlo.

Tim se quedó inmóvil un momento. Cuando Em se apartó, ambos se miraron y sonrieron con una complicidad que despertó de inmediato la curiosidad de Piers y Kain, pero ninguno explicó nada.

Piers miró a Kain y después hacia la zona de seguridad.

—Te esperamos en el estacionamiento, Kain.

Tim entendió de inmediato. Le dio una última sonrisa a Em, recogió el carro vacío y siguió a Piers sin añadir nada más.

Kain y Em quedaron solos.

—¿Con que cualquier mujer de Europa del Este? —preguntó Em con una sonrisa.

Kain la rodeó con ambos brazos y la acercó contra él.

—Mientras tuviera tus ojos y tu color de pelo.

Em soltó una risa al mismo tiempo que él, y durante unos segundos los dos permanecieron abrazados, todavía sonriendo pese a todo lo que les costaba aquella despedida.

Ella habría dado cualquier cosa por obligar a aquellos minutos a obedecer otras leyes.

Sabía que, en relatividad, dos relojes podían dejar de medir el tiempo de la misma manera según la velocidad y la gravedad; en ese momento habría aceptado cualquier imposibilidad física con tal de que el reloj del aeropuerto siguiera avanzando para todos menos para ellos.

Porque, Dios, cuánto le costaba desprenderse de él.

Del olor de su piel todavía mezclado con la colonia, de sus brazos rodeándola, del cabello claro que le rozaba los dedos cuando le acariciaba la nuca y hasta de aquella estúpida sonrisa engreída que tantas veces había deseado borrar de su cara.

Dentro de unos minutos ya no podría extender la mano y encontrarlo delante de ella.

Habría kilómetros, horarios, llamadas y una pantalla ocupando el lugar de todo aquello que durante meses había podido tocar.

Kain la estrechó un poco más y Em hundió el rostro junto a su cuello, intentando memorizarlo con una desesperación que no quería mostrarle. Cuando finalmente levantó la cabeza, ambos sabían que seguir alargando aquella despedida solo conseguiría hacerla más difícil.

Con el corazón encogido, Em buscó su boca. Se besaron una última vez. Sin prisa, aferrados el uno al otro, hasta que tuvieron que separarse para respirar. Kain mantuvo la frente contra la suya y le acarició la mejilla con el pulgar.

—Te amo, Em.

Cuando anunciaron su vuelo, Em supo que ya no podía seguir aplazándolo. Se separó de Kain con esfuerzo, tomó la mochila y se la acomodó sobre un hombro antes de echar a andar. Cada paso parecía exigirle más voluntad que el anterior.

—¿Em?

Ya había avanzado unos metros cuando la voz de Kain la obligó a detenerse. Se volvió por completo.

—¿Todavía sigues escribiendo el blog, verdad?

La pregunta la tomó tan desprevenida que una sonrisa apareció entre toda la emoción que todavía llevaba en el rostro.

—Sí…

Kain metió las manos en los bolsillos y la miró desde donde había quedado, con el cabello plateado algo revuelto y aquella sonrisa engreída que ella conocía demasiado bien.

—Entonces tendré que mandarte material sobre el señor Maligno cuando ama a una mujer y no puede dejar de pensar en ella.

Em se quedó mirándolo antes de soltar una risa. Varias personas alrededor también rieron al escuchar aquella declaración lanzada en medio del aeropuerto, aunque evidentemente ninguna entendía quién demonios era el señor Maligno.

Kain solo tenía ojos para ella.

Em negó con la cabeza, todavía riéndose, y levantó una mano para despedirse antes de continuar. Quienes habían escuchado quizá no entendían la broma, pero tampoco hacía falta: bastaba mirar a esos dos para darse cuenta de cuánto se querían.