Capítulo 26
El beso perdió cualquier resto de cautela cuando Em rodeó la cintura de Kain con un brazo y él la atrajo contra su cuerpo.
Entre una respiración y otra salieron del despacho sin prestar demasiada atención al recorrido, avanzando por el corredor hasta alcanzar la sala de estar.
Kain apenas consiguió sentarse antes de que Em cayera con él sobre el sofá, todavía aferrada a su cuello, y volvió a besarla mientras sus manos se cerraban alrededor de su cintura.
Em ya no estaba pensando en el sombrero, en el baile ni en la absurda propina que seguía metida entre el cuero de su cintura.
Tenía una mano perdida entre el cabello de Kain y la otra apoyada contra su costado, mientras él la besaba con el mismo descaro con que llevaba semanas provocándola.
Cada vez que intentaban separarse para respirar terminaban buscándose otra vez, hasta que el sonido de un motor sobre la grava atravesó la sala.
Los dos se quedaron inmóviles.
Kain abrió los ojos y volvió la cabeza hacia las ventanas. Una camioneta de Ferman Contracting acababa de entrar por el acceso y reducía la velocidad frente a la casa.
—Malditos cabrones —murmuró, todavía agitado—. Los voy a asesinar.
Em soltó una risa sin aire y apoyó la frente contra la suya.
Kain mantenía una mano alrededor de su cintura y ella todavía tenía los dedos enredados entre su cabello; ninguno parecía particularmente dispuesto a apartarse, aunque el ruido de las puertas de la camioneta al cerrarse terminó recordándoles que disponían de muy poco tiempo.
—El despacho de Piers —dijo Em mientras intentaba recuperar el aliento—. Tienes que arreglarlo antes de que entren.
Kain cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el respaldo.
—Mierda.
—Yo los entretengo afuera.
Él volvió a mirarla mientras ambos se levantaban con bastante menos coordinación de la habitual.
—¿Y qué vas a hacer?
Em se acomodó el cabello con ambas manos y respiró profundamente mientras caminaba hacia la entrada.
—Fingiré que tengo fiebre.
Kain soltó una risa y negó con la cabeza antes de girarse hacia el corredor que llevaba al despacho.
Em avanzó dos pasos, pero se detuvo, volvió sobre sus propios pasos y lo sujetó por el brazo.
Antes de que él pudiera preguntarle qué ocurría, se puso de puntillas y le dio un beso rápido en la boca.
Después lo soltó y corrió hacia la puerta mientras Kain permanecía mirándola con una sonrisa torcida antes de dirigirse a toda prisa a reparar el desastre que había dejado en el despacho de su hermano.
Kain regresó al despacho mientras las voces de Piers y Tim llegaban amortiguadas desde la entrada.
Apartó el parlante del escritorio, volvió a colocar los muebles que había desplazado y recogió con rapidez cualquier rastro de aquel espectáculo antes de que su hermano descubriera que había convertido su lugar de trabajo en un escenario de cabaret.
Mientras acomodaba uno de los sillones, se acercó a la ventana y apartó apenas la cortina.
Em seguía afuera con Piers y Tim, los tres detenidos cerca de la camioneta.
No alcanzaba a escuchar qué les estaba diciendo, pero la vio mover las manos mientras hablaba y después señalar hacia algún punto del terreno con suficiente convicción para mantenerlos allí.
Kain sonrió para sí y dejó caer la cortina.
—Qué mujer…
Terminó de enderezar el escritorio, recogió el sombrero además del aparato de música, y salió del despacho después de comprobar una última vez que todo estuviera en su sitio.
Subió al segundo piso procurando no cruzarse con nadie y entró directamente en su habitación para quitarse el cuero, las botas y cualquier otra evidencia que pudiera obligarlo a explicarle a Piers por qué demonios había estado vestido de stripper cowboy por la casa.
El teléfono de Em vibró en su bolsillo mientras Piers seguía explicándole alguna cosa sobre el cambio de planes. Sacó el aparato, leyó el mensaje y volvió a guardarlo casi de inmediato antes de empezar a caminar hacia la casa.
Piers la observó con el ceño fruncido.
—Em, ¿seguro que estás bien? Si te sientes mal podemos llevarte al doctor.
—Estoy bien —respondió ella demasiado rápido, intentando que la voz sonara normal mientras seguía avanzando—. Creo que solo necesito entrar un momento.
Tim caminó a su lado y la miró con atención.
—¿Dónde está Kain?
Em mantuvo la vista al frente.
—No lo sé. Llegué hace poco.
Piers volvió la cabeza hacia la casa, todavía algo desconfiado, mientras Em aceleraba apenas el paso y cruzaba el porche antes de que alguno decidiera hacer otra pregunta.
* * *
Em todavía no entendía en qué momento todo se había descontrolado de aquella manera.
Hasta hacía unas semanas, Kain era únicamente el arrogante seductor que parecía disfrutar provocándola cada vez que respiraban el mismo aire; ahora bastaba con que entrara en una habitación para que alguna parte bastante poco académica de su cerebro empezara a comportarse como si hubiera recibido una invitación formal al desastre.
El problema era que él colaboraba demasiado.
Kain tenía la irritante costumbre de mirarla como si ya supiera exactamente qué efecto producía, acercarse lo suficiente para que Em sintiera el calor de su cuerpo y después continuar con su vida como si no acabara de enviarle una descarga completa de vibraciones sexuales desde el otro extremo de la habitación.
Y, si era completamente sincera consigo misma, tampoco podía culparlo de todo.
Probablemente ella devolvía parte de aquella energía sin darse cuenta, porque cada vez le costaba más fingir indiferencia cuando lo sorprendía observándola con ese apetito descarado en los ojos, como si estuviera pensando en comérsela y todavía no hubiera decidido por dónde empezar.
Aquello explicaba bastante bien por qué habían terminado besándose sobre el sofá después de un espectáculo de cowboy que cualquier persona sensata habría considerado ridículo.
Em, al parecer, había dejado de pertenecer a esa categoría en cuanto Kainne Ferman decidió moverse medio desnudo frente a ella.
Y lo peor era que, después de comprobar cómo besaba el condenado, empezaba a sospechar que su capacidad para tomar decisiones razonables cerca de él acababa de sufrir un deterioro permanente.
Era un domingo cualquiera y la casa todavía conservaba esa calma perezosa de las mañanas sin trabajo.
Piers terminó el café apoyado contra la isla mientras Em y Kain permanecían sentados frente a frente, cada uno con su desayuno delante y una conversación que llevaba varios minutos saltando de un tema a otro sin demasiada importancia.
Tim seguía encerrado en su habitación y, por una vez, nadie parecía tener prisa.
Piers dejó la taza vacía junto al fregadero y miró hacia la escalera.
—Voy a ducharme. Dejaré esto por acá y después lo pondré en el lavavajillas.
Subió sin esperar respuesta y sus pasos fueron apagándose hasta desaparecer en el segundo piso.
Em continuó mirando su plato durante unos segundos, consciente de Kain al otro lado de la isla, hasta que levantó la vista y lo encontró observándola con una intensidad que la dejó inmóvil.
Ninguno apartó los ojos. Todo lo que llevaban conteniendo desde el beso en el despacho volvió a instalarse entre ambos de golpe, demasiado evidente para seguir fingiendo que podían sentarse tranquilamente a desayunar como si nada hubiera cambiado.
Em apoyó las manos sobre la superficie y se impulsó por encima de la isla antes de detenerse a pensar en lo que estaba haciendo.
Kain reaccionó de inmediato; la sujetó por la cintura apenas quedó frente a él y tiró de su cuerpo hasta acomodarla entre sus piernas, sin darle tiempo para recuperar el equilibrio ni arrepentirse.
La mirada seguía clavada en la suya cuando acercó el rostro y Em rodeó sus hombros con los brazos, arrastrada por la misma urgencia que la había hecho cruzar la encimera para llegar hasta él.
—Em...
—Kain —susurró Em, aunque el nombre perdió firmeza cuando él inclinó la cabeza y empezó a besarle el cuello.
Kain siguió besándole el cuello mientras mantenía las manos firmes alrededor de su cintura.
Em se aferró más a él y cerró los ojos cuando encontró un punto especialmente sensible; el gemido le salió profundo, involuntario, y sintió enseguida cómo su cuerpo respondía contra el de ella.
Kain apretó los dedos sobre su cintura y respiró contra su piel antes de apartarse apenas.
—Dios, Em… me vas a matar —murmuró, con la voz más grave y la respiración ya alterada.
Antes de que ella pudiera responder, unos pasos sonaron en la escalera. Los dos se separaron con una rapidez casi violenta.
Em saltó lejos de Kain y quedó de pie junto a la isla justo cuando Tim apareció en el último tramo de la escalera.
Sin pensar demasiado, levantó ambos brazos por encima de la cabeza, inclinó el torso hacia un costado y comenzó a estirar como si llevara media mañana dedicada a una rutina de estiramientos perfectamente planificada.
Tim se detuvo al entrar en la cocina y la observó durante unos segundos.
Em cambió de lado.
—Buenos días Tim.
—Buenos días Em —respondió él, todavía mirándola mientras se acercaba al refrigerador.
Ella entrelazó las manos frente al cuerpo, estiró los hombros y añadió un par de movimientos de cuello para completar la actuación.
—Unos buenos estiramientos por la mañana ayudan a que el cerebro se oxigene mejor.
Tim abrió el refrigerador y sacó una botella de jugo.
—Claro.
No preguntó nada más. Después de convivir varios meses con Emily Fisher, aparentemente había alcanzado el punto en que verla hacer elongaciones repentinas en medio de la cocina apenas merecía una segunda reflexión.