Capítulo 24
La mañana había comenzado temprano, con una visita programada a una de las obras que Ferman Contracting llevaba varias semanas ejecutando cerca del centro.
Tim no los acompañaba. Durante los últimos días había hablado con sus hermanos más de una vez sobre la posibilidad de empezar a dedicar parte de su tiempo al arreglo y mantenimiento de embarcaciones, algo que hasta entonces había tratado como una afición, pero que empezaba a considerar seriamente como una línea de trabajo propia.
Piers no había intentado disuadirlo; lo entendía perfectamente.
Kain iba en el asiento del copiloto revisando en el teléfono unas fotografías de materiales cuando Piers disminuyó la velocidad frente a un cruce.
A pocos metros había un gimnasio con grandes ventanales hacia la calle, y justo en ese momento Megan apareció caminando desde el estacionamiento con una bolsa deportiva al hombro y el cabello recogido.
Se dirigió hacia la entrada sin mirar hacia la camioneta, aunque Piers siguió su recorrido con los ojos hasta que desapareció detrás de las puertas de vidrio. Kain lo notó.
No dijo nada de inmediato. Esperó a que la camioneta retomara velocidad y guardó el teléfono antes de acomodarse mejor contra el respaldo.
—¿Alguna vez vas a contar lo que pasó realmente entre Megan y tú?
Piers mantuvo la vista en la carretera.
—No.
—¿ Mantendrás eso siempre para ti?
Kain soltó una risa breve y miró por la ventanilla.
—Llevan años haciendo que medio pueblo invente teorías. A estas alturas debe haber gente convencida de que te acostaste con su hermana, que ella intentó atropellarte o que alguno de los dos pertenecía a una secta.
Piers movió apenas la mandíbula, aunque no sonrió.
—Que inventen lo que quieran.
Kain volvió la cabeza hacia él. Conocía demasiado bien a su hermano para no reparar en la forma en que había seguido a Megan con la mirada antes de entrar al gimnasio, del mismo modo que conocía a Megan lo suficiente para saber que aquella historia estaba bastante menos muerta de lo que ambos insistían en aparentar.
—Entonces al menos dime una cosa —continuó—. ¿Fue realmente tan grave?
Piers tardó algunos segundos en responder mientras cambiaba de carril y se acercaba al acceso de la obra.
—Fue suficiente.
Kain sonrió y volvió a mirar por la ventanilla.
—Sí… sigue diciéndote eso. No me lo creo ni por un minuto.
Piers no respondió.
—Creo que la extrañas —continuó Kain, girándose un poco hacia él—. Hasta ese modo psicótico que tenía de seguirte a todas partes.
Los dedos de Piers se cerraron con más fuerza alrededor del volante. Kain siguió observándolo con aquella sonrisa provocadora que siempre aparecía cuando creía haber encontrado una grieta en el otro.
—No me molestaría que volviera a ser mi cuñada.
Piers mantuvo la vista fija en la carretera.
—A lo mejor, si te metieras en tus asuntos, podrías seguir respirando. Porque si sigues, te voy a matar, hermano.
Kain se acomodó en el asiento con una sonrisa satisfecha, pero Piers no tardó en devolverle el golpe.
—Y hablando de transparencia afectiva… ¿Qué te pasa con Em?
La sonrisa de Kain se redujo apenas. Giró la cabeza hacia su hermano, mientras Piers continuaba conduciendo con las manos firmes sobre el volante y una expresión demasiado tranquila para que la pregunta pareciera casual.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó Kain con un tono más brusco de lo que pretendía.
Piers lo miró apenas de reojo antes de volver la atención a la carretera.
—No sé. Solo quería saber qué te parece si la invito a salir.
Kain se quedó mirándolo.
—¿Acaso no lo hiciste ya cuando fueron a esa casona perdida en el fin del mundo?
—Tú sabes a qué me refiero, Kain. Invitarla de verdad. Una cena, solo los dos. —Piers hizo una pausa mientras cambiaba de marcha—. Quizás le pida el barco a Tim.
Puto cabrón, pensó Kain, manteniendo la vista hacia adelante mientras la irritación le subía con una rapidez que no tenía ninguna intención de mostrar.
—¿Y por qué me preguntas? Puedes hacerlo —respondió al fin, encogiéndose apenas de hombros—. Solo ten claro que te echaré a Megan encima en menos de diez segundos. Ni siquiera vas a alcanzar a poner un maldito pie en el muelle.
Piers dejó escapar una risa baja al notar la forma en que Kain había endurecido la mandíbula.
—Tranquilo, Kain. Cualquiera que te viera en estos momentos diría que estás un pelín molesto… más bien celoso.
Kain giró la cabeza hacia él con una expresión seca, pero el comentario había llegado demasiado cerca de algo que no pensaba reconocer en voz alta.
—Parece que alguien está buscando que lo arroje del auto en marcha —murmuró Kain, volviendo la vista hacia la carretera.
Piers dejó que la sonrisa se le ensanchara apenas, consciente de que ya había encontrado exactamente cómo seguir provocándolo.
