Un intercambio de locos Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Había estado tan absorbido por todo lo ocurrido durante las últimas semanas: el baile, el blog, el telescopio, aquella mañana con Em llevándolo de la mano, que prácticamente había dejado de pensar en la fecha que siempre había estado allí.

Em no vivía con ellos. No se había mudado a Louisiana.

Estaba de intercambio y, dentro de unos meses, volvería a Michigan.

Kain soltó el aire con fuerza y se pasó una mano por el rostro.

—Maldición, Piers… ¿Qué voy a hacer?

Su hermano dejó de bromear al escuchar el tono.

Kain apretó nuevamente las manos sobre el volante.

—Me importa. —Tragó saliva y volvió a mirar hacia el parabrisas—. Mierda, Piers… ella me importa. Y lo peor es que lo he tenido aquí metido durante semanas, dándome vueltas en la cabeza, mientras yo seguía convencido de que podía manejarlo.

Piers permaneció recostado contra el asiento, observándolo sin la expresión burlona que había tenido unos minutos antes. Conocía demasiado bien a su hermano para explicarle lo que acababa de admitir, y tampoco parecía dispuesto a hacerlo cuando Kain todavía intentaba entenderlo por sí mismo.

—Entonces empieza por sacar la camioneta de la berma antes de que alguien llame a la policía pensando que estamos drogados —dijo finalmente, señalando el tráfico con la barbilla—. Lo demás tendrás que resolverlo tú, de a poco, Kain.

Kain soltó una risa seca y volvió a encender el motor.

Se incorporó a la carretera después de esperar un espacio entre dos vehículos, aunque ya no retomó la canción que había estado tarareando antes del frenazo.

Durante el resto del trayecto mantuvo la vista fija hacia adelante y dejó que Piers revisara el teléfono en silencio, con esas cuatro palabras todavía instaladas donde ya no podía seguir ignorándolas: Em se iba a marchar.

Las dos semanas siguientes no trajeron ninguna conversación destinada a definir qué ocurría entre ellos.

Em continuó con las clases, sus turnos en Holler y las noches dedicadas a estudiar en su nueva habitación del segundo piso; Kain siguió levantándose temprano para trabajar con sus hermanos, dedicándose a sus diseños cuando tenía encargos pendientes y saliendo alguna noche con Beau.

Sin embargo, comenzaron a coincidir de una manera que ninguno parecía haber organizado y que poco a poco fue modificando la rutina de la casa.

Una tarde, al terminar su turno en Holler, Em salió con el bolso colgado del hombro y encontró la camioneta de Kain estacionada frente al local.

Él estaba apoyado contra la puerta del conductor mirando el teléfono, todavía con los pantalones de trabajo y el cabello recogido hacia atrás.

Al verla acercarse, guardó el teléfono en el bolsillo y se incorporó sin ninguna prisa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Em mientras se acomodaba la correa del bolso—. ¿Esperas a la mujer del volumen mamario considerable?

Kain levantó las cejas y abrió la puerta del conductor.

—Sí que te causó impacto su anatomía, Michigan.

—Impacto no. Solo que no la he visto alrededor tuyo hace rato.

—Andaba cerca —respondió Kain sin añadir ningún comentario sobre lo que Em acababa de decir.

La observó sin apartar la vista mientras abría la puerta del copiloto—.

¿Por qué no escuchar una apasionada charla sobre tu día con los multiorgásmicos?

Sube, Michigan, antes de que me arrepienta de haber sido una persona decente.

Em solo se rió. ¿Cómo podía ser tan irritante y encantador al mismo tiempo?

Lo único que sabía era lo que hacía saltar su corazón: a Kain sí le importaba ella, porque el último trabajo de Ferman Contracting quedaba en dirección contraria y ambos lo sabían.

No se lo señaló. Rodeó la camioneta y dejó el bolso a sus pies.

El trayecto no era largo, pero Em no podía evitar mirarlo de reojo de vez en cuando.

Kain conducía con una mano sobre el volante, los lentes de sol cubriéndole los ojos y la ventanilla abierta, de modo que el aire le revolvía el cabello hacia atrás mientras avanzaban por la carretera.

Después de observarlo por tercera vez, Em se acomodó en el asiento y decidió preguntar lo que llevaba varios minutos rondándole.

—Kain… ¿seguro que ya me perdonaste por lo del blog?

Él mantuvo la vista al frente y dejó escapar una sonrisa apenas visible.

—Me sorprendes, Michigan. Primero preguntas por Clare, la de la copa D, pero hace dos semanas me dejaste rodeado de un montón de mujeres que me manoseaban y tocaban partes bastante específicas de mi anatomía.

Em giró lentamente la cabeza hacia él.

Ahí estaba otra vez el Kain irritante que conocía.

No la había perdonado por lo del blog; simplemente había decidido posponer el castigo hasta encontrar una oportunidad que considerara suficientemente entretenida.

Debió imaginarlo. Kainne Ferman podía guardar un rencor con una paciencia admirable siempre que al final tuviera la posibilidad de fastidiarla.

