Un intercambio de locos Capítulo 25 #4
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Capítulo 25 #4

Los planos empezaron a resbalarle entre los dedos húmedos y terminó soltándolos sobre una silla sin apartar la vista de él.

Kain seguía moviéndose al ritmo de la música, consciente de cada reacción que conseguía arrancarle, con los ojos fijos en Em mientras una mano recorría otra vez su torso.

El efecto seguía siendo demoledor porque el imbécil tenía un cuerpo capaz de arruinarle la concentración a cualquiera y lo sabía demasiado bien.

Em tragó saliva y respiró por la boca, acalorada aunque el despacho permaneciera fresco.

Había escrito sobre Kain, había imaginado barbaridades y hasta había hecho que otras mujeres fantasearan con él, pero ninguna de esas escenas la había preparado para tenerlo delante, medio desnudo, moviéndose de aquella manera y mirándola como si el espectáculo tuviera una única destinataria.

—¿Te gusta lo que ves, Michigan? —preguntó Kain mientras se acercaba hasta que el calor de su cuerpo alcanzó a Em y volvió a retirarse hacia el centro del despacho.

Eso era precisamente lo que quería. Podía acortar él mismo la distancia, pero no pensaba hacerlo todavía; quería que fuera Em quien cruzara el espacio que quedaba entre ambos, que dejara de observarlo desde la puerta y decidiera por sí misma acercarse.

Ella bajó la vista un instante, y ese fue precisamente el error.

La recorrió de nuevo hacia arriba con mucho menos aire del que habría querido conservar y soltó una risa nerviosa mientras negaba con la cabeza.

Los planos habían quedado desparramados sobre la silla y parte del suelo, pero ya no le importaban.

Solo veía a Kain moviéndose al ritmo de la música, el pecho desnudo bajo la luz tenue del despacho, las caderas acompañando el compás y aquella mirada que no se apartaba de ella.

No podía dejar de mirarlo. En algún rincón de su cabeza empezó a imaginar cómo sería besar aquella piel que él exhibía con tanto descaro, recorrer con la boca el pecho que tocaba con sus manos y descubrir si estaba tan caliente como parecía.

Casi hipnotizada, dio un paso hacia él y después otro, mientras Kain continuaba bailando sin facilitarle el camino.

Parecía la fantasía maleducada que habría salido de una de sus propias páginas para vengarse de ella.

Kain sonrió cuando la canción llegó a una parte que parecía darle la excusa perfecta y se llevó una mano al borde del sombrero mientras continuaba moviéndose.

—Amo tu pelo, Em —dijo con todo el descaro del que era capaz, dejando que la mirada descendiera por ella antes de regresar a sus ojos—. Tus ojos… y ya puedo imaginar cómo puede saber tu piel.

El calor terminó de treparle por el cuello.

Em respiró hondo, incapaz de decidir si quería golpearlo o comprobar de una vez por todas cuánto de aquella provocación podía mantener.

Metió una mano en el bolsillo trasero del pantalón y encontró un billete doblado que había guardado después de pagar un café.

Lo sostuvo entre dos dedos mientras avanzaba otro paso.

Kain se detuvo apenas lo suficiente para mirarla con sorpresa.

Em alzó el mentón, se acercó hasta quedar frente a él y, con mucha más osadía de la que él esperaba, deslizó el billete dentro del cuero que llevaba a la altura de la cintura.

Sus dedos rozaron la piel caliente de su abdomen y el contacto, aunque breve, bastó para alterar la respiración de Kain.

—Considera esto tu propina —dijo Em, intentando sonar más tranquila de lo que estaba.

Él bajó la vista hacia el billete y después volvió a mirarla. La sonrisa que apareció en su rostro fue más lenta, más oscura y bastante menos juguetona que las anteriores.

—Estás muy osada, Michigan.

Em retiró la mano, aunque ya era tarde para fingir indiferencia.

—Debe de ser por esas historias que escribo.

Kain soltó una risa baja y dio un paso hacia ella.

La canción seguía sonando a sus espaldas, pero la broma empezaba a quedar lejos mientras la distancia desaparecía.

Em comprendió que el verdadero problema del numerito no había sido el sombrero, ni el cuero, ni siquiera aquel maldito cuerpo exhibido en medio del despacho.

Era la manera en que Kain había dejado de bailar para mirarla de frente, con el pecho todavía agitado y los ojos puestos únicamente en ella.

Esta vez Em no retrocedió ni tampoco Kain avanzó.

Permaneció delante de ella, esperando, y Em entendió lo que estaba haciendo.

Después de semanas provocándola, persiguiéndola con comentarios, acercándose hasta conseguir que perdiera la paciencia y retirándose antes de cruzar definitivamente aquella frontera, ahora le estaba dejando la decisión a ella.

Em subió la mirada hacia su boca y después a sus ojos. Dio el último paso, levantó una mano hasta su nuca y tiró de él.

Kain apenas alcanzó a inclinar la cabeza antes de que Em lo besara y durante los primeros segundos ninguno hizo otra cosa.

La boca de Kain recibió la suya con una sorpresa que desapareció enseguida, y entonces una de sus manos se cerró alrededor de la cintura de Em mientras la otra subía hasta su cabello.

Ella se acercó más, todavía sujetándolo por la nuca, y el beso que había comenzado con toda la incertidumbre de quien finalmente se atreve a cruzar una línea se volvió más profundo cuando Kain respondió y la atrajo contra su cuerpo.