Capítulo 26 #2
Tim cerró el refrigerador y entonces reparó en Kain, que seguía sentado al otro lado de la isla en una postura bastante menos cómoda que hacía unos minutos.
Tenía el torso ligeramente inclinado hacia delante, los brazos apoyados sobre la encimera y una expresión sombría que no invitaba precisamente a hacer preguntas.
—¿Estás bien? —preguntó Tim, mirándolo de arriba abajo.
Kain levantó la vista despacio, con cara de pocos amigos.
—¿Acaso te parece que luzco mal, Tim? —respondió Kain entre dientes, todavía inclinado hacia delante y con la mandíbula tensa.
Tim puso los ojos en blanco y dejó el jugo sobre la encimera.
—Es demasiado temprano para que empiecen a pelear. No les va a aprovechar el desayuno si siguen así.
Em mantuvo los brazos por encima de la cabeza durante otro estiramiento que ya empezaba a parecer completamente innecesario, mientras Kain apretaba la mandíbula y evitaba moverse más de la cuenta.
El silencio entre ambos duró apenas unos segundos, pero bastó para que Em tuviera que morderse el interior de la mejilla para no reírse.
* * *
A esas alturas, ver la camioneta de Kain cerca del campus había dejado de sorprender a Em.
Algunas tardes aparecía cuando terminaban sus clases, otras le enviaba un mensaje preguntando a qué hora salía y, en más de una ocasión, simplemente lo encontraba esperando junto al vehículo con los lentes de sol puestos y alguna excusa bastante poco convincente sobre un trabajo que casualmente lo había llevado hasta allí.
Aquella tarde estaba conversando con Steve frente al edificio de ciencias cuando reconoció la camioneta al otro lado del estacionamiento.
Kain permanecía apoyado contra la puerta del conductor, revisando el teléfono mientras esperaba.
Se había cambiado después del trabajo y llevaba una camisa color vino oscuro, abierta en el cuello, con las mangas remangadas hasta los antebrazos; el cabello, todavía recogido hacia atrás, conservaba algo del desorden de la jornada.
Steve siguió la dirección de su mirada y torció la boca.
—Ah. Llegó mi amenaza de muerte.
Em volvió la cabeza hacia él.
—¿Tu qué?
Steve metió una mano en el bolsillo y sacó el teléfono.
—Nunca te conté por qué me fui tan rápido de tu casa aquel sábado.
Em dejó de caminar.
—Dijiste que tu mamá necesitaba el auto.
—Mi mamá estaba comprando plantas con mi tía.
Abrió una conversación y le mostró la pantalla.
Em alcanzó a leer el mensaje una vez y después tuvo que volver al principio para asegurarse de que no lo había interpretado mal.
Kain Ferman: Steve…si cruzas esa puerta voy a considerar que te ofreciste voluntariamente para desaparecer debajo de alguna de nuestras próximas obras. Vete.
Em levantó lentamente la vista hacia el otro extremo del estacionamiento, donde Kain acababa de guardar el teléfono y los observaba apoyado contra la camioneta, sin la menor apariencia de sentirse culpable por haber espantado a Steve de la casa varios días atrás.
Una sonrisa terminó apareciendo en el rostro de ella antes de que pudiera evitarla.
Ese era su engreído irresistible, pensó mientras negaba con la cabeza.
Steve alcanzó a ver la expresión de Em antes de que ella pudiera disimularla y sonrió.
—Supongo que Kain se ha transformado en todo un caballero andante. Después de tomarse tantas molestias para regalarte ese telescopio, yo también me derretiría por él.
Em soltó una risa y Steve terminó riéndose con ella mientras ambos seguían caminando hacia la camioneta.
No alcanzaron a avanzar demasiado antes de que Sam, Dean, Gina y Louise salieran del edificio y se unieran a ellos.
Kain los vio acercarse en grupo y abandonó su posición junto al vehículo con una sonrisa que Em conocía demasiado bien.
A esas alturas todos sabían perfectamente cómo los había bautizado.
—Miren esto —comentó Kain mientras recorría al grupo con la vista—. Los multiorgásmicos en acción.
Dean soltó una carcajada, Steve levantó las manos con resignación y Sam negó con la cabeza como quien ya había aceptado que discutir solo empeoraría las cosas.
Gina y Louise, en cambio, lo saludaron encantadas; ambas le perdonaban casi cualquier insolencia porque seguía pareciéndoles obscenamente guapo y sexy, y desde que habían comprendido lo que ocurría entre él y Em parecían todavía más dispuestas a adorarlo.
—Déjalos tranquilos —dijo Em, aunque la sonrisa le quitó bastante autoridad al reproche.
Kain giró hacia ella y alzó las cejas, completamente satisfecho consigo mismo.
Él le abrió la puerta del copiloto con esa mezcla insoportable de arrogancia y cortesía que siempre conseguía desarmarla un poco, y ella subió intentando conservar una expresión normal, aunque la sonrisa todavía seguía instalada en su boca.
