Un intercambio de locos Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Kain rechazó la invitación de Tim, aunque dejó claro que solo faltaría aquella vez y que podía contar con él para cualquier otra cosa que ayudara a sacar adelante su nuevo oficio.

Además Kain seguía interesado en los proyectos de Ferman Contracting y no tenía intención de apartarse del trabajo con Piers; le gustaba demasiado participar en las reformas, elegir materiales y desarrollar las soluciones visuales que después terminaban formando parte de cada casa.

Sin embargo, desde hacía un tiempo rondaba otra idea por su cabeza: empezar a mover sus diseños por internet, preparar un catálogo propio con patrones, combinaciones de azulejos y propuestas para interiores, y averiguar si podía construir algo suyo sin abandonar la empresa familiar.

Aquella mañana, de todas formas, ninguno de esos planes exigía que saliera de casa.

Poco después de las diez, escuchó la camioneta de Piers alejarse por Cypress Bend Road con Tim en el asiento del copiloto. Kain permaneció en el segundo piso, apoyado contra la puerta de su habitación mientras esperaba hasta que el ruido del motor desapareciera por completo.

Entonces miró hacia la caja de Amazon que todavía descansaba sobre la cama.

A media mañana, Em regresó a Cypress Bend con Steve, que se había ofrecido a acercarla después de clases.

El automóvil se detuvo frente a la casa y ella bajó con la mochila colgada de un hombro, mientras Steve apagaba el motor y recogía el teléfono del espacio junto a la palanca de cambios para ver si tenía mensajes.

—¿Te gustaría pasar a ver el telescopio? —preguntó Em mientras cerraba la puerta—. Tengo unas grabaciones increíbles de la Nebulosa del Cangrejo. Conseguí mejorar bastante la imagen y quería enseñártelas.

Steve levantó la cabeza de inmediato. Si había algo capaz de hacerle olvidar cualquier otra cosa, era la posibilidad de revisar material astronómico que todavía no hubiera visto, y más aún si podía hacerlo con aquel telescopio nuevo que había ayudado a comprar e instalar con tanta dedicación.

—Claro, Em. Quiero verlas.

Las ventanas de la casa estaban abiertas por el calor de aquella mañana y sus voces entraron desde el acceso con suficiente facilidad para escucharse desde buena parte del primer piso.

En el despacho de Piers, Kain dejó de revisar lo que tenía delante cuando reconoció primero la voz de Em y después la de Steve.

Permaneció sentado unos segundos, mirando hacia la puerta, antes de tomar el teléfono que había dejado sobre el escritorio.

Afuera, Steve acompañó a Em por el camino de grava mientras ella seguía explicándole cómo había conseguido las grabaciones.

Estaban a pocos metros del porche cuando su teléfono vibró dentro del bolsillo.

Lo sacó casi sin detenerse, esperando encontrar algún mensaje del grupo de la universidad, pero apenas leyó la pantalla dejó de caminar.

Em avanzó otros dos pasos antes de darse cuenta de que ya no estaba a su lado.

—¿Steve?

Él levantó la vista demasiado rápido y guardó el teléfono.

—Oh… Em, lo siento. Acabo de acordarme de que mi mamá necesita el auto.

Ella miró hacia el automóvil y luego hacia él, desconcertada.

—¿Ahora?

—Sí. Sí, ahora. Se me había olvidado completamente —respondió mientras ya retrocedía hacia el acceso—. Vemos las grabaciones otro día, ¿sí?

—Claro… —Em apenas alcanzó a responder antes de que Steve diera media vuelta.

Lo observó regresar al automóvil con mucha más prisa de la que había tenido al llegar. Steve abrió la puerta, subió casi de inmediato y arrancó mientras ella permanecía frente al porche con una mano levantada, despidiéndose a través del parabrisas.

—Nos vemos —murmuró mientras el vehículo desaparecía por Cypress Bend Road.