—Seré delicado con ella —dijo con tranquilidad—. Aunque, pensándolo bien… creo que podría verme con Em. Seguro que tiene ese fuego escondido que solo necesita un buen beso para salir.
Kain volvió la cabeza hacia él tan rápido que Piers alcanzó a ver el cambio completo en su expresión.
Tenía la mandíbula apretada y los puños cerrados sobre los muslos, tensos, como si estuviera haciendo un esfuerzo bastante serio por recordar que iban dentro de una camioneta en movimiento y que el hombre sentado a su lado seguía siendo su hermano.
Ya estaban por llegar a la obra cuando Piers redujo la velocidad y entró al estacionamiento con una tranquilidad que contrastaba bastante con el estado rt5cx354de ánimo de su hermano.
Kain llevaba varios minutos tenso como una cuerda de guitarra, todavía con la mandíbula apretada por todo lo que Piers había dicho acerca de Em, y apenas la camioneta se detuvo abrió la puerta y bajó con un movimiento brusco.
El enfado, sin embargo, no le duró demasiado. Bastó recordar lo que estaba preparando para Michigan, aquello que ya tenía prácticamente armado en su cabeza, para que la tensión empezara a aflojarse y una sonrisa regresara lentamente a su rostro.
Cerró la puerta de la camioneta y, antes de alejarse, miró a Piers por encima del techo.
—Puede que Em te acepte la cena, pero a mí me mostrará el universo.
Después echó a andar hacia la obra con una seguridad totalmente renovada, dejándolo atrás.
Piers se quedó junto a la camioneta mirándolo alejarse, primero con incredulidad y después con una perplejidad que terminó convirtiéndose en risa.
Negó con la cabeza mientras cerraba la puerta.
El muy idiota acababa de decir que la quería sin decirlo.
Pasada las horas, Piers volvió a subir a la camioneta, Kain ya estaba junto a la puerta del copiloto, aunque esta vez no parecía dispuesto a continuar con la discusión.
Esperó a que su hermano pusiera el motor en marcha y retomara la calle antes de mirar el teléfono, revisar un mensaje y guardar el aparato otra vez en el bolsillo.
—Déjame en el centro —dijo al cabo de unos minutos.
Piers lo miró de reojo.
—¿No vienes a la siguiente obra?
—Después me junto con ustedes. Tengo que hacer una cosa primero.
No añadió nada más y Piers tampoco insistió.
Lo dejó cerca de una de las calles principales y Kain bajó con la misma seguridad de siempre, cerrando la puerta antes de hacerle un gesto breve con la mano.
Había conseguido el número de Steve a través de uno de los contactos de Em y, después de un intercambio bastante corto de mensajes, el muchacho había aceptado encontrarse con él.
Steve ya lo esperaba unos metros más adelante, apoyado cerca de una cafetería con el teléfono en la mano. Cuando vio acercarse a Kain levantó las cejas, todavía con una expresión entre curiosa y divertida por aquella invitación inesperada.
—De todas las personas, jamás pensé que me escribirías tú —comentó Steve cuando estuvieron a poca distancia.
Kain sonrió apenas.
—Imagínate lo sorprendido que estoy yo. Bueno, ¿dónde vamos?
Steve soltó el aire lentamente, como si ya empezara a sospechar que ayudar a Kain Ferman iba a exigirle más paciencia de la prevista.
—Ven. Sígueme.
Entraron a una tienda especializada y Steve cambió de actitud apenas cruzó la puerta.
Lo que hasta entonces había sido una conversación relativamente tranquila se transformó en un entusiasmo que cada vez iba en aumento mientras recorría las vitrinas, se detenía frente a distintos modelos y empezaba a señalar características que para Kain no significaban absolutamente nada.
—Oh, mira este —dijo Steve, acercándose a uno de los equipos—. Tiene una apertura mucho mejor y la montura es bastante más estable. Aunque este otro...
El encargado se acercó al reconocer el interés y, en menos de un minuto, ambos estaban hablando de ópticas, seguimiento, aumentos, filtros, monturas y otras especificaciones que Kain escuchaba como si hubiera quedado atrapado entre dos hombres discutiendo en un idioma completamente distinto.
Los dejó hablar durante un rato hasta que Steve volvió a mirar otro modelo y empezó a comparar precios.
—Más vale que elijas el mejor —intervino Kain.
Steve se volvió hacia él.
—Sí, pero algunos cuestan muchísimo.
Kain ni siquiera miró las etiquetas.
—No importa el precio.
Steve miró a Kain durante un momento y después empezó a sonreír con una complicidad que no intentó disimular.
—Debe gustarte mucho Em.
Kain giró la cabeza hacia él de inmediato.
—¿Cómo diablos sabes que es para ella? ¿Y por qué sonríes así?
Steve se encogió apenas de hombros, todavía entretenido, pero al ver el ceño cada vez más marcado de Kain empezó a carraspear y apartó la mirada hacia los telescopios.
Sabía lo suficiente de él para recordar que no tenía precisamente fama de ser el hombre más simpático del mundo cuando algo lo irritaba.
—Tranquilo, no le diré nada —añadió, levantando una mano en señal de paz.
Kain sostuvo su mirada un momento más.
—Elige el telescopio, Steve.