Capítulo 29
La casa había cambiado lo suficiente para que nadie tuviera que entrar sin tener que esquivar tablas sueltas, ni herramientas repartidas por el suelo, aunque seguía estando lejos de la restauración que Piers tenía proyectada.
Durante las últimas semanas habían reforzado parte del porche, reparado varias ventanas y comenzado a trabajar en las instalaciones, pero buena parte de las habitaciones todavía conservaba paredes desnudas, molduras esperando reparación y sectores marcados con cinta donde más adelante tendrían que intervenir.
Aquella tarde, sin embargo, el primer piso estaba limpio.
Kain había conseguido que sus hermanos pasaran buena parte del sábado allí con él.
Abrieron las ventanas durante varias horas, retiraron cajas y materiales de la sala principal, limpiaron el piso de madera y trasladaron una mesa hasta una habitación lateral que ya tenía electricidad y daba hacia la parte trasera del terreno.
Piers incluso había llevado dos sillas que estaban guardadas en uno de los depósitos y que pensaba restaurar más adelante.
Tim dejó caer el trapo sobre la mesa y se apoyó contra el respaldo de una de ellas.
—Estoy muerto.
Tenía polvo en el cabello, una mancha oscura atravesándole la camiseta y la expresión de quien llevaba horas lamentando haber aceptado ayudar.
Kain continuó colocando platos sobre la mesa.
—Has trabajado menos que nosotros —le contestó Kain, también sudado y visiblemente cansado.
—Técnicamente, hermano, he limpiado una casa que ni siquiera es mía para que tú puedas tener una cita.
Piers apareció desde el corredor con una caja de herramientas bajo el brazo.
—Técnicamente, has estado limpiando mi casa.
Tim giró hacia él.
—Sí, y supongo que ya sabemos cómo la va a inaugurar Kain.
No alcanzó a terminar de sonreír. Kain ya había dejado lo que tenía en las manos y avanzaba directamente hacia él con una expresión que borró cualquier duda sobre sus intenciones.
—Ven acá, hijo de puta.
Tim retrocedió de inmediato, todavía riéndose, y levantó ambas manos mientras intentaba mantener una silla entre los dos. Kain rodeó la mesa sin reducir el paso, dispuesto a echarle las manos al cuello aunque solo fuera para obligarlo a tragarse la broma.
—Era una observación —protestó Tim mientras se apartaba hacia el corredor—. Una observación perfectamente razonable.
Kain consiguió agarrarlo por la camiseta antes de que llegara a la puerta y tiró de él hacia atrás.
—Voy a hacer que inaugures tú la casa atravesando una pared —agregó Kain entre divertido e indignado.
Piers permaneció junto a la caja de herramientas, observándolos forcejear con una expresión resignada.
—Intenten no romper nada. Llevo demasiado dinero metido aquí como para empezar a reparar daños causados por ustedes.
* * *
De regreso en la casa, Kain la esperó en la sala después de ducharse y cambiarse.
Se había puesto una camisa clara remangada hasta los antebrazos y unos jeans oscuros, y había aprovechado de cortarse un poco el cabello.
Seguía llevándolo más largo de lo habitual, con esos mechones claros que casi siempre le caían sobre la frente, pero ahora el contorno estaba más limpio y la nuca despejada, como si hubiera intentado parecer menos salvaje sin conseguirlo del todo.
En la cocina, Tim estaba sentado sobre uno de los taburetes de la isla con Kimberly entre las piernas, entretenido en una conversación que cambiaba de tema cada treinta segundos.
Piers permanecía al otro lado con un vaso en la mano, apoyado sobre la encimera y observando a sus hermanos con esa mezcla de resignación y distancia que parecía acompañarlo incluso dentro de su propia casa.
Kain, en cambio, apenas prestaba atención a nada de lo que ocurría alrededor.
Había mirado dos veces en menos de cinco minutos el reloj que Em le había regalado por su cumpleaños y seguía de pie junto a la sala, como si quedarse quieto le costara más que limpiar una casa entera para una cita.
El sonido de pasos en la escalera hizo que los tres levantaran la cabeza al mismo tiempo.
Em apareció en el tramo superior y durante un segundo ninguno dijo nada.
Bajó despacio, una mano rozando la baranda, con el cabello recogido de manera suelta y algunos mechones oscuros enmarcándole el rostro.
Llevaba una chaqueta de cuero negra sobre un top blanco y una falda satinada verde oliva que le caía hasta media pierna, acompañada por unas botas oscuras que le daban al conjunto un aire más seguro sin quitarle sencillez.
Era una forma de arreglarse que seguía siendo completamente suya: femenina, cuidada y sin esfuerzo aparente, como si no hubiera necesitado convertirse en otra persona para verse distinta.
Tim fue el primero en reaccionar.
—¡Mírala! —soltó, enderezándose sobre el taburete—. Michigan, te ves increíble.
Kimberly sonrió de inmediato y dio un pequeño golpe en el brazo de Tim para apartarlo cuando este hizo ademán de levantarse.
—Te ves hermosa, Em —dijo ella, mirando hacia la escalera.
Piers alzó el vaso a modo de aprobación.
—Si, preciosa.
Los vítores empezaron casi al mismo tiempo.
Tim exageró con un silbido que consiguió arrancarle una risa a Kimberly, Piers negó con la cabeza pero no hizo nada por detener el espectáculo y desde la sala Kain continuó mirándola en silencio, con una expresión que valía bastante más que cualquier comentario de sus hermanos.
Em bajó otro peldaño, notando cómo el calor le subía a las mejillas.
Cuando terminó de bajar la escalera, Kain se acercó sin esperar más.
La alcanzó justo en el último peldaño, le pasó una mano por la cintura y la atrajo hacia él con un gesto posesivo que hizo que Tim soltara un ruido de aprobación inmediatamente censurado por Kimberly.
Em apenas tuvo tiempo de mirarlo antes de que Kain se inclinara y le dejara un beso en la boca, breve pero suficiente para dejar claro que aquella noche llevaba esperándola un buen rato.
Cuando se separó, no soltó su cintura.
—Te ves preciosa —murmuró, ya sin prestar atención a nadie más.
Em apoyó una mano en su pecho y sonrió.
—Tú no estás nada mal.
La sonrisa engreída apareció de inmediato en el rostro de Kain.
—Lo sé.
Em negó con la cabeza, divertida, y él buscó su mano. Entrelazó los dedos con los de ella mientras ambos se despedían de Piers, Tim y Kimberly antes de dirigirse hacia la puerta.
Salieron juntos de la casa y caminaron hacia la camioneta todavía tomados de la mano.
El trayecto hasta la casa fue lo bastante corto para que Em reconociera el camino antes de que Kain tomara el último desvío. Miró por la ventanilla y después hacia él, aunque Kain continuó conduciendo con una sonrisa demasiado satisfecha consigo mismo para fingir que no había notado su reacción.
—¿Vamos a la casa de Piers?
—Puede ser.
—Kain.
Él mantuvo los ojos en el camino.
—Ya casi llegamos, así que puedes comprobarlo tú misma.
La camioneta avanzó por la entrada y se detuvo frente a la propiedad.
Em había estado allí meses atrás, cuando Piers todavía evaluaba si valía la pena comprarla, y recordaba bien el porche vencido por la humedad, las contraventanas deterioradas y la vegetación que parecía haber comenzado a reclamar los bordes de la construcción.
Seguía siendo una casa en restauración y bastaba mirar hacia uno de los costados para encontrar materiales cubiertos con lonas y zonas donde la madera nueva contrastaba con la antigua, pero el frente ya no daba la impresión de estar esperando el derrumbe.
Kain bajó primero y rodeó la camioneta mientras Em seguía examinando los cambios. Cuando abrió su puerta, ella aceptó la mano que le ofrecía y descendió sin soltarla.
—Han avanzado mucho.
—Piers prácticamente vive pensando en esta casa. Si pudiera dormir abrazado a los planos, lo haría.
Em sonrió y siguió con la mirada la línea restaurada del porche. No añadió nada más. Subieron los escalones y él abrió la puerta principal, esperando a que Em entrara antes de hacerlo detrás.
El cambio era todavía mayor en el interior.
La entrada conservaba parte de las maderas originales que Piers había querido salvar, ya limpias y reparadas, mientras el corredor desembocaba en una zona donde las obras estaban bastante más avanzadas.
Algunas habitaciones permanecían cerradas y en otras podían verse herramientas o materiales apilados junto a las paredes, pero el comedor y una parte de la cocina habían dejado de parecer espacios en construcción.
Em avanzó lentamente.
En el comedor, un suelo de baldosas negras y blancas formaba un damero que recorría toda la estancia hasta las grandes puertas acristaladas del fondo.
Los marcos oscuros resaltaban contra las paredes claras y una serie de lámparas de fibras tejidas descendía sobre la mesa a diferentes alturas, mezcladas con otras piezas más pequeñas que Kain había elegido para romper la simetría.
Una de las paredes estaba ocupada por un mural de vegetación exuberante, con hojas grandes, agua y tonos verdes que continuaban hacia una zona de descanso donde habían colocado varias sillas de ratán.
Em giró despacio para abarcarlo entero.
Se volvió hacia él con una sonrisa imposible de disimular.
—Es tu diseño.
Kain apoyó un hombro contra el marco de la puerta.
—Parte de él.
—No. —Em volvió a mirar alrededor y después regresó los ojos hacia él—. Se nota que es tuyo.
El orgullo en su voz hizo que Kain dejara de sonreír por un instante, sintiendo algo cálido expandírsele en el pecho.
Em conocía el tiempo que dedicaba a aquellas composiciones, las veces que había descartado un patrón porque una repetición no funcionaba o porque un color alteraba demasiado el conjunto.
También sabía cuánto le había costado empezar a tratar aquella faceta como algo más que una parte secundaria de su trabajo.
—Está precioso, Kain. Los patrones, las lámparas… también elegiste el suelo.