Un intercambio de locos Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Meses antes, todos aquellos diseños existían únicamente entre papeles, muestras y borradores. Ahora algunos formaban parte de una casa real, y Em había conseguido convencer a Kain de que también necesitaba un lugar donde mostrarlos.

La idea de la página web había sido suya.

Ella lo ayudó a seleccionar las fotografías, ordenar los proyectos y decidir qué trabajos representaban mejor lo que él hacía.

Kain se entusiasmó mucho más de lo que había esperado cuando empezó a ver sus diseños reunidos y, al darse cuenta de que necesitaban ayuda con la parte técnica, ambos pensaron en Steve.

El compañero de astrofísica resultó manejar programación y sistemas computacionales bastante mejor de lo que Kain imaginaba.

Durante varias tardes trabajaron los tres alrededor del computador, organizando las imágenes, las secciones y la navegación de la página.

Kain seguía molestándolo cada vez que tenía oportunidad, pero después de aquellas horas juntos había terminado tomándolo en consideración mucho más allá de ser uno de los compañeros de Em.

Cuando terminaron de cenar, dejaron la mayor parte de la loza para después y salieron al porche.

Piers había colocado allí dos sillones mecedores de madera restaurados, todavía con algunas marcas antiguas en los brazos, orientados hacia el terreno que se perdía entre los árboles.

La noche estaba fresca para Louisiana y Em agradeció haberse puesto la chaqueta; Kain se sentó primero y, en cuanto ella ocupó el sillón de al lado, extendió una mano para atraerla hacia él.

Em terminó acomodada contra su pecho, con las piernas recogidas hacia un costado y la cabeza apoyada cerca de su hombro.

Kain balanceó lentamente el sillón mientras le acariciaba el brazo por encima de la chaqueta, y durante varios minutos ninguno pareció tener necesidad de hablar.

De vez en cuando él inclinaba la cabeza para besarle el cabello o Em levantaba el rostro y buscaba su boca, prolongando los besos hasta que el movimiento de la mecedora acababa deteniéndose.

Después de uno de ellos, Em permaneció muy cerca, con los dedos todavía enlazados detrás de su nuca. Lo miró y la expresión que había mantenido durante la cena terminó cediendo.

—Kain… voy a extrañarte mucho.

Él dejó de mover el sillón.

—Sin verte todos los días —continuó Em, bajando la mirada hacia el cuello de su camisa—. Sin encontrarte en la cocina, sin escucharte llegar, sin que aparezcas cuando estoy estudiando solo para molestarme. Hasta voy a echar de menos que me digas Michigan cada cinco minutos.

Kain le pasó una mano por la espalda y la acercó un poco más, pero Em siguió hablando antes de que pudiera interrumpirla.

—Yo tenía todo planeado. Venía a estudiar, terminar el intercambio, volver a Michigan y seguir con mi carrera. Eso era todo. —Levantó nuevamente los ojos hacia él—. El problema es que mis cálculos no contemplaban una variable tan peligrosamente magnética como tú.

La sonrisa que intentó formar no terminó de sostenerse.

Durante meses había contado los días según clases, entregas, turnos en Holler y actividades de la universidad; ahora que quedaban tan pocos, la parte que no sabía ordenar era precisamente la que nunca había contemplado cuando preparó aquella primera maleta.

Sí, conviene bajarle un poco el dramatismo para que suene más creíble:

—No sé cómo va a ser volver a mi vida después de esto —admitió—. Supongo que voy a tener que acostumbrarme.

Kain le sostuvo el rostro con una mano y la besó despacio. Em cerró los ojos y se aferró a la tela de su camisa, quedándose contra él cuando el beso terminó.

—No quiero perderte —murmuró.

Kain la observó en silencio. Sabía que tenía que dejarla partir y que cualquier intento por retenerla convertiría aquellas últimas dos semanas en una despedida más cruel.

Tampoco quería provocar una pelea ni empujarla a alejarse para facilitar las cosas.

La miró con una atención que casi dolía, deteniéndose en esa expresión más segura que había adquirido durante los meses en Louisiana, en la manera en que ahora sonreía con menos cautela y en el brillo que parecía acompañarla incluso cuando hablaba de marcharse.

Le acarició la mejilla con el pulgar.

—Voy a estar contigo, Em. En un mensaje, en una llamada, en una carta si hace falta.

Ella frunció el ceño y terminó soltando una risa pequeña entre toda aquella emoción.

—¿Bobo, me vas a mandar cartas en este siglo?

La sonrisa de Kain apareció apenas.

—Si tengo que enviarlas para que sepas que, de alguna forma, sigo presente contigo, lo haré.

Em lo miró durante unos segundos antes de apoyar la frente contra la suya. Kain le rodeó la espalda con ambos brazos y la mantuvo cerca mientras el sillón volvía a moverse lentamente bajo ellos.

—Debes seguir tu sueño, Em. Terminar tu carrera. Yo no me voy a ir a ninguna parte y ya veremos cómo solucionamos lo demás, pero primero eres tú. ¿Me entiendes?

