Un intercambio de locos Capítulo 25
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Capítulo 25

Em despertó entrada la mañana, todavía acomodada sobre la cama de la habitación nueva.

Durante unos segundos permaneció quieta, estirándose bajo las sábanas mientras intentaba recordar por qué la luz entraba desde un ángulo distinto al del ático.

Después giró la cabeza hacia las puertas del balcón y lo vio otra vez.

El telescopio seguía allí.

La sonrisa le apareció antes de que pudiera evitarla.

Se incorporó apoyándose sobre un codo y se quedó observándolo, todavía impresionada por la sola idea de que aquel equipo fuera suyo.

La noche anterior había terminado quedándose dormida en esa habitación después de pasar demasiado tiempo revisando controles, leyendo el manual y acercándose una y otra vez al balcón solo para comprobar que no había imaginado nada.

Había sido incapaz de subir al ático cuando el cansancio finalmente la venció.

Terminó levantándose y fue hasta el tercer piso para buscar ropa limpia, artículos de aseo y algunas de las cosas que todavía mantenía allí.

Como sus clases empezaban por la tarde, no tenía ninguna necesidad de correr.

Se duchó con calma, se lavó el cabello y lo dejó secar mientras decidía qué ponerse, algo que normalmente resolvía en pocos minutos y que aquella mañana le tomó bastante más tiempo.

Conservó su estilo. No quería parecer otra persona ni disfrazarse para llamar la atención de nadie, pero eligió una falda negra más corta de las que solía usar, una camiseta suelta con un estampado que le gustaba y unas sandalias planas.

Se dejó el cabello libre, apenas recogido en algunos mechones para apartarlo del rostro, y sustituyó los lentes por los de contacto antes de mirarse en el espejo.

Le gustó lo que vio. No porque hubiera ocurrido ninguna transformación espectacular, sino más bien porque empezaba a disfrutar eligiendo ropa que le quedara bien sin preguntarse de inmediato si mostraba demasiado o si alguien repararía en ella. Quería sentirse bonita porque le apetecía verse así.

Y también porque sabía quién estaba abajo.

La idea consiguió que la sonrisa regresara mientras guardaba los lentes en el estuche.

Kain no tenía por qué enterarse de que había tardado varios minutos más de lo habitual en decidir entre dos faldas, ni de que había soltado el cabello después de recogerlo dos veces porque le gustaba más cómo caía sobre los hombros.

Eso podía quedárselo ella. Se miró una última vez en el espejo antes de salir de la habitación, más para darse ánimo que para comprobar el resultado.

Se acomodó un mechón detrás de la oreja, alisó la falda con ambas manos y respiró hondo, aunque el corazón seguía latiéndole con una fuerza absurda para algo tan simple como bajar a desayunar.

En cada tramo de la escalera intentó controlar la respiración y convencerse de que no tenía por qué comportarse de manera distinta.

Habían pasado meses compartiendo la misma casa, discutiendo, provocándose y cruzándose a cualquier hora; sin embargo, aquella mañana todo parecía tener un peso diferente después de haber encontrado el telescopio y comprender cuánto había pensado Kain en ella sin decirle una sola palabra.

Cuando llegó al último tramo, lo vio en la cocina.

Estaba de espaldas, sentado frente a la isla con una polera azul y el cabello todavía algo desordenado, comiendo cereal mientras revisaba el teléfono con una mano.

Parecía completamente ajeno a su presencia, concentrado en la pantalla, y Em se quedó unos segundos observándolo desde la entrada antes de obligarse a seguir avanzando.

Respiró una vez más y caminó hacia él.

Kain la sintió antes de verla. Algo en su espalda se tensó apenas cuando escuchó sus pasos acercarse y la piel de sus brazos se erizó a pesar del calor de la mañana, aunque mantuvo la vista en el teléfono como si no hubiera notado nada.

Piers estaba frente al refrigerador, buscando algo entre los estantes, cuando Em llegó hasta la isla. Kain alcanzó a percibir primero el perfume de su cabello y, un segundo después, el roce suave de sus labios sobre la mejilla.

Se quedó inmóvil.

—Gracias, Kain —murmuró Em cerca de su oído.

La cuchara quedó suspendida sobre el bol mientras él levantaba lentamente la mirada, todavía procesando el beso y la cercanía de ella.

Kain levantó por fin los ojos y se encontró con los de Em demasiado cerca de su rostro.

Aquellos ojos café que conocía desde hacía meses parecían todavía más intensos a esa distancia, y durante unos segundos no consiguió reaccionar.

Seguía sintiendo en la mejilla el lugar donde ella lo había besado, mientras el corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas registraba lo que ocurría alrededor.

Piers, en cambio, lo registraba todo. Había cerrado el refrigerador y observaba la escena con esa sonrisa de mierda que Kain habría querido borrarle de la cara en cualquier otro momento, pero estaba demasiado paralizado para molestarse siquiera en fulminarlo con la mirada.