Bajó lentamente la mano y se quedó mirando unos segundos hacia el camino. Después se encogió de hombros, acomodó la mochila y entró en la casa.

Em cerró la puerta detrás de ella y dejó la mochila sobre una de las sillas de la entrada.

Sabía que Piers y Tim habían salido temprano hacia el puerto y suponía que Kain también tendría algún plan para el sábado; últimamente veía bastante poco al engreído narcisista cuando no coincidían durante el desayuno o al final de alguna jornada.

Iba camino a la escalera cuando reparó en varios planos extendidos sobre la mesa lateral de la sala.

Algunos estaban sujetos con una regla metálica, pero otros habían quedado doblados sobre sí mismos y una de las hojas amenazaba con deslizarse hasta el suelo cada vez que la corriente de las ventanas abiertas atravesaba la casa.

Em se detuvo y miró alrededor.

—Piers matará a alguien si esto termina debajo del sofá —murmuró.

Recogió las hojas con cuidado, procurando no alterar el orden, y acomodó la regla encima antes de llevarlas contra el pecho.

Sabía exactamente dónde dejarlas. El despacho de Piers quedaba al final del corredor y, aunque evitaba entrar cuando él no estaba, dejar unos planos sobre su escritorio parecía bastante mejor que permitir que terminaran desperdigados por la sala.

Avanzó por el pasillo y empujó la puerta con el hombro porque tenía ambas manos ocupadas.

—Algún día va a aprender a guardar sus...

La frase murió antes de terminar. Em se quedó inmóvil en el umbral, todavía con los planos contra el pecho.

El despacho de Piers estaba en penumbra.

Las cortinas permanecían a medio cerrar y la luz del mediodía entraba filtrada, lo justo para recortar los muebles apartados hacia los costados y dejar libre el centro de la habitación.

Desde un parlante colocado sobre el escritorio comenzaron a sonar los primeros acordes de “Wild, Wild West”, de The Escape Club, y Em reconoció la canción casi de inmediato, apenas el ritmo empezó a llenar el espacio.

Kain llevaba un sombrero de cowboy ladeado sobre el cabello casi blanco, unas botas de cuero altas y una prenda de cuero que dejaba a la vista bastante más piel de la que Em estaba preparada para encontrar dentro del despacho de Piers.

Al entrar el ritmo con más fuerza, avanzó por el centro de la habitación marcándolo con las caderas, deslizó una mano desde el pecho desnudo hasta el abdomen y giró lentamente sobre una bota antes de volver a encararla.

El estribillo acompañó otro movimiento de sus caderas mientras Kain bajaba una mano por el costado del cuerpo, se enganchaba los dedos en el cuero a la altura de la cintura y tiraba apenas de él antes de soltarlo.

Después se llevó una mano al borde del sombrero, inclinándolo hacia delante, y volvió a alzar el rostro con una sonrisa cargada de provocación.

El pecho desnudo, los abdominales tensos y aquella manera descarada de moverse convertían el espectáculo en una mezcla imposible de ridículo y obscenamente atractivo.

Kain parecía disfrutar cada segundo. Dio un par de pasos al compás de la batería, giró nuevamente las caderas y pasó ambas manos por su torso antes de abrir los brazos, apropiándose del centro del despacho como si realmente estuviera sobre un escenario.

No parecía avergonzado ni por un segundo. Al contrario, se movía como si hubiera nacido para hacer precisamente aquel numerito indecente en medio de una habitación ajena.

Em dejó de pensar con coherencia. El calor le subió por el cuello mientras las hormonas parecían hacerse cargo de todo lo que su cabeza ya no conseguía ordenar; su cuerpo solo quería acortar la distancia, pegarse al de Kain y, para su absoluta vergüenza, montarlo como una vaquera.

La idea apareció con tanta nitidez que tuvo que preguntarse si de verdad acababa de pensar semejante cosa.