Ella permaneció mirándolo. Kain le sostuvo el rostro entre las manos y esperó hasta asegurarse de que no apartara los ojos.

—Te amo, Em. Me moriría si por mí dejaras de ser tú.

La expresión de ella se quebró apenas y Kain la acercó enseguida contra su pecho, rodeándola con los brazos mientras Em escondía el rostro junto a su cuello. La sostuvo así, sin apresurarla, mientras la mecedora continuaba moviéndose bajo ambos.

Kain la mantuvo entre sus brazos durante largo rato, besándola de vez en cuando mientras la noche avanzaba alrededor del porche.

Em terminó acomodándose sobre él y los besos fueron cambiando, perdiendo poco a poco la tristeza que había acompañado la conversación hasta recuperar el deseo que siempre parecía aparecer cuando estaban demasiado cerca.

Ninguno tuvo intención de regresar al interior.

Entre caricias, besos y palabras dichas muy cerca, terminaron amándose allí, protegidos por la oscuridad del terreno y el silencio de una casa que todavía estaba a medio construir.

Kain habría preferido morir antes que reconocerlo delante de su hermano, pero el idiota de Tim había acertado: había terminado inaugurando la casa de Piers de una manera que seguramente le ganaría otra persecución si alguna vez se enteraba.

Después permanecieron abrazados en el porche, todavía compartiendo el calor del otro mientras hablaban de Michigan, Louisiana y de todo lo que intentarían conservar cuando los kilómetros aparecieran entre ellos.

Prometieron llamadas, mensajes, y hasta aquellas cartas que Em seguía encontrando anticuadas.

Eran promesas que ninguno sabía todavía cómo cumpliría, pero ambos querían tener la oportunidad de intentarlo.

* * *

La mañana de la partida llegó con las dos maletas cerradas junto a la puerta de la habitación y el telescopio nuevo embalado con un cuidado casi excesivo.

Steve había ido la tarde anterior para ayudarla a desmontarlo y proteger cada pieza antes del viaje.

Entre los dos aseguraron el tubo óptico, la montura y los accesorios con espuma y material de protección, mientras Em revisaba dos veces que nada pudiera moverse dentro de las cajas.

El viejo telescopio con el que había llegado meses atrás ya formaba parte de otra etapa. Ahora volvía a Michigan con uno mucho mejor y con bastante más de lo que había llevado a Louisiana.

La segunda maleta había sido idea de Kain.

Cuando vio a Em intentando repartir libros, regalos, ropa y todo lo acumulado durante aquellos meses en una sola, desapareció una tarde y regresó con otra más grande y moderna.

También estaba dispuesto a pagar el equipaje adicional para que Em pudiera llevarse todo con tranquilidad, sin tener que preocuparse por cuánto cabía o cuánto costaba.

Em había protestado de todos modos, aunque terminó aceptando después de comprobar que la alternativa consistía en aplastar media vida de Louisiana dentro de una cremallera que apenas cerraba.

Abajo, la casona estaba mucho menos silenciosa de lo que habría esperado a aquella hora.

Sebastián había llegado temprano junto al señor Holler y ambos esperaban en la sala mientras hablaban con Tim.

El propietario de la cafetería llevaba una bolsa de papel apoyada junto a los pies y Sebastián había aparecido con dos cafés, aunque uno permanecía intacto sobre la mesa porque insistía en que era para Em cuando terminara de bajar.

Piers iba y venía entre la cocina y la entrada revisando la hora, los documentos del viaje y el espacio disponible en la camioneta, aunque Em ya había repetido varias veces que llevaba todo.

Kimberly también estaba allí y ayudaba a Tim con una bolsa pequeña de regalos que todavía tenían que decidir dónde colocar.

Kain intentaba mantenerse tranquilo. No quería que Em lo mirara y encontrara en su cara todo lo que él estaba haciendo por no pensar todavía en el aeropuerto, en la puerta de embarque ni en la habitación vacía que quedaría después.

Si conseguía comportarse con normalidad, quizá ella también tendría un poco más fácil aquella mañana.

El ruido de una maleta sobre el piso superior lo hizo levantar la cabeza.

Em apareció al fondo de la escalera con la mochila sobre un hombro y una expresión que mezclaba nervios y emoción.

Kain la observó apenas unos segundos antes de moverse.

Subió los primeros peldaños con rapidez y llegó hasta ella antes de que intentara bajar cargando todo el equipaje.

—Dame eso —dijo, tomando la maleta por el asa antes de inclinarse para darle un beso en la mejilla.

Em cerró los ojos un momento al sentirlo y, cuando volvió a abrirlos, Kain seguía muy cerca. No dijo nada más. Le bastó con rozarle el brazo antes de empezar a bajar las maletas él mismo.

Kain estaba terminando de acomodar una de las maletas en la parte trasera de la camioneta cuando escuchó un motor acercándose por la grava. Cerró la compuerta a medias y volvió la cabeza justo cuando el descapotable de Megan entraba en la propiedad.