Cuando llegaron a la casa, ambos cerraron las puertas de la camioneta casi al mismo tiempo y el doble portazo resonó en el acceso.

Durante unos segundos se quedaron frente a frente por encima del techo del vehículo, con esa mezcla de desafío y deseo que ninguno parecía dispuesto a reconocer en voz alta todavía.

Em sostuvo la mirada sin retroceder y Kain hizo lo mismo, con la mandíbula apenas tensa y una expresión que bastaba para dejar claro que la conversación en el trayecto no había resuelto absolutamente nada entre ellos.

Avanzaron hacia la entrada al mismo tiempo.

Ninguno cedió el paso ni dijo una palabra, aunque se lanzaron un par de miradas capaces de convertir cualquier intento de cordialidad en una pérdida de tiempo.

Al llegar al interior, Em giró hacia la escalera y empezó a subir sin despedirse, mientras Kain continuaba hacia la cocina; antes de desaparecer en el segundo piso, ella volvió la cabeza y lo encontró mirándola desde el corredor.

Em entrecerró los ojos. Kain respondió con una sonrisa que consiguió irritarla todavía más mientras seguía subiendo las escaleras.

Kain entró en la cocina todavía con aquella sonrisa atravesada en la cara, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua antes de apoyarse contra la encimera.

Bebió varios tragos seguidos mientras intentaba entender cómo demonios funcionaba la cabeza de Emily Fisher.

Era capaz de escribir sobre él como si hubieran hecho juntos todas las barbaridades que había publicado en aquel blog, escenas capaces de hacer sonrojar hasta a una puta, y después mencionar a Clare, la de la copa D, con una tranquilidad que conseguía irritarlo mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Dejó la botella sobre la encimera y pasó una mano por el cabello, todavía revuelto por el viento del trayecto.

Em podía imaginarlo haciendo de todo, describirlo como si conociera cada movimiento de sus manos y cada parte de su cuerpo, permitir que medio pueblo lo manoseara por culpa de una idea salida de su cabeza y luego subir las escaleras mirándolo como si quisiera asesinarlo.

Y allí estaba él, como un imbécil, deseándola desde hacía semanas sin haber conseguido besarla todavía.

Soltó una risa breve y volvió a llevarse la botella a la boca. Aquello tenía que cambiar.

* * *

Una tarde, mientras Tim y Kimberly estaban instalados en la sala de estar con una película puesta a medias y una caja de comida abierta sobre la mesa, el timbre interrumpió la conversación.

Kain, que acababa de bajar por un vaso de agua, miró hacia la entrada y fue a abrir sin demasiado interés.

En el porche lo esperaba un repartidor con una caja mediana bajo el brazo y el teléfono preparado para confirmar la entrega.

—Kainne Ferman —leyó el hombre antes de levantar la vista.

—Ese desgraciado soy yo.

Firmó donde le indicaron y recibió el paquete.

Apenas alcanzó a ver el nombre de la tienda impreso en una de las etiquetas, la expresión le cambió lo suficiente para que Tim reparara en ello desde el sofá.

Kain acomodó la caja contra el pecho, cerró la puerta y se dirigió hacia la escalera con rapidez.

Tim bajó lentamente los pies de la mesa.

—¿Qué compraste?

—Nada.

Kimberly apartó la vista de la televisión y observó la caja que Kain intentaba llevarse sin detenerse.

—Me gusta este nuevo Kain —comentó con una sonrisa, acomodándose mejor contra el sofá—. Es sexy ver cómo un hombre se enamora de esa forma.

Tim giró la cabeza hacia ella y después volvió a mirar la escalera por donde su hermano acababa de desaparecer, sin responder de inmediato.

—¿Y acaso no lo soy? —preguntó Tim, girándose hacia ella con una sonrisa.

Kimberly lo observó durante un momento antes de levantarse del sofá y acomodarse sobre su regazo, una pierna a cada lado de sus caderas. Le rodeó el cuello con los brazos y acercó el rostro al suyo mientras Tim apoyaba ambas manos sobre su cintura.

—Ya lo eres —respondió ella antes de besarlo.

El beso empezó con una sonrisa todavía entre ambos, pero duró poco de aquella manera. Tim la atrajo más contra su cuerpo y Kimberly hundió una mano entre su cabello mientras la película continuaba reproduciéndose frente a ellos, completamente olvidada.

El sábado por la mañana, Piers y Tim salieron temprano rumbo al puerto.

Tim llevaba varios días insistiendo en enseñarle con más detalle cómo pensaba hacer funcionar el barco como negocio, no solo para la pesca de camarones, sino también calculando gastos, temporadas, mantenimiento y cuánto tendría que producir para que dejara de ser únicamente una afición costosa.

Piers había aceptado acompañarlo porque, si Tim realmente quería convertir aquello en una fuente de ingresos estable, prefería revisar los números con él antes de que empezara a gastar dinero sin un plan, y la verdad quería ayudar a su hermano y apoyarlo en este nuevo rumbo.