Capítulo 24 #3
Solo entonces se apartó y le dejó espacio para montar el telescopio.
Piers y Beau terminaron bastante menos impresionados con el operativo que Kain. Después de escuchar por tercera vez cómo debían sujetar una caja y por qué nadie podía apoyarla contra la pared, Beau dejó escapar el aire y lo miró con una mezcla de cansancio e irritación.
—¿Te puedes calmar, tío? Dios… está todo bien. Tranquilo.
Piers, que acababa de dejar otra de las cajas en el suelo siguiendo exactamente las indicaciones de Steve, se enderezó y miró a Kain.
—Sí, Kain. Nadie va a lanzar el telescopio por el balcón. Aunque, si sigues así, a ti sí.
Kain ignoró el comentario y volvió a revisar que todo estuviera donde correspondía antes de apartarse por fin y dejar que Steve continuara con el montaje.
—Bueno, si se van a poner así, mejor bajen y estén atentos por si Michigan regresa antes. Si aparece, la detienen.
Piers sonrió mientras caminaba hacia la puerta.
—No te preocupes, Kain. Yo me encargo de entretenerla. Ya sabes, con mi encanto y unos cuantos susurros...
—Piers —dijo Kain entre dientes.
Beau soltó una carcajada y Steve también se rio desde donde estaba revisando las cajas.
Kain giró la cabeza hacia él.
—Voy a sacar las partes —dijo Steve, levantando ambas manos antes de volver a concentrarse en el telescopio.
* * *
Em regresó bastante cansada después de varias horas en el barco.
El viento sobre el agua le había dejado el cabello revuelto y la piel tirante, y cuando Tim detuvo el automóvil frente a la casa apenas tuvo energías para despedirse de él y de Kimberly.
Tim no entró; pasaría la noche en casa de ella, de modo que Em los vio alejarse antes de atravesar el porche con la mochila colgada de un hombro.
La casona parecía tranquila desde afuera y, al entrar, no encontró música, conversaciones ni el movimiento habitual de alguna reunión improvisada.
Aquello debería haberle resultado agradable, pero sintió un pequeño pinchazo en el pecho al pensar que Kain podía haber salido con alguna mujer.
La posibilidad apareció sin más, aunque durante las últimas semanas casi nunca lo había visto acompañado de ninguna; incluso en las fiestas y reuniones se mantenía con la guitarra, conversando con sus amigos o bebiendo con sus hermanos mientras las mujeres que solían acercarse a él orbitaban alrededor sin conseguir llevárselo a ninguna parte.
Em dejó la mochila cerca de la escalera e intentó no seguir pensando en aquello.
Pasó primero por la cocina, abrió el grifo y se lavó las manos en el lavaplatos para quitarse la sensación salada y pegajosa que le había dejado la tarde.
Después llenó un vaso con agua fría y bebió casi la mitad apoyada contra la encimera, disfrutando del silencio que envolvía la casa.
Cuando terminó, enjuagó el vaso y lo dejó junto al fregadero.
Pensaba ducharse, cambiarse de ropa y probablemente pasar el resto de la noche leyendo, así que tomó nuevamente la mochila y comenzó a subir las escaleras sin sospechar que, unos metros más arriba, Kain llevaba horas esperando precisamente ese momento.
Al llegar al segundo piso, Em pasó por delante de la habitación que casi siempre encontraba cerrada y, por costumbre, apenas iba a seguir de largo cuando reparó en la línea de luz que se escapaba hacia el corredor.
La puerta estaba entreabierta. Redujo el paso sin proponérselo y terminó deteniéndose delante, como quien no quiere la cosa, con la mochila todavía colgando de un hombro.
Apoyó una mano en el marco y echó una mirada discreta hacia el interior.
Lo primero que vio fue una habitación completamente distinta a como la recordaba.
Estaba limpia, ordenada y aireada, con la cama hecha, las superficies despejadas y una sensación de espacio que el ático jamás había tenido.
Sobre una de las paredes habían colgado un póster grande de constelaciones, enmarcado con suficiente cuidado para que no pareciera algo provisional, y cerca de la ventana el escritorio aguardaba vacío, como si alguien hubiera pensado deliberadamente en dejarle un lugar de trabajo.
Sin embargo, nada la preparó para lo que vio al fondo, más allá de las puertas abiertas del balcón.
Allí, recortado contra la luz que llegaba desde afuera, se alzaba un telescopio.
Em dejó de respirar por un instante. No era un modelo cualquiera.
Incluso desde el umbral reconoció enseguida la calidad del equipo: un Asterion Celestia X9, con montura motorizada, visor electrónico y una cámara grabadora integrada acoplada al tubo, de esas que permitían capturar imágenes y registrar observaciones sin tener que improvisar adaptaciones caseras.
La estructura brillaba todavía con ese aspecto impecable de lo nuevo y ocupaba el balcón como si siempre hubiera debido estar allí, apuntando hacia el cielo con una perfección casi insultante.
Em avanzó un paso más dentro de la habitación, incapaz de apartar los ojos del telescopio.
El cansancio del paseo en barco, el agua salada en la piel y la molestia vaga que había arrastrado desde la tarde se replegaron de golpe ante aquella visión.
Solo quedó el asombro, enorme y silencioso, latiéndole en el pecho mientras miraba alternativamente la habitación, el póster y el telescopio, tratando de entender si realmente estaba viendo lo que creía que estaba viendo.
—Dios… —murmuró Em, y la palabra se le quebró apenas al salir.
Las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas antes de que pudiera contenerlas.
Levantó la vista hacia el cielo abierto más allá del balcón y permaneció unos segundos observándolo con una reverencia casi infantil, todavía intentando asimilar que aquel equipo estaba realmente allí, esperándola.
Después se rió en voz baja, primero entre lágrimas y luego con una alegría que le aflojó por completo el rostro.
Se acercó al telescopio y pasó los dedos por el tubo con cuidado, como si temiera alterar algo por tocarlo demasiado fuerte.
Revisó la montura, la cámara, los controles y cada una de las piezas que reconocía, inclinándose para mirar mejor los detalles mientras las lágrimas seguían mezclándose con aquella sonrisa que no conseguía desaparecer.
Todo era demasiado nuevo, demasiado perfecto y demasiado cercano a lo que había imaginado durante meses mientras ahorraba y comparaba modelos que sabía que todavía no podía permitirse.
Entonces reparó en un detalle pequeño junto a la base. Era sencillo, casi discreto, pero suficiente. Un pequeño motivo de Orión, reproducido con los mismos colores y patrones que ella había dibujado en el origami.
Em pasó la yema de los dedos por encima y volvió a sonreír, esta vez cerrando los ojos un momento.
—Orión… —susurró.
Kain estaba apoyado de espaldas contra la puerta de su habitación, en silencio, con los brazos relajados a los costados y una sonrisa en su rostro.
Desde allí alcanzaba a escuchar los pequeños sollozos de Em mezclándose con una risa suave, interrumpida de vez en cuando por algún movimiento sobre el balcón mientras ella revisaba el telescopio.
El corazón le latía con fuerza, demasiado rápido para alguien que se había pasado días diciéndose que aquello era solo un regalo y que no tenía ninguna importancia especial.
Cada sonido que llegaba desde la habitación de al lado le apretaba un poco más el pecho, aunque esta vez no había incomodidad ni necesidad de escapar de lo que sentía.
Se quedó allí, inmóvil, escuchándola disfrutarlo.