Un intercambio de locos Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Al final, Em respiró hondo y giró hacia él.

—Kain, me gustaría estar contigo.

Él apartó brevemente la mirada de la carretera y volvió a concentrarse en ella.

—¿Más veces al día? —preguntó, un tanto confundido por la ambigüedad de la frase—. Porque, Michigan, técnicamente ya estás conmigo bastante seguido.

Em frunció ligeramente el ceño. Había dedicado demasiado tiempo a reunir valor para permitir que aquel hombre convirtiera la conversación en un problema semántico.

—No me refiero a eso.

Kain volvió a mirarla de reojo.

—Entonces, ¿a qué te refieres?

Em bajó la vista hacia la mano que él tenía libre y entrelazó sus dedos con los suyos. El corazón le golpeaba con suficiente fuerza para hacerla sentir ridícula, pero ya había empezado y no pensaba retroceder.

—Quiero acostarme contigo, Kain.

La camioneta se desvió apenas hacia la línea lateral.

—¡Mierda!

Kain corrigió el volante de inmediato, comprobó el espejo y tomó la primera zona segura que encontró para apartarse de la carretera. Em se sujetó al asiento mientras él frenaba junto a la berma y, cuando el vehículo quedó detenido, lo miró entre alarmada y divertida.

—¿Qué haces?

Kain permaneció unos momentos con ambas manos alrededor del volante, respirando mientras miraba hacia el parabrisas. Después giró lentamente hacia ella.

—Acabas de decirme que quieres acostarte conmigo mientras conduzco, Em. ¿Qué mierda esperabas que hiciera?

—Seguir conduciendo.

—Pues claramente sobreestimaste mis capacidades.

Em frunció el ceño, ligeramente molesta.

—¿Siempre reaccionas así cuando una mujer te dice que quiere acostarse contigo? —preguntó Em, molesta—. Pensé que simplemente dirías que sí.

Kain la miró con seriedad.

—No —respondió con firmeza—. ¿Sabes por qué? Mírame, Em. Porque cuando tú me tocas, yo… entiéndelo bien, lo siento como si fuera la primera vez que una mujer me toca. Y me fascina. Me derrite, me vuelve loco mucho más de lo que imaginas. Así que no vuelvas a compararte con nadie.

Em bajó la vista, sonrojada y visiblemente emocionada por sus palabras.

—Kain…

Kain llevaba semanas intuyéndolo. Había aprendido a reconocer la forma en que Em reaccionaba cuando una conversación se acercaba demasiado al sexo, esa mezcla de curiosidad y nervios que a veces conseguía esconder detrás de alguna respuesta ingeniosa, y también el contraste entre las barbaridades que podía escribir sin pestañear y la manera en que respondía cuando él la tocaba.

Nunca se lo había preguntado porque no le correspondía hacerlo hasta que ella decidiera llegar allí.

Em había bajado la mirada otra vez.

—Em, mírame —dijo Kain con suavidad.

Esperó hasta que ella levantó los ojos.

—¿Has estado antes con alguien?

Kain buscó una de sus manos y entrelazó los dedos con los de ella. Em mantuvo la mirada sobre él, aunque apretó ligeramente su mano alrededor de la suya.

—No.

La respuesta dejó a Kain en silencio durante unos segundos, sin soltarle la mano. Cuando volvió a mirarla, su expresión se había vuelto completamente seria y había una preocupación evidente en sus ojos, como si necesitara asegurarse de no interpretar mal lo que Em acababa de confiarle.

—¿Lo quieres, Em? —preguntó con suavidad—. ¿Quieres que yo sea tu primera vez?

Ella sintió que el pecho se le apretaba un poco ante la forma en que lo había dicho.

—Si te lo pregunté es porque sí, Kain.

Él se pasó una mano por el cabello y apartó la vista hacia el parabrisas antes de volver a ella.

—Te lo estoy preguntando porque no quiero ser un maldito insensible contigo, Em.

No quiero que pienses que porque te regalé ese telescopio me debes algo, ni porque nos besemos o porque yo haya estado con otras mujeres esto tenga que pasar.

Y además... —volvió a llevarse la mano al cabello, esta vez con más fuerza— te vas a ir dentro de unos meses.

La última frase pareció atascarse en su garganta. Kain respiró hondo, pero el aire no llegó como esperaba y tuvo que volver a intentarlo mientras bajaba la mirada.

—Y no sabes cuánto te deseo, Em. No tienes idea. Yo...

La voz se le quebró antes de conseguir terminar. Se llevó una mano al pecho y respiró otra vez, demasiado rápido, como si todo lo que llevaba semanas intentando mantener bajo control acabara de cerrarle la garganta.

Los ojos de Em se llenaron de lágrimas. Sin pensarlo demasiado, se movió hacia él y quedó a horcajadas frente a Kain, buscando espacio entre el asiento y el volante antes de tomarle el rostro con ambas manos.

—Mírame.

Kain levantó los ojos hacia ella.

—Quiero que seas tú —dijo Em, acariciándole las mejillas con los pulgares—. No podría imaginar a nadie más para algo así. También te deseo, Kain. Sé que a veces puedo ser inmadura y que hay muchas cosas que no he vivido, pero quiero que seas tú. Ya no soy una niña. No tienes que protegerme de esto.

Kain sostuvo la mirada de Em mientras sus manos se afirmaban en su cintura.

Ya no había espacio para bromas ni provocaciones entre ellos; ambos sabían lo que acababan de decir y también cuánto pesaban aquellos meses que seguían descontándose desde que Piers se lo había recordado.

Em acercó el rostro y Kain la recibió en un beso lento, profundo, muy distinto de los que habían compartido hasta entonces.

Ella mantuvo las manos alrededor de su rostro mientras él la abrazaba con fuerza, conscientes los dos de que querían avanzar y de que el tiempo que les quedaba juntos en Louisiana ya no parecía suficiente .