Su hermano tomó una taza de café y se la puso a Em en la mano con absoluta tranquilidad.

Ella bebió un sorbo, todavía cerca de Kain, y luego dejó la taza sobre la isla.

—Ven, acompáñame.

Antes de que él pudiera preguntar adónde, Em le tomó la mano. Él bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados y después volvió a mirarla, todavía demasiado sorprendido para recuperar alguna de sus respuestas habituales. Ella ya había empezado a tirar suavemente de él hacia la salida de la cocina.

Se veía preciosa. Kain no supo en qué momento había empezado a verla de aquella manera ni cuándo Em había pasado de ser la muchacha de Michigan que llegó con sus lentes, su maleta y una carpeta llena de documentos a convertirse en alguien capaz de dejarlo sin una sola frase ingeniosa disponible.

Subieron las escaleras todavía tomados de la mano.

Em iba delante, guiándolo por el pasillo, mientras él avanzaba casi en silencio y observaba desde arriba el cabello suelto sobre sus hombros, la falda más corta de lo habitual y la forma en que sus dedos seguían enlazados con los suyos como si aquello fuera lo más natural del mundo.

Para alguien que siempre tenía una respuesta preparada, Kain empezaba a parecer un completo estúpido.

La diferencia de altura le permitía verla desde arriba cada vez que Em volvía ligeramente el rostro hacia él, y en esas ocasiones tenía que recordarse que debía seguir caminando en lugar de quedarse mirándola.

Había pasado meses provocándola para conseguir precisamente su atención; ahora que la tenía, no parecía saber qué hacer con ella.

¿Cómo podía un engreído narcisista quedarse completamente mudo?

Em todavía seguía impresionada por aquello.

Sentía que apenas había hecho nada y, sin embargo, llevaba de la mano a un hombre que normalmente tenía una pulla preparada para cada ocasión, decía barbaridades con absoluta tranquilidad y parecía vivir rodeado de mujeres sin que ninguna consiguiera descolocarlo demasiado.

Aun así, Kain seguía enlazando los dedos con los suyos mientras caminaban por el pasillo, permitiendo que ella lo guiara sin intentar recuperar el control de la situación con alguna provocación.

Em podía notar el calor de su mano y aquella extraña docilidad le provocaba una mezcla de ternura y nervios que todavía no sabía cómo interpretar.

Cuando llegaron a la habitación, lo llevó directamente hasta el balcón y soltó su mano solo para acercarse al telescopio. La emoción volvió a aparecerle en el rostro mientras activaba la pantalla lateral de la cámara y buscaba entre los registros de la noche anterior.

—Mira. Anoche grabé a Orión —dijo, moviéndose un poco para hacerle espacio—. Mira sus colores.

Em acercó la vista a la pantalla. La imagen todavía no había pasado por ningún procesamiento especial ni por esa asignación de colores que permitía distinguir con mayor claridad las emisiones de distintos gases y, aun así, algunas estrellas mostraban un tono casi azul, más intenso de lo que habría esperado en una captura tan sencilla.

Kain se acercó hasta quedar a su lado y se inclinó hacia la pantalla. Observó la imagen con atención, siguiendo las estrellas que Em le iba señalando.

—Azules —dijo con una sonrisa.

—Sí —respondió Em—. Como los patrones de tus diseños.

Kain volvió la mirada hacia ella y Em hizo lo mismo. Ninguno dijo nada; apenas sonrieron, todavía de pie junto al telescopio, compartiendo una referencia que solo ellos dos entendían por completo.

* * *

Piers y Kain iban camino al trabajo con las ventanillas abiertas y el aire entrando con fuerza dentro de la camioneta. Kain conducía de buen humor, siguiendo el ritmo de una canción que sonaba en la radio y tarareando parte de la melodía mientras golpeaba suavemente los dedos contra el volante.

Piers lo miró de reojo y terminó negando con la cabeza.

—Parece que Cupido te vomitó encima.

Kain sonrió sin dejar de conducir.

—Universo, Piers. Universo. Te dije que eso sería para mí.

Piers dejó pasar unos segundos antes de volver a mirarlo.

—Resulta que tu universo se irá aproximadamente en cuatro meses y dos semanas.

Kain frenó de golpe.

La camioneta dio un tirón brusco y Piers tuvo que apoyar una mano contra el tablero mientras la canción seguía sonando como si nada hubiera ocurrido.

—¡Joder, Kain!

Él apenas pareció escucharlo. Se quedó aferrado al volante, con la vista fija hacia adelante y la sonrisa completamente borrada del rostro.

Cuatro meses y dos semanas.

Los bocinazos empezaron casi de inmediato detrás de ellos.

Kain reaccionó por fin, volvió a poner la camioneta en movimiento y la llevó hasta la berma antes de detenerse por completo.

Apagó la música y se quedó con ambas manos aferradas al volante, mirando hacia el parabrisas mientras el tráfico continuaba pasando a su lado.