Un intercambio de locos Capítulo 28
88%

Capítulo 28

A esas alturas de la fiesta, nadie estaba demasiado pendiente de quién hablaba con quién.

La música llegaba desde los parlantes junto a la piscina, varias personas ocupaban las sillas del patio y otras entraban y salían de la casa buscando bebidas.

Piers permanecía cerca de una de las mesas con una mujer apoyada a su lado, mientras Tim conversaba con Kimberly junto al borde de la piscina.

Tras varios minutos de charla con Gina, Em cruzó hacia el lugar del patio donde Kain conversaba con Beau y otro amigo, sosteniendo una cerveza en la mano con los mechones casi blancos alborotados por el calor ambiental; bastó que ella se aproximara para que él ladeara la cabeza al instante y recibiera lo que tenía que decirle al oído, una cercanía que Piers registró al vuelo desde el extremo opuesto del salón mientras el comentario remataba en una carcajada franca de Kain y en la risa cómplice de Em, quien le propinó un golpe juguetón en el brazo antes de retroceder un paso, ajenos ambos al silencio súbito de Tim, cuya atención se había despegado por completo de la conversación con Kimberly en una distracción que se repetía por enésima vez a lo largo de la noche.

Habían intercambiado miradas desde lugares distintos del patio. Nada resultaba especialmente comprometedor, pero después de convivir con ambos durante meses estaban viendo una familiaridad nueva en la manera en que se buscaban.

Tim terminó acercándose a su hermano cuando Kimberly se dirigió hacia una de las mesas.

—¿No encuentras que hay algo raro entre ellos?

Piers giró apenas la cabeza.

—Llevo un rato mirándolos.

—Yo también —agregó Tim, con sospecha.

Kain deslizó un brazo alrededor de la cintura de Em y la atrajo contra su costado entre risas, con una naturalidad demasiado íntima para pasar inadvertida.

Piers dejó la cerveza sobre la mesa con una lentitud deliberada, sin apartar los ojos de ellos, mientras Tim se quedaba a medio camino de decir algo, con la boca entreabierta y la mirada saltando de uno al otro.

Em apoyó una mano sobre el pecho de Kain, todavía riéndose, como si aquella cercanía entre ambos fuera ya la cosa más normal del mundo.

—Maldito hijo de puta —murmuró Tim.

Piers ya había empezado a caminar.

—Ese cabrón.

Tim lo siguió de inmediato.

La acompañante de Piers se quedó inmóvil observándolos alejarse sin entender el motivo de la desbandada, mientras Kimberly regresaba justo a tiempo para registrar el avance sincronizado de los dos hermanos a través del patio con una determinación poco tranquilizadora; al advertir el movimiento, la risa se le extinguió a Kain de golpe en el semblante al toparse con Piers cerrándole el paso por la izquierda y Tim plantándose casi encima desde el flanco opuesto, ambos cargando una expresión que él conocía desde los días de la infancia, de modo que sus ojos saltaron de uno a otro antes de descender hacia Em, que continuaba recostada contra su costado ajena por completo a la tormenta que acababa de cercarlos.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Kain guardó silencio mientras retiraba el brazo de la cintura de Em y la apartaba apenas hacia un lado con una mano en el costado, lo suficiente para sacarla de en medio.

Ella apenas alcanzó a fruncir el ceño, desconcertada, antes de que él diera un paso largo hacia atrás, justo cuando Piers acortaba la distancia con zancadas rápidas y los puños cerrados a los costados.

Kain dio media vuelta y salió corriendo.

—¡Kainne! —gritó Piers detrás de él.

La reacción provocó que varias personas alrededor de la piscina volvieran la cabeza. Kain esquivó una silla, pasó entre dos invitados y cruzó hacia el otro extremo del patio mientras Tim iba detrás de él.

—¡Ven acá, imbécil!

—¡No!

Aquella respuesta consiguió que Tim corriera todavía más rápido.

Em permaneció donde la había dejado, mirando primero a los tres hermanos y después a Beau, que ya empezaba a reírse porque había entendido perfectamente qué había desatado la persecución.

Había visto el intercambio entre Em y Kain y, después de lo del telescopio y de aquella carrera por el patio a causa del blog, la cercanía entre ambos no le resultó precisamente sorprendente.

Kain rodeó la piscina y estuvo a punto de chocar con una mesa antes de cambiar de dirección. Piers venía detrás con menos velocidad que Tim, pero cerrándole el paso por el otro lado con suficiente experiencia como hermano mayor para anticipar hacia dónde intentaría escapar.

—¡De todas las mujeres, idiota! —gritó Tim mientras conseguía acercarse—. ¡No puedes jugar con ella!

Kain se volvió mientras seguía retrocediendo.

—¡No estoy jugando con ella! —contestó Kain, indignado.

Piers aprovechó aquel segundo para alcanzarlo por un brazo.

Kain intentó soltarse, pero Tim llegó inmediatamente después y le sujetó el otro hombro.

Los tres terminaron forcejeando junto al costado de la casa, lejos de la piscina pero todavía perfectamente visibles para buena parte de los invitados.

—¡Suéltenme, animales!

—¿Desde cuándo? —exigió Piers, sin aflojar la mano.

—¿Desde cuándo qué?

Tim le dio un golpe en el hombro.

—¡No te hagas el imbécil! Sabemos perfectamente qué vimos.

Kain abrió la boca para responder, pero Piers tiró de él hacia la casa antes de que alcanzara a decir nada. Tim mantuvo la sujeción del otro lado y entre ambos consiguieron hacerlo avanzar, pese a sus protestas y a los intentos por soltarse.

—¡Puedo caminar solo, joder! —gruñó, intentando liberarse del agarre de Piers—. ¿Qué mierda les pasa?

Algunas personas se apartaron para dejarles paso y otras siguieron la escena con evidente curiosidad, aunque ninguno de los tres parecía especialmente preocupado por el espectáculo que estaban dando.

Em permaneció cerca de la piscina junto a Beau, todavía intentando decidir si debía intervenir o esperar a que terminaran de matarse entre ellos.

Atravesaron las puertas francesas y entraron en la sala.

El sonido de la música quedó amortiguado apenas cruzaron al interior, aunque las voces del patio todavía llegaban con suficiente fuerza a través del vidrio.

Tim soltó finalmente el hombro de Kain, regresó hasta las puertas y las cerró con rapidez antes de echar las cortinas parcialmente, reduciendo de golpe la cantidad de ojos pendientes de ellos.

—¿Ahora qué? —preguntó Kain mientras se arreglaba la camiseta y miraba a ambos—. ¿Van a interrogarme?

Piers permaneció frente a él con los brazos cruzados y una expresión que Kain conocía demasiado bien.

Era la misma que utilizaba cuando descubría que alguien había ignorado una instrucción en una obra o cuando Tim llevaba una idea particularmente estúpida demasiado lejos.

La diferencia era que esta vez la atención estaba completamente puesta sobre él.

Tim se acercó desde las puertas.

—Sí.

Kain soltó una exhalación y levantó las manos.

—Perfecto. Adelante.

—¿Desde cuándo? —preguntó Piers.

Sabía exactamente a qué se refería y, precisamente por eso, no pensaba ponérselo tan fácil.

—Tendrás que ser más específico.

Tim lo miró con abierta incredulidad.

—¿Vas a seguir haciéndote el imbécil?

—Ustedes son los que me arrastraron hasta aquí. Al menos hagan bien el interrogatorio.

—Desde cuándo tú y Em están... —Tim hizo un gesto impreciso con ambas manos, frustrado por no encontrar una palabra suficientemente clara—. Así.

Kain los observó durante unos segundos y, cuando comprendió que ambos hablaban completamente en serio, soltó una risa incrédula.

Se pasó las manos por el cabello, todavía algo desordenado por el calor de la fiesta, y miró primero a Piers y después a Tim como si ninguno de los dos estuviera precisamente en posición de reclamarle nada.

—Como si tú —señaló a Piers— o tú —movió el dedo hacia Tim— no se acostaran con cualquiera cada dos por tres. Ahora resulta que ustedes dos son los guardianes de la virtud.

Terminó de acomodarse el cabello con ambas manos, todavía con aquella expresión insolente que utilizaba cuando se sentía arrinconado. Piers avanzó hacia él de inmediato y Kain dejó caer las manos al reconocer en su cara unas ganas bastante evidentes de golpearlo.

—¿Eso estás haciendo con ella, Kain? —preguntó Piers, acercándose hasta quedar a poca distancia—. ¿Te la estás llevando a la cama como a cualquiera de las otras?

Kain endureció la mandíbula, pero antes de que pudiera responder Tim se interpuso parcialmente entre ambos y puso una mano contra el pecho de Piers para impedir que avanzara más.

—Mamá nos la encargó, idiota —dijo, volviéndose hacia Kain—.

Y sí, ya sé que estás pillado por ella. Hay que estar ciego para no darse cuenta.

Pero Em se va a ir dentro de unos meses.

¿Qué vas a hacer entonces? ¿Le das un buen polvo, la dejas enamorada y después cada uno vuelve a su vida como si nada? Ella tiene mucho futuro.

—Gilipollas arrogantes. ¿Creen que conmigo no tendrá futuro? —La voz le salió casi a gritos y tuvo que pasarse una mano por el cabello antes de seguir—. La quiero, joder. La quiero.

Piers y Tim dejaron de moverse. Kain respiraba con fuerza, con los hombros tensos y la mirada fija primero en uno y después en el otro, como si todavía estuviera decidiendo a cuál de los dos mandaría al infierno antes.

—Y antes me ahorcaría si supiera que le estoy haciendo daño —continuó, más bajo, aunque sin perder la rabia—. No estoy jugando con ella. No podría hacerlo aunque quisiera.

La puerta del corredor se abrió detrás de ellos sin que ninguno de los tres lo advirtiera.

La discusión había absorbido por completo a los hermanos y, con la música de la fiesta amortiguada al otro lado de las puertas francesas, los pasos de Em se perdieron entre las últimas palabras de Kain.

Ella se quedó unos segundos cerca de la entrada, inmóvil, con la mirada puesta únicamente en él, ya había alcanzado a escuchar suficiente.