Capítulo 28 #2
Piers no respondió de inmediato. La rabia con la que había entrado en aquella sala perdió fuerza mientras observaba a su hermano.
No hacía tanto que él mismo había mirado a Em de otra manera.
Había pensado en ella mientras recorría aquella casa antigua que quería restaurar, había imaginado lo fácil que resultaba tenerla cerca haciendo preguntas, interesándose por los planos y acompañándolo durante horas sin convertir cada silencio en un problema.
Incluso había llegado a preguntarse cómo sería compartir su vida con una mujer así, aunque la diferencia de edad y todo lo que rodeaba al intercambio habían bastado para que nunca llevara aquella idea demasiado lejos.
Verlos juntos le provocó una punzada de envidia.
No por Em, sino por lo que Kain había encontrado con ella.
Su hermano, precisamente él, que durante años había pasado de una relación a otra sin esperar demasiado de ninguna, parecía haber encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
Piers llevaba suficiente tiempo observándolos como para entender que aquello ya no se parecía en nada a las historias anteriores de Kain.
Pensándolo desde ese lugar, acorralarlo entre Tim y él empezaba a parecer bastante estúpido.
Kain ya había aceptado, aunque hubiera necesitado semanas para hacerlo, que quería a Em; había dejado de llevar mujeres a la casa, sabía dónde estaba ella sin necesidad de preguntar y acababa de ponerse furioso ante la sola insinuación de que pudiera hacerle daño.
Piers bajó un poco los hombros y dejó de mirarlo como si estuviera esperando descubrir una mentira.
Kain continuaba frente a sus hermanos con los hombros tensos y la respiración alterada después de aquella confesión que prácticamente les había gritado.
No reparó en Em hasta que Piers desvió los ojos por encima de su hombro y cambió ligeramente la expresión.
Tim siguió la dirección de su mirada, pero ninguno alcanzó a decir nada antes de que ella avanzara. Kain se volvió.
Toda la rabia que todavía llevaba encima pareció detenerse al verla.
No sabía cuánto había escuchado ni desde qué momento estaba allí, y durante un segundo se quedó completamente quieto mientras Em cruzaba el espacio que los separaba.
Ella no miró a Piers ni a Tim; caminó directamente hacia Kain y, al llegar a su lado, buscó su mano.
Entrelazó los dedos con los suyos.
Kain bajó la vista hacia sus manos y después volvió a mirarla. Em apenas sonrió, con una expresión que consiguió ponerlo más nervioso que toda la persecución alrededor de la piscina.
—Si han montado todo esto porque les preocupa lo que pueda pasarme, algún cariño deben de tenerme. Pero no necesito que me cuiden de Kain.
Tim dejó escapar el aire y se pasó una mano por la nuca, repentinamente mucho menos seguro de la autoridad con la que había entrado en aquella conversación. Piers descruzó los brazos y observó a Em durante unos segundos antes de responder.
—Claro que te tenemos cariño, Em —admitió, algo avergonzado por todo el espectáculo.
Ella sonrió un poco más. Piers miró brevemente a Tim y después regresó a ella.
—Sabemos que no fuimos precisamente los mejores anfitriones cuando llegaste. Ni siquiera sabíamos que venías y durante los primeros días probablemente hicimos todo bastante peor de lo necesario.
—Bastante —confirmó Em.
Tim soltó una pequeña risa.
—Sí, bastante.
La tensión que había llenado la sala empezó a disminuir, aunque Kain todavía sostenía con fuerza la mano de Em. Su pulgar se movió sobre los dedos de ella mientras escuchaba a sus hermanos, sin intervenir.
—Pero te has metido en nuestros corazones de alguna forma —continuó Piers—. Tal como eres. Con tus libros, tus estrellas, tus horarios imposibles y todas esas preguntas raras que haces.
Em bajó la mirada durante un momento, sorprendida por la sencillez con la que lo había dicho.
Tim se acercó un poco más.
—Ya eres parte de esta casa, Em, y sabemos que te queda poco tiempo acá. No queremos que esos últimos meses terminen mal por ninguna estupidez nuestra… o de este idiota —añadió, señalando a Kain con la barbilla.
Kain entrecerró los ojos. Em apretó la mano de él antes de que respondiera y volvió a mirar a los dos hermanos.
La preocupación que los había llevado a perseguirlo por media casa podía resultar excesiva, absurda y bastante propia de los Ferman, pero detrás de todo aquello había una verdad que no esperaba escuchar de manera tan directa.
—Gracias —dijo—. En serio.
Tim abrió los brazos con una sonrisa.
—Ven acá.
Em soltó la mano de Kain y apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Tim la envolviera en un abrazo. Piers negó con la cabeza ante el entusiasmo de su hermano, aunque terminó acercándose también y apoyó una mano sobre el hombro de Em cuando Tim la dejó respirar.
Kain los observó desde un costado.
—¿Ya terminaron de adoptar oficialmente a mi Michigan o necesitan llenar algún formulario? —Kain los miró a los tres con el ceño fruncido, todavía ofendido por la persecución—. Malditos cabrones de mierda.
Los tres volvieron la cabeza hacia él. Em fue la primera en sonreír.
* * *
Las semanas siguientes avanzaron con rapidez.
Halloween convirtió otra vez la casa de los Ferman en una fiesta llena de disfraces, música, cerveza y gente entrando y saliendo hasta la madrugada, y poco después llegaron también sus cumpleaños, separados por apenas unos días.
Em y Kain llevaban su relación con naturalidad, sin necesidad de exhibirla delante de nadie.
Para el cumpleaños de Kain, Em había pasado varios días buscando algo que realmente pudiera sorprenderlo.
Él podía comprarse prácticamente cualquier cosa que quisiera y, para desesperación de ella, tampoco era un hombre especialmente complicado con sus gustos.
Hasta que encontró un reloj de diseño poco común, con una esfera azul profundo salpicada de estrellas y pequeños detalles astronómicos.
Era mucho más caro de lo que alguna vez habría considerado gastar en un regalo, pero los últimos cheques del blog le permitían hacerlo sin quedarse contando cada dólar.
Lo compró sin pensarlo demasiado. Si Kain había sido capaz de regalarle un telescopio, ella también podía permitirse darle algo que pareciera hecho especialmente para él.
Megan también terminó formando parte de su rutina. Contra cualquier pronóstico después de aquella primera tarde, se había convertido en su acompañante habitual para ir de compras y en una de las personas a las que Em recurría cuando necesitaba elegir regalos sin pasar horas comparando opciones.
En Acción de Gracias, Lydia regresó y la casa volvió a llenarse de familiares, amigos, parejas y comida suficiente para varias mesas.
Em celebró con ellos, habló por videollamada con Penny y Laura y terminó la noche rodeada por los Ferman con la sensación de llevar mucho más de unos meses viviendo allí.
Diciembre llegó demasiado pronto. Entre los últimos trabajos de la universidad y sus turnos en Holler, confirmó la fecha del vuelo de regreso a Michigan y empezó a guardar en su habitación nueva los regalos comprados con Megan, la ropa que ya no utilizaría y algunas de las cosas acumuladas durante el intercambio.
La maleta abierta junto a la cama volvió imposible ignorar cuánto faltaba para marcharse.
* * *
Dos semanas antes de su vuelo a Michigan, Em salió del edificio de ciencias con una carpeta azul apretada contra el pecho y la sensación incómoda de que aquella mañana había terminado demasiado rápido.
El certificado de finalización del intercambio estaba guardado dentro junto con el informe académico, varias firmas administrativas y unas calificaciones que había revisado tres veces aunque ya conociera los resultados.
Había obtenido sobresalientes en casi todas las asignaturas y, durante la pequeña ceremonia de despedida para los estudiantes internacionales, dos de sus profesores se habían detenido a hablar con ella antes de marcharse.
Uno de ellos había destacado su facilidad para hacer preguntas que obligaban a mirar un problema desde otro ángulo, en vez de quedarse con la respuesta más evidente.
El otro le había dicho que había sido un placer tener en clase a una estudiante tan dedicada, curiosa y cercana, sobre todo porque nunca convertía sus buenos resultados en una competencia con los demás.
Em agradeció ambos comentarios con las mejillas encendidas, mucho más cómoda resolviendo ecuaciones frente a una pizarra que escuchando elogios sobre sí misma.
Al atravesar las puertas exteriores encontró a sus compañeros agrupados cerca de la escalinata.
Steve fue el primero en verla y comenzó a aplaudir con tanta fuerza que varias personas que caminaban por el campus volvieron la cabeza.
Dean y Sam se sumaron inmediatamente, mientras Luise y Gina levantaban los brazos por encima de la cabeza como si acabaran de anunciar a la ganadora de alguna competencia nacional.
—No hagan eso —protestó Em mientras descendía los escalones, intentando ocultar la sonrisa que ya le había aparecido—. En serio, paren.
—Demasiado tarde —respondió Steve sin dejar de aplaudir—. Tenemos confirmación oficial de que Michigan nos envió a una nerd certificada.
—El certificado dice que completé el intercambio.
—Déjame interpretar los documentos a mi manera.
Em llegó hasta ellos y recibió primero el abrazo de Gina, seguido por Luise y después por una sucesión bastante menos organizada del resto.
Habían pasado meses compartiendo trabajos, observaciones, cafés y discusiones académicas que con frecuencia acababan desviándose hacia cualquier otro asunto, y verla allí con el certificado bajo el brazo convertía de pronto en definitivo algo que todos llevaban semanas evitando mencionar demasiado.