Durante el trayecto, Kain no explicó demasiado; solo comentó que pensaba enseñarle un lugar que ella aún no conocía, y Em decidió no insistir, apoyando un brazo en la ventanilla mientras lo observaba conducir con aquella camisa vino oscuro abierta en el cuello y las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Estacionó unas calles más allá, en una zona donde las casas antiguas se alternaban con árboles inmensos cubiertos de musgo, y apagó el motor antes de girarse hacia ella con una media sonrisa.
Em bajó de la camioneta y se acomodó la chaqueta de mezclilla sobre el vestido negro mientras miraba a su alrededor, tratando de orientarse.
No alcanzó a preguntar nada, porque en ese momento vio pasar uno de aquellos troles antiguos avanzando por los rieles con una lentitud encantadora, casi como si perteneciera a otra época, y volvió la cabeza hacia Kain con una expresión de sorpresa tan genuina que él soltó una risa.
—Vamos, Michigan —dijo mientras echaba a andar a su lado—. Quiero ver esa cara de turista impresionada un poco más de cerca.
Em lo siguió con una sonrisa, todavía mirando el tranvía, el césped entre los rieles y la hilera de casas señoriales que se extendían bajo los robles.
Jamás había estado en un lugar así. Había conocido partes de la ciudad, cafeterías, calles cercanas al campus y los alrededores de Cypress Bend, pero aquello tenía una belleza distinta, casi tranquila, y comprendió de inmediato por qué Kain había querido traerla.
Cuando el trole se detuvo, él subió primero de un salto ligero y luego se volvió para tenderle la mano sin soltar la barra metálica de la entrada.
Em puso la suya en la de él y subió de un tirón, riéndose cuando el movimiento del vagón la hizo inclinarse hacia delante.
Encontraron asiento junto a una de las ventanas y el trole reanudó la marcha con ese traqueteo suave que parecía formar parte del paisaje.
Em apoyó un brazo en el marco y miró hacia afuera como una niña a la que acabaran de llevar por primera vez a una feria: las avenidas anchas, los balcones, los jardines y las ramas enormes inclinándose sobre la calle le arrancaban comentarios breves, preguntas y una emoción que no intentaba esconder.
Kain la observaba más a ella que al recorrido, entretenido con la manera en que sus ojos se iluminaban cada vez que descubrían un detalle nuevo.
—La ciudad se ve distinta desde aquí —comentó Em mientras seguía el recorrido de las casas y los árboles al otro lado de la ventana—. Es como verla desde otra perspectiva.
Kain giró ligeramente hacia ella y la observó durante unos segundos antes de hablar.
—¿Así me estás viendo hoy, Em? ¿Desde otra perspectiva?
Había cierta preocupación en la pregunta, apenas perceptible bajo el tono despreocupado que solía utilizar.
Kain Ferman, el hombre que parecía convencido de que podía entrar en cualquier lugar y conquistar a quien quisiera, acababa de preguntarle cómo lo veía ella.
Aquello la trastocó más que cualquiera de sus provocaciones.
Em sostuvo su mirada, recorriendo aquellos ojos verdes que conocía cada vez mejor.
—Eres esa parte del universo teñida de azul que nunca me canso de observar y admirar.
Ambos se acercaron casi al mismo tiempo y se besaron con calma, sin la urgencia de otras veces.
Fue un beso suave, cargado de una emoción que ninguno intentó disimular, y cuando se separaron Em apoyó la cabeza sobre el hombro de Kain.
Él pasó un brazo alrededor de ella y la atrajo contra su costado, acomodándose para que pudiera descansar con comodidad.
Continuaron así durante buena parte del recorrido, mirando por las ventanas mientras el trole avanzaba bajo las arboledas de Louisiana.
Em seguía observando las casas, los jardines y las ramas cubiertas de musgo que se extendían sobre la calle, pero ya no necesitaba comentar cada cosa que veía.
Kain mantenía el brazo alrededor de sus hombros y, de vez en cuando, bajaba la mirada hacia ella antes de volver a contemplar el paisaje.
Durante los días siguientes, Em y Kain comenzaron a aprovechar cualquier momento en que creían estar fuera de la vista de Piers y Tim.
Bastaba encontrarse solos en la cocina, cruzarse en el corredor o coincidir unos minutos en la sala para que una mirada terminara acercándolos más de la cuenta; un beso rápido antes de escuchar pasos en la escalera, una mano que permanecía en la cintura de Em mientras hablaban o Kain inclinándose hacia ella cuando los demás estaban ocupados en otra habitación.
Los dos parecían convencidos de que estaban siendo discretos y continuaban comportándose con normalidad apenas alguno de los hermanos aparecía.
Aquella tarde regresaban hacia Cypress Bend después de pasar varias horas fuera.
Em llevaba buena parte del trayecto mirando por la ventanilla, con una pierna doblada sobre el asiento y los dedos entretenidos en el borde de su chaqueta.
Kain conducía con una mano apoyada sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios, ajeno a la cantidad de veces que ella había abierto la boca para hablar y había terminado desistiendo antes de emitir